De este noble linaje deberá nacer el César troyano, que ampliará su imperio hasta el océano, su gloria hasta las estrellas [...]. Él, en días venideros, deberá, ansioso ya no, darte
la bienvenida al cielo, cargado con botín oriental; él, también, deberá ser invocado con juramentos. Entonces las guerras cesarán y las eras salvajes se dulcificarán...
VIRGILIO, finales de los años 20 a.C.470
Parece que César Augusto pasó varias semanas en Atenas y que su regreso a Roma fue lento; pues se detuvo para conceder audiencias en todas las grandes comunidades que se encontró de camino. El trabajo no se interrumpió e incluso distracciones tan macabras como el suicidio del delegado indio no fueron sino breves interludios entre recibir peticionarios y redactar correspondencia. Más bienvenida fue la aparición en Atenas del poeta Virgilio, que estaba viajando por Grecia para descansar de su más de una década de trabajo en los doce libros de su épica Eneida. Íntimo de Mecenas desde hacía mucho tiempo, gracias a él había sido presentado a Augusto y muchos estaban convencidos —sin duda acertadamente— de que era el princeps quien lo había animado a embarcarse en su gran proyecto. Sabemos que Augusto se interesó mucho por sus progresos, por ejemplo escribiéndole desde Hispania preguntándole por ellos. Antes de dejar Roma camino de Oriente, él y otros miembros de su familia asistieron a una lectura pública de una parte de la Eneida. El pasaje en el cual se lamentaba de la reciente muerte de Marcelo los conmovió a todos tan profundamente que Octavia se desmayó.471
Virgilio era un perfeccionista, que elegía cada palabra con tanta atención que raras veces componía más de un par de líneas de la Eneida al día. Su amigo Horacio, otro perteneciente al círculo de Mecenas, era en ocasiones más lento todavía en sus composiciones. Semejante dedicación no era mera afectación o la característica de un diletante, pues eran artistas serios de un extraordinario talento. Horacio era universalmente admirado, mientras que de la poesía de Virgilio ya se decía que posiblemente fuera la más bella expresión de la lengua latina. Mecenas escogía bien a los poetas que se unían a su círculo de amigos. Es probable que todos ellos fueran ecuestres, incluido Horacio, hijo de un exitoso liberto y lo bastante rico como para poseer la educación y el tiempo libre para dedicarse a la poseía. Por más que algunos de ellos habían perdido tierras durante las guerras civiles, no dependían del patronazgo de Mecenas y Augusto para vivir, cuyos regalos simplemente se sumaban a su confortable estilo de vida. Probablemente después de su enfermedad, Augusto esperó poder utilizar a Horacio y así se lo escribió a Mecenas: «Antes de esto era capaz de escribir cartas a mis amigos con mi propia mano; ahora, abrumado por el trabajo y la mala salud, deseo quitarte a nuestro amigo Horacio. Vendrá entonces desde esa mesa tuya de parásitos hasta la mesa imperial para ayudarme a escribir mis cartas».472
Al final Horacio declinó la oferta, pero esto no dañó en nada su continua buena relación con Augusto. El informal y bromista estilo de este pequeño fragmento de la carta del princeps a su viejo amigo Mecenas se extiende a su correspondencia con los propios poetas. La literatura era un inmensamente respetable y muy a la moda modo de disfrutar del ocio por parte de la elite romana — la señal de un hombre verdaderamente civilizado—. El estado mayor de Julio César en las Galias era un grupo especialmente literario y Augusto compartía la reverencia de Mecenas por los poetas y
escritores. Tales cuestiones eran útiles —y adecuadamente neutrales— temas de conversación para las reuniones sociales con senadores y otros hombres importantes. Junto a la tradición, la literatura había sido un tema importante en su amistad con Ático. Tanto Augusto como Mecenas escribieron y el primero se sumó a Horacio y a los demás en sus burlas a los esfuerzos poéticos del segundo. También él denigraba gustoso sus propios esfuerzos, bromeando cuando abandonó un intento de escribir una tragedia diciendo que su protagonista se «había caído sobre su esponja».473
Como todo el mundo, los poetas del círculo de Mecenas no pudieron dejar de ver la realidad del dominio de Augusto o no darse cuenta de que en el fondo reposaba sobre su poder militar. Sin embargo, no se sintieron más obligados a escribir que los senadores a buscar cargos o una carrera pública. Es un gran error descartar su trabajo como propaganda o, incluso, sugerir que su contenido y temas estaban estrechamente controlados por Mecenas y, a través de él, por Augusto. Igual de errónea es la pretensión de encontrar una subversión cuidadosamente velada o una crítica insinuada del princeps y su régimen. Augusto estaba orgulloso de su relación con los mejores autores. Era una cuestión de amor propio, pero también una buena política. La reputación de Alejandro Magno había sufrido al aceptar las exageradas alabanzas de poetas mediocres.
Hombres como Virgilio, Horacio y Propercio podían ser animados y engatusados para que escribieran sobre ciertas cuestiones, y debían ser conscientes de lo que era probable que le gustara al
princeps. En ocasiones bromeaban con que les «presionaban» para escribir; pero se trata de un
recurso literario que a menudo se combinaba con la falsa modestia. Cicerón, Ático y sus contemporáneos jugaron a menudo a lo mismo urgiéndose unos a otros a escribir sobre temas concretos. Augusto le escribió una vez a Horacio amonestando gentilmente al poeta por no mencionarlo en ninguna de sus obras. «¿Tienes miedo de que tu reputación ante la posteridad vaya a sufrir si parece que eres mi amigo?», le señaló en su habitual tono de broma; y la verdad es que resulta complicado encontrar un tono de amenaza real tras esas palabras. La cuestión era la amistad —Horacio es un familiaris— más que la política y, a pesar de que en Roma las dos aparecen a menudo confundidas, la implicación es que cualquier obra sería un honor para ambos. Horacio respondió con la primera parte de su segundo libro de Epístolas, que habla de los servicios prestados al Estado por poetas como él mismo e incluye la famosa frase sobre cómo «la cautiva Grecia conquistó al feroz vencedor y llevó las artes al rústico Lacio».474
La obligación era somera y la mayoría de los temas agradables a los poetas. La victoria de César y la paz que trajo eran algo que casi cualquiera que hubiera vivido las guerras civiles podía celebrar fácilmente. La restauración de los ritos religiosos, el regreso de la estabilidad y la derrota de peligrosos enemigos extranjeros eran todas cosas inequívocamente buenas para todos los romanos, sobre todo los miembros de la elite, y los poetas hubieran sido muy raros si no hubieran compartido esos sentimientos. No había participación directa en las palabras que escribían y mucho menos una censura directa. Para que tuvieran valor, era necesario que a hombres como Virgilio, Horacio y los demás se les dejara componer a su modo y con su propio estilo.
El resultado fue un flujo continuo de obras de la mayor calidad que continuaron siendo admiradas durante siglos, entre las cuales hubo muchas favorables al nuevo régimen, pero muchas más que hablan en general de la experiencia humana. Esto fue mucho más poderoso de lo que lo podría haber sido cualquier propaganda controlada y ayudó a satisfacer el estado de ánimo de la restauración. La relación de Augusto con los poetas añadió lustre a su dominio, puesto que la poesía era un interés por completo adecuado para cualquier senador, y como la poesía creada era tan
evidentemente buena no parecía un tirano y los poetas no parecían aduladores. Cuando Proporcio rechazó el tema de la guerra contra los partos y otros enemigos, prefiriendo en vez de ello hablar del amor, no se trató de un ataque a la política del Estado, sino de un ingenioso y encantador sistema a base de poemas destinado a divertir, no a convencer a los lectores para que abandonaran la vida pública. El dominio de Augusto creó un entorno en el cual se fomentaba que florecieran el arte y la literatura, mientras que poetas, escritores y artistas luchaban por hacerse con un nombre, a menudo reinventando estilos bien asentados. No existen motivos para dudar de que Virgilio y otros fueran sinceros en los puntos de vista que expresaban, por más que el prejuicio moderno es asumir que todos los grandes artistas han de ser, por naturaleza, disidentes, sobre todo si viven bajo un líder que tuvo que luchar para alcanzar el poder. A modo de comparación haríamos bien en tener en cuenta las muchas grandes obras musicales y artísticas producidas bajo el gobierno, y a menudo bajo el patronazgo directo, de monarcas absolutos durante el siglo XVIII y comienzos del XIX.475
En un momento dado, Virgilio habló de escribir un poema épico sobre el propio Augusto, para después rechazar la idea. En cambio, la Eneida se sitúa en el lejano pasado y cuanta la historia de Eneas, el héroe troyano que escapó a la caída de su ciudad y dirigió a un grupo de exiliados hasta Italia, donde varias generaciones después su descendiente Rómulo fundaría Roma. Era el mundo de la Ilíada y la Odisea de Homero, el más antiguo y grande de los poemas épicos griegos, y se trataba de un intento deliberado por igualar su grandeza en lengua latina. También se afirmaba que Eneas era el antepasado de los Julios, cuyo nombre derivaba del de su hijo Iulo y, dado que el héroe troyano era hijo de Venus, esto le daba a la aristocrática familia su pedigrí divino. Virgilio se dedicó al proyecto e incluso su viaje a Grecia se pretendía que fuera un descanso que lo inspirara para continuar trabajando y mejorando el poema. A pesar de todos sus esfuerzos y de la favorable acogida recibida en recitales previos de algunos extractos, el poeta no estaba satisfecho —se sabe que incluso alteraba versos mientras los leía—. Menos gregario que el bon vivant de Horacio, Virgilio pasaba mucho de su tiempo encerrado en una de sus propiedades toqueteando el poema y modificando o rechazando línea tras línea.476
La Eneida quedó sin terminar y, ya fuera porque Grecia demostró ser menos inspiradora de lo que había esperado o simplemente porque se sintió obligado a acompañar a Augusto, Virgilio se unió al princeps y su séquito en su regreso a Italia. Durante el viaje se puso enfermo, al principio por una insolación y después con fiebre. Virgilio llegó a Italia, pero falleció en Brundisio el 21 de septiembre del 19 a.C. con cincuenta y dos años de edad y apenas dos días antes del cuadragésimo cuarto cumpleaños de César Augusto. En su testamento nombraba al princeps y a Mecenas como sus herederos, así como a Lucio Vario, miembro también del círculo de poetas de este último. Insatisfecho con el estado de la Eneida, Virgilio le había rogado a Vario que en caso de fallecer quemara los manuscritos. Este se negó y, en sus últimos días, imploró a sus ayudantes que le trajeran los rollos para que pudiera quemarlos él mismo. Augusto se aseguró de que no cumplieran sus órdenes y el princeps urgió a Vario y a un colega a que ordenaran el poema y se lo ofrecieran sin tardanza al mundo.477
A pesar de los deseos del autor, esta desobediencia le hizo un gran servicio público, al salvar uno de los grandes logros de la literatura romana. Es evidente que un grandioso y bello poema épico escrito por un autor famoso, donde se contaban inspiradoras historias de uno de sus antepasados julianos, así como del origen de los romanos y en el cual se celebraba tanto su pasado como su futuro poseía un evidente atractivo para Augusto. De modo que sus acciones no fueron completamente
altruistas, si bien está claro que no habría querido que el poema circulara de no haber estado básicamente terminado y ser de una evidente excepcional calidad. La gente no tardó en ponerse a pensar en los cambios que Virgilio podía tener previstos —especulación que continúa hoy día entre los especialistas—, pero la Eneida fue saludada universalmente como un adecuado rival de Homero. No tardó en convertirse en un texto estándar en la educación romana. (Un siglo después, dos aburridos escribientes del ejército en extremos opuestos del Imperio, en el norte de Britania y en Judea, garabatearon una línea del poema en la parte de atrás de documentos rutinarios que la fortuna preservó después para que los descubrieran los arqueólogos). La Eneida fue una de las obras más citadas de la literatura latina, si bien hemos de mencionar que las citas proceden en su mayoría de los primeros libros. De modo muy parecido a Shakespeare, buena parte del poema fue abandonada según los maestros se concentraban en unas pocas y familiares secciones.478
«Canto a las armas y al hombre» (Arma virumque cano) dice la primera línea del primer libro —y el uso de la primera persona por parte del poeta era en sí mismo una ruptura con la tradición homérica—. El mundo de la Eneida está entretejido con el de Homero y muchos de sus protagonistas —el principal Eneas— proceden de él. La primera mitad copia a la Odisea con los refugiados troyanos errando por el Mediterráneo, en ocasiones cruzándose con las huellas dejadas por el héroe griego. Así, se encuentran con uno de los hombres de Odiseo que se había quedado atrás cuando los demás escaparon de la cueva del cíclope Polifemo y luego ven al cegado monstruo trastabillando furioso. En todo él los dioses intervienen, con Juno persiguiendo vengadoramente a los troyanos, mientras Venus protege a su hijo.
A pesar de todas las reminiscencias de Homero y las muchas alusiones a otras obras literarias, junto a los mitos se pueden apreciar detalles de un mundo más moderno y complejo. En ocasiones Eneas tiene miedo, está enfadado o confuso y es capaz de simular confianza y entusiasmo para inspirar a sus hombres mientras en privado está desesperanzado. Los héroes homéricos poseían una extremada confianza en sí mismos y eran igual de egocéntricos —la Ilíada nos habla de la ira de Aquiles por un desaire personal, de modo que se enfurruña en su tienda hasta que la muerte de Patroclo hace que regrese a la batalla y se cobre una salvaje venganza—. El éxito del ejército griego es casi irrelevante para su motivación personal, pues elige una vida corta y gloriosa en vez de vivir hasta una edad provecta en la oscuridad. En la Odisea, el héroe Odiseo pierde a todos sus seguidores durante sus viajes con escasas muestras de remordimiento y se entretiene con ninfas y diosas antes de regresar a su hogar a masacrar a los pretendientes de su esposa y a cualquiera de su casa que los hubiera aceptado. El honor y el éxito personales son lo que realmente importa a este tipo de héroes, lo cual ayuda a explicar por qué muchas generaciones de griegos y romanos —en especial aristócratas— consideraron esos poemas épicos como guías para su propio comportamiento.
Eneas es diferente, porque siempre es consciente de su deber. Es el pius Eneas, respetuoso con los dioses y su familia, sobre todo con su padre, al que se trae de las ruinas de Troya, siendo consciente de que lleva sobre sus hombros el destino de su raza, necesitando conducirlos a Italia de tal modo que con el tiempo Roma pueda ser fundada y los romanos alcanzar la grandeza de los días de Virgilio e incluso mayores logros por venir. Más de una vez se le muestran fogonazos de esta futura gloria para inspirarlo. Además de a enemigos declarados se enfrenta a la tentación, sobre todo cuando él y sus seguidores son recibidos por la reina Dido de Cartago. Juno y Venus conspiran para hacer que se enamore del héroe troyano y su amor se consuma cuando ambos se refugian en una cueva durante una excursión de caza interrumpida por una tormenta. La amenaza para el futuro es breve,
pues poco después Eneas parte con su gente en vez de asentarse entre los cartagineses, una alternativa que los habría conducido a ellos, y no a los romanos, a convertirse en el pueblo más grandioso de la región. Con el corazón roto, Dido se suicida, obligando a su gente a tener un odio eterno a los descendientes de Eneas y, de este modo, proporcionando un rencor antiguo para el conflicto real entre Roma y Cartago en los siglos III y II a.C.479
El poema épico de Virgilio es una mezcla de la tradición existente —a menudo escogiendo una versión entre varias— con de la de Homero y otros cantos épicos, así como una buena parte de invención. Las alusiones a su propia época son abundantes, pero están bien logradas. Sicilia aparece mucho en el poema —Eneas la visita dos veces—, lo que seguramente sea un reflejo del destacado papel que tuvo en el ascenso de Augusto. Una desesperanzada Dido lamenta que su amante no le haya dado un «pequeño Eneas» como consuelo por haberla abandonado, lo que a sus contemporáneos debe haberles hecho pensar en Julio César, Cleopatra y Cesarión. La asociación de la reina cartaginesa del poema con la reina egipcia de la historia reciente era natural, pero nunca resulta forzada. Dido es tratada con gran simpatía, manipulada por los dioses para que se enamore y luego abandonada. La única y posterior aparición de Cleopatra en la historia es muy hostil; pero Dido aparece más como víctima que como villana y solo cuando el poeta describe su horrible suicidio es representada como inestable y peligrosa... un cambio seguramente más discordante para la sensibilidad moderna que para la antigua.480
E l pius Eneas antepone el más grande destino de su pueblo a sus propios sentimientos y abandona a Dido. Posteriormente, cuando visita el otro mundo y se encuentra con su espíritu, la reina se niega a reconocerlo en una escena más preocupada por la tristeza y culpabilidad de Eneas que por los sentimientos de ella. Una y otra vez, Eneas hace lo correcto para el futuro, pero con un gran coste para él y los que están a su alrededor. Cuando finalmente alcanza Italia, la bienvenida que le ofrecen algunos reyes locales provoca una guerra con sus vecinos que presagia de diversos modos las guerras civiles de la época de Virgilio. Las batallas de Homero son crudas y salvajes, con detalladas descripciones de heridas y muertes, y Virgilio sigue la misma tradición. Resulta tentador ver un tono más duro: un rey aliado se tropieza y cae sobre un altar, donde es muerto, mientras su oponente dice: «Ya lo tiene [ hoc habet, el grito utilizado en las luchas de gladiadores], esta es la mejor ofrenda dada a los dioses», mientras cerca a otro hombre le prenden fuego a la barba antes de ser tirado al suelo y asesinado. Ciertamente se capta mejor el coste de la guerra y la pena de las familias de los caídos que en la Ilíada.481
Y, sin embargo, no hemos de ver en esto una condena a la guerra, porque si bien Virgilio presenta los combates como algo terrible y lleno de tristeza, no la presenta como algo innecesario. En la batalla Eneas es tan implacable como cualquiera, abriéndose camino por entre una amplia sucesión de enemigos, incluido un hombre que llevaba insignias de sacerdote. Al final de la historia se enfrenta a Turno, rey de los rútulos, quien ya había acabado con muchos de los troyanos y de sus