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The characteristic of the isomorphs (Sibling species) and the heteromorphy of isoptera The discussion on the isopteran classification

una supuesta acción indebida de ella: dejarlo pese a su gran amor. Esta forma de colocar la transgresión de ella no es tan explícita como cuando se invoca la honra masculina como razón del acto violento, pero evidencia un intento por velar el acto y producir una suerte de naturalización –insensibilidad– frente al mismo.

Con respecto a los efectos disruptivos del crimen, el crimen como drama, Pablo repitió, en varias ocasiones, la palabra “tragedia” para nombrar el suceso y también sus consecuencias. Finalizó diciendo, “No hay ningún raciocinio que pueda explicar cómo esa desesperación que sólo me había dejado como salida mi propia muerte se convirtió en esa pantomima horrorosa y sin sentido [...]. Lo único que logró [la idea de matarme y matar al niño] fue un destino mise- rable para todos los sobrevivientes, tanto la familia de Micaela como mi fami- lia y como el niño [...]”. Desde el punto de vista de la familia es evidente que el crimen destruyó la alianza entre familias creada por el matrimonio y al mismo tiempo puso de presente las viejas tensiones de esta alianza. El castigo judicial en este caso no logró reparar o reincorporar a su principal protagonista a la vida social. El acto de violencia como acto existencial rompe de manera irreparable un tejido de relaciones. Las personas, no obstante, recobran su sentido de la vida mediante un conjunto de orientaciones culturales de las que hace parte la idea de que el crimen recibió castigo. No es aquí del caso detenerse en la abundante literatura sobre la superación psicológica del duelo. Sólo baste recalcar que las orientaciones culturales tales como la religiosidad o la idea de fatalidad contri- buyen a la reorientación de los dolientes tanto como lo hace la judicialización del crimen. El debate público y el resultado procesal permiten el encauzamien- to de los sentimientos personales de rencor y revancha de manera muy fuerte. Esta experiencia, en forma similar a otras experiencias límite, requiere que las personas echen mano de un conjunto de elementos para superarlas y llegar a la llamada fase final del drama social. Primo Levi relata que aún en las peores con- diciones de esclavitud y degradación psicológica en los campos de concentra- ción nazis, las personas conservaban un sentido de la continuidad de la vida. Pequeñas actividades como pegar un botón o recoger un trozo de tela, hacían parte de una rutina encaminada principal, pero no exclusivamente, a lograr sobrevivir y los impulsaba a luchar contra el agotamiento, el frío y el hambre (Levi, 1996).

En resumen, los hitos narrativos son en verdad ideas motrices pues po- nen en marcha conjuntos emotivos y cognitivos que son modelados, resaltados, por circuitos diversos de la cultura. Estas ideas centrales o relievantes actúan

como esquemas cognitivo-emocionales y son como los ladrillos que conforman la configuración emotiva. Este conjunto de acciones, ideas, sentimientos y me- canismos de los sujetos, son culturalmente tematizados y modelados y confor- man una unidad relativa. Esta tematización parece guiada hasta aquí por tres grandes ejes de sentido (esquemas): la violencia estalla, la violencia es un acto loco y la violencia pasional es por exceso de amor. Lo más sobresaliente de este conjunto es la condensación emoción/razón donde el sentimiento puede ser mejor entendido como un aspecto de la cognición.

Lo que hasta ahora parece caracterizar la configuración emotiva sobre el crimen pasional es una naturalización del sentimiento amoroso que recoge te- mas largamente repetidos en el horizonte cultural contemporáneo latinoame- ricano y que, tal vez, lo sobrepasen. Amor y odio se entrelazan como condiciones de la experiencia de pareja, pero éstos sentimientos no parecen ser el producto de una relación interpersonal que se vive con sus conflictos y tensiones especí- ficos, anclados en la cotidianidad de la vida de pareja, sino como derivados de una misteriosa fuerza propia del sentimiento amoroso. La relación amorosa parece un vínculo indisoluble que no permite escapatoria a no ser por la vio- lencia. Se enaltece el amor fatal como una forma casi sublime de apego a la pa- reja. En buena medida ser una persona adulta respetable es tener pareja, de manera que lo que parece una anormalidad del amor revela, en realidad, una presión normativa de la cultura insoportable para algunos individuos.

La pasión es comprendida dentro de esa configuración emotiva como una manifestación exagerada, una deformidad si se quiere, pero, pese a que se cen- sure el uso de la violencia, dentro de la misma configuración la pasión tiene el atractivo de obedecer a un sentimiento salvaje que sobrepasa y obnubila la ra- zón. Razón y emoción aparecen en dicha configuración emotiva como caras opuestas, como antinomias. Las pasiones, se dice, pertenecen al pasado huma- no pero el amor puede incitarlas a revivir. El marcado anacronismo del crimen pasional reside justamente allí, en que desafía el control emocional y el destie- rro de la incivilidad de la violencia en la vida cotidiana largamente cultivados por las sociedades modernas, incluso en sociedades como las latinoamericanas que le dan mayor cabida cultural a la expresión emocional. O probablemente su vigencia está justamente en que recuerda cuán precaria puede ser esta pre- tensión.

Ahora es preciso contrastar estos esquemas con el resto de casos y con las narrativas judiciales, para ampliarlos o modificarlos como piezas de la confi- guración emotiva.

Misael

Quando o homem gosta de uma mulher...

El presidio de la Papuda está localizado en las afueras de Brasilia en un área escasamente poblada y de vegetación rala. En 1988 alojaba 1.080 presidiarios varones. Su director se mostró interesado en apoyar la investigación, pues allí se desarrollaba por entonces un programa del Núcleo de Estudos e Pesquisa so-

bre a Mulher (Nepem)34 de la Universidad de Brasilia. Hizo hincapié en la difi-

cultad para localizar a quien hubiera cometido un homicidio “pasional” pues allí, como en los otros presidios, no se distingue este tipo de presos de los de- más. Adicionalmente, la gran mayoría de los reclusos estaba allí por homicidios en riñas o asociados al tráfico de drogas. Después de indagar con uno de los guardias más conocedores de los prisioneros, sugirieron a dos de ellos, Misael y Dioclides, quienes estuvieron de acuerdo con relatar sus casos. Ambos realiza- ban trabajos para el presidio en el área administrativa, de manera que dentro de las consideraciones implícitas para escogerlos seguramente estuvo el hecho de que ellos les merecían una relativa confianza. La insubordinación y la toma de rehenes no ha sido infrecuente en los presidios brasileños durante estos años. Dioclides, un ex policía de 48 años, oriundo de Minas Gerais, “de cutis parda”, había estudiado la secundaria incompleta en Goiânia, donde su familia había migrado. “Cometí delito de homicidio”, fue una de la primeras cosas que me dijo. “Fui condenado a nueve años de reclusión, como llevo dos años y seis meses, ya gané el régimen semiabierto, espero que pronto me lo concedan”.

El problema es que el ser humano es débil, el espírito es débil, y aunque uno intente retroceder parece que viene una fuerza maligna [énfasis mío] y uno comete aquel acto. Entré en discusión con la víctima y en aquella discusión que tuve lo alcancé con un arma de fuego.

Según Dioclides, todo sucedió porque el muerto intentó agredirlo y al defenderse “ahí surgió el delito”. El asunto, dijo inicialmente, era que el otro se negaba a pagar la deuda de un pequeño negocio que tenían juntos y discutie-

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