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Characteristics that determine sensitivity 160

que los sujetos tienen (o no tienen) en su cabeza mientras realizan un acto es un foco de análisis más accesible para los métodos de investigación y modelos explicativos de la psicología. Como se verá más adelante (ver: caps.2 y 5), lo que parece más coherente con el método de investigación de la antropología es determinar qué conocimientos e intenciones son explícitas (esto es, reconocibles en los códigos convenidos: verbales, matemáticos, etc.) y cuales están implícitas en otras formas sociales (e.g.: corporalidad, pensamiento místico, mágico, etc.). Por este motivo, más que buscar una distinción analítica entre las dicotomías consciente/inconsciente o reflexivo/irreflexivo, tratará de verse la imitación de la naturaleza y los artefactos como una parte intencional dentro conjunto de relaciones miméticas que se establecen entre los distintos elementos del entorno.

Los cazadores del Bajo Amazonas emplean diversos recursos para mimetizarse, esconderse o simplemente para crear un engaño con el que se manipulan ciertos elementos del medio. Un ejemplo son las diversas expresiones guturales con que atraen a sus presas. En ese repertorio de sonidos podemos encontrar la imitación de graznidos de pájaros, diversos tipos de silbido (agudo y repetitivo como el del agutí, seco e interrogativo como el del tapir, etc.), o incluso los gemidos espasmódicos de un caimán. Todas estas señales tienen el fin de atraer a las presas. En ocasiones se parecen a gritos de apareamiento. En otros casos resultan parecidos al ruido que hacen esos animales al comer. En ese sentido, la selva funciona como una especie de gran laboratorio en el que se pueden introducir variables con el fin de obtener un efecto.

Esta capacidad para “reproducir formas de la naturaleza” se hace tempranamente visible en los momentos de caza, pero también constituye una estrategia esencial (aunque quizá menos evidente) de la actividad pesquera. La pesca

de linha, que se realiza lanzando repetidas veces el sedal con el anzuelo desde la canoa,

es un ejemplo de cómo en la sofisticación de las técnicas corporales hay un componente importante de imitación de la naturaleza. La primera vez que me percaté de ello fue durante una jornada que pasé observando las técnicas de pesca de dos jóvenes en el Lago Jauarí: Ricardo y Wilson remaban lentamente, sumergiendo la pala con suavidad para no alterar la quietud del lago. El sol despuntaba detrás de la selva, y empezaban a verse hondas circulares que se expandían en silencio sobre la superficie lisa del agua: así era como el río señalaba el lugar donde se encontraban los peces, que tras su hambriento despertar ascendían a la superficie para aprovechar la

primera luz del día. Los dos pescadores ataron los anzuelos al sedal e hicieron bolas de harina de mandioca mojada, que serviría de cebo para peces pequeños. Sobre la canoa llevaban dos remos, hilo de pescar, varios anzuelos de diferentes tamaños, un machete, un cuchillo, media botella de plástico (cortada a modo de recipiente) y un palo grueso de unos tres palmos de longitud.

Se acercaron a la orilla, donde el barro pedregoso, las raíces descubiertas de árboles cercanos y la vegetación acuática arañaban el casco de la embarcación. Wilson dirigía desde atrás, utilizando el remo como timón y pendiente de las indicaciones de Ricardo. Éste, desde la proa, lanzaba el anzuelo a unos tres o cuatro metros de distancia. Cuando el anzuelo empezaba a sumergirse, Wilson se detenía completamente y permanecían unos segundos en silencio, mientras la leve corriente del lago les hacía girar. Ricardo sostenía el hilo con las manos a medio cerrar, atentas. Al poco, el hilo empezó a correr lentamente entre sus manos, porque algún pez estaba mordisqueando la bola de mandioca. Él aguardó el momento justo, cerró los dedos sobre el sedal y con un rápido movimiento, atrayendo la mano derecha hacia el cuerpo y tirando con la izquierda en sentido contrario (describiendo entre las dos un círculo en el aire), atrapó al pez en el anzuelo. Lo que había pescado era un pequeño

ararí, un pez que por sus escasos veinte centímetros de longitud era desdeñado como

comida, pero cuya carne serviría de cebo para peces mayores.

Repitieron la misma operación hasta que en el suelo de la canoa había una decena de araris. Una vez troceados sobre la pala del remo, clavaron un pedazo de

ararí en un anzuelo más grande. Wilson remó hacia donde Ricardo había señalado.

Escucharon un salto en el agua. Los pescadores comentaron entre susurros que probablemente se tratara de un tucunaré tratando de cazar otro pez. Cuando ya estaban próximos al punto de donde provenía el chapoteo, Ricardo mandó detenerse Wilson, que guió la canoa de manera que su compañero pudiera encarar su objetivo. Ricardo empezó a voltear con fuerza el hilo, acelerando cada vez más el movimiento. Luego lo soltó en una dirección precisa. El sedal salió disparado como si hubiera lanzado una piedra con una honda. El anzuelo voló hasta caer unos treinta metros más allá, mientras el hilo corría entre sus manos. Tras este lanzamiento, Ricardo empezó a recoger el hilo con rápidos y acompasados movimientos: el alargado trozo de ararí se aproximaba a la canoa a toda velocidad, serpenteando como lo haría un

ararí vivo al nadar.

falso ararí. Entonces Ricardo dio un fuerte tirón del sedal (empleando la misma técnica que en el caso de peces pequeños), y el anzuelo atravesó el paladar del jakundá. Tras extraer al pez del agua, lo golpeó con el palo a la altura de la cabeza. Dijo que le estaba dando una anestesia, y luego lo tiró moribundo al suelo de la canoa. Ricardo pasó la mañana lanzando el cebo y haciéndolo serpentear bajo el agua. Wilson colaboraba dirigiendo la canoa. Luego se intercambiaron los roles. Mientras tanto, esos “falsos ararís” fluían intermitentemente alrededor de la embarcación. A diferencia de los ararís reales, éstos eran intencionadamente más torpes. Los peces de mayor tamaño no tenían gran dificultad en atraparlos, y enseguida caían en la trampa de los pescadores.

Después de aquella sesión de pesca, empecé a entender una vertiente de las técnicas de pesca ribereñas que ellos no explicaban de manera espontánea, pero que estaba en la base de algunas de sus estrategias tecnológicas. Así, por ejemplo, comprendí que en la pesca de canhiço (con una caña artesanal que se manipula generalmente desde la canoa) el hecho de tirar el anzuelo repetidas veces tenía el objetivo de reproducir el sonido de unas pequeñas frutas que caían al agua (de las cuáles se alimentaban algunos peces). En otras ocasiones los pescadores golpeaban el agua con el dedo índice, como si lanzaran canicas, y en otras ellos mismos arrancaban esas pequeñas bolas oscuras de algún arbusto para lanzarlas cerca de la canoa.

Los pescadores imitaban los movimientos o sonidos del entorno para engañar a los peces. De algún modo, recreaban la naturaleza de forma tan ideal (abundancia de ararís de lentos reflejos, un goteo permanente de frutos sobre el agua...), que los peces no dudaban en aproximarse. Tras la observación de cómo funciona la naturaleza, habían logrado abstraer algunas de sus leyes fundamentales, y en este caso habían descubierto los estímulos que ponen en marcha una cadena alimenticia. Luego habían aprendido a reproducir con su cuerpo ciertos movimientos y sonidos que se parecen a esos estímulos, y esta recreación mejorada de la naturaleza les permitía controlar, o cuanto menos guiar el comportamiento de los animales, para así situarse en lo más alto de la cadena predatoria.

Tales comportamientos imitativos reflejan que los ribereños han aprendido a reproducir y formalizar con su cuerpo ciertos elementos que estructuran el entorno. Quilombolas y ribeirinhos no sólo habitan la selva, sino que han aprendido “a pensar como la selva”: de ese modo logran predecir sus movimientos (o incluso generarlos), y anticiparse a ellos. Pero como ya se ha anunciado, en el entorno de los ribereños hay

algo más que “naturaleza”. Por ese motivo, es conveniente ver que la mímesis también se produce entre el cuerpo y los artefactos. En esas tres dimensiones que constituyen la mímesis, la tecnología tiene una doble faceta explicativa: por un lado representa la fuerza o capacidad humana que permite a la sociedad reproducir las formas de entorno, y por otro lado constituye en sí misma un “objeto” de ese entorno (ni completamente natural, ni completamente artificial) al que los ribereños tratan de emular.

En el mismo contexto de pesca puede observarse esta otra vertiente de la mímesis tecnológica. Durante una sesión de pesca, dos niños, Zumbí y Paulo, trataban de encontrar algo de cebo. Durante unas horas emplearon bolas de harina de mandioca mojada y gusanos que extraían de la fruta podrida del najá (un tipo de palmera). Pero la pesca de peces pequeños (que servirían de cebo para los mayores) no parecía fructificar. En un momento de la travesía hacía un lago, Paulo exclamó algo, porque estaba pasando por encima de nuestras cabezas un pájaro con un pez en la boca. Con una reacción rápida y automática, Zumbí dio una fuerte palmada y al mismo tiempo emitió un grito seco (una vocal indefinida, violenta y resonante) en dirección al ave. El pájaro pareció asustarse hizo algunos de requiebros en el aire, y luego desapareció veloz por detrás de la selva. Pablo, eufórico, grito: ¡Soltó! Los niños remaron a toda velocidad hacia la orilla. Al llegar, Zumbí saltó de la canoa y desapareció en la selva. A los pocos minutos regresó con un pescado en la mano: era el pez que llevaba el pájaro que acaba de sobrevolar el río. Cuando le pregunté cómo había aprendido a hacer que los pájaros suelten un pez se encogió de hombros, e inmediatamente, como si fuera una pregunta que ni él mismo se había formulado pero que comprendió en ese mismo instante, respondió que cuando disparas cerca de

ellos con una espingarda hacen lo mismo.

Al inicio de este capítulo hacía referencia al hecho de que desde el punto de vista autóctono podía concebirse el cuerpo de los quilombolas como una máquina o incluso como algo comparable a los robots japoneses. En realidad, esa “visión mecanomórfica del cuerpo” también forma parte de los contextos modernos (ver: Guettony 1989). De manera general, podrían encontrarse diversos ejemplos de cómo, a lo largo de la historia, el cuerpo y las máquinas han sido el uno para el otro un modelo de referencia, un prisma desde el cual entenderse, analizarse y transformarse de una manera recíproca (ver: Leroi-Gohuran 1993). El cuerpo ha sido el centro de los sistemas sociotécnicos del inicio de la historia social, y ha constituido un modelo de

conocimiento que ha dado lugar a la posterior invención de las herramientas y las máquinas (ver: Mumford 1969: 159; Santos 2000: 160-161).

Al margen de la imitación, la mímesis del cuerpo y la tecnología también se produce por una adaptación de las técnicas de trabajo a las propiedades de los artefactos que se incorporan. En el Bajo Amazonas, desde la introducción de las trituradoras de mandioca, las motosierras, las escopetas, o los motores fuera borda, el propio cuerpo de los ribereños se ha ido modificando. Con frecuencia los mayores evocan la fuerza, la resistencia, la salud y las destrezas de sus antepasados. Todos esos rasgos de la cultura corporal aparecen estrechamente asociados al tipo de tecnología que antes empleaban (ver: cap.4). Los artefactos modernos tienden a evitarles parte de los esfuerzos y requerimientos físicos que anteriormente necesitaban para subsistir, y aunque esta comodidad tenga una lectura positiva, son muchos los que ven con cierto recelo el hecho de que su cuerpo esté perdiendo aquellas facultades que para ellos eran como una seña de identidad (el quilombola que remaba 120 kilómetros, el ribeirinho que olía a los cerdos salvajes por muy lejos que estuvieran, el anciano que con 90 años conservaba toda su dentadura), y que ahora están perdiendo al ser substituidas por las posibilidades de acción sobre el entorno que ofrecen los nuevos artefactos.

La mímesis entre cuerpo-naturaleza-tecnología no puede entenderse únicamente en términos de incremento o duplicación de las formas de la realidad. Si bien la imitación no implica, a priori, una substitución, otras formas de mímesis generan una suplantación práctica, ya sea porque un artefacto suple una determinada función del cuerpo o porque una técnica se impone y determina una parte del entorno natural. En todo caso, aquí he tratado de aportar una interpretación alternativa a la de que la tecnología introduce una separación entre los humanos y la naturaleza. El cuerpo tecnológico de los ribereños del Bajo Amazonas es, más que un instrumento de distinción de lo humano, el vehículo de una mimesis por la que lo natural, lo tecnológico y lo corporal adquieren una complejidad conjunta, relacional, que emerge de los intentos recíprocos por acercar lo uno a la perfección funcional de lo otro.

En este capítulo he argumentado por qué resultaría adecuado tratar analíticamente el cuerpo de los ribereños como una tecnología. A grandes rasgos, esta perspectiva surge de la centralidad que tiene en los sistemas sociotécnicos amazónicos. Hay diversos factores que apuntan en esa dirección: la asociación (emic) de sus capacidades con las posibilidades de acción de las máquinas; el hecho de no ser percibido como una materialidad biológica, sino como un objeto “fabricado” o “creado” socialmente; su preeminencia técnica sobre los artefactos; el hecho de que constituye en sí mismo un modelo o un heurístico para medir y explicar el mundo; la reflexión, conocimientos y formas de innovación técnica que lo tienen como punto de referencia y “objeto” de manipulación; su función mimética, que permite imitar o reproducir algunas formas de la naturaleza o de los propios artefactos, y así alcanzar un cierto grado de sofisticación técnica, etc. Con todo, no debe dejarse de lado que si el cuerpo humano puede considerarse como algo tecnológico no es por su cualidad instrumental. Por el contrario, como viene anunciándose desde el inicio de este trabajo, la tecnología es una forma de relación humana (técnica y cultural) que, si bien puede vehicularse a través de una corporalidad local, debe apoyarse en un conocimiento complejo, socialmente articulado y relativo a las posibilidades del cuerpo. Este conocimiento será el objeto de análisis del siguiente capítulo.