Chapter 5 Representations of team experiential learning
5.3 Characteristics of team experiential learning that a representation should capture
5.3.4 Characteristics concerning the design process
ríquez Ureña, conocerá el honor de la traducción, tendrá múlti- ples reseñas (11:603-605; 771). Pero, sobre todo, incitará a otros a dar su opinión sobre el mexicanismo o el no mexicanismo del dra- maturgo; los obligará a echar su cuarto a espadas; hará correr ríos de tinta; levantará ámpula. Henríquez Ureña escribe en un mo- mento de afirmación nacionalista. El ciclo de conferencias que da marco a la de Henríquez Ureña sobre Alarcón versa en su mayor parte en torno a México y en él, Luis G. Urbina, Manuel M. Ponce, Federico Gamboa y Jesús T. Acevedo se referirán respecti- vamente a la literatura, la música, la novela mexicana y la arqui- tectura colonial. Y luego, Ureña, cosmopolita, un poco ciudadano del mundo, viajará a Londres, Cuba, Estados Unidos, acompaña- do de papeles y libros propios y ajenos. Entre ellos el texto sobre Juan Ruiz de Alarcón. Este Pedro —Pedro, como el padre y uno de los hermanos del dramaturgo; como el autor de Le Menteur- será a Alarcón en el nuevo continente, lo que Corneille fue para el dra- maturgo americano en el Viejo Mundo: difusor involuntario e invaluable.
Partiendo de la idea de que los caracteres propios de cada país se reflejan en su literatura, señala Henríquez Ureña en el texto de su conferencia la influencia del paisaje novohispano en escritores como Navarrete, Pesado y otros. Considera que en la opulencia del teatro español de los siglos de oro, Alarcón aporta una nota de sobriedad y discreción. Habla de la prudente sobriedad en el mundo de la comedia alarconiana; de las observaciones breves, las réplicas impre- vistas, las fórmulas epigramáticas como uno de los atractivos de ese teatro; repara en que Alarcón crea la comedia de costumbres y de caracteres. Puntualiza que "la nacionalidad nunca puede explicar al hombre entero"21 señalando, por otro lado, que "las dotes de observador de nuestro dramaturgo... coinciden con las de su pueblo..." (p. 278). Repara en una actitud ética de Alarcón, para quien vale más "lo que se es que lo que se tiene o lo que se repre-
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Pedro Henríquez Ureña, Obra critica, edición de E.S. Speratti Piñeiro, prólogo de J.L. Borges. FcE, México, p. 278.
senta" (p. 279). De acuerdo con Henríquez Ureña, a Alarcón le son caras la piedad, la sinceridad, la lealtad, la gratitud, la discreción y la cortesía. Establece diferencias con lo español afirmando que
el propósito y el temperamento meditativo de Alarcón iluminan con pálida luz y tiñen de gris melancólico este mundo estético, dibujando con lineas claras y firmes, más regular y más severo que el de los dramaturgos españoles, pero sin sus riquezas de color y forma.22
Poniendo aparte el asunto de lo mexicano y la validez de las apreciaciones, es indudable que Henríquez Ureña se abocaba a la tarea de trazar el retrato moral de Alarcón a partir de sus comedias en un momento en que los estudiosos locales (Rangel, por ejem- plo) delineaban apenas a Alarcón a través de documentos en una primera etapa de exhumación. En este trabajo Henríquez Ureña practica una crítica interpretativa, se adelanta a los modernos lec- tores de Alarcón configurándolo, reconstruyéndolo a partir de lo textual y lo que se le revela entre lineas. Nos parece que se ha reparado escasamente en esta virtud del discurso del autor domini- cano. Y quizás será este rasgo lo que vendrá a enlazarlo con expo- nentes de la que más adelante consideramos "corriente latinoa- mericana de la critica alarconiana". En este sentido, la modernidad de Henríquez Ureña es indudable.
La lista de los que terciaron en la polémica sobre la mexica- nidad de Alarcón a partir de los planteamientos del 6 de dicÍem-
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1bídem, p. 280. Hay que señalar aquí el parentesco entre estos juicios vertidos por P.H. Ureña en la conferencia pronunciada el 6 de diciembre de 1913 en la Librería General (o Gamoneda) y los de Luis G. Urbina respecto a Alarcón en La vida literaria, que men- cionamos antes. El mismo Henríquez Ureña se refirió a esta similitud en la correspon- dencia con Alfonso Reyes, por entonces en París. En una de las cartas a AR hace la reseña de la conferencia de Urbina, dictada en el mes de octubre del mismo año, dentro del mismo ciclo, y comenta que ambos piensan más o menos lo mismo sobre Alarcón. Por alguna razón, los juicios de H. Ureña recorrieron el mundo convertidos en polémica en tanto que los de Urbina pasaron prácticamente desapercibidos y cayeron en el olvido (cfr. A. Reyes, en [i[: "Adiciones...").
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bre de 1913, es larga. De acuerdo con Antonio Alatorre, en el artículo citado componen la nómina Alfonso Reyes, Octavio Paz, Samuel Ramos, Enrique Díez Canedo, Salvador Novo, Luis G. Urbina, Manuel M. Ponce, Rubén M. Campos, Julio Jiménez Rueda, Genaro Fernández McGregor, Ermilo Abreu Gómez, An- tonio Castro Leal, Mauricio Magdaleno, José Iturriaga, Rodolfo Usigli, Dorothy Schons, José María Castro y Calvo, Serge Denis, Luis Alberto Sánchez, Emilio Carilla, Enrique Anderson Imbert, Ángel Valbuena Prat, Joaquín Casalduero, Carmelo Samoná y, finalmente, el propio Antonio Alatorre, quien se adscribe a la línea trazada por Reyes-Fernández McGregor-Abreu Gómez-Samoná en la conveniencia de adoptar una actitud cauta respecto a la supuesta mexicanidad de Alarcón. Para Alatorre, "lo que interesa en Alarcón no es tanto su calidad de mexicano [...] sino sus va- lores intrínsecos como dramaturgo". Estando básicamente de acuerdo con él, no nos parece desdeñable la indagación respecto a los orígenes de Alarcón o de cualquier escritor como un elemen- to necesario en la apreciación de la obra. Por lo demás, si la tesis de la mexicanidad no se hubiera planteado nunca, lo que Antonio Alatorre formula como deseo en alguna parte de su trabajo, Alar- cón y su obra habrían quedado quizás relegados en el cajón de las gentiles apreciaciones decimonónicas. Es muy factible que haya sido la actualidad cobrada por Alarcón a lo largo de la polémica lo que disparó los importantes trabajos sobre el dramaturgo debidos a Jiménez Rueda, Castro Leal y Rodolfo Usigli en los años trein- ta e inmediatamente siguientes.
El nombre de Alfonso Reyes se halla indisolublemente ligado al de Henríquez Ureña en la polémica. Su postura al respecto será, en general, moderada, prudente. En 1916 apuntaba que era dudoso que en época de Ruiz de Alarcón se hubiera definido ya lo "mexicano". En Letras de la Nueva España, 1948, opinaba que no era posible negar que Ruiz de Alarcón perteneciera a México, aun cuando su talla desbordaba el panorama colonial. Para Reyes, el que hubiera Alarcón representado sus comedias en Madrid o que en éstas se localizaran pocas alusiones a la tierra natal del dra-
maturgo, es irrelevante. En cambio, es definitivo que el autor haya vivido sus primeros veinte años en México (le está dando tácita- mente la razón a Henríquez Ureña). Afirma igualmente que aunque la literatura dramática de Alarcón no guarde relación con la que por entonces se hacía en la metrópoli novohispana, sí la tuvo con el carácter nacional, ya definido para entonces. De acuerdo con Reyes, Alarcón constituye una suerte de devolución temprana que México hace a España de lo que ha recibido de ella, al tiempo que toma México la palabra por vez primera ante el mundo, con la obra de este "mexicano universal". Sin duda, al momento de emitir este juicio, Reyes pensaba en la imitación por Corneille de La verdad sospechosa; en lo que gran parte de la críti- ca europea consideraba para la época en que Reyes se ocupa del dramaturgo, la deuda del teatro francés con Alarcón. Por lo que toca a la cuestión del "mexicanismo" planteado por Henríquez Ureña, en 1948 le parece a Reyes una parcialización, una simpli- ficación extrema, un mero "escamoteo". Decir que Alarcón es "mexicano", para Reyes era decir mucho o no decir nada; en alguna ocasión llegó incluso a confesar que en este punto del "mexicanismo", Henríquez Ureña los había arrastrado a todos. Hay que tener en cuenta que esta era la posición de Reyes hacia 1948 (Letras de la Nueva España), y hacia los años cincuenta. Por los años 1913 su adhesión amistosa e intelectual al crítico domirli- cano era total. Basta leer el epistolario cruzado entre ambos (Henríquez Ureña en México; Reyes, muy joven, trabajando en la legación de México en París) para darnos cuenta de que com- partían el entusiasmo por temas del hispanismo, la fascinación por Ruiz de Alarcón y su obra; el deslumbramiento ante el quehacer de críticos franceses como Raymond Foulché-Delbosc y Alfred Morel-Fatio, al primero de los cuales Reyes visitaba con cierta fre- cuencia
(cfr.
III: "Adiciones"). En el Fondo Morel-Fatio de laBiblioteca Municipal de Versalles hemos dado con la primera edición del artículo famoso de Ureña sobre Alarcón y el mexica- nismo, publicado en la revista Nosotros, en 1913, que el joven dominicano le enviara al por entonces ya versado en Alarcón y
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miembro del Collége de France, Morel-Fatio. En la corresponden- cia entre ambos no se pone en duda que Reyes suscribía la nove- dosa tesis de Ureña.
Al paso del tiempo Reyes matizó afirmaciones tajantes y estableció su propia posición: la que vierte en 1948 en Letras de la Nueva España. Ahora bien, es preciso señalar que ya desde mucho antes su visión de Alarcón y su teatro se liberaba de la influencia del pensamiento del amigo dominicano. Esto se percibe desde 1916-1918, cuando escribe ensayos cardinales sobre el dramatur- go. El incluido con el título de "Tercera silueta" en el tomo vi de las Obras completas, publicado inicialmente en 1918 como prólogo a la edición de comedias alarconianas en La Lectura, editorial que capitaneaba otro crítico singular, Enrique Díez Canedo (quien ha- cia 1939 echaría igualmente su cuarto a espadas durante las ce- lebraciones del aniversario de la muerte del novohispano), es una visión amplia de la vida y obra alarconianas dividida en segmen- tos: a) biografía; b) su figura; c) familia y nombres; d) vida literaria; e) la obra de Alarcón.
Respaldan a Reyes en este ensayo un excelente manejo de nombres de autores del xvii y de fuentes autorizadas, tales como la biografía del escritor por Luis Fernández-Guerra y Orbe que, aparecida en 1871, era para 1917-1918, fuente fehaciente de con- sulta obligada, así como el prólogo de Hartzenbusch a su edición de las Comedias de Alarcón (1857). Ya desde entonces prefigura Reyes el perfil del hispanista que apunta para polígrafo, conocedor de los trabajos de Marcelino Menéndez y Pelayo, Adolfo Bonilla, Blanca de los Ríos de Lampérez (la especialista en Tirso de Molina) entre los españoles; Joaquín García Icazbalceta, Justo Sierra, Luis G, Urbina, entre los mexicanos; igualmente, de la crítica francesa como la de Édouard Barry, uno de los traductores y estudiosos sobresalientes de Alarcón en el xix. Vale la pena citar algunos juicios vertidos en este trabajo fundamental. Al referirse al teatro, apunta:
Representa la obra de Alarcón una mesurada protesta contra Lope, dentro, sin embargo, de las grandes lineas que éste impuso
al teatro español. A veces sigue muy de cerca al maestro, pero otras logra manifestar su temperamento de moralista práctico de un modo más independiente. Y, en uno y otro caso, da una nota sobria, y le distingue una desconfianza general de los conven- cionalismos acostumbrados, un apego a las cosas de valor cotidia- no, que es de una profunda modernidad, y hasta una escasez de vuelos líricos, provechosamente compensada por ese tono "con- versable" y discreto tan adecuado para el teatro. Nota Pedro Henríquez Ureña (Historia de la poesía hispano-americana, 1911, t. I, 63-65) que es Alarcón un temperamento en sordina, preciosa anomalía de un siglo ruidoso; y Menéndez Pelayo escribe: "Su gloria principal será siempre la de haber sido el clásico de un teatro romántico, sin quebrantar la fórmula de aquel teatro ni amenguar los derechos de la imaginación en aras de una precep- tiva estrecha o de un dogmatismo ético; la de haber encontrado, por instinto o por estudio, aquel punto casi imperceptible en que la emoción moral llega a ser fuente de emoción estética...". A continuación enumera rasgos alarconianos que configuran un sagaz y favorecedor retrato:
Complejísima debió de ser la elaboración de esta psicología refi- nada. Un claro sentimiento de la dignidad humana parece ser su último fondo, y a medida que del yo íntimo avanzamos hacia sus manifestaciones sociales y estéticas, vamos encontrando, como otras tantas atmósferas espirituales, un viril amor de la sinceridad, que nunca desciende a la crudeza; un gran entusiasmo por la razón, que quisiera instaurar sobre la tierra el régimen de la inteligencia, y siempre dispuesto a mostrarnos el desconcierto de las existencias que gravitan fuera de esta ley superior; cierto orgullo caballeresco del nombre y la prosapia, por afición al mayor decoro de la vida, como una nueva dignidad que sirve de máscara a la dignidad interior; el gusto de la cortesía y el cultivo de las buenas formas, freno perpetuo de la brutalidad, que hace vivir a los hombres en un delicado sobresalto; el disgusto de la 66
rutina y los convencionalismos de su arte, pero sin consentirse nunca —por culto a la moderación— un solo estallido revolu- cionario; una elegancia epigramática en sus palabras, y en sus retratos un objetivismo discreto; una actitud de cavilación ante la vida, ocasionada tal vez por su desgracia y defectos personales, y hasta cierta condición de extranjero, que todos se encargaban de recordarle; finalmente, una apelación a todas las fuerzas organi- zadoras de que el hombre dispone, una fe perenne en la armonía, un ansia de mayor cordialidad humana, que imponen a su vida y a su obra un sello de candidez.
Más adelante, rematará:
Entre la jauría literaria, burlado y herido, Ruiz de Alarcón no se convence de que la naturaleza humana sea fundamentalmente mala, y busca a su optimismo, por todos los medios, una com- probación externa, objetiva [...]. Dudamos de que haya sido feliz; nada sabemos de su hogar, e ignoramos quién era Ángela de Cervantes. Pero ¡noble amor el de la fama! Él cuida al poeta como un verdadero demonio familiar y, descontando las penali- dades presentes, le permite proyectar a través del tiempo la ima- gen más pura de sí mismo, y la más feliz...13
El tono del joven Reyes remite a la formalidad y la solem- nidad bien educada de la crítica francesa del xix (Alphonse Royer, E. Barry, Gaspard Delpy). Sin embargo hay iluminaciones: por ejemplo, la afirmación del optimismo alarconiano; la intuición de un "orgullo caballeresco", que se manifiesta ya desde las preten- siones de Alarcón y de su familia a mercedes y beneficios por méritos y servicios, en el año de 1613, manifestadas en documen- tos oficiales existentes en el Archivo de Indias.
(cfr.
"Miscelánea23
Para esta cita y las anteriores, vese "Capítulos de literatura española. Primera y segunda series", en Obras completas, t. VI. FCE, México, 1957, pp. 119-120. (Letras Mexicanas.)
Alarconiana"); la insistencia —siguiendo la linea de H. Ureña— en una cortesía alarconiana, que se relacionará con la sobriedad y la mesura que se le han atribuido. Si el ensayo de Henríquez Ureña que planteó la tesis del "mexicanismo" a partir de la conferencia dictada el 6 de diciembre de 1913 desató una polémica memorable y llevó el nombre del dramaturgo a confines inusitados, el ensayo de Alfonso Reyes, publicado inicialmente como prólogo 24 e incor- porado a sus Obras completas, puede ser considerado el primer ensayo mexicano moderno sobre Ruiz de Alarcón. El trabajo excelente de Henríquez Ureña se debió a una pluma dominicana. El de Reyes -regiomontano, mexicano— fusiona lo dicho por Ureña a la información existente sobre Alarcón y la crítica propia configurándose como piedra de toque de la corriente de la críti- ca mexicana sobre el dramaturgo en la primera mitad del siglo xx. En Capítulos de literatura española figuran, además, un ensayo temprano y dos más, breves: "Tercer centenario de Alarcón" .y "Urna de Alarcón". En los dos últimos el tono es de repaso, de degustación tardía de un tema frecuentado en la juventud ("hace falta cierta madurez para paladear este vino seco", dice Reyes refi- riéndose al Alarcón visualizado en sagaces trabajos juveniles), no exento de cierta retórica impuesta por el acontecimiento que- los motiva: el aniversario luctuoso del poeta.25 En el primero se esta- blece la comparación con el otro fénix de la Nueva España, Sor Juana Inés de la Cruz. En el segundo aparecen presencias nuevas: Calderón, Moratín, el hispanoamericano Rodó, y los clásicos: Plauto, Terencio, junto con Corneille, Jean Desmarets y Mont- fleury, imitadores de Ruiz de Alarcón en el siglo xvii. No añaden nada significativo al ensayo inicial de 1918.
El otro ensayo temprano al que nos referimos es un modelo de acercamiento erudito a textos manuscritos localizables en la Biblioteca Nacional de Madrid: "Ruiz de Alarcón y las fiestas de
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Prólogo a Páginas escogidas de Alarcón, Calleja, Madrid, 1918; prólogo a La verdad sospechosa y Las paredes oyen, Clásicos Castellanos de La Lectura, Madrid, 1918.
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lbidem, pp. 318-323; 324-328.
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Baltasar Carlos" (Revue Hispanique, xxxvi, (1916: 170-176). En él da noticia Reyes de la existencia de un soneto que canta el gesto del rey Felipe iv de haber dado muerte a un toro con un arcabuz en una fiesta en que se mezclaban pueblo y realeza, en celebración del cumpleaños del príncipe, su hijo. Soneto escrito al alimón por varios "ingenios" de la corte, se identifica como de Alarcón tan sólo la séptima linea que dice: "la fábrica tonante de Vulcano". Es importante el señalamiento de Reyes (aunque él no repare en este punto) para documentar la presencia de Alarcón en un festejo, conjuntamente con ocho poetas, en el año de 1631, cuando según críticos modernos como Willard E King, hacia ese año Alarcón se hallaba totalmente al margen del mundo de la escena (aun cuando King da cuenta, igualmente, del soneto. Cfr. op. cit., p. 212). Sa- bemos que, en la vida de Alarcón, el antecedente era la redacción de la comedia Algunas hazañas de las muchas del marqués de Cañete,
en 1622, también de modo conjunto con ocho ingenios corte- sanos. El otro texto manuscrito que aborda Reyes en este ensayo es un "Soneto a modo de diálogo", en el que el crítico cree iden- tificar a Ruiz de Alarcón caracterizado como un "relator" de pe- queña talla que lucha por abrirse paso para entrar a la plaza del Parque, en donde tuvo lugar el incidente del toro muerto por el rey. La caracterización (el relator como "cosa tan chica") partici- paría de la corriente de sátiras punzantes sobre Alarcón que se de- sataron en 1623 a raíz de la desafortunada participación del dra- maturgo en los festejos en honor del príncipe de Gales con un
Elogio descriptivo escrito por encargo, cuya mala factura le atrajo las críticas despiadadas de sus contemporáneos.
Reyes se acerca a fuentes antiguas: Joseph Pellicer y Tovar
(Anfiteatro de Felipe el Grande, Madrid, 1632); Josef Alfay (Poesías varias, Zaragoza, 1654); Cristóbal Suárez de Figueroa (El pasajero,
1617), y modernas: Francisco Rodríguez Marín (Nuevos datos para la biografía de Alarcón, Madrid, 1912), para configurar un ensayo magistral de proporciones reducidas, una pequeña joya de crítica