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24 de Mayo de 1961

N

uestro propósito en ciertos aspectos puede darles esta sensación: qué vamos a hacer por el lado de Claudel en un año en que ya no nos queda demasiado tiempo para formular lo que tenemos que decir sobre la transferencia.

Por lo menos para alguien poco advertido. Sin embargo, todo lo que hemos dicho tiene un eje en común que, pienso, he articulado suficientemente como para que se hayan dado cuenta que esto es lo esencial de mi mira de este año. Y para designar este punto, trataré de precisárselos así.

Se ha hablado mucho de la transferencia desde que el análisis existe. Siempre se sigue hablando. Es claro que no es simplemente una esperanza teórica, sino que debemos saber qué es eso, eso en lo cual nos desplazamos sin cesar, a través del cual sostenemos este movimiento.

Les diré que el eje de lo que les designo este año es algo que puede decirse así: ¿en qué debemos considerarnos interesados por la transferencia?. Este tipo de desplazamiento de la cuestión no significa que por eso tengamos resuelta la cuestión de que es la transferencia en sí misma. Pero es justamente en razón de las diferencias profundas de los puntos de vista que se manifiestan en la comunidad analítica, no sólo actualmente, sino en las etapas de lo que se pensó sobre la transferencia —aparecen divergencias que son sensibles— que creo que este desplazamiento es necesario para que lleguemos a darnos cuenta de lo que, de la causa d e estas divergencias, permite en (...) ver nota(250), de como se produjeron, y puede también permitir concebir lo que consideramos siempre como cierto, que cada uno de estos puntos de vista sobre la transferencia tiene su verdad, es utilizable.

rúbrica de contratransferencia es una especie de jarrón, de guardatrastos, de experiencia que comporta o parecería comportar más o menos todo lo que somos capaces de senti r en nuestro oficio. Es, en verdad, tornar la noción completamente inutilizable, el considerar las cosas así, pues está claro que es hacer entrar todo tipo de impurezas en la situación. Es claro que somos hombres, y como tales, afectados de mil maneras por la presencia del enfermo. El problema mismo de lo que se trata de hacer en un caso definido por estas coordenadas particulares, colocar todo esto bajo el registro de la contratransferencia, agregarlo a lo que debe ser considerado esencialmente como nuestra participación en la transferencia, es tornar verdaderamente imposible la continuación de las cosas.

Esta participación, que es la nuestra, en la transferencia, ¿cómo podemos concebirla? ¿Y no es acaso eso lo que va a permitirnos situar muy precisamente lo que es el corazón del fenómeno de la transferencia en el sujeto, el analista?

Hay algo que puede ser sugerido, como un quizás, al menos por qué no, si quieren, es que podría ser que la sola necesidad de responder a la transferencia fuese algo que interesase a nuestro ser; que no fuese simplemente la definición de una conducta a cumplir, de un handling de algo exterior a nosotros, de un how-do, ¿cómo hacer?. Podría ser, y si me escuchan desde hace años, es seguro que todo lo que implica eso hacia lo que os llevo, es que aquélla de lo que se trata en nuestra implicación en la transferencia, es algo del orden de lo que acabo de designar diciendo que esto interesa a nuestro ser.

Y después de todo, también es tan evidente que aún lo que puede serme de más opuesto en el análisis, quiero decir lo que está menos articulado, lo que se revela en las maneras de abordar la situación analítica, tanto en su inicio como en su llegada, en la manera por la cual puedo tener la mayor aversión, es sin embargo de ese lado que se habrá escuchado decir un día como una especie de observación masiva —no se trataba de la transferencia, sino de la acción del analista—, que el análisis actúa menos por lo que dice, y por lo que hace, que por lo que es.

No se engañen, la manera de expresarse me parece de los más chocante en la medida justamente en que dice algo justo, y que lo dice de una manera que cierra enseguida la puerta; está hecha justamente para ponerme nervioso .

De hecho está desde el inicio toda la cuestión. Lo que está dado cuando se define la situación objetivamente, es esto: que para el enfermo, el analista juega su rol transferencial precisamente en la medida en que, para el enfermo, él es lo que no es, justamente, en el plano de lo que se puede llamar la realidad. Lo que me permite juzgar el grado, el ángulo de desviación de la transferencia, justamente en la medida en que el fenómeno de la transferencia va a ayudarnos a que el enfermo se de cuenta, en este ángulo de desviación, hasta qué punto está lejos de lo real, a causa de lo que produce finalmente de ficticio, con la ayuda de la transferencia.

Y sin embargo hay verdad en esto. Es cierto que hay verdad en esto: que el analista interviene a través de algo que es del orden de su ser. En principio es un hecho de experiencia: ya que si bien es algo de lo más probable, por qué habría necesidad de esta puesta a punto, de esta corrección de la posición subjetiva, de esta búsqueda en la

formación del analista, en esta experiencia en que intentamos hacerlo subir o bajar, si no fuera porque algo en su posición fuese llamado a funcionar de una forma eficaz, en una relación que de ninguna manera es descripta por nosotros como pudiendo agotarse enteramente en una manipulación, aunque fuese recíproca.

De igual forma todo lo que se desarrolló a partir de Freud, después de Freud, concerniente al alcance de la transferencia, pone en juego al analista como una existencia. Y se pueden también dividir estas articulaciones de la transferencia de una forma bastante clara, que no agota la cuestión, que recubre bastante bien las tendencias. Si quieren, estas dos tendencias, como se dice, del psicoanálisis moderno, del cual he dado los epónimos. Pero de una manera que no es exhaustiva. Es simplemente para prenderlos con alfileres, con Melanie Klein de un lado y Anna Freud del otro.

Quiero decir que la tendencia Melanie Klein tendió a colocar el acento sobre la función de objeto del analista en la relación transferencial. Seguramente no esta allí el inicio de la posición, pero es en la medida en que esta tendencia permanecía —aún si s e quiere hacer decir que es Melanie Klein la más fiel al pensamiento freudiano, a la tradición freudiana— la más fiel, que fue llevada a articular la relación transferencial en términos de función de objeto para el analista.

Me explico. En la medida en que a partir del inicio del análisis, a partir de los primeros pasos, a partir de las primeras palabras, la relación analítica es pensada por Melanie Klein como dominada por los fantasmas inconscientes, que son allí aquello a lo que tenemos que apuntar, aquélla con lo que tenemos que tratar, lo que desde el inicio no digo que debemos, sino que podemos interpretar; es en esta medida que Melanie Klein fue llevada a hacer funcionar al analista, a la presencia analítica en el analista, a la intención del analista para con el sujeto como buen o mal objeto.

No digo que sea ésa una consecuencia necesaria.

También creo que es una consecuencia que sólo es necesaria en función de los defectos del pensamiento kleiniano. Es justamente en la medida en que la función del fantasma, aunque percibida de manera muy pregnante, fue insuficientemente articulada por ella. Es el gran defecto de la articulación kleiniana, es que aún en sus mejores acólitos o discípulos, que ciertamente más de una vez se han esforzado, la teoría del fantasma nunca llegó verdaderamente a su fin.

Y sin embargo hay muchos elementos extremadamente utilizables. Por ejemplo, la función primordial de la simbolización fue allí articulada, acentuada de una forma que por algunos lados llega a ser satisfactoria. De hecho, toda la clave de la corrección necesitada por la teoría del fantasma en Melanie Klein está enteramente en el símbolo que les doy del fantasma $(a que puede leerse: S barrado deseo de a).

El $, se trata de saber lo que es. No es simplemente el correlativo noético del objeto. Está en el fantasma. Evidentemente esto no es fácil, a menos que se den las vueltas que les hago rehacer por mil maneras de aproximación, por mil formas de ejercer esta experiencia, que entenderán mejor si ya han creído entrever algo, o simplemente si hasta aquí esto les ha parecido oscuro, que entiendan lo que intento promover con esta formalización.

Pero sigamos. La otra vertiente de la teoría de la transferencia es aquélla que coloca el acento sobre esto que no es menos irreductible, y es también más evidentemente verdadero, que el analista esta interesado en la transferencia como sujeto. Es evidentemente a esta vertiente que se refiere esta acentuación que está colocada en la otra forma de pensamiento de la transferencia sobre la alianza terapéutica.

Hay una verdadera coherencia interna entre esto y lo que lo acompaña, este correlato del análisis, esta forma de concebir la transferencia que es la segunda, aquella para la cual señalé a Anna Freud, que lo designa en efecto bastante bien pero no es la única que coloca el acento sobre los poderes del ego.

No se trata simplemente de reconocerlos objetivamente. Se trata del lugar que se les da en la terapéutica. Y allí ¿que les dirán? Que hay toda una primera parte del tratamiento en que no esta ni en cuestión el hablar, el pensar en poner en juego lo que es, hablando con propiedad, el plano del inconsciente.

Primero, lo único que tienen es defensa. Es lo menos que les podrán decir. Esto durante bastante tiempo. Esto se matiza más en la practica que en lo que se adoctrina. Es adivinar a través de la teoría que esta hecha.

No es exactamente lo mismo colocar en primer plano lo que es tan legítimo, la importancia de las defensas, y llegar a teorizar las cosas hasta llegar a hacer del ego en si una especie de masa de inercia que puede incluso ser concebida —y es lo propio de la escuela de Alex Gaerman y de otros— como incluyendo después de todo, a fin de cuentas, elementos para nosotros irreductibles, ininterpretables.

Es a esto a lo que llegan, y las cosas son claras, no les hago decir lo que no dicen, ellos lo dicen.

Y el paso siguiente, es que después de todo esta muy bien así, y que a ese ego deberían tornarlo aún más irreductible. Después de todo, es una forma concebible de conducir el análisis.

No estoy en este momento poniendo en absoluto una connotación de juicio de rechazo. Es así. Lo que en todo caso se puede decir, es que comparada la otra vertiente, filo, fórmula, no parece ser que sea ese lado el más freudiano. Es lo menos que se puede decir. Pero tenemos otra cosa que hacer —no es así?— en nuestro propósito de hoy, de este año, que volver sobre esta connotación de la excentricidad a la cual hemos dado, en los primeros años de nuestra enseñanza, tanta importancia. Se pudo ver en ello alguna intención polémica, pero les aseguro que esta muy lejos de mi pensamiento. Pero de lo que se trata, es de cambiar el nivel de acomodación del pensamiento.

Las cosas no son completamente iguales ahora. Pero estas desviaciones tomaban en la comunidad analítica un valor verdaderamente fascinante, que llegaba hasta a quitar la sensación de que había preguntas.

Restaurada una cierta perspectiva —puesta al día una cierta inspiración gracias a algo que

sólo es restauración de la lengua analítica, quiero decir de su estructura, lo que sirvió para hacerla surgir en el inicio en Freud—, la situación es diferente. Y el simple hecho, para aquellos que aquí se pueden sentir un poco perdidos por el hecho de que vayamos como bólidos, en un lugar de mi seminario sobre Claudel, que tienen la sensación de que sin embargo eso tiene la relación más estrecha con la cuestión de la transferencia, prueba bien por sí mismo que hay algo suficientemente cambiado, que ya no hay más necesidad de insistir sobre el lado negativo de tal o cual tendencia. No son los lados negativos los que nos interesan, sino los la dos positivos. Aquellos que nos pueden también servir, y en el punto donde estamos, como elemento de construcción.

Entonces, ¿por qué puede servirnos lo que llamaré, por ejemplo, con una palabra breve, esta mitología claudeliana? Es divertido, debo decirles que yo mismo me sorprendí; releyendo estos días una cosa que nunca había re leído porque se publico sin corregir —es Jean Wahl quien lo hizo en la época en que yo ya hacia pequeños discursos abiertos a todos en el Colegio filosófico. Era algo sobre la neurosis obsesiva, no recuerdo más como se titula: el mito del neurótico, creo. Ven que ya estamos en el corazón de la cuestión. El mito del neurótico, donde a propósito del Hombre de las Ratas mostré la función de las estructuras míticas en el determinismo de los síntomas. Como tenía que corregirlo, consideré la cosa como imposible. Con el tiempo, bizarramente, lo volví a leer sin demasiado fastidio, y tuve la sorpresa de ver me hubieran cortado la cabeza, no lo hubiera dicho—, que yo hablaba allí del Padre Humillado. Debían existir motivos para estas cosas.

No es sin embargo porque encontré la u con acento circunflejo que os hablo de esto. Bien, retomemos. ¿Qué viene a buscar el analizado? Viene a buscar lo que hay que encontrar, o más exactamente, si busca, es porque hay algo para encontrar.

Y la única cosa que hay para encontrar, hablando con propiedad, es el tropo por excelencia, el tropo de los tropos, lo que se llama su destino. Si olvidamos que hay una cierta relación entre el análisis y esta especie de cosa que es del orden de la figura, en el sentido en que la palabra figura puede utilizarse para decir figura del destino, que también se llama figura de retórica, y que es por eso que el análisis no pudo hacer ni un paso sin ese (...) ver nota(251) esto quiere decir que uno simplemente olvida s us orígenes.

Hay una posibilidad, es que paralelamente, en la evolución del análisis mismo, hay una suerte de deslizamiento, que es el hecho de una práctica siempre más insistente, siempre más pregnante, exigente en los resultados a ser suministrados. Así pues, la evolución del análisis trajo consigo el riesgo de hacernos olvidar la importancia, el peso de esta formulación de los mitos, del mito. Felizmente, en otro lugar se continuó interesándose mucho en eso. De manera que es un rodeo, algo que nos vuelve quizás más legitimamente de lo que creemos; nosotros estamos quizás por algún motivo interesados en la función del mito.

Hice alusión a esto, más que alusión, lo articulé desde hace mucho tiempo, desde el primer trabajo antes del seminario —el seminario que ya había empezado, había gente que lo venia a hacer conmigo en mi casa— sobre el Hombre de las Ratas. Es ya el funcionamiento, la puesta en juego de la articulación estructural del mito tal como es

aplicada desde entonces, y de una manera continua, sistemática, desarrollada por ejemplo por Levi Strauss en su seminario. Ya intente mostrarles su valor, su funcionamiento, para explicar lo que ocurre en la historia del Hombre de las Ratas.

Para aquellos que dejaron pasar las cosas, o que no lo saben, la articulación estructuralista del mito, es ese algo que toma un mito en su conjunto, quiero decir el epos, la historia, la manera cómo se cuenta de punta a punta, para construir un tipo de modelo que está únicamente constituido por una serie de connotaciones oposicionales en el interior del mito, en las funciones interesadas en el mito. Por ejemplo, el mito de Edipo, la relación padre-hijo, el incesto.

Evidentemente esquematizo, quiero decir que resumo para decirles de qué se trata. Uno percibe que el mito no se detiene allí. A saber, en las generaciones siguientes. Si es un mito, este término generación no puede ser concebido simplemente como la continuación de la entrada de los actores. Siempre tiene que haberlos. Cuando los viejos han caído, hay pequeños que retornan para que esto vuelva a comenzar. Hay una coherencia significante en lo que se produce en la constelación que sigue a la primera constelación, y es esta coherencia la que nos interesa. Ocurre algo que connotarán como quieran: los hermanos enemigos, y por otro lado la función de una amor trascendente que va en contra de la ley, como el incesto, pero manifiestamente colocado en lo opuesto de su función, en todo caso, teniendo relaciones que podemos definir por un cierto número de términos oposicionales con la figura del incesto. En una palabra, paso al nivel de Antígona.

Es un juego en el cual se trata justamente de detectar las reglas que le dan su rigor. Y fíjense que no hay otro rigor concebible más que aquél que se instaura justamente en el juego. Para resumir, lo que nos permite, en la función del mito, en este juego en el cual las transformaciones se operan según ciertas reglas, y que tienen por eso valor revelador, creador de configuraciones superiores, de casos particulares iluminantes por ejemplo, en pocas palabras, demostrar esta misma especie de fecundidad que es la de las matéticas(252).

De eso se trata. La elucidación de los mitos. Y esto nos interesa de la forma más directa, puesto que no es posible que abordemos al sujeto con el que tenemos que vérnoslas en el análisis, sin encontrar estas funciones del mito.

Es un hecho comprobado a través de la experiencia. En todo caso es desde el primer paso del análisis que hay que ayudarse, sostenido por esta referencia al mito, la Traumdeutung(253), el mito de Edipo. No puede hacerse de otra manera —el hecho de que lo elidamos, que lo ubiquemos entre paréntesis que intentemos explicar todo, la función, por ejemplo, del conflicto entre tendencias primordiales, aún las más radicales, las defensas contra toda articulación connotada típicamente en el acento del ego, en la tesis s obre el narcisismo, en la función del ego ideal, de un cierto ello como permitiendo articular

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