¡Es verdad soy muy nervioso! Horrorosamente nervioso, siempre lo fui, pero, ¿por qué pretendéis que esté loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, sin destruirlos ni embotarlos. Tenía el oído muy fino; ninguno le igualaba. He escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra, y no pocas del infierno. ¿Cómo he de estar loco? ¡Atención! Ahora veréis con que sano juicio y con qué calma puedo referirles toda la historia.(Poe, 2015, p.1)
—Es gracioso, así como el asesino de ‘El corazón delator’ yo, en efecto, soy bastante nerviosa y, de hecho, como él, tengo un oído muy fino, de titanio para ser exactos, aunque bueno, ese es otro cuento, consiguiente hasta cierto punto de mi infortunada historia amorosa. Por mi parte sentía que cada vez era más inestable, como si debajo de mi cama algo me succionara cada vez más hondo, como si todo temblara y lentamente estallara una catástrofe que me quebraba en mil pedazos.
Hasta este punto lo que he intentado es dilucidar cómo desde hace tiempo nuestro mundo (occidental) está inundado de eso que llamamos ‘amor’ y los códigos que hemos creado a su alrededor, los cuales necesariamente influyen en nuestro modo de relacionarnos; al mismo tiempo con mi historia personal, la cual no ha sido ajena a estas ideas. El fin de este proyecto, sin embargo, no radica en hacer catarsis a mi ruptura; más bien me sirvo de esta para tratar de rastrear aquello que nos lleva a estas situaciones; la tusa, que no
tiene lugar en el universo cotidiano y funcional en el que vivimos, a pesar de que caminamos sobre discursos amorosos todos los días.
No es sencillo definir esa etapa, pero lo cierto es que para mí se convirtió en una depresión profunda que, a pesar de mis intentos por mitigar, no se iba. En vez de eso, los pensamientos sobre lo que había acabado con mi relación, sobre por qué mi vida estaba hecha un desastre y preguntas en torno a lo que era o no el amor eran recurrentes, incluso más que cuando estaba en la etapa feliz del enamoramiento. Era aturdidor pensar en mi ruptura, no lograba centrar mi atención en ninguna otra cosa, al punto en que me sentía ahogada en mis propias ideas.
No me arriesgaría a decir que estaba volviéndome literalmente loca, pero tampoco podría calificar esto como un hecho banal. Por alguna razón ocurren los crímenes pasionales, los suicidios o, en mi caso, un despido laboral, un semestre académico aplazado, una enfermedad y, entre otras consecuencias de mi estado, unos largos seis meses en cama. El llamado duelo amoroso podría catalogarse como un período surreal en la vida, no solo porque mente y cuerpo se encuentran en un agujero atemporal, entendiendo esta idea como estar físicamente presente mientras la mente divaga en lo que fue el pasado y lo que será el futuro en una cuerda floja irrompible, sino porque es una situación descolocadora y pánica, que se invisibiliza y es tildada de patética, en el mal uso de la palabra.
Es posible que la contradicción sea lo que nos lleva a tal vulnerabilidad emocional, pues siendo la nuestra una sociedad llena de amor no se da el tiempo ni el espacio para enamorarse y definitivamente mucho menos para desenamorarse. Mientras la cultura del ocio nos ilusiona con vivencias apasionadas y profundas, la realidad es que también estamos ligados a un sistema que nos incita a tener relaciones menos estrechas y más individualistas, lo que denominará el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman como amor líquido (Bauman, 2005). A grandes rasgos, este es un concepto con el que se puede encerrar la manera de amar de las sociedades capitalistas de hoy en día, un amor con fecha de caducidad y con nudos desatables, mucho más sencillos de procesar.
Sin embargo, aunque nuestra forma de vida responde a un orden capitalista, no podríamos comparar nuestra cotidianidad con una del primer mundo, como sobre la cual aventuro que Bauman hace sus afirmaciones, aunque mencione en general al mundo globalizado. En el documental “La teoría Sueca del Amor. El triunfo del estado de bienestar”Erik Gandini, su director y realizador, redirige un poco la idea de Bauman situándola específicamente en Suecia, y arma una relación entre lo que llama allí, el desarrollo, valores individuales y valores tradicionales, concluyendo que, a mayor sostenibilidad económica, mayor es la independencia y los intereses individuales, por ende, elementos como la autorrealización se vuelven primordiales. En contraposición, y en los términos que el usa, a menor desarrollo (en términos materiales) como en países del tercer mundo, los valores familiares y los tradicionales poseen más relevancia, pues prima el bien común, las necesidades básicas a cubrir como salud y alimentación, lo cual es más fácil de abastecer en unión con otros. (Gandini, 2015).
En este punto Gandini se centra en Wollega, una remota región de África, la cual según la gráfica de valores de la que se vale es uno de los lugares con más subdesarrollo. Si vemos esto aplicado a nuestro país y nuestra cultura, somos un híbrido entre la globalización y un tercer mundo. No hablo de todo el país, es claro que hay lugares en Colombia con niveles de pobreza extrema a donde no llegan ni siquiera los servicios básicos y donde pensar en la falta de reconocimiento del desamor podría pasar por superflua ante otros sucesos, pero sí es aplicable para la clase media preponderante del país, que aún con ciertas comodidades no puede dejar de angustiarse por sobrevivir.
Entonces, aunque hacemos parte de la globalización, no pertenecemos a un estado capitalista ni democrático que funciona a la perfección ni que nos garantiza una estabilidad. En consonancia, aunque quisiéramos ser totalmente independientes unos de otros, no es posible, nos necesitamos para sobrevivir, nuestra cultura aún busca respuestas en los discursos amorosos, aún se aferra a creencias, al mismo tiempo que discurre entre las falacias de un mundo que promete que todo es posible bajo la idea neoliberal, corriente capitalista que para Foucault se fundamenta en torno al “capital humano” (Foucault, 1997). Esto se traduce en que cada individuo es responsable de sí, de su propia empresa en términos de cuerpo, es decir, cada ciudadano se convierte en un sujeto moral, que no debe, ni puede hacer responsable al estado por no cubrir su salud, educación o trabajo, sino que se culpa a sí mismo por no saber auto gestionarse. La premisa de este modelo será entonces, hacer ‘sujetos libres’, pero bajo la mentira de dicha libertad se esconde la ineficiencia y la mediocridad de un estado que no puede abastecer lo básico.
No es, por tanto, que el capitalista aumente sus ganancias a expensas del obrero y de una forma inversamente proporcional a su pauperización (la tesis marxiana de la plusvalía), sino que, en la concepción neoliberal, el obrero mismo es un capitalista. El obrero no está ‘por fuera’ del capital, no es una víctima de su lógica perversa, sino que es un inversionista. Pero,
¿qué tiene el obrero para invertir? Sus aptitudes, sus ‘competencias’, su ‘idoneidad’. (Castro, 2010, p.204)
Una persona genera ‘capital humano’ moldeándose, invirtiendo su fuerza laboral para conseguir beneficios que reinvierte de vuelta en sí misma, lo que para Foucault será la biopolítica, es decir, las estrategias que
generan y optimizan los modos de vida, adaptando la empresa (el cuerpo) al mercado social, no solamente en cuestiones de natalidad o mortalidad, sino en la esfera de la intimidad y las decisiones cotidianas; una relación amorosa, por ejemplo, desde el punto de vista neoliberal será un intercambio de ‘capital humano’ que genera más de este, en términos de confianza, felicidad, seguridad, cariño, y estabilidad, factores inmateriales, que pueden verse también como factores económicos si se reflejan en materiales. Por ejemplo, si un agente falla, la sociedad se rompe y se continúa buscando otro socio que pueda suplir tales necesidades. La biopolítica permite la administración indirecta del estado sobre los cuerpos, en términos de consumo, aludiendo al propio bienestar, sumado a la normalización o estandarización de la vida. Como lo explica Santiago Castro Gómez, la biopolítica es un conjunto de métodos, los cuales generan que los sectores adaptables vivan, y los otros mueran, sugiriendo así que:
[…] Si tenemos en cuenta que el postulado de ‘la formación de capital humano’ pudiera ser visto como un mecanismo para ‘hacer morir’ a aquellos que son incapaces de autogobernarse, de asumir responsabilidades, de ser sujetos morales. El mercado puede hacer vivir a unos, pero, del mismo modo, puede hacer morir a otros, concretamente a aquellos que no pueden o no quieren ser ‘empresarios de sí mismos’. Hablamos, entonces, de una especie de darwinismo social en el que aquellos que son capaces de adaptarse a un medio ambiente de inseguridad (mediante ‘acciones innovadoras’) sobreviven, mientras que aquellos que no se adaptan y se aferran tozudamente a las seguridades ontológicas (el estado, la familia, el sindicato, etc.), tendrán que perecer. […].(Castro, 2010, p.211)
A partir de estos parámetros me pregunto si alguien con mal de amor puede autogobernarse coherentemente, sobre todo si pensamos en el caso específico de una clase media bombardeada por ideas románticas. Esto propone que se elimine lo que no es funcional, mientras se ‘invierte en el capital humano’, en este caso, el cuerpo y la estabilidad mental, lo que en otras palabras sería trabajarse corporalmente, quizá inscribirse en el gym, ir a centros de estética o spas, adquirir experiencias que devuelvan las emociones confortables, es decir diversión y ocio, y por qué no, pagar un psicólogo, para así estar de nuevo en el ruedo. Por lo menos yo no pude hacerlo y perecí; a mi jefe no le hizo gracia verme romper en llanto en medio de la jornada laboral que debía cumplir, si quería ir a comprar ropa e ‘invertir en mi autoestima’.
Y ahí estamos, entre una sociedad que aún considera importantes valores tradicionales, obnubilada por una cultura mediática y del ocio que divulga amor por todas partes haciendo que aún esperemos un amor estremecedor y un estado que nos invita a trabajar individualmente en y por nosotros mismos pero que, ante una situación de riesgo emocional, no nos genera un espacio para asumirlo y vivirlo, sino que nos formula un mecanismo de autocontrol con base en el consumo. En caso de no lograrlo nos enajena, casi como a un enfermo mental, de esos de los que habla Foucault, esos que en la época medieval eran desterrados, confinados en barcos y enviados a mar abierto para que el agua en su espesura y profundidad, los limpiara.
[…] Encerrado en el navío, de donde no se puede escapar, el loco es entregado al río de mil brazos, al mar de mil caminos, a esa gran incertidumbre exterior a todo. Está prisionero en medio de la más libre y abierta de las rutas: está sólidamente encadenado a la encrucijada infinita. […] (Foucault, 1998, p.12)
¿Habrá acaso una descripción más concisa que esta para lo que describo renglones atrás? El enamorado está, al igual que el loco, hundido en sus pensamientos, encerrado en medio de aquella engañosa libertad, aturdido entre dos corrientes, exiliado de su propia voz. Y aquí es donde nace Soliloquio, con una intención que no pretende más que exponer las voces anacrónicas de los discursos amorosos y visibilizar el desastre en la ruptura amorosa, la tusa, dándole un lugar que no puede estar dado sino por lo surreal, no porque carezca de tiempo o espacio, o porque no pertenezca a la realidad, sino más bien porque está sobre la misma.
No me refiero al término surreal limitándolo a su connotación de movimiento artístico en función de su quehacer plástico, sino más bien como un modo de pensamiento que desde siempre se mostró como el surgir de un ideal en contra de un sistema capitalista e inhibidor y en defensa de una realidad que supera la que está dada por la mera lógica. Como lo enunciará Pedro Pablo Gómez, en su libro “El Surrealismo: Pensamiento de objeto y construcción del mundo”:
No conforme con el estado del mundo, el surrealismo entiende ese mundo en crisis como crisis de la realidad y necesidad de encontrar salidas. Acto seguido, se da a la tarea de
identificar el lugar originario de esa crisis para, una vez encontrada la causa que ha conducido a hacerse una estrecha concepción de realidad, abrir el acceso a una realidad más abierta, superior, a una surrealidad. (Gómez, 2004, p.12)
Realidad que, en este caso y como lo mencioné anteriormente, está dada por dos escenarios que desembocan en la contradicción, ubicando al enamorado en un estado de delirio, el cual enmarcará a la tusa como un instante superior y en resistencia a los dos escenarios que la encierran (el amor romántico y el amor libre), ambas ilusiones del capitalismo. Esta por tanto será tildada de inútil puesto que está fuera de la lógica de lo práctico y funcional para la vida cotidiana en el sentido en que, emocionalmente, es devastadora.
El estado de la tusa amorosa, parte de dos caminos reales que al estrellarse provocan un instante superior, sublimado por un dolor imposible que no precisa donde se siente porque no es necesario encontrarle, solo se da el derecho de ser, dejando la escena vacía y rota.