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El afán de conocimiento científico surgió de la necesidad (muy humana) de evitar el caos, y entender, ordenar, clasificar la realidad para que nos resulte comprensible. El ser humano necesita sentirse seguro en un mundo estable, organizado y racionalizado, para evitar la angustia de nuestra pequeñez e insignificancia en un Universo si no infinito, descomunal en las proporciones y distancias.

No hemos logrado desentrañar las preguntas fundamentales y universales de la Humanidad desde el principio de los tiempos hasta hoy: ¿existe la realidad o es una representación mental y colectiva?, ¿por qué existe la vida o para qué?, ¿cómo se originó (si surgió de la nada o fue una creación de otra inteligencia superior)?, ¿cómo se hizo consciente la vida a través de la inteligencia?, ¿existe vida por todas partes en el Universo o sólo se ha dado en este planeta, y por qué y hasta cuándo?.

A pesar de que muchas de estas preguntas siguen sin respuesta, al menos hemos logrado bajarnos del pedestal en el que la Ciencia había colocado al ser humano, porque hemos tomado conciencia de los límites y condicionamientos al acceso de la realidad y el conocimiento, y hemos dejado de considerarnos el centro de todo. Y ello, a mi parecer, enriquece el proceso de conocimiento, el pensamiento filosófico y el quehacer científico, porque nos obliga a elaborar nuevas preguntas que planteen nuevos retos y desafíos. Entre otras disciplinas, la física teórica ha echado abajo muchas de las suposiciones que antes nos hacían sentir en un mundo estable, racional y organizado. En concreto, la Teoría de la Relatividad de Einstein vino a destrozar la concepción del tiempo como algo lineal y homogéneo que transcurre siempre al mismo ritmo hacia delante. Y es que el tiempo transcurre no necesariamente desde el pasado para pasar por el presente y dar en el futuro. Einstein pensó en la infinitud y se le ocurrió que el espacio podría no ser infinito sino estar replegado en sí mismo

La relatividad y la teoría cuántica nos han comentado que el universo pudo empezar y que terminará algún día, o que puede que nunca comenzara y nunca termine, o que existan multitud de universos paralelos y el nuestro sea uno de ellos. Estas nuevas propuestas han

demostrado que no hay ninguna relación “segura” entre causa y efecto, sino que hay sólo grados de probabilidad. Paul Watzlawick (1994) opina que todos estos argumentos en nada alteran nuestra concepción cotidiana sobre la esencia del mundo, “nosotros continuamos viviendo como si el efecto se siguiera de la causa, y en la vida de todos los días

encontramos ininterrumpidamente “pruebas” de que el hecho A al manifestarse es causa del hecho B, de que B es por tanto el efecto de A, de que sin A no se produciría B, de que B al manifestarse se convierte a su vez en causa de C, y así sucesivamente”.

Watzlawick nos explicó que durante milenios, desde Aristóteles pasando por Descartes y Newton hasta el pasado reciente, este pensamiento causal construye, junto con el concepto de espacio tridimensional y con el concepto de decurso regular del tiempo, no solo la imagen del mundo científica sino también la imagen social. De este pensamiento derivan también, en última instancia, los conceptos occidentales de responsabilidad de derecho y de culpa, de moral, de estética y de ética, y sobre todo los conceptos de lo verdadero y lo falso:

“Cuando este pensamiento causal ya no calza con los hechos –en el sentido de von Glasersfeld –parece desatarse el caos. Como, según dijo una vez Nietzsche, el hombre es capaz de soportarlo casi todo siempre que encuentre un por qué, estamos permanentemente ocupados en fabricar un porqué invulnerable. Cuando esa fabricación fracasa, nos

precipitamos de cabeza en el horror, en la locura, en la experiencia de la nada. Pero aun donde el pensamiento casual es suficiente, sólo es tal hasta que llega a un entendido y nos abre los ojos” (Watzlawick, 1994).

En la actualidad, la Ciencia occidental ha llegado a un punto en el que la autocrítica en torno a la actividad científica ha ampliado enormemente la capacidad de la Ciencia y las áreas de investigación. Ha sido un proceso largo y complicado, no exento de disputas y resistencias, pero sin duda enriquecedor. Lo más difícil sin duda ha sido superar el sesgo androcéntrico que centraba el Universo en la especie humana: “ahora comprendemos que la Tierra tiene miles de millones de años y que la historia de la Humanidad es sólo el último fragmento de un segundo al final de este inmenso período cósmico. Tenemos que comprender que la Tierra no está hecha para nosotros, que sólo somos unos invitados que estamos aquí por accidente. Quizás esta idea haga aumentar nuestro respeto y nuestra Humanidad”, afirma esperanzado el paleontólogo Jay Stephen Gould 29.

Autores como el Premio Nobel de Física Sheldon Lee Glashow30se pronuncian en el mismo sentido:

“Siempre nos ha gustado estar en medio. También nos gusta pensar que en el mundo de las dimensiones nos encontramos en el medio. Lo estamos porque existen cosas cuyo tamaño es millones de veces más pequeño que nosotros: los átomos, los núcleos, los quarks, las

supercuerdas, bajando de escala. Pero igual sucede con el mundo de lo grande: la Tierra, el Sistema Solar, la Vía Láctea, miles de millones de galaxias y el Universo en su

totalidad”.

Estas autocríticas han logrado sin embargo hacer que la Filosofía de la Ciencia o la

Sociología de la Ciencia hayan experimentado un auge y un desarrollo importante, y que se

29 Paleontólogo de la Universidad de Harvard y divulgador científico entrevistado por Eduardo Punset (2004).

hayan generado multitud de debates en torno a los medios y los fines de la Ciencia, una vez que se han deconstruido las nociones de objetividad, neutralidad y universalidad.

El escepticismo y el determinismo han sido dos modos de entender la Ciencia, pero creo que su continuo debate ha beneficiado enormemente al pensamiento y a la actividad científica. Porque precisamente lo que nos hace avanzar es rechazar el reduccionismo, y poner en duda todo lo que hasta ahora hemos dado por sentado, como que tenemos acceso directo a la realidad por medio de nuestros sentidos, o que somos el único rincón del Universo donde existe vida, o que las emociones son irracionales y por tanto incomprensibles.

Autores como Dorion Sagan31 insisten en que la vida humana no está en el centro, ni es un organismo diferente de los animales, ni está hecha de un material especial, sino que “los propios procesos de la vida, la forma en que se comporta, los compartimos con los sistemas inanimados y materia”. Es más, nuestro organismo está hecho de carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, sulfatos y fósforo; el hidrógeno es el elemento más común en nuestro cuerpo y en todo el universo; estamos hechos de la misma materia que el resto de los seres y las cosas.

Sagan denuncia que “una de las diferencias más grandes que existen entre nosotros y los chimpancés es la creencia de que somos superiores, mejores, únicos, especiales, similares a Dios. Esta creencia, que es tan humana, ha supuesto una ventaja selectiva, ya que hemos sido capaces de poblar el planeta, de llevar la sabana africana a los Polos, de cambiar los entornos naturales…” pero a la vez nos ha llevado a destrozar el medioambiente, y a un desarrollo tecnológico arrasador y destructor en el que nuestra propia supervivencia como especie se ve autoamenazada.

La noción de que somos una inteligencia superior y por lo tanto debemos someter a la Naturaleza y al resto de los seres vivos se ve refutada una y otra vez por científicos de todas las ramas. John Bonner32, por ejemplo, cree que es muy difícil definir la inteligencia porque él aboga por la idea de la gradación y de la continuidad, es decir, la inteligencia es un proceso evolutivo que se da en grados según las especies, que hemos heredado

(probablemente de los neandertales, pero aún está por demostrar) y que además solo debe considerarse cuando se da en un contexto social, de interacción.

En este sentido, Bonner afirma que en el caso de los animales sucede lo mismo. De hecho, la capacidad de comunicar es una verdad de todos los organismos, independientemente de cómo lo haga cada especie. “Si definimos la cultura como la transmisión de información, entonces también se puede aplicar a los animales, pero esta definición enfurece a los antropólogos culturales”.

También puede enfurecer a los científicos la atrevida afirmación de Miroslav Radman, profesor de Biología Celular de la Universidad de París, que ha afirmado que desde el punto

31 Divulgador científico entrevistado por Punset (2004)

32 Profesor emérito de Ecología y Biología Evolutiva del a Universidad de Princeton, en Estados Unidos, entrevistado por Punset (2004)

de vista biológico y físico, “la única diferencia entre un montón de estiércol y yo es la forma en la que los átomos están dispuestos”.

Así, la Ciencia en el siglo XXI está poniendo el acento en nuestros condicionamientos en el área del conocimiento, que no sólo son culturales o emocionales, como hemos estado insistiendo a lo largo de este estudio, sino que también nos vemos condicionados por

nuestros límites físicos. En esta línea, los estudios llevados a cabo en torno a cómo y por qué vemos las cosas de la manera que lo hacemos realizados por Richard Gregory33, experto en los procesos de percepción humanos, han permitido descubrir las ilusiones ópticas y visuales que nos muestran que nuestras percepciones nos engañan la mayor parte del tiempo: “Se ha negado a los niños, y a toda la población en general, la costumbre de cuestionar la

realidad. La mayoría de la gente está convencida de que los ojos envían al cerebro la imagen fiel de los objetos”.

Gregory entiende que el cerebro humano está a oscuras y encerrado, de modo que solo puede percibir de una manera imperfecta a través de imágenes que le envían a un tamaño muy pequeño los ojos, que en realidad envían imágenes codificadas en forma de impulsos eléctricos que luego ha de descodificar y clasificar para entenderlas.

“El cerebro efectúa muchas suposiciones y obtiene pequeñas imágenes de los ojos, pero no basta. El problema radica en que las imágenes que recibe el ojo no se corresponden en absoluto con los objetos que está mirando; no son idénticos. (…) Es increíble pero

podemos pasar de una pequeña imagen al sentido de la realidad del mundo. Y por supuesto, no siempre sale bien”.

Gregory afirma que todo está en nuestro cerebro y no en el mundo exterior; si no existiese la vida ni el cerebro, no habría colores en el Universo. El color se crea en el cerebro y se proyecta, psicológicamente, sobre el objeto. Por eso podemos diferenciar el color rojo del negro o el verde. Así que, este prestigioso neuropsicólogo entiende que la percepción es una hipótesis sobre lo que vemos, una alucinación controlada, que se da en un “proceso creativo de fantasía, de ficción, que normalmente están bajo el control de las señales sensoriales”. John D. Barrow (1998) entiende que toda experiencia humana está asociada a alguna manera de recortar el conjunto completo de la realidad porque nuestro cerebro no puede soportar demasiada realidad. Nuestros sentidos podan la cantidad de información porque si no sería tanta la recibida que no podríamos ordenarla, clasificarla o entenderla, y nuestros sentidos quedarían arrollados. Nuestros ojos son sensibles a una gama muy estrecha de frecuencias de luz y nuestros oídos a un dominio particular de niveles y frecuencias. La mente humana funciona elaborando mapas; para que sea útil, sin embargo, un mapa debe condensar y resumir los aspectos más importantes del terreno: tiene que poder comprimir la información en formas abreviadas. Los cerebros tienen que ser capaces de ejecutar estas abreviaciones, porque una información ambiental completa equivaldría a tener un mapa en escala de uno a uno, y no nos serviría de nada. Nuestras mentes buscan tipos particulares de correlación y extraen pautas a partir de conjuntos de información. Según Barrow, este deseo de asociar las cosas es una profunda inclinación humana.

Este autor lleva a cabo en su obra un análisis muy riguroso en torno a los límites del conocimiento humano. Afirma que una de las más sorprendentes consecuencias de la conciencia humana es la revelación paradójica de que podemos saber lo que no podemos saber.

Ludwig Wittgenstein ya escribió acerca de los límites del pensamiento, y afirmó que deberíamos poder encontrar los dos lados del límite pensable, es decir, “deberíamos poder pensar lo que no se puede pensar”. La Ciencia sin embargo ha alcanzado esta capacidad de saber lo que no puede saber porque sus límites vienen dados por:

- El tamaño del ser humano (demasiado grande para explorar lo minúsculo de la materia y demasiado pequeño para explorar el Universo).

- Nuestra localización y posición marginal en un pequeño planeta “que orbita alrededor de una estrella mediana, en los suburbios de una galaxia del centenar de miles de millones que existen” (Stephen Hawkins).

Desafortunadamente, sólo podemos conocer el universo visible, que es una región esférica centrada en nosotros. Además, no podemos salirnos de él para verlo en su totalidad, ya que somos parte del mismo sistema que queremos describir. “No podemos saber nada de lo que hay más allá de nuestro horizonte de visibilidad. Esto nos impide hacer afirmaciones verificables acerca de la estructura inicial o el origen del Universo entero; a no ser que supongamos que el Universo más allá del horizonte es igual que el universo visible”. - Otro límite es el límite cósmico de velocidad: Todas las velocidades se deben juzgar en relación con la velocidad de la luz en el espacio vacío (cerca de 300.000 kilómetros por segundo) es una velocidad límite cósmica. No se puede transmitir ninguna información por ningún medio a una velocidad que exceda este valor. “Este hecho tiene toda clase de insólitas consecuencias. Es responsable de nuestro aislamiento astronómico, y no sabemos por qué no podemos superar ese límite. Estamos condenados a una perspectiva de

mentalidad provincial”, afirma Barrow, principalmente porque aunque sondeemos en el espacio profundo, vemos las galaxias y los fenómenos cósmicos como eran hace miles de millones de años, no cómo son ahora.

- La teoría cuántica, a pesar de su asombroso éxito experimental, posee una panoplia de afirmaciones acerca del mundo contrarias al sentido común. La mecánica cuántica nos enseña que aun con instrumentos perfectos es imposible medir la posición y velocidad de un cuerpo con una exactitud mayor que un cierto límite crítico, definido por una nueva

constante de la Naturaleza, llamada constante de Planck. Esta constante y la limitación en la precisión que prescribe son una de las características definitorias del conocimiento.

- La posibilidad de que nuestro Universo contenga muchas más de tres dimensiones de espacio (se han hablado de la posibilidad de que existan hasta once dimensiones), atrapadas en la escala de Planck de tamaño, significa que nuestro acceso a la estructura global del Universo podría estar limitada aún más dramáticamente de lo que habíamos sospechado previamente.

- Muchos científicos anhelan una Teoría del Todo; el candidato preferido de la actualidad para una teoría de este alcance total es la teoría de las supercuerdas, que parece contener toda clase de información sobre las partículas elementales de la materia, pero hasta ahora nadie sabe cómo atacar la teoría para extraerle esa información. El número de personas en el planeta capaces de entender la estructura matemática de la teoría de las supercuerdas es relativamente pequeño.

Barrow afirma que su matemática está, por el momento, por encima de nosotros, y explica que el mundo matemático contiene toda clase de inesperadas propiedades y restricciones con respecto a su completa exploración. Partes de él no se pueden aprehender y listar,

trascienden la capacidad de cualquier ordenador posible, y yacen fuera del alcance de cualquier búsqueda para decidir si todas sus proposiciones son verdaderas o falsas. - El enigma más grande del Universo es, paradójicamente, el cerebro humano; “la cosa más complicada con que nos hemos encontrado en el panorama entero de la Naturaleza, desde el espacio interior de las partículas elementales de la materia hasta el espacio exterior de las galaxias distantes”. Los más grandes superordenadores que hemos

construido hasta ahora empalidecen hasta la insignificancia comparados con la complejidad, flexibilidad y compacidad del cerebro humano. Sobrepasan al cerebro en capacidades específicas, por ejemplo, en la velocidad de ejecución de tareas repetitivas simples, pero pagan el precio con su falta de adaptación y su incapacidad de aprender por sí mismos. En torno a estos límites del conocimiento Barrow establece cuatro categorías o futuros distintos para la Ciencia basándose en dos aspectos fundamentales: si hay información ilimitada o no, y si nuestra capacidad de acceder a ella es o no limitada:

o Naturaleza ilimitada y capacidad humana ilimitada, con lo cual nunca podríamos saberlo todo y la Ciencia estaría sometida a un desafío insuperable.

o Naturaleza ilimitada y capacidad humana limitada, un futuro que supone que nunca podremos acceder al conocimiento total de las cosas.

o Naturaleza limitada y capacidad humana ilimitada, que supondría nuestra capacidad real de conocerlo todo y de que la Ciencia pudiera llegar un día a su fin. o Naturaleza limitada y capacidad humana limitada, que también supone la imposibilidad de poder conocerlo todo con la inteligencia que poseemos.

En torno a esta idea de imposibilidad de conocerlo todo, Barrow cree que su influencia en nuestra historia ha sido profunda y amplia y que no ha sido valorada en su justa medida por los científicos. “Gracias a nuestra capacidad de imaginar cosas que son físicamente imposibles podemos explorar la realidad de un modo único: colocándola en un contexto definido por eventos imposibles. De esta manera podemos crear resonancias de significado y yuxtaposiciones de ideas que amplían la mente y la estimulan”.

A. Crommer (1993) afirma que la creencia en la imposibilidad es el punto de partida de la lógica, la matemática deductiva y la Ciencia natural. “La Ciencia solamente se puede originar en una mente que se ha liberado de la creencia en su propia omnipotencia”. Además, la noción de lo imposible tiene una historia ligada a nuestros deseos religiosos. La mayoría de las culturas humanas han mostrado un deseo de adoración o reconocimiento de Seres o Espíritus más grandes que nosotros; y además hemos creado realidades ficcionales y no ficcionales a partir de esta idea. “Géneros enteros de literatura y arte fantásticos han surgido de los desafíos presentados por imposibilidades lingüísticas y visuales”, afirma Barrow para destacar la importancia de esta noción.

A pesar de que antiguamente era muy recurrente la idea de que algún día la Ciencia llegaría a su fin y que no quedarían áreas del conocimiento por cubrir, en la actualidad todo esto se ha puesto en duda, porque se entiende que los límites humanos para conocer y comprender la realidad son determinantes en nuestro acceso al conocimiento. Además, en el presente se acepta ampliamente que la búsqueda filosófica de fundamentaciones inatacables para la metodología científica y la generación de la verdad agoniza.