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En contraste con las observaciones de la interacción madre-bebé según se da naturalmente, se puede obte­ ner mucha información nueva introduciendo una varia­ ción bien definida en esa interacción. La así llamada si­ tuación de “rostro inexpresivo” es uno de los enfoques de este tipo más conocidos, y uno de los más cabalmen­ te explorados. Junto con colegas de la Child Develop- ment Unit del Boston Children’s Hospital, hemos (TBB) investigado y grabado en vídeo esa situación desde 1978 ÍTronick y otros, 1978).

En el estudio básico se utilizaron dos cámaras: una enfocaba el rostro y la parte superior del cuerpo del bebé, y la otra, el rostro y la parte superior del cuer­ po de la madre. Las tomas de ambas cámaras se incor­ poraban en una grabación destinada a ser proyectada en pantalla dividida, con un cronómetro marcando cada segundo para registrar el tiempo real de la interacción.

Al bebé, ya confortado y satisfecho, se lo sentaba en un asiento reclinable, sobre una mesa, en un sector en­ cortinado de una habitación. Se le indicaba a la madre que entrara en ese sector para “jugar con el bebé sen­ tado, tal como lo hacía en su hogar”. La madre podía hacer cualquier cosa salvo sacar al bebé del asiento. Le pedíamos que jugara con su hijo durante tres minutos y luego se retirara brevemente. Tras una pausa de un

minuto, hacíamos que volviera junto al bebé para per­ manecer con él un segundo período de tres minutos. Le indicábamos ahora que mostrara un rostro absoluta­ mente inexpresivo y que no le respondiera al bebé. Al proceder así, la madre dejaba insatisfecha la expecta- tiVa"créad5~^Tna situación de juego precedente. La~nue- va situación serviría para verificar el grado en que el bebé se atenía a la expectativa creada y para demos­ trar la índole de las conductas que empleaba para su­ perar la frustración. Durante los últimos diez años, he­ mos estudiado y analizado cientos de parejas madre- hijo, con bebés de uno a cuatro meses. En época más reciente, con Suzanne Dixon y Michael Yogman (Dixon y otros, 1981), estudiamos a padres e hijos en esta si­ tuación. También hemos variado los estudios para in­ cluir a bebés ciegos con progenitores videntes, a proge­ nitores ciegos con bebés videntes (Ais y otros, 1980), a bebés con lesión cerebral, a bebés con anomalías facia­ les congénitas y, más recientemente, a bebés prematu­ ros con sus progenitores (Ais y Brazelton, 1981).

En una sesión típica, la respuesta de una niña de tres meses a la situación podría desarrollarse de la siguien­ te manera. Antes del segundo período de tres minutos, mientras aún está sola, la niña podría estar con­ templándose las manos y jugueteando con sus deditos. Al entrar la madre, sus movimientos manuales cesan. La niña levanta la vista hacia la madre, la mira a los oios~y sonríe. La expresión impasible de la madre no se altera. La niña~desvía rápidamente la mirada y se que- da quieta, con una expresión facial seria. Mantiene la mirada desviada durante veinte segundos. Luego vuel­ ve admirar el rostro de la madre, alzando las^cejas y los nárnadoR v^éxtendiendo levemente los brazos y las pier- nas h a r ía jp madre. Al no encontrar respuesta, baja rápidamente la vista otra vez para mirarse las manos, juguetea con ellas durante unos ocho segundos y lue­

go vuelve a espiar el rostro de la madre. Esta vez, su mirada es interrumpida por un bosfezoTqiie le hace vol­ ver los ojos y la cara hacia arriba. La niña tira de los dedos de una mano con la otra, mientras el resto de su cuerpo permanece inmóvil. El bostezo y los estiramien­ tos del cuello duran unos cinco segundos. La niña ex­ tiende un brazo con un leve sacudón y mira brevemen­ te el rostro de la madre. Sus brazos se mueven de un modo espasmódico. Su boca se curva hacia abajo, al tiempo que entrecierra los ojos. La niña vuelve la cara hacia un lado, pero mantiene a la madre en su visión periférica. Juguetea nuevamente con las manos, estira las piernas hacia la madre y rápidamente las vuelve a encoger. Se arquea hacia adelante, se deja caer en el asiento, hunde el mentón en un hombro, pero levanta la vista, con las cejas fruncidas, hacia el rostro de la ma­ dre. Mantiene esta posición durante más de un minu­ to, dirigiendo breves miradas a la madre casi cada diez segundos. Gesticula brevemente y adopta una expresión facial más seria, frunciendo el ceño. Por último, la niña se retrae por completo, se acurruca vdeTa caer HT ca- bezáTNo vuelve a mirar a la madre. Comienza a tocar- se la boca, se chupa el déc?o7 mueve la cabeza acompa- sadamente y se mira los pies, be la ve cautelosa, inde- fensa y replegada en sí misma. Cuando la madre sale dersector encortinado ai término de los tres minutos, la niña levanta a medias la vista hacia ella, pero sin que se modifiquen su expresión facial sombría ni la po­ sición acurrucada de su cuerpo.

El patrón uniforme de la conducta infantil en la si­ tuación del “rostro inexpresivo” consiste en reiterados intentos de suscitar una respuesta de la~m~adre. segui­ dos de una expresión sombría, desvío de la mirada y, p o r jíltimo, retraimiento -Todo -esto tiene l u g a r pn m e ­

nos de tres minutos. El hecho de que los bebés, en esta situación, se muestren tan uniforme y evidentemente

decepcionados por su fracaso en reconquistar a la ma­ dre, y tan vulnerables- ^ t e lo que perciBén” como el re­ chazo de ésta, es prueba- flé~su enorme dependencia de la “envoltura” suministrada por la madre, deTairespues- ta predecible cíe ella. Tras los esíuerzds~y~proTestas ini- ciales^ los bebés caen en un estado de autoprotección. Primero procuran evitar la necesidad que" tienen dtTmi- rar a la madre. Luego tratan de “cancelar” por comple­ to el medio que los rodea. Por último, ensayan sus pro­ pias técnicas para autoconfortarse. Esta secuencia de conductas demuestra tanto la- vulnerabilidad de los bebés como su fuerte expectativa respecto de los nive­ les de interacción que les han enseñado sus madres. Las tres etapas de la respuesta se han comparado con las etapas de la conducta observada en los bebés hospita­ lizados (Bowibv, 1969).

Esta situación del “rostro inexpresivo” ha sido ensa­ yada con muchas variaciones. Cuando se pedía a las madres que, mientras miraban a sus hijos, imaginaran estar pasando por un momento de agotamiento y depre­ sión, las manifestaciones de los bebés cambiaban de forma significativa. Mostraban una mayor frecuencia de intentos breves y positivos de suscitar una reacción de parte de la madre, seguidos por mayor proporción de respuestas negativas, como protestas o circunspección (Cohn y Tronick, 1983).

Cuando iniciamos estas investigaciones, pretendía­ mos demostrar que el bebé espera reacciones predeci­ bles de su madre o su padre. No nos proponíamos con­ siderar el efecto que tenía en los padres la evidente de­ cepción del hijo. Comprobamos que cuando el bebé se mostraba decepcionado y retraído, también la madre se agitaba y deprimía. Las madres que intervinieron en nuestros estudios nos hablaron del efecto que producía en ellas la experiencia. Mientras estaban frente a sus hijos, sin poder responder a los intentos de éstos de sus­

citar una respuesta, sentían entusiasmo al ver lo impor­ tantes que eran para sus bebés y lo competentes que eran los intentos de éstos, pero también una sensación de pérdida personal. Todas se expresaban en términos semejantes a éstos: “Apenas me podía contener para no responderle. Me parecía estar desamparando a mi hija. Sentía que me la estaban arrancando y era como si es­ tuviera perdiendo una parte de mí misma. Me sentí ora triste, ora enojada y desesperada. No quiero volver a ha­ cerlo nunca más. Cuando me permitieron regresar a su lado y responderle, sentí un enorme alivio y una sen­ sación de verdadero logro por lo mucho que significa­ mos una para la otra. ¡Cuánto hemos aprendido ya una de la otra!”.

Este breve paréntesis en la comunicación hace, al principio, que la madre se sienta impotente, ineficaz y hasta asustada. También ella es aún vulnerable y no confía en su capacidad para lograr y mantener una in­ teracción. Cuando la interacción se está _d es arrollando de manera satisfactoria, la realimentación que suminis- tra el bebé le sirve de incentivo a la madre y recompen- sa sus esfuerzos. En la situación del “rostro mexpresi- vo’^cuando ve al bebé venirse abajo ante sus ojos, la madre advierte tanto la vulnerabilidad de su hijo como la endeblez de sus propios logros hasta ese momento. La situación afecta su propia confianza en cuanto a ha­ ber logrado consolidar estas primeras etapas de diálogo. El alivio que manifiesta una vez que la situación ha ce­ sado es casi eufórico. La madre percibe cuán necesaria es y cuán poderoso es el equipo que forma con su hijo: lo bastante poderoso como para manejar la vulnerabi­ lidad del bebé y proporcionarle a ella las señales que precisa para poder continuar desarrollándose como ma­ dre. Esta “violación” de las expectativas subraya la im­ portancia de la labor que ya han realizado madre e hijo para establecer un contacto mutuo.

Al comprobar lo doloroso que les resultaba a las ma­ dres presenciar la intensa reacción emocional y el re­ traimiento de sus hijos, las invitamos a que vieran con nosotros las grabaciones después de la situación expe­ rimental. Cuando veían la secuencia de conductas de sus bebés, las madres primero comentaban: “Yo no sabía que era tan importante para mi hijo”. Luego se apre­ suraban a volver junto a sus bebés para resarcirlos. Al reemprender la interacción normal, se advertía que ésta había resultado afectada; los bebés generalmente dedi­ caban el período inicial a vigilar con cautela a la ma­ dre. Algunos hasta se apartaban de ella, arqueando el cuerpo. Las madres por lo general les pedían disculpas a sus hijos, diciéndoles cosas como “Ya soy yo misma, otra vez”. En un lapso de treinta segundos, los bebés re­ tomaban la secuencia normal de interacción.

Como veremos en la quinta parte de este libro, las ma­ dres deprimidas a menudo cometen esta violación de la expectativa d e sú s bebés. Cuando están en condiciones de interaüfúar normalmente de vez en cuando, les crean la expectativa a sus hijos. Pero en otros momen­ tos se retraen debido a sus propias necesidades, dejan­ do al bebé en un estado de depresión y desesperanza. La reiteración de este patrón puede dar cuenta de los síntomas clásicos de evitación de la mirada (debido a que es doloroso permitir que se vuelva a crear la expec­ tativa), de hipermotilidad gastrointestinal (en condicio­ nes de estrés), de fragilidad neurovegetativa (por la an­ siedad generada), de incapacidad o renuencia para in­ teractuar socialmente con un adulto estimulante. in­ vestigación del “rostro inexpresivo” nos ayuda a enten­ der estas interacciones distorsionadas como una exage- ración de procesos normalesi-

La interacción^social es un sistema gobernado por re­ glas y orientado hacia objetivos, en el que ambos socios participan activamente. La condición del rostro inexpre­

sivo viola las reglas de este sistema pues en ella se transmite información contradictoria acerca del objeti­ vo o la intención del socio. La madre, al entrar en el lu­ gar preparado y colocarse frente al bebé, está inician­ do y disponiendo las cosas para una interacción, pero su falta de respuesta indica una desvinculación o replie­ gue. Está comunicando “hola” y “adiós” simultáneamen­ te. Los bebés, que captan esto, se ven atrapados en la contradicción. Responden a la intención aparente y sa­ ludan a la madre, luego se vuelven en otra dirección y se retraen temporalmente, sólo para volver a iniciar sus intentos. Si los esfuerzos del bebé no logran reencauzar la interacción y establecer una reciprocidad, a la larga el resultado será un total retraimiento.

13. CUATRO ETAPAS EN

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