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Ahora que hemos examinado la índole de la interac­ ción temprana y visto cómo se han perfeccionado nues­ tros conocimientos acerca de ella, podemos comenzar a determinar las etapas de su desarrollo. En otro texto, hemos (TBB) establecido cuatro etapas en la interacción madre-bebé (Brazelton y Ais, 1979). Teniendo en cuen­ ta el modelo de re alimentación que acabamos de formu­ lar, y las capacidades y la programación presentes tan­ to en el progenitor como en el bebé que vimos en la pri­ mera y la segunda parte, procuraremos identiñcar la progresión de logros que estas etapas representan. Las etapas se pueden definir de la siguiente manera: con- trol homeostático, prolongación de la atención v la in- teracción, puesta a prueba de los límites y surgimien­ to de la autonomía. Dado que nuestro trabajo se ha efec­ tuado con madres’ e hijos, describiremos este tipo de pa­ rejas, dejando constancia de que las diadas de padre e hijo estrechamente vinculadas experimentarán un de­ sarrollo semejante en sus relaciones.

C O N T R O L H O M E O S T A T IC O

La primera tarea de los bebés es lograr el control de sus sistemas de asimilación y producción. Los bebés de­

ben ser capaces tanto de excluir como de recibir estímu- losTv también de controlar sus propios estados y siste­ mas fisiológicos. Con el fin de prestarles atención a los adultos con los que interactúan, los bebés deben contro­ lar su actividad motriz, sus estados de conciencia y sus respuestas autonómicas. Prestar atención a los estímu­ los provenientes de un adulto requiere el control de to­ das estas condiciones. Para lograr un estado de aten­ ción, los bebés tienen que aprender las condiciones pre­ vias que conducen a dicho estado, así como las condi­ ciones en torno a las respuestas conductuales cuando las logran. En los bebés normales esto ocurre en la prime­ ra semana o los primeros diez días de vida. La tarea de los progenitores, ya lo hemos visto, es aprenclir cómo ron tener al bebé, cómo reducir la estimulación que pro­ porcionan. a efectos de no abrumar el delicado equili­ brio del bebé, y cómo ajustar sus propias respuestas con­ ductuales a los umbrales individuales particulares de su hijo. Este es el primer paso en el aprendizaje de cómo cuidar a un niño.

Un profundo sentimiento de empatia pone a las ma­ dres en contacto con los sistemas de control de sus pe­ queños hijos. Una madre ha descrito esta experiencia así: “Sentía como si yo estuviera dentro de mi hijita... como si yo fuera un bebé otra vez, como si fuera ese bebé. Pero cuando veo lo competente que es mi niña, me doy cuenta de que se trata más bien del sentimiento de experimentar lo que ella está pasando para controlar­ se y prestar atención. En un primer momento, tengo el impulso de hacerlo todo por ella, pero mientras la ob­ servo, veo que es mucho más importante ‘ayudarla’ a que lo haga por sí misma. Se esfuerza tanto, y yo me esfuerzo con ella. Apenas me puedo contener para no abrazarla todo el tiempo”.

La intensa identificación que describimos en la pri­ mera parte ayuda a la madre a comprender los esfuer­

zos de su bebé por adquirir control en este período de desorganización. En tanto la madre se debate con su propia sensación de separación, depresión y desorgani­ zación tras el enorme esfuerzo del parto y el alumbra­ miento, sin duda debe resultarle tranquilizador adver­ tir la incipiente competencia de su bebé. Cuando le transmitimos la EECN a una nueva madre, notamos lo significativa que puede ser la constatación de la com­ petencia del bebé. La identificación de la madre con el bebé le permite llevar adelante la tarea, a menudo difícil, de aceptar la separación física, y también la de atender a las necesidades de un individuo separado.

P R O L O N G A M I E N T O D E LA A T E N C IO N

Habiendo alcanzado cierto grado de control, los bebés pueden empezar a atender y utilizar indicios sociales para prolongar sus estados de atención, y a aceptar e incorporar cadenas de mensajes más complejas. En esta etapa, los bebés comienzan a prolongar activamente la interacción con un adulto importante para ellos. A me­ dida que controlan sus sistemas motor y autónomo a efectos de prestar atención, advierten su capacidad para dominar este proceso. Aprenden a utilizar los indicios que les proporcionan los adultos para mantener su es­ tado de alerta. También emplean sus propias capacida­ des en rápido desarrollo — sonrisas, vocalización, con­ ductas faciales, indicios motores— para señalar su re- cepticidad y provocar las respuestas del adulto. Apren­ den a adaptarse al “toma y daca” rítmico de una rela­ ción sincronizada. Este proceso tiene lugar en el período comprendido entre la primera y la octava semana de vida, hasta culminar en la sonrisa y la vocalización so­ ciales a fines del segundo mes del bebé. Para entonces, cada miembro de la pareja ha aprendido los ingredien-

tes necesarios para un sistema interactivo mutuamen­ te gratificante y prolongado.

Durante este mismo tiempo, la madre ha estado aprendiendo del bebé y construyendo una nueva ima­ gen de sí misma. Todo el proceso del embarazo ha~in- t-pnsifTmHo sn necesidad de aprender su nuevoToIr El lado negativo de su ambivalencia tiene el efecto de man­ tenerla insegura. También la incita a buscar indicios fuera de ella misma. La autocomplacencia no es posi­ ble en este período. La madre no sólo se vuelca hacia todos los que la rodean — su marido, su propia madre, un médico, una enfermera, amigos y pares— sino que también es sumamente sensible a las respuestas de su bebé. Cada indicio, por más leve que sea, una respues­ ta alegre, la interrupción del movimiento, por no men­ cionar una sonrisa, actúa como una recompensa a su búsqueda. En su anhelo de obtener estas recompensas, la madre continúa aprendiendo acerca de los umbrales de su bebé, del temperamento y el estilo de respuesta de su hijo. Revive su pasado y observa con avidez a su propia madre o a sus pares cuando juegan con su bebé. Se vuelca hacia cualquier experiencia y cualquier saber tradicional para obrar a partir de ellos.

A medida que la madre aprende que los ritmos del bebé determinan la capacidad de éste para prestarle atención, empieza a sincronizar su propia conducta con la del hijo. A prende a ajustarse a los indicios propor­ cionados por el bebé y a acompasar sus respuestas. Aprende a interrumpir o disminuir su actividad cuan­ do lo'hace el bebé. Y apfendé~qúe ella puede~ámpliar un poco cada conducta para guiar al bebé. Cuando el bebé sonríe, la madre le devuelve una sonrisa aún más ancha, enseñándole cómo prolongar la sonrisa. Cuando el bebé vocaliza, ella agrega una palabra o un trino para que él los imite. Ajustando sus ritmos y sus conductas a los del bebé, la madre entra en el mundo de su hijo.

ofreciéndole un incentivo para que entre en contacto con ella. Al hacer todo esto, su propia necesidad de conver­ tirse en el progenitor anhelado comienza a satisfacer­ se. La madre puede incluso experimentar una identifi­ cación con su propia madre.

P U E S T A A P R U E B A D E LO S L IM IT E S

Una vez concretada la posibilidad de mantener un diálogo más prolongado, tanto los padres como los bebés comienzan a poner a prueba y a ampliar los límites de estos últimos. Empiezan a forzar los límites de (1) la ca­ pacidad del bebé paraaBsorber información y respon- der amella y {'¿) la capacidad del bebé para replegarse y recuperarse en un sistema homeostático. Durante el tercero y el cuarto mes, los adultos sensibles llevan al bebé justo hasta los límites de estas dos capacidades y le conceden el tiempo y la oportunidad necesarios para darse cuenta de que ha incorporado estas capacidades aumentadas a su propio repertorio. La madrera apren­ dido su rol; el bebé es ahora capaz de experimentar.

En su estado, ahora prolongado, de mutua sincroni­ zación, la madre y el bebé pueden practicar juegos en serie consistentes en sonreírse, vocalizar o tocarse uno al otro. Daniel Stem (1974b, 1977, 1985) ha descrito es­ tos juegos y ha señalado que, con ellos, tanto la madre como el bebé aprenden a ajustarse a la intensidad del otro, a la curva de intensidad, al compás, el ritmo y la duración temporales, y a la forma de las manifestacio­ nes conductuales rítmicas de cada uno. En el proceso, cada miembro aprende a conocerse a sí mismo, y a co­ nocer las recompensas de la mutua relación. Estos “jue­ gos” le permiten al bebé explorar sus controles internos y su capacidad de ajustarse a la otra persona. Para la madre, se convierten en una confirmación de su capa-

cidad de comprender al hijo y, en especial, de fomen­ tar el desarrollo de éste.

Al jugar juntos, la madre y el bebé experimentan una sensación de dominio. Para el bebé, éste radica en la ca­ pacidad de utilizar una secuencia de controles y de pro­ ducir señales. La madre también está adquiriendo una sensación de control, no sólo sobre las respuestas del bebé sino también sobre ella misma y su propia impa­ ciencia, sobre su necesidad de huir al mundo adulto. La madre experimenta la sensación de estar a total dispo­ sición de otro ser. Pone a prueba su capacidad de ser una persona verdaderamente sustentadora, capaz de identificarse en varios niveles con otro ser dependien­ te. Sus temores de ser deficiente comienzan a desvane­ cerse y prácticamente desaparecen en estos breves períodos de juego. Durante este mismo período, la ma­ dre suele experimentar un renovado sentido de ella mis­ ma como persona que da amor. Puede permitirse amar más profundamente a su marido y a su propia madre. A medida que empieza a percibir su poder, su depresión posparto comienza a esfumarse y la madre experimen­ ta plenamente la alegría de tener un hijo. Este es el período que las madres recuerdan más tarde como el punto más alto del vínculo, del sentimiento de amor ha­ cia el bebé.

Si la interacción no se vuelve gratificante durante el tercero o el cuarto mes, si no tienen lugar esta pues- ta a prueba ni este juego, la adaptación entre progeni- tor y bebé puede correr un serio peligro. La sensación de alegría en este juego es el mejor signo de una bue­ na adaptación. Como veremos en la quinta parte, la eva­ luación y la intervención durante este período depen­ derán de esos indicios.

S U R G IM IE N T O D E L A A U T O N O M IA

En el momento en que la madre o el padre le permi­ ten al bebé pasar a dirigir la relación y que se mues­ tre capaz de emitir señales, es decir, cuando el adulto puede reconocer y fomentar la búsqueda y la respues­ ta independientes del bebé a los indicios y juegos am­ bientales o sociales —consistentes en imitar a los pro­ genitores, tomar objetos y jugar con ellos—, se ha al­ canzado un hito vital. La sensación de competencia y de control voluntario del bebé sobre su ambiente se ve fortalecida. Un signo muy común de este desarrollo se observa en los bebés normales a los cuatro o cinco me­ ses mientras se están alimentando, cuando se detienen para mirar a su alrededor y prestar atención al ambien­ te. Cuando la madre permite e incluso alienta esto, está fomentando la incipiente autonomía de su hijo.

Estas iniciativas del bebé aparecen a la par que un salto en~la conciencia cognitiva a los cuatro o cinco me­ ses de edad. El bebé se vuelve agudamente conscieñte de cada visión, sonido y teH ura. Consciente de la pre- sencia y la ausencia de los padres, empieza a prever su alejamiento guiándose por ciertos indicios. Ahora el bebé llorará “reclamando atención”. La noción de perma­ nencia de los objetos comienza a surgir, y el bebé mi- rará con intensidadel lugar en que estaba un objeto des- pués~~cfe haber desaparecido éste. Esta creciente señsi- bilidad al mundo que lo rodea hace que el bebé perci­ ba la importancia de sus padres. De forma coinciden­ te con esta mayor conciencia, el bebé empieza a prac­ ticar juegos para poner a prueba el vínculo con sus padres, concediéndoles y retirándoles su atención. El control de la atención de los padres le permite al bebé comenzar a separarse y a independizarse.

Esta cuarta etapa en nuestro sistema de interacción progenitor-bebé tiene lugar alrededor de los cuatro me-

^es, o cuatro meses y medio, después del intenso período de juego del tercero y el cuarto mes. Esta etapa, a la que Margaret Mahler ha llamado de “salida del cas­ carón", va acompañada de una especie de conciencia de la autonomía del bebé por parte tanto de él como de la madre (Mahler y otros, 1975). Hasta este momento, la madre (o el padre) ha dirigido la interacción. La mayoría de los “juegos” eran modelados por el progenitor a par­ tir de las manifestaciones conductuales del bebé. Hacia los cuatro meses de vida, nuestros análisis muestran que el bebé dirige la organización del juego con tanta frecuencia como el progenitor (Brazelton y Ais, 1979).

Una interacción típica podría desarrollarse del si­ guiente modo. Una madre y su hijito se sientan uno frente al otro: el bebé responde con una sonrisa o un ges­ to a la propuesta de interacción iniciada por la madre. Ella le devuelve la sonrisa con afecto. Intercambian una breve (de 10 a 15 segundos) serie de respuestas. Hay un reconocimiento de los ritmos de movimiento de cada uno v de su grado de atención. Esto es luego quebra­

do por el bebé. El niño desvía la mirada, como por ca­

sualidad. Con frecuencia, se mirará un zapato. La ma­ dre trata de volver a captar la mirada del bebé, inten­ sificando sus señales. El bebé no la mira, sino que fija la vista en su otro zapato. La madre trata de entrar en la línea de visión del bebé. Este la elude hábilmente y vuelve a mirarse el primer zapato. En una secuencia de hasta tres minutos, el bebé controla la mayor parte de ella, llevando a la madre de un lado a otro mientras él examina cada zapato. Cuando la madre cede y desvía la mirada, el bebé vuelve a fijar la vista en ella y a cap­ tar su atención. Dentro de la seguridad de su interac­ ción, el niño ha puesto en práctica su autonomía cre­ ciente, pero aún frágil.

Hasta este momento, la madre ha estado aprendien­ do a “controlar” al bebé y a provocar sus respuestas. Ha

ensayado diferentes técnicas, probablemente aprendi­ das en su propio pasado, pero también a partir de en­ sayos v errores. Cuando esas técnicas dan resultado, es decir, cuando sirven para prolongar el estado de aten­ ción del bebé, la madre se siente sumamente gratifica­ da. Cuando puede inducir al bebé a que sonría o voca­ lice dirigiéndose a ella, se siente una madre cálida y afectuosa. Controlar las respuestas del bebé le da la sen­ sación de estar en estrecho contacto con él. Incluso las respuestas negativas del hijo —llorar, demostrar fas­ tidio debido a desequilibrios internos— son vistas por la madre como muestras de su capacidad de ayudar al bebé. Durante estos primeros cuatro meses, la conduc­ ta del bebé es un factor crucial para la percepción que tiene la madre de ella misma como progenitor satisfac­ torio y propicio.

Ahora, en la cuarta etapa de la interacción, cuando hace su aparición la autonomía, la madre de pronto se vuelve incapaz de predecir la conducta del bebé. Las señales que ha aprendido a considerar negativas, como el desvío de la mirada, la evitación y el retraimiento de parte del bebé, tenderán a producirle desazón. Hasta que sea capaz de verlas como un signo de fortaleza, como una prueba de la autonomía del bebé, es probable que se sienta abandonada. Su normal ambivalencia la lle­ vará a cuestionar su autoimagen. Si toma en serio la manipulación de que la hace objeto el bebé, tal vez se sienta rechazada. Las madres que están amamantan­ do a sus hijos en esta etapa llamarán al pediatra para preguntarle: “¿No es tiempo ya de que el niño deje el pecho?”. Cuando se les pregunta al respecto, las madres aclaran que el nuevo interés del bebé por el medio que lo rodea está compitiendo con la lactancia. Para la ma­ dre, esta competencia es un rudo golpe. La intensa re­ ciprocidad, los mensajes sincronizados que han estado yendo y viniendo entre madre e hijo han cobrado mu­

cha importancia para ella. En su necesidad de recibir realimentación por parte del bebé, la madre tiende a re­ doblar sus esfuerzos por mantenerlo vinculado a ella. Estos esfuerzos redoblados no sólo son una recompen­ sa al juego que practica el bebé sino que, al sobrecar­ garlo, hacen que sea aún más importante que éste se "desconecte” de la madre de vez en cuando. El recha­ zo puede hacer renacer en la madre viejos sentimien­ tos de ineficacia o abandono, provenientes de su pasa­ do. Estos sentimientos tal vez la lleven a alejarse del bebé o bien pueden inducirla a volverse más conscien­ te, más sensible a la necesidad que tiene su hijo de “tiempo propio”, de espacio.

Una madre que no puede tolerar la independencia pa­ sará por alto o contrarrestará este salto en el desarro­ llo de su hijo. Una madre con problemas en su propia vida, que se encuentra bajo presión —por ejemplo, una madre soltera que trabaja y que se siente apartada a la fuerza de su bebé— tendrá dificultades para recono­ cer esta etapa del desarrollo y necesitará ayuda para alentarla. Si no puede hacerlo, el costo futuro podría ser muy alto, pues el hijo necesitará rebelarse o alejarse de ella con mayor ímpetu más adelante. Si todo marcha bien, en cambio, la madre (y el padre) aceptará esta im­ portante etapa del desarrollo. Los progenitores valo­ rarán la creciente autonomía de su hijo y hasta la verán como un objetivo deseable. En términos psicoanalíticos, el desarrollo del yo del niño estará entonces bien enca­ minado.

Es interesante observar que en esta misma época, el electroencefalograma del bebé muestra un cambio madurativo (Emde y otros, 1976). Esto indica la crecien­ te capacidad de su cerebro para almacenar aprendiza­ jes cognitivos y afectivos. Junto con este cambio, hay

otras señales del rápido crecimiento de sus capacidades cognitivas, como los primeros signos de la noción de la

permanencia de los objetos anteriormente mencionada. Esta es también la edad en la que aparece el percata- miento de la presencia de un extraño, que lleva al bebé a aferrarse a su madre. Si de forma brusca, una per­ sona desconocida se pone frente al bebé y le mira a la cara, el niño romperá a llorar o a sollozar. La capaci­ dad motriz de tender las manos, colocarlas en posición de asir y tomar objetos para llevárselos a la boca o ju ­ gar con ellos se concreta también en esta etapa. Este es un periodo en el que hasta el sueño nocturno está madurando. La mayoría de los bebés comienzan ahora a ampliar hasta ocho horas su período de sueño. Apren­ der a dormir, pasar de los ciclos de sueño paradójico nuevamente al sueño profundo, es parte de la crecien­ te autonomía del bebé.

Todas estas capacidades —cognitivas y motrices_ impulsan al bebé hacia un nivel de ajuste totalmente nuevo, a la vez más independiente y adquisitivo, pero también dependiente de la ñrme base suministrada por

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