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El 18 de octubre de 1807 las tropas napoleónicas cruzaban el Bida- soa y penetraban en España con el objeto de alcanzar hasta Portugal y someter a aquel país que había pretendido sustraerse al bloqueo con- tinental decretado por el emperador de los franceses. Hasta ese mo- mento el rey de España, Carlos IV, había sido aliado de Napoleón y en esos días se negociaba un tratado para dar paso a las fuerzas france- sas, que solo vino a quedar firmado tiempo después. Pero ya desde entonces la monarquía española desembocó en una corriente cada vez más rápida que concluiría destrozándola.

Mientras las divisiones francesas al mando de Junot se dirigían rumbo a la frontera portuguesa, en medio de los parabienes del pue- blo español, las intrigas de la corte castellana, alimentadas de una parte por Manuel Godoy y la reina y de la otra por el príncipe de Asturias, futuro Fernando VII, estallaron y se hicieron públicas: el rey denunció un intento del príncipe para destronarle, que según decía, se infería de papeles encontrados en su poder, y no contento con eso escribió al amo de Europa dándole cuenta y pidiéndole consejo. Fer- nando, que tampoco actuaba con criterio, a su vez dio a conocer que había escrito a Napoleón denunciando las irregularidades de la corte y pidiéndole que tuviese a bien otorgarle una esposa.

Después que esos paños fueron sacados a la luz del sol, por oficio- sidad de Godoy y algunos cortesanos, todos se reconciliaron y se mos- traron arrepentidos; pero ya Napoleón percibió que su buena estrella se desplazaba hacia España.

Los sucesos de Portugal se desarrollaron con facilidad asombrosa: el 19 de noviembre de 1807 penetró Junot en el país, el 29 la familia real se embarcaba para el Brasil y al día siguiente los invasores entra-

ban en Lisboa. Meses más tarde, el 1 de febrero de 1808, Junot decla- maba extinguida la casa reinante de Braganza: triste presagio.

A pesar del éxito de la campaña de Portugal, no habían cesado de entrar a España gruesos cuerpos de ejército, que se fueron distribu- yendo por la región norte y levantina y que, valiéndose de maña y artificio, se fueron apoderando de las principales fortalezas. Así que- daron situadas en Pamplona, San Fernando de Figueras, Barcelona, San Sebastián, etc. Las noticias de estos sucesos produjeron confusión tanto en el pueblo como en la corte; pero la política dudosa de esta no permitió ver claro el camino que debía seguirse. Las cosas llegaron a un punto extremo cuando entró a España Joaquín Murat a tomar el mando en jefe de los cien mil soldados franceses destacados en diver- sos puntos del territorio.

Ahora pudo verse la profundidad del abismo, hasta entonces solo sospechada.

La confusión se apoderó de la corte y el favorito Godoy insinuó a los reyes la conveniencia de retirarse a Sevilla para estar prontos a huir a América en caso de que Napoleón consumase un golpe. La noticia trascendió al pueblo y pronto el rumor de que los soberanos pretendían huir pasó a ser el motivo de una alteración creciente. Ha- cia el 17 de marzo de 1808 el pueblo de Aranjuez, lugar donde residía la corte, creyó verídico el rumor y bastó un incidente menor para que estallase una conmoción y la muchedumbre entrase a saco en el pala- cio de Godoy, a quien se atribuían, no sin razón, los desaciertos del momento. Al día siguiente, Carlos IV creyó conjurar el motín quitan- do al favorito los altos cargos de que disfrutaba; pero en la noche aquel fue sorprendido en su palacio y hubo que sacarlo de allí rodea- do de guardias mientras una poblada trataba de apoderarse de él con fines que podían oírse claramente entre la gritería y los dicterios. El pueblo no se apaciguó y, por el contrario, siguieron los tumultos.

En vista de las dificultades y creyendo que el príncipe Fernando pondría fin a la borrasca, decidió Carlos IV abdicar en su favor el 19 de marzo. La subida al trono del nuevo rey, en quien se veía un enemi- go del antiguo valido, fue celebrada con muchas muestras de alegría, fiestas y unos últimos saqueos.

Fernando VII creyó encontrar en las tropas francesas un seguro respaldo para su acción gubernativa y en Napoleón un aliado y conse- jero de indudable jerarquía. Por eso no es extraño que cuando el em- perador le hizo saber sus propósitos de conferenciar, estuviese llano a reunirse con él y ante la inminencia de su visita partiese de Madrid

para recibirlo en el camino; pero aquél era el juego de la araña con el insecto.

En cada pueblo se anunciaba la llegada de Napoleón para el otro de más adelante, disculpándolo con cualquier retraso, y así el rey de España llegó hasta cerca de la frontera. En vano el pueblo rodeó su carroza y quitó los caballos rogándole que no prosiguiese, pues los malos consejeros fueron mejor escuchados: la comitiva cruzó los lími- tes y penetró en Francia llegando a Bayona el 20 de abril.

Ya antes de entrar en la ciudad, Fernando tuvo conocimiento de una reciente declaración de que los borbones no reinarían más en Es- paña. Comenzó a sentirse prisionero y el hecho de que el emperador, estando en la ciudad, no hubiese salido a recibirlo, confirmó los ne- gros presagios. Una guardia de honor fue colocada en su residencia. Desde aquel momento la monarquía española estaba perdida. Días más tarde Napoleón hizo saber a Fernando que debía devolver la co- rona a su padre, que también estaba en la ciudad, porque la abdica- ción de este había sido forzada. El príncipe se avino con ese predica- mento y el 6 de mayo entregó el poder a su padre; pero el juego de Napoleón andaba más rápido que toda previsión. Ya el día anterior Carlos IV le había cedido la corona con la sola condición de guardar la integridad de los dominios y la conservación de la religión católica. Así pudo el emperador, un mes más tarde, nombrar a su hermano José, rey de «España y de las Indias».

El juego de las cortes estaba concluido, solo que no se había toma- do en cuenta al pueblo.

Desde ya hacía tiempo el pueblo español se había malquistado con las tropas francesas y no veía con agrado el autoritarismo creciente de Murat. La tempestad que se venía gestando tuvo su estallido el 2 de mayo en Madrid, al tratar el populacho de impedir que el infante don Francisco, un niño, fuese llevado por los franceses a Bayona. Los ata- ques de la multitud a las tropas fueron contestados con la represalia más brutal, conocida como las «Matanzas del 12 de mayo», inmorta- lizadas por Goya.

A la indignación que aquellos hechos produjeron, vino a sumarse la noticia de lo ocurrido en Bayona y desde entonces el pueblo espa- ñol, rabioso de venganza, se alzó en armas y procedió a tomar en sus manos el gobierno que, por el cautiverio del monarca, se hallaba acé- falo. El 24 de mayo se estableció la Junta Gubernativa de Asturias en Oviedo, ejemplo que fue imitado en cada ciudad hasta llegar a una proliferación de dichos organismos, que, finalmente, dieron la suma

de la autoridad a la Junta Suprema Central Gubernativa del Reino, constituida en Aranjuez el 25 de septiembre de ese mismo año de 1808. Mientras las fuerzas españolas se retiraban para organizar la resis- tencia o se diseminaban en montoneras, se establecía en Madrid José Bonaparte dispuesto a tomar las riendas del gobierno.

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