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Section 3 RDC2 Controller Operation

3.5 Changing Settings

de las mujeres de la participación, detrás de la cual podemos entrever la mayor formación en teoría de género y posicionamientos feministas de muchas de las profesionales que compar- ten este marco conceptual. Esta mayor formación podría estar motivada por sus experiencias como trabajadoras en ONGDs internacionales y su participación en capacitaciones en este ámbito de trabajo.

Existe el riesgo de que, como indican Castro y Riquer (2003, p. 137)3 en su análisis de la inves-

tigación sobre violencia de género en América Latina: “A pesar de haber cierto consenso acerca de que la violencia de género es consecuencia del patriarcado, a la hora de estudiar empíricamente la violencia en la pareja y la intrafamiliar, el patriarcado acabó siendo reduci- do a variables individuales, esto es, reducido a las características sociodemográficas a aspec- tos conductuales del varón. Tal paradoja constituye una falacia metodológica, que consiste, justamente, en reducir un fenómeno de carácter estructural (el patriarcado) a indicadores individuales”.

Al intentar elevar el nivel de análisis de las causas de la violencia de género más allá de lo in- dividual para terminar centrándolo en lo estructural, algunas de las personas entrevistadas se quedaron a medio camino, deteniéndose en el plano de lo relacional.

Podríamos resumir este marco, al considerar que las limitaciones de las mujeres para el ejercicio pleno de la ciudadanía y la promoción de la participación ciudadana y la organización tienen como causa última la violencia de género, teniendo en cuenta que el concepto de violencia de género no se refiere tan solo a la violencia física o psicológica en el marco de la pareja, sino que es un concepto más amplio que abarca cualquier daño o privación cuyo origen sea la pertenencia a un sexo u a otro, por lo que la exclusión del ámbito público y de la toma de decisiones y la discriminación también son formas de violencia de género.

4.2 MARCO 2: Existencia de la relación entre mayor violencia y menor parti-

cipación, pero unidireccional.

Los discursos vinculados a este marco conceptual, asumen la existencia de menores índices de participación, y una menor importancia de la misma cuantitativa y cualitativamente hablan- do, en comunidades donde la prevalencia de violencia intrafamiliar y de género es mayor; frente a otras comunidades donde se observan “avances de la mujer” y su correlato en la menor violencia de género.

3 Castro, R. y Riquer, F. (2003). La investigación sobre violencia contra las mujeres en América • Latina: entre el

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Sin embargo, no reconocen la exclusión de las mujeres y sus intereses de género en la partici- pación social y política, como una forma de violencia de género per se; sino que alegan otra serie de causas como el monolingüismo, el menor acceso a la educación, la falta de interés, la dispersión geográfica de las comunidades…, factores que son compartidos por otros grupos sociales “desfavorecidos” como las personas mayores, la población maya, la juventud, y no se considera como una desigualdad por motivos de género.

Tampoco ven la relación causal entre la existencia de la exclusión política y social de las mu- jeres y una mayor prevalencia de violencia de género. Por un lado, por el hecho de que su concepto de violencia de género se equipara con el de violencia intrafamiliar y no engloba las agresiones y exclusiones en el espacio público, quedando fuera de su esquema lo que ocurre “de puertas afuera” y en el espacio privado. Por otro lado, porque le dan una mayor importan- cia a los factores individuales y de transmisión intergeneracional a la hora de explicar la violen- cia de los hombres hacia las mujeres, de forma que los factores socioculturales, tales como la asignación de roles por motivos de sexo o la división sexual del trabajo, no se incorporan como elementos explicativos de la violencia de género existente en las comunidades.

Desde este marco conceptual, las intervenciones en violencia de género tienen un efecto insuficiente en el fortalecimiento de la participación de las mujeres en la planificación del de- sarrollo y/o la inclusión de los intereses de género, ya que tan solo tendría un efecto tangencial y limitado a los casos de mujeres que son victimas directas de violencia.

Hay que tener en cuenta además, dos cuestiones importantes que determinan este análisis: El hecho de que, mayoritariamente, están refiriéndose a violencia física, sexual o patrimo- •

nial, obviando la violencia psicológica que claramente afecta a la autoestima de las mujeres y a sus motivaciones para la acción pública, o la violencia simbólica que invisibiliza y excluye muchas de las reivindicaciones de las mujeres mayas en el desarrollo comunitario derivadas de la cosmovisión maya.

La limitación de los márgenes de la violencia al ámbito privado extrae del discurso las refe- •

rencias a la toma de decisiones y la distribución del poder público, y excluye aquellos tipos de violencia más sutiles que se comparten “por el hecho de ser mujeres”.

Las personas, que comparten este marco de análisis, orientan la búsqueda de resultados de promoción de la participación al nivel social y comunitario, por lo que consideran los impactos deseables desde una óptica cuantitativa, de “cantidad” de mujeres que participan y “canti- dad” de proyectos que ejecutan. Siendo que las intervenciones en violencia van dirigidas a mujeres que o bien ya no van a participar ni ser lideresas reconocidas, o son “rescatables” una minoría, por lo que su impacto es muy reducido.

Estas personas son profesionales de organizaciones que realizan acciones de educación y sen- sibilización a la población en general con un enfoque de derechos de las mujeres y fomento de relaciones igualitarias sin trasgresión de roles, abordan las acciones de intervención en violen- cia de género desde la asistencia a mujeres victimas y sus hijos/as dependientes, o pertenecen al campo de la salud y el trabajo social. Sostienen sus argumentos en su experiencia en el tra- bajo cotidiano con los grupos de mujeres y con las supervivientes de violencia, incorporando a su análisis los mitos de aquéllas, pues las apelaciones a determinados tipos de personalidad y al carácter masculino en general, a los celos, al alcoholismo y a las toxicomanías, y a la incapa- cidad para responder adecuadamente ante las presiones del medio por parte de los hombres fueron elementos frecuentes del discurso para explicar la violencia de aquéllos.

Como indicador del impacto de sus intervenciones suelen aludir al aumento de denuncias en sus dispositivos, pero lo cierto es que su principal problema se centra en la reprobación que la interposición de una denuncia genera en a nivel comunitario, familiar y social, lo que sin duda supone una ruptura radical y permanente con las mismas. El obstáculo fundamental en este

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