El lenguaje es el principal vehículo de la intersubjetividad. En este sentido su capacidad es extraordinaria: ha permitido transmitir conocimientos, sentimientos, incluso ha creado belleza (la poesía por ejemplo).
Paradójicamente, en la medida en la que el conocimiento se ha desarrollado, el lenguaje ha mostrado ciertos límites, actuando in- cluso como un obstáculo para el desarrollo científico. Para solucio-
nar este problema se han elaborado nuevos lenguajes. Distinguimos así entre lenguaje natural y lenguaje artificial.
a) Lenguaje natural
Por lenguaje natural se entiende la lengua utilizada por una co- munidad lingüística. Es un lenguaje que aprendemos desde que na- cemos –en las otras especies animales el lenguaje es innato– y que utilizamos para nombrar objetos, hacer preguntas, expresar emo- ciones, describir sucesos, etc. El ruso, el catalán, el inglés o el caste- llano son ejemplos de lenguajes naturales.
Un lenguaje natural consta de un conjunto finito de símbolos –las palabras o signos lingüísticos– y un número determinado de reglas –morfosintaxis– para la formación de oraciones.
Las posibilidades expresivas el lenguaje natural son práctica- mente ilimitadas. Construyendo oraciones podemos enunciar he- chos, describir fenómenos, expresar estados de ánimo, dudas, súpli- cas, mandatos, … y también referirnos al propio lenguaje mediante expresiones metalingüísticas.
Una oración es una expresión lingüística gramaticalmente co- rrecta y que posee sentido completo. Por ejemplo, “el cuarzo es un mineral”, “llueve”, etc. Por el contrario, “vivir con” o “suyo papel sintiendo” no son oraciones.
Desde el punto de vista de su significado, las oraciones pueden ser enunciativas, desiderativas, dubitativas, exhortativas, interrogati- vas y exclamativas.
Sólo podemos atribuir valor de verdad al contenido que expre- san las oraciones enunciativas. Por ejemplo, “el cuarzo es un mine- ral” es una oración enunciativa que expresa un contenido verdade- ro. El contenido de la oración “llueve” será verdadero o falso en función del momento en el que se exprese. Por el contrario, las ora- ciones exhortativas, exclamativas o interrogativas no tienen valor de verdad, carece de sentido preguntarse si son verdaderas o falsas.
Como hemos dicho, las posibilidades expresivas del lenguaje natural son infinitas; sin embargo, sus expresiones conllevan mu- chas veces imprecisión y ambigüedad, lo que no los hace aptos para el conocimiento científico. Esta imprecisión del lenguaje natural proviene de dos fuentes:
–De la semántica:
–Polisemia: términos con varios significados (cabo, ga- to, golfo…).
–Términos indeterminados, insuficientemente defini- dos. Ejemplos: “rápido”, “difícil”, “agradable”. Esta indefi- nición impide la exacta comprensión del mensaje.
–De la sintaxis:
–Anfibología, cuando una expresión puede presentar varios significados. Ejemplo: “el libro de Torrente Balles- ter”. No sabemos si hablamos de un libro escrito por To- rrente Ballester o del ejemplar de un libro que pertenece a Torrente Ballester.
–Oraciones sin sentido.
–Enunciados confusos, redundantes o incluso contra- dictorios (ciencias ocultas)
–Argumentos paradójicos (Epiménides el cretense, la paradoja del ahorcado de Cervantes)
Lectura
–Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo
señorío (y esté vuestra merced atento, porque el caso es de im- portancia y algo dificultoso). Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo della, una horca y una como casa de audien- cia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era en
esta forma: “Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna”. Sabida esta ley y la rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que, tomando juramento a un hombre, juró y dijo que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: “Si a este hombre le dejamos pasar li- bremente, mintió en su juramento, y, conforme a la ley, debe mo- rir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre”. Pídese a vuesa merced, señor gobernador, qué harán los jueces del tal hom- bre; que aun hasta agora están dudosos y suspensos. Y, habiendo tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra mer- ced, me enviaron a mí a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer en tan intricado y dudoso caso.
A lo que respondió Sancho:
–Por cierto que esos señores jueces que a mí os envían lo pu-
dieran haber escusado, porque yo soy un hombre que tengo más de mostrenco que de agudo; pero, con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le entienda: quizá podría ser que diese en el hito.
Volvió otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho, y Sancho dijo:
–A mi parecer, este negocio en dos paletas le declararé yo, y
es así: el tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró verdad, y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no le ahorcan, juró mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.
–Así es como el señor gobernador dice –dijo el mensajero–; y cuanto a la entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar.
–Digo yo, pues, agora –replicó Sancho– que deste hombre aquella parte que juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la
ahorquen, y desta manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.
–Pues, señor gobernador –replicó el preguntador–, será necesario que el tal hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por fuerza ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es de necesidad espre- sa que se cumpla con ella.
–Venid acá, señor buen hombre –respondió Sancho–; este pasajero que decís, o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y, siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos señores que a mí os enviaron que, pues están en un fil las razones de condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal, y esto lo diera firmado de mi nombre, si supiera fir- mar; y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote la noche antes que viniese a ser gobernador desta ín- sula: que fue que, cuando la justicia estuviese en duda, me decanta- se y acogiese a la misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este caso como de molde.
M. de Cervantes: El Quijote b) Lenguaje artificial
Para resolver los problemas del lenguaje natural y con el fin de dotar a la ciencia de una expresividad rigurosa y exacta, se constru- yen lenguajes artificiales, esto es, lenguajes bien definidos que po- seen una estructura operativa y eficaz. Todas las ciencias emplean lenguajes artificiales y ésta es una de las condiciones de su progreso. Los lenguajes artificiales permiten profundizar en la investiga- ción matemática y científica sin caer en las imprecisiones del len- guaje ordinario.
nar que la ciencia utilizaba sólo juicios apofánticos, cuya estructura era siempre la misma: sujeto—cópula—predicado. Además, esta- bleció reglas precisas de conexión entre los conceptos que aparecían en la predicación.
Las deficiencias que proceden de la vaguedad de las palabras o de sus usos ambiguos se superan mediante:
– la redefinición de los conceptos ordinarios,
– la utilización de un simbolismo artificial basado en una correspondencia biunívoca –de uno a uno– entre símbolo y ob- jeto representado.
La física, por ejemplo, dispone de numerosos términos ordina- rios redefinidos unívocamente (“fuerza”, “masa”, “energía”, etc), así como de otros símbolos convencionales (“t”, “s”, “v”, etc.), que permiten a los investigadores operar con fórmulas.
Las deficiencias que resultan de la vaguedad de los enunciados se resuelven mediante la estipulación de unas reglas con criterios técnicos suficientes para evitarlas (el enunciado “un puñado de sal” sería substituido por “x moles de ClNa”).
Las incongruencias de los razonamientos (sofismas, paradojas, etc.) mediante la dotación de reglas operativas tan eficaces y riguro- sas que hagan imposible la demostración de contradicciones.
En definitiva, un lenguaje artificial consta de los mismos ele- mentos que cualquier otro lenguaje, esto es, signos y reglas sintácti- cas, pero se le exige además:
a) que los signos estén bien definidos,
b) que el conjunto de reglas para la formación de enuncia- dos sea efectivo, es decir, permita saber en cualquier momento si
Un “juicio apofántico” es un enunciado, una oración que expresa contenidos verdaderos o falsos. Su forma, por tanto, es la de una oración enunciativa
nos encontramos ante una expresión bien formada del lenguaje artificial que se trate,
c) que el conjunto de reglas operativas permita pasar de unas expresiones a otras construyendo cadenas deductivas rigu- rosas y exactas.
Esto sugiere sin embargo que los lenguajes artificiales dispo- nen de un campo muy limitado. Sólo sirven para satisfacer las nece- sidades expresivas de aquellos sectores del conocimiento para los que fueron diseñados.
Pero desde el punto de vista de su aplicación a la ciencia, el uso de lenguajes artificiales resulta, en la actualidad, imprescindible.
Dentro de los lenguajes artificiales ha aparecido un lenguaje especial, el denominado lenguaje formal, utilizado en lógica y mate- máticas, que carece de contenido empírico, pero cuyas reglas sintác- ticas poseen operatividad y eficacia de cálculo. Así, la lógica formal y las matemáticas se consideran hoy los prototipos más acabados de lenguajes artificiales. Su aplicación al terreno científico ha sido la condición de su espectacular desarrollo: la física, por ejemplo, inició su despegue a partir del momento en el que Galileo matematizó sus enunciados y la sometió a la exactitud y rigor del método matemá- tico.