Cuando las noticias de los primeros desgraciados sucesos de la península llegaron a Chile, gobernaba el reino don Francisco Antonio García Carrasco, antiguo militar de vida oscura que en el modesto ejercicio de su profesión había alcanzado el grado de brigadier y por un giro de la fortuna el principal cargo del país. Indudablemente, no estaba preparado para tan altas labores, pues carecía de tacto político y además el momento en que le tocó ejercer el mando fue el más críti- co por que pasaron estos dominios.
García Carrasco era un hombre de costumbres sencillas, enemigo del boato, como que había vivido siempre en los cuarteles, y por estas razones tenía que ser mal mirado por la sociedad santiaguina, acos- tumbrada a la vida cortesana que había impuesto el antecesor don Luis Muñoz de Guzmán y su esposa doña María Luisa Esterripa, afi- cionados de la música, los saraos y las tertulias literarias. Era de esta- tura corriente, mirada benévola, espaldas anchas que los años habían ya encorvado: no era una figura gallarda, pues alguien lo bautizó como «Barrilete». Hablaba sin mayor ceremonial con todo el que quería verlo, asistía a las riñas de gallos, se paseaba por las calles acompaña- do de una sola persona y se detenía hasta para observar a los niños que jugaban en las veredas221. Era amigo de escuchar a los demás y por su falta de criterio siguió a menudo consejos falsos; sus mismos enemigos reconocían «que era hombre de buen corazón, pero no para mandar, porque su misma bondad lo hacía inútil»222.
221 José Zapiola, Recuerdos de treinta años (1810-1840), p. 19.
222 Carta de Teodoro Sánchez de Escobar a la Junta Suprema. Biblioteca Nacio- nal, Sala Medina, M. S., vol. 220, p. 54. Existen varios testimonios de la bondad de García Carrasco. El padre José Javier Guzmán en El chileno ins-
truido en la historia topográfica, civil y política de su país, p. 260 dice que
Las circunstancias que rodearon su ascensión al poder fueron bas- tante desafortunadas y aunque el derecho le asistía, los roces que se produjeron fueron el comienzo de una creciente enemistad entre el gobernador y las clases superiores del reino, en las que debía haber encontrado su mejor apoyo.
A la muerte del presidente don Luis Muñoz de Guzmán, ocurrida el 11 de febrero de 1808, la Real Audiencia de Santiago procedió a nombrar gobernador interino al regente del tribunal, don Juan Rodrí- guez Ballesteros, pasando por encima de una real orden de 1806 que disponía que en los casos de muerte, ausencia o enfermedad del gober- nador propietario, debía ser reemplazado por el militar de mayor gra- duación, siempre que no bajase de coronel efectivo de ejército. El mi- litar más antiguo que cumplía con tales requisitos era el brigadier don Pedro Quijada; pero quien, por su avanzada edad y sus continuos achaques no se sentía en condiciones de asumir el mando. En tal situa- ción, el cargo debía recaer en el brigadier García Carrasco, que le seguía en antigüedad y se encontraba con ánimo suficiente para satis- facer su ambición. Al tener conocimiento del acuerdo de la Audiencia, García Carrasco decidió hacer respetar sus derechos y hacer frente al tribunal. Convocó al efecto una junta de guerra en Concepción, don- de residía, que le reconoció por gobernador y en virtud de ese acuerdo se dispuso a asumir el mando, desconociendo el nombramiento recaí- do en el regente Ballesteros.
García Carrasco tenía la razón y la Audiencia hubo de echar pie atrás, reconociéndolo como presidente. Así, el tribunal más prestigio- so hubo de agachar la cabeza ante el nuevo mandatario.
Este incidente fue seguido por otro provocado artificialmente por el gobernador, que atentaba contra las prerrogativas de la Universi- dad de San Felipe. Correspondía al claustro de esa institución elegir el año 1808 al reemplazante del rector don Juan José del Campo y Lan- tadilla que concluía su período. Todos los doctores, que sumaban cer- ca de ochenta, se dispusieron a efectuar la elección y se reunieron solemnemente en la fecha fijada; pero al iniciarse la ceremonia, el rector saliente sacó de entre los pliegues de su capa un documento que hizo leer por boca del secretario: era un oficio del presidente mediante el cual prorrogaba su rectorado por un año más. La indignación y alborotos se desataron de inmediato en la sala, manifestando la gran
Posteriormente los escritores lo presentaron con caracteres tenebrosos, basán- dose en los dicterios de los criollos contra él.
mayoría de los doctores su más enérgica oposición a la orden. Las palabras duras y las actitudes amenazadoras no escasearon, hasta que el rector intimó a los concurrentes que abandonaran el recinto porque lo único que tenían que hacer era obedecer, y para dar respaldo a su orden hizo llamar al comandante de las tropas ubicadas en la plazuela frente al edificio, que, según se había creído hasta el momento, habían formado allí para dar solemnidad al acto. Los descontentos abando- naron el salón; pero antes de separarse enviaron algunos delegados al presidente con el objeto de manifestarle los agravios cometidos por el doctor Del Campo y solicitarle la revocación del decreto.
Las entrevistas con García Carrasco fueron en extremo corteses y aquel se mostró dispuesto a reconsiderar su determinación. Alegando que su ánimo no había sido atentar contra las prerrogativas del claus- tro, dejó a la corporación en libertad para elegir un nuevo rector. Re- sultó favorecido el presbítero don Vicente Martínez de Aldunate.
Bajo las reverencias de la etiqueta y las finezas de las comunicacio- nes, quedó ardiendo una malquerencia entre el gobernador y los doc- tores; como anotaba un observador de aquellos días «las fiestas e ilu- minaciones con que el público celebró la nueva elección de rector, y que en la opinión del presidente excedieron a las de su recibimiento, fueron para este nuevos motivos de secretos disgustos». Hay que te- ner en cuenta que asuntos de esta índole no sólo conmovían a las res- pectivas instituciones, sino que a toda la alta sociedad colonial, en la cual los miembros de la universidad tenían fuerte raigambre. Esto sin contar el prestigio que su calidad les daba delante de todos. Lo mismo ocurría con los oidores de la Audiencia y los regidores del Cabildo, institución, esta última, que también vería amagados sus derechos.
A todos esos problemas vinieron a agregarse los derivados de la remoción y nombramiento de algunos altos funcionarios y, sobre todo, un hecho luctuoso que horrorizó a la sociedad y arrojó los más negros borrones sobre el presidente y sus allegados. Tal fue el apresamiento de la fragata inglesa Scorpion y el asesinato de su capitán.
El año 1808 la Scorpion llegó a las costas de Chile con un valioso cargamento de contrabando; su capitán, Tristán Bunker, concertó un acuerdo con algunos comerciantes para proceder al intercambio de mercaderías en la caleta de Pichidangui, todo lo cual debía realizarse ocultamente. Para desgracia de los contrabandistas, los manejos lle- garon a oídos de García Carrasco, quien se dio, en colaboración con Juan Martínez de Rozas y gentes de escasa categoría, a preparar una celada con el objeto de apresar la nave.
La trama fue bien urdida; los emisarios de García Carrasco se hi- cieron pasar por comerciantes y tomando el nombre del marqués don José Toribio Larraín, concertaron todas las condiciones para un inter- cambio.
En la fecha y el lugar que se fijó, echó anclas la Scorpion, desem- barcó el capitán Bunker y procedió a ultimar los detalles con el perso- naje que se hacía pasar por el marqués de Larraín. Cuando el capitán, totalmente fiado de quienes lo rodeaban, conversaba amigablemente en una choza dispuesta en la playa, sintió algunos alborotos afuera y quiso salir a ver de qué se trataba. Inmediatamente uno de los que esta- ban junto a él le asestó una puñalada por la espalda y Bunker cayó afuera, donde lo ultimaron. De todas partes surgieron hombres de as- pecto brutal armados de cuchillos y pistolas, que rodearon a los demás oficiales después de haber herido y matado a algunos marineros.
Los asaltantes eran gente de tropa mezclados con individuos de mala vida capitaneados por un mallorquino de baja estofa, Damián Seguí, amigo de García Carrasco. Consumado el primer golpe, queda- ba por apresar la nave, y a ello se lanzaron en el acto ocupando dos botes. Al llegar al costado de la Scorpion hicieron fuego con sus ar- mas y treparon rápidamente, dando muerte a algunos hombres y de- jando varios heridos. Quedaba concluido el golpe.
La noticia del hecho no produjo revuelo en los primeros momen- tos, pues parecía solamente un capítulo más en la lucha por evitar el contrabando; pero cuando se conocieron los detalles y la forma insin- cera en que se había procedido, todos condenaron a los implicados, desde el gobernador abajo, llamándolos «escorpionistas». El marqués de Larraín, con el propósito de dejar a salvo su buen nombre, acudió a la Real Audiencia y solicitó una información judicial, que arrojó mayor luz sobre los sucesos.
García Carrasco, mientras tanto, extraviando los caminos legales decretó buena presa a la Scorpion y procedió al reparto de su importe y del cargamento, obteniendo él mismo una alzada cantidad, lo mis- mo que su confidente Martínez de Rozas. El administrador de adua- nas se opuso al reparto, alegando que el caso era de decomiso y que por lo tanto la mayor parte del valor correspondía al erario real; pero fue inútil y pasaría mucho tiempo antes que una real cédula le diese la razón, cuando ya García Carrasco había dejado de gobernar.
Fue tan unánime la condenación de la sociedad santiaguina que Martínez de Rozas se retiró a Concepción para evitar la hostilidad del ambiente.
En medio de todas estas vicisitudes le tocó gobernar a García Ca- rrasco, en los momentos en que las noticias de España eran cada día más graves y la situación de Chile más incierta. Los más altos tribuna- les y corporaciones se pusieron en pugna con él y las autoridades y empleados de la administración se distanciaron, hasta producir un vacío alrededor del presidente.