6. CHAPTER 6: MATERIALS AND METHODS
6.3 Microbiological methods
Desde los tiempos de los griegos, los poetas, filósofos y dramaturgos han considerado la pasión y la razón fenómenos diferenciados e incluso opuestos. Platón resumía esta dicotomía diciendo que los deseos eran como caballos desbocados y el intelecto era el “auriga” que debía controlar y dirigir estas ansias. En torno a la cuestión epistemológica de la capacidad humana de acceder al conocimiento, Aristóteles afirmó que la razón era superior a la emoción, y que sólo librándonos de las ataduras irracionales y oscuras de las emociones podríamos llegar al conocimiento de las cosas y del mundo. Según este filósofo, las emociones engañan a nuestros sentidos y a nuestra razón, porque están preñadas de subjetividad. Además, supuso que siendo ambas esferas antagónicas, la razón podría deshacerse de las emociones con facilidad.
La creencia de que se debe utilizar la razón para imponerse a los impulsos más básicos permaneció invariable durante siglos. Los primeros teólogos cristianos consolidaron esta idea en el pensamiento occidental: las emociones y los deseos eran tentaciones, pecados que debían doblegarse mediante la razón y la fuerza de voluntad.
Sin embargo, en la actualidad los neurólogos creen que la razón y la pasión están
inexorablemente unidas en el cerebro. A pesar de que el estudio y el papel de las emociones se ha considerado siempre como una cuestión ajena al análisis científico, en los últimos diez años se ha dado un giro de 180 grados, hasta generar un consenso generalizado en el mundo científico: las emociones no sólo desempeñan un papel primordial en la vida humana, sino que están en el inicio de los sentimientos, la conciencia y los proyectos personales y colectivos. Eduardo Punset (2005) afirma que si hoy seguimos teniendo emociones es porque en el pasado debieron de ayudar a nuestros antepasados a sobrevivir y a perpetuarse “Si en el curso de la evolución las ventajas de poseer emociones no hubieran superado las desventajas de no contar con ellas, los seres emocionales nunca habrían evolucionado”
La neurociencia ha descubierto que existen dos canales de decisión: uno lento y preciso, y otro rápido y turbio. La manera lenta se basa en la lógica, y la forma rápida en las
emociones. Son dos mecanismos del cerebro complementarios para tomar decisiones pero no antagónicos. Cuando es vital llegar a la respuesta correcta y se dispone de tiempo e información, se suele recurrir al método de razonar las cosas. Esto ocurre en el seno de la corteza prefrontal del cerebro, que está justo detrás de la frente. Helen Fisher (2004) lo describe como “el centro de negocios de la mente”; su tamaño se expandió enormemente durante la Prehistoria humana y su función es la de procesar información.
Con la corteza prefrontal recogemos y ordenamos los datos adquiridos a través de los sentidos, analizamos y sopesamos los detalles, razonamos, planificamos y tomamos
decisiones. Cuando no hay tiempo para razonar, como en situaciones de peligro, el cerebro interpreta las señales de la amígdala de manera automática, sin pasar por la corteza
prefrontal, y reacciona.
La corteza prefrontal tiene conexiones directas con muchas regiones subcorticales, como la amígdala, el centro de las emociones, y el caudado, un centro de la motivación, además de otros. En situaciones normales el cerebro funciona como un todo, y en él se interrelacionan y cooperan las distintas partes. Por eso, según la antropóloga Helen Fisher, el pensamiento, los sentimientos, la memoria y la motivación están estrechamente relacionadas. “Rara vez tenemos una idea que no vaya acompañada de un sentimiento y un deseo; y rara vez sentimos o queremos algo sin que ello vaya acompañado de una idea”.
Antonio Damasio38 es el neurocientífico que mayor empeño ha prodigado en este nuevo consenso y defiende la idea de que sin emociones y sin deseos no podemos asignar
diferentes valores a las diferentes opciones. Nuestro pensamiento, razonamiento, decisiones no tendrían interés, serían indiferentes si carecieran de los vitales componentes emocionales necesarios para sopesar las variables y efectuar elecciones: “Está todo mezclado y es una mezcla en forma de rizo: en vez de ver la emoción aquí y la razón ahí, como las capas separadas de un pastel, lo que pasa en realidad es que nos encontramos con la emoción interfiriendo en la razón y con la razón modificando la emoción. Es un rizamiento constante.”
Dylan Evans39 cree que, en realidad, todas las decisiones son emocionales. Primero existe la emoción; luego se lleva a cabo un proceso de cálculo racional en el que se va ponderando toda la información disponible. “Si antes no sabíamos para qué servían las emociones, ahora constatamos que sin ellas no tomaríamos nunca decisiones”.
De ahí que muchos especialistas en robótica están empeñados en que los robots del futuro sean capaces de sentir emociones, porque estas son constitutivas de la inteligencia humana que se pretende recrear artificialmente. Los neurólogos sugieren que, en última instancia, es una emoción la que inclina la balanza hacia un lado u otro a la hora de tomar decisiones. Si sólo contáramos con la razón, no decidiríamos nunca nada, dada la complejidad casi infinita que supone evaluar correctamente la selva de datos disponibles.
En el campo de las ciencias sociales, el interés por las emociones también se ha visto
incrementado a medida que avanzaba el siglo XX. Ortega y Gasset (1941) se quejaba de que el tema del amor no fuese objeto de investigación científica o filosófica:
“Si un médico habla sobre la digestión, las gentes escuchan con modestia y curiosidad. Pero si un psicólogo habla del amor, todos le oyen con desdén, mejor dicho, no le oyen, no llega a enterarse de lo que enuncia, porque todos se creen doctores en la materia. En pocas cosas aparece tan de manifiesto la estupidez habitual de las gentes. ¡Como si el amor no
38 Jefe de Neurología en la Universidad de Iowa, entrevistado por Punset (2004).
39 Profesor de la Facultad de Informática, Ingeniería y Ciencias matemáticas de la University of the West England en Bristol. En Punset, 2004.
fuera, a la postre, un tema teórico del mismo linaje que los demás, y por tanto, hermético para quien no se acerque a él con agudos instrumentos intelectuales!”.
En este sentido, son numerosos los autores que han puesto el acento en la necesidad de estudiar las emociones al considerarlas un componente fundamental que nos permite conocer al ser humano no solo como ser racional, sino también como ser emocional. El antropólogo Sergio Manghi (1999) , basándose en la idea del pensamiento complejo de Morín, cree que es necesario elaborar una teoría social de las emociones que sea no dualista, ya que “tanto en las micro-interacciones cotidianas como en las macro-interacciones
sociales, nuestro lenguaje más espontáneo nos constriñe a una señalización dualista: pasión o desapego, poesía o prosa, arte o Ciencia, amor-deseo o amor espiritual, tentación o voluntad, inconsciente o consciente, naturaleza o cultura, homo demens u homo sapiens, arraigo o libertad, movimientos espontáneos o coacciones institucionales, etcétera” 40. Además, para Manghi es imprescindible que esta teoría ponga el acento en lo social, ya que la dimensión emocional del ser humano es un rasgo universal constitutivo. Para él no se trata sólo de una tarea científica, sino también ético-política, “pues la persistencia, en nuestro tiempo, de hábitos perceptivos dualistas, que separan el corazón y la razón, el cuerpo y el espíritu, las emociones y la cognición, es una fuente permanente de sufrimientos, de prevaricaciones y de violencia”.
Con respecto a una de las emociones básicas humanas, Francesco Alberoni (1979) cree que los sentimientos son la base del conocimiento, y considera que el amor es la forma más simple de movimiento colectivo. Considera que, como fenómeno social, ha de ser estudiado por las ciencias sociales como categoría básica de relación social. Otros autores como Pitrim Sorokin también inciden en la dimensión social del amor y los sentimientos:
“Tenemos prejuicios contra todas las teorías que intentan demostrar el poder del amor en la determinación de la personalidad y conducta humanas, en su influencia en el curso de la evolución biológica, social, mental y moral, en afectar a los acontecimientos históricos y en moldear las instituciones sociales y la cultura”.
Leo Buscaglia, también opina que es ridículo que el Eros, una fuerza de la vida tan poderosa, sea ignorada, no investigada y condenada por los científicos sociales, “que en cambio, sí se ocupan mucho de esa otra fuerza llamada sexo, cuando originariamente y en rigor etimológico se trata del mismo fenómeno” 41.
En esta línea crítica, deconstruccionista, queer y feminista que incide en la necesidad de investigar científicamente un fenómeno bio-psico-socio-cultural como el amor, escribí el libro “La construcción sociocultural del amor romántico”, perteneciente a la misma tesis doctoral que este libro42.
40 Manghi Sergio: Siento, luego podríamos. Para una teoría social de las emociones. Gazeta de Antropología, nº 15, 1999. http://www.ugr.es/~pwlac/
41 Citados por Soriano (2000)
42 Herrera Gómez, Coral: “La construcción sociocultural del amor romántico”, Editorial