• No results found

2. Materials and methods

2.4. Chapter 5 specific methods

y la religión

Juan A. Monroy*

* Periodista y Pastor Evangélico.

GABRIEL CELAYA: POESÍA SOCIAL NOTAS BIOGRÁFICAS

tos”. Celaya fue uno de los muy pocos escrito- res que en aquella España de Franco logró dar vida a una obra poética comprometida social y políticamente.

En su largo y estremecedor poema LA PO- ESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO, es- cribió este dramático texto:

Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren y canto respirando.

Canto y canto, y cantando más allá de mis penas personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, y calculo por eso con técnica, que puedo.

Me siento un ingeniero del verso y un obrero

Que trabaja con otros a España en sus ace- ros.

Tal es mi poesía: Poesía-herramienta a la vez que latido de lo unánime y ciego. Tal es, arma cargada de futuro expansivo, con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada. No es un bello producto. No es un fruto perfecto.

Es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto llevamos dentro.

Son palabras que todos repetimos sin- tiendo

como nuestras y vuelan. Son más que lo mentado.

Son lo más necesario: lo que no tiene nom- bre.

Son gritos en el cielo y en la Tierra son actos.

En ITINERARIO POÉTICO, añade: “En los primeros años del sesenta la llamada “poesía social” entró en crisis… La primera poesía so- cial se había ido extinguiendo con el paso de unos años en los que no se produjo más cambio que el de una derivación de nuestro país hacia una incipiente sociedad de consumo…. Intenté una nueva puesta a punto de la poesía social aplicando ésta a la problemática de mi Euskadi natal mediante una combinación de sus viejas leyendas con su actual efervescencia revolucio- naria”.

El tema religioso está ausente en la obra de Celaya. Persistente antifranquista, miembro del partido comunista, por el que fue candidato a

senador por Guipúzcoa en 1977, el soplo reli- gioso que dieron a sus versos prohombres de la generación literaria del 27 y el 98, como Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno, Federico García Lorca, Antonio Machado, Valle Inclán, Ramiro de Maeztu y otros, no existe en la obra de Celaya. Lo suyo era el hombre y Dios; la idea, no la religión. “La vida es siempre absurda –es- cribió en LÁZARO CALLA–, arbitraria y gratuita. Está ahí contra toda razón, sin saber por qué ni para qué”. ¿Contra toda razón? ¿Somos tan sólo diminutos átomos materiales despren-didos de la corteza terrestre o una Razón Suprema nos puso donde estamos? En PENÚLTIMAS TENTA- TIVAS, obra de 1960, una de las más compro- metidas, escribe que “si Dios existe, se oculta y manda así que vivamos como si no existiera, sin profetismos ni renuncias, sin desesperadas esperanzas y a la vez sin dejaciones disolven- tes”. Hay aquí ecos del DIOS OCULTO, libro del profesor de la Universidad de Lovaina, Van Steen-berghen. Aún cuando Dios es una verdad reconocida universalmente, intelectuales de todos los tiempos y de todos los países se han planteado la misma duda que inquietaba a Ce- laya. Si existe Dios, ¿se oculta? ¿Con qué fin? Este dilema torturaba también la mente de André Gide, hijo de padre protestante y madre católica, Premio Nobel de Literatura en 1947: “Si Dios me habla, no le oigo. Si yo tuviera que formular un credo diría: Dios no está detrás de nosotros”.

Sí lo está. Detrás, delante, a derecha y a iz- quierda. Dios no se oculta a sus criaturas. Tan presente está en nuestras vidas que según el apóstol a los gentiles en Dios vivimos, en Dios nos movemos, en Dios somos. Nuestra inteli- gencia, por muy grande que sea, no puede negar esta realidad.

Celaya lo sabía.

“La poesía no es neutral –escribía–. La po- esía es un instrumento entre otros para trans- formar el mundo”. Sí, conforme, pero para transformarlo con las manos de Dios. Así lo vio otro de nuestros grandes poetas, Dámaso Alonso, contemporáneo de Gabriel Celaya. “Toda poesía es religiosa. Buscará unas veces a Dios en la Belleza. Se volverá otras veces, con íntimo desgarrón, hacia el centro humeante del misterio, llegará quizá a la blasfemia. No im- porta… Así va la poesía de todos los tiempos en busca de Dios”. Palabras de Dámaso Alonso. R

E

ran los tiempos en que el tráfico de Barcelona avanzaba todavía a paso de caballo. En la gaceta se anunció como el marqués de Bolaños había matriculado ese año el primer coche de Madrid. Cuando el marqués lucía mostacho y coche nuevo por la ronda de Atocha, toda la chiquillería se agolpaba alrededor de la máquina, hacién- dole temer por esos deditos pringosos que dejaban huella en su elegante tapicería. En la capital gustaban de estas excentricidades. Pero en Barcelona, la buena sociedad prefe- ría aplaudir al compositor Felipe Pedrell en el Liceo, aunque tuviera que soportar la ópera en italiano. Las otras gentes preferían para solazarse rozar sus cestas de comida mien- tras recorrían las callejuelas del mercado de la Boquería. Las viseras, canotiers e incluso algún bombín, se ladeaban a un lado u otro de la calle, contemplando el género. Las ver- duleras gritaban sus precios por encima de una marabunta de almas que intentaban lle- gar al fondo del pasillo, donde el olor del pes- cado no tan fresco, anunciaba precios más asequibles para los bolsillos de las familias numerosas.

Si se abandonaba el suelo pegajoso de los puestos de pescado barato, se lograba salir del mercado por el Carrer de Jerusalem, y allí, a unos pocos pasos, había una pequeña tienda con un único escaparate, una puerta estrecha y fama de tener los mejores precios en corchetes, hilos y jabón de marcar entre

las mujeres del vecindario. La tienda, peque- ñísima, se encontraba alojada en un entre- suelo, en la parte de la calle que parecía más oscura y mísera. El primer y segundo piso del edificio estaba ocupado por una casa de co- midas y el hostal “El dulce descanso”, que a lo largo de los años ofrecía la misma sopa de col a los mismos inquilinos.

Debajo de los balcones de ventanas es- trechas y cortinas desvaídas del hostal, des- tacaba el brillo de los cristales impecablemente limpios del escaparate de la tienda. Encima de él se encontraba col- gado un cartel sencillo, de fondo negro, que con letras blancas de caligrafía inglesa, anun- ciaba con elegancia el nombre del negocio: “La Primorosa”. Dentro del escaparate, en- cima de una tela de terciopelo violeta de bor- des algo agujereados, un muestrario variado de botones, cintas, corchetes, guantes y flo- res de fieltro se desplegaba en abanico. Tal exhibición de fruslerías merceras parecía no poder ser contenido en un espacio tan pe- queño. Pero de alguna manera, Martina, la aprendiza de mercería, se las arreglaba para que todas las semanas el escaparate pare- ciera distinto. Su táctica consistía en poner los botones al fondo y los figurines en pri- mera fila, y viceversa, alternado también en el centro con el encaje de Camariñas que todas las primaveras, Doña Primi, la dueña de la tienda, le pedía a su prima Berta, la ga- llega. La Primorosa era un negocio indefinido

* Enfermera vocacional y licenciada en Humanidades. En búsqueda de una vida con sentido.