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Según algunas interpretaciones, el sistema de ciudades en Iberoamérica se ha ido constitu- yendo a partir de unas relaciones de dominio de España y Portugal como países colonizadores primero, y de los países de Europa Occidental y EEUU después.

España y Portugal trasladan al subcontinente americano unas pautas de organización de la red similares a las que tienen para sí mismas. En la colonización americana, se transvasan nuestras estructuras de producción agrícola y ganadera, (con la excepción del viñedo, que fue prohibido para no perjudicar la producción del país colonizador), pero se añade una novedad. La riqueza de oro y plata (riquísimos yacimientos de México y los Andes) junto con las plantaciones de la costa brasileña, otorgan al subcontinente importancia para las economías de ambos países ibéricos,

En el trasfondo de la conquista hispánica, late una filosofía que pretende armonizar los principios cristianos de justicia con la propia conquista y colonización. Esta filosofía se manifiesta en la «ciudad perfecta» y bien organizada, donde los ciudadanos se ayudan en ocasiones. La idea de partida es la consideración jerárquico-fordista del mundo como una gran ciudad, que se subdivide en otras menores, unas destinadas a los españoles y otras a los indios. La ciudad española sería la encargada de reflejar la civilización y el orden. A los indios no urbanos, que carecían de leyes y de dirigentes, se les urbanizaría en poblados. Y, así, la función de la Corona seria fomentar la prosperidad de los dos tipos de sociedades: de las ciudades españolas y de los grupos urbanizados de aborígenes.

La nueva red de ciudades se ordena a dos niveles jerárquicos. La Ciudad propiamente dicha será la capital del virreinato, con audiencia o gobernación, arzobispado u obispado, y será la sede de funciones administrativas de tipo subsidiario. La Villa, dependiente de la anterior, será destinada a los indígenas, que tendrán derechos y deberes, y dispondrán de sus propias autoridades municipales. En las zonas donde hay pueblos indios, a los que habrá que evangelizar, los propios conventos harán de Cabecera comarcal, y la administración se hará con el concurso de las autoridades indígenas.

Entre los asentamientos creados por los españoles hay un grado de especialización: ciudades militares, centros agrícolas, poblados mineros, centros administrativos, núcleos reubicados por traslado de un emplazamiento a otro, y centros de comercio y mercado. Unas fundaciones, reales al principio (dependiendo de la Corona y por ella del control del llamado Consejo de Indias), pronto evolucionan hacia un desarrollo de los intereses locales que promueven, al

menos en las ciudades agrícolas, la idea de una polis agrourbana y semiautónoma, más que la de un apéndice del Imperio.

Al llegar los españoles, habían desaparecido las ciudades mayas (siglos VII Y VIII). Los aztecas tenían su capital en Tenochtitlan que había sido fundada en 1325, y en los Andes, Cuzco, la capital inca, había sido fundada en el siglo XII. Pues bien, entre 1500 y 1630 fueron fundadas por España trescientas ciudades, según un modelo, cultural, organizativo, y económico que en muchas ocasiones no depara a la corona beneficios sino costos. El centro de gravedad económico de la Colonia se halla muy localizado en las explotaciones andinas y mejicanas de metales, de donde España extrae los recursos ultramarinos. En el resto, la presencia española, además de responder a necesidades de tipo estratégico y de dominio, obtenía parte de las rentas en zonas poco valoradas por su distribución en latifundios. Los beneficios y los duros impuestos a los indígenas explican que Iberoamérica quede sembrada hasta la Independencia, de ciudades dotadas de palacios, catedrales, Iglesias barrocas, conventos, universidades, y hermosas plazas con porches.

En las ciudades que posteriormente no han sufrido un proceso de remodelación, encontramos aún el trazado cuadrangular de la época fundacional, que se conserva en las Ordenanzas de Felipe II, correspondientes al año 1573. Este trazado se percibe en las calles, en las casas, en cuyo interior existe un patio cuadrangular, y en las Plazas Mayores, en torno a los cuales se agrupan los edificios nobles, como son la Catedral, el Ayuntamiento, el Palacio del gobernador y el Palacio de Justicia.

Después de la Independencia, la metrópoli y las antiguas colonias vivieron una historia hasta cierto punto paralela. España y los países latinoamericanos se convirtieron en la periferia de los países que empezaban a industrializarse. Además, la división del trabajo, que se introdujo en el siglo XIX, siguió los mismos métodos en uno y otro lado del Atlántico. Sin embargo, las minorías rectoras de América, que se habían enriquecido con el comercio de productos agrarios y mineros, no propiciaron el paso a la industrialización, a diferencia de lo que ocurría en el último tercio del siglo XIX en España. Así se ve cómo en las ciudades de Iberoamérica se limitó a reforzar sus funciones comerciales y bancarias, con vistas a la exportación, y a desarrollar las funciones administrativas y políticas.

La afluencia de inmigrantes es muy voluminosa a partir de los años 70 y 80. Tiene como principales países receptores a Argentina (cuatro millones), Brasil (2 millones), Cuba y Uruguay (600,000 en cada país), y Chile (alrededor de 200,000). Entre 1871 y 1880, Argentina recibe 100.000 extranjeros y un número parecido en Uruguay, alcanzando 200.000 en Brasil entre 1872 y 1880. Los italianos, ocupan el primer lugar, y después siguen los españoles hasta la primera guerra mundial. Otros pueblos europeos participaron también en esta segunda oleada colonizadora. Funcionaba a modo de frentes pioneros desde las zonas integradas de los Andes y del México central en dirección al Norte y el Sur del Continente; y hacia la costa oriental o pacífica, donde se hallan por aquel entonces las economías regionales y urbanas más desarrolladas.

En el transcurso aparece la tendencia a la macrocefalia y al gigantismo, lo que se aprecia en las tres ciudades que son entonces las líderes, Buenos Aires, Rio de Janeiro y México D. F., cuya población oscilaba en los años 32 mill de hab. En 1830, unicamente Nueva York había superado la población de la capital mejicana. Después y hasta los 20 comienza un periodo de transición hacia la etapa actual; entre los 20 y los 60, la industrialización por sustitución de importaciones ocurre especialmente en Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Méjico. Ahora es cuando el crecimiento de la población urbana y su localización en las capitales nacionales o en algunos centros de dimensiones regionales, comienza a desequilibrar a la red urbana. Unos pocos ejemplos paradigmáticos dan idea del proceso:

Buenos Aires, Rio de Janeiro y Sao Paulo. En 1920 las dos primeras tenían 1,5 millones de habitantes, y la última, poco más de 0,5 millones. En 1960, las tres ciudades rondan los cuatros millones. Similar grado de crecimiento tiene lugar en otras capitales como Santiago de Chile, Caracas o Lima.

En el cambio de modelo que se produce entre la transición por un lado, y la consolidación del gigantismo junto con la desarmonía de las redes urbanas, van a ser el Estado y los intereses extranjeros los que aprovechen las economías de aglomeración que se van a producir en las grandes capitales, para obtener beneficios. Algunos de los negocios que esos empresarios van a hacer consistirán en la mejora de los puertos y la instalación de vías férreas, como instrumentos básicos a la hora de potenciar los circuitos comerciales.

Desde la red policéntrica que fue creada por España, y luego difundida conforme aumentaba el poblamiento de nuevas tierras en el interior, se pasa en poco tiempo a otra red de grandes magnitudes y desequilibrios; la primacía de tamaños y la absorción de poder económico oligárquico en las ciudades capitales, da lugar a deseconomías sociales. Las coronas de suburbios caracterizadas por la pobreza, la miseria y desintegración delatan la injusticia del nuevo sistema.

Así que a la estructura policéntrica heredada del pasado, donde las ciudades organizan sus entornos agrícolas o mineros, sin apenas conexiones entre ellas, menos las que vienen obligadas por la Administración española o portuguesa, y salvo las rutas que transportan los productos a los puertos, sucede otra estructura, que se caracteriza por un acusado monocentrismo, que produce unos desequilibrios y unas segregaciones sociales más acentuadas que las otras. Salvo raras excepciones, las ciudades quedan como islas en su entorno regional, sin modificarlo y su función consiste en abastecer las necesidades del país, y, sobre todo, les permite formar parte de los circuitos de dependencia y de relación con los países más, desarrollados.

Estas ciudades, movilizadas por la economía nacional, y en algunas de ellas sobre todo por la internacional, no tienen influencia en las ciudades de rango menor. No hay aquí sistemas o subsistemas urbanos, en el sentido de integración de ciudades que este término tiene, sino cuencas urbanas, donde las ciudades atraen flujos migratorios de gran volumen, sin ser capaces de integrarlos en la economía y en la sociedad urbana.

Esta desarticulación nacional, que es más acusada a nivel continental, porque son países en vías de desarrollo, se agrava por razón de la extraordinaria desigualdad que existe en la distribución de la población. Una cuarta parte de la superficie contiene menos de un 1% de la población subcontinental, y en un 5% encontramos a casi la mitad de la población con densidades superiores a los 50 habitantes por km2. Un total de 26 ciudades en 11 países albergan a 100 millones de habitantes, que equivalen al 28,5 % de la población iberoamericana. Con el advenimiento de la libertad de comercio, que acabará con el monopolio de Sevilla, se abren nuevas perspectivas a la economía colonial. Otros puertos españoles entran en el ámbito de las relaciones con América, y de algún modo, se estimula el interés por la producción. Como, por ej., hace la Compañía Guipuzcoana de Caracas en relación a la explotación del cacao. El fenómeno más importante será la apertura al comercio internacional de la Pampa argentina, cuya agricultura y ganadería a través de Buenos Aires, dejan de ser un apoyo a las zonas de minería del Pacifico Sur, para introducirse en el mercado europeo. En Brasil, al cultivo del café se une la explotación del caucho.

Al coincidir la proclamación de la Independencia con la industrialización y urbanización europeo-norteamericanas, se produce el salto desde una exportación muy sectorializada, a otra diversificada y con grandes magnitudes. América latina es utilizada como uno de los grandes emporios exportadores del mundo. A partir de 1889, en que Ie llega el turno de la liberación al Brasil, se intensifican los cultivos tropicales uniéndose a la caña y al café, el caucho, en tanto que al desaparecer la esclavitud se inicia una importante fase de inmigración extranjera a este país.

El siglo XX significa, desde la perspectiva urbana, la consolidación de la tendencia hacia la primacía de las capitales, iniciada en la centuria anterior, junto con la internacionalización del comercio y las transformaciones del transporte marítimo y continental. A la participación europea, especialmente inglesa, en la construcción de infraestructuras y en la apertura de

mercados, sucede una presencia cada vez mayor de los intereses norteamericanos, que van a concretarse en las primeras Multinacionales, empresas relacionadas con la producción agrícola en medio tropical. La crisis de 1.929 deja en situación precaria a la economía de exportación, y ese es el momento en el que varios países se deciden por una economía de sustitución de importaciones, como la fórmula que puede superar a la dependencia exterior. Esta nueva política elige la localización de las empresas según dos tipos de pautas. 1) La orientación a los puertos, como habían hecho en la primera Revolución industrial, los países europeos que no disponían de materias primas o de energía. 2) La instalación en los puntos de la red urbana, de la industria ligera o de comercio, por razones de tamaño.

De forma global, durante las primeras décadas del siglo XX, las estructuras territoriales estaban conformadas por una red de núcleos menores e intermedios situados en el interior con funciones de soporte para las extensas áreas dedicadas a las actividades primarias, relacionadas por medio de un sistema de comunicación elemental que los unía a los pocos puntos nodales del sistema, capitales nacionales y puertos. Asimismo, dado que el funcionamiento de la actividad agroexportadora no requería otras alternativas de relación que las establecidas entre las áreas rurales de producción y las áreas urbanas de comercialización, nunca se llego a establecer una malla de relaciones fluidas entre asentamientos de distinta jerarquía, alentando una macrocefalia que será potenciada con mayor fuerza durante la etapa de industrialización. La ocupación del espacio sudamericano estuvo determinado por la existencia de sus recursos naturales. De este modo, la actividad humana se asentó en aquellas áreas favorables para la explotación primaria, mientras que aquellas que presentaban características geográficas poco propicias para la producción permanecieron vacías. Esta conjunción de factores dio como resultado una ocupación muy irregular, dibujando el perfil de ocupación que caracterizaría al continente hasta la actualidad. En esos años, las redes urbanas su- damericanas estaban ya altamente consolidadas, adoptando en el espacio formas específicas que se traducen en trazados factibles de tipificar.

El ferrocarril, que ya a finales del siglo XIX se había transformado en un símbolo del progreso, actuó a principios del siglo XX como un factor dinamizador de las economías. Aunque no está mostrado el desarrollo de las ciudades pequeñas y medianas durante la segunda mitad del siglo XIX, tuvieron una expansión mayor que el de las ciudades más grandes, creciendo, aunque desequilibradamente, gracias al proceso de difusión hacia el interior del continente de ciertas actividades comerciales y de servicios, que, apoyadas en la expansión de las comunicaciones terrestres, servían de soporte al desarrollo económico. Paralelamente a estas acciones que abrían fronteras hacia el interior, las comunicaciones viales, (el ferrocarril), se transformaron en los elementos territoriales que mas reforzaron la concentración de la riqueza y de los excedentes en las principales ciudades.

Obviamente, el dinamismo espacial cobró formas diferentes según el grado de organización y el desarrollo alcanzados por las fuerzas sociales y productivas de los distintos países de la región. Destaca la importancia que había adquirido el gobierno nacional en la toma de decisiones a partir de la construcción de los estados modernos después de las respectivas independencias. Se trataba de modelos fuertemente centralizados que regían todos los órdenes de la sociedad civil, adoptando una forma oligárquico-liberal, que no suponía la integración social y política de las mayorías populares ni el favorecimiento de la constitución de comunidades locales fuertes. Eran regímenes excluyentes que sólo respondían a los intereses de los grupos sociales minoritarios y de los propios aparatos del Estado. Las características que asumió el proceso de urbanización durante las primeras décadas del siglo XX en los distintos países del continente, permite distinguir tres grandes grupos de naciones, clasificadas según el nivel, la época y la dinámica de sus respectivos crecimiento urbanos. Tres países -Argentina, Chile y Uruguay- llegaron a un destacado umbral urbano a finales del XIX y en el ¼ del XX.

En estos países, las concentraciones urbanas comenzaron a crecer en función de la magnitud de la prosperidad alcanzada por el sector externo. En Argentina y Uruguay, las exportaciones estaban dirigidas a productos que (la carne), necesitaban una transformación elemental, que los llevó a diversificar tempranamente sus actividades económicas y a potenciar la creación de un dinámico mercado interno. Igual proceso se registró en Chile con la desruralización de la región central, el auge de las explotaciones mineras y la mejora de las comunicaciones. También el aporte de las

inmigraciones extranjeras de la segunda década del siglo que acentuaron la urbanización.

Un segundo grupo está constituido por los países cuyo proceso de urbanización alcanzó niveles significativos entre los 30 y 50. Esta categoría incluye a Brasil, Colombia, Perú y Venezuela, áreas que aceleraron sus crecimientos urbanos a partir de la crisis del mercado mundial de productos agrícolas. Este factor, unido a un incremento vertiginoso de la población como resultado del declive de la mor- talidad, originó un excedente demográfico sin precedente en las áreas rurales, hecho que motivó el traslado masivo de campesinos a las ciudades en busca de subsistencia. Estos países constituían el grupo con mayores tasas de crecimiento urbano de América del Sur.

Los restantes países -Bolivia, Ecuador y Paraguay-, al no ser regiones dotadas de potencial desarrollo de actividades productivas, registraron en la primera mitad de siglo un escaso crecimiento poblacional y urbano.