En el marco del debate sobre el concepto de juventud atravesado por la condición de clase, aparece una línea teórica que propone pensar a los jóvenes a partir de su condición de “generación”. En esta línea, Hünermann y Eckholt (1998) sostienen que la juventud debe pensarse como una categoría social independiente, más que como fase de transición. Refiere así a la “generación”, que describe un “período del ciclo de la vida con características esenciales propias” (Hünermann y Eckholt, 1998: 10) anclada en un contexto específico. Feixa (2006), por su parte, define a la generación
45 como un grupo de edad socializado en un mismo período histórico, donde las experiencias compartidas perduran en el tiempo y se traducen en la biografía de los sujetos. “Sin embargo, una generación tampoco puede comprenderse sólo a partir de la coexistencia en un tiempo histórico común, sino que –para ser tal- debe poner en juego de una u otra forma, criterios de identificación común entre sujetos que comparten un problema” (Vommaro, 2011: 135).
En este contexto de discusión sobre los límites y potencialidades de pensar a la juventud como “generación” resulta esclarecedor el aporte de Criado (1998) quien, retomando los aportes de Mannheim (1990), la define a partir de compartir condiciones de existencia que no se agotan en la contemporaneidad cronológica. Esto implica que lo fundamental son las condiciones materiales y sociales en la que se
generan los sujetos, que incluye atravesar un mismo tiempo histórico desde un posicionamiento común en la estructura social. Desde una perspectiva bourdieuana, Criado (1998) resalta que las experiencias que producen a los sujetos serán diferentes según su posición en el espacio social, generando diferentes efectos en sus “formas de estratificación de la consciencia” (Criado, 1998: 81).
De esta manera, el concepto de “generación” propuesto por Criado (1998) desestima la concepción de una única juventud anclada en un mismo tiempo histórico, sino que coloca como criterio para la definición de la misma el compartir determinado posicionamiento en el espacio social junto con la contemporaneidad cronológica. La fertilidad de este concepto para abordar a los jóvenes radica en que nos permite observar las variaciones en el tiempo de las condiciones materiales y sociales de su
generación como sujetos. Variaciones que, según Criado (1998), cobran importante relevancia en las primeras etapas de la vida, en la “<<estratificación de la experiencia>> en la generación del mismo, que repercutirá en lo pensable y factible por estos” (Criado, 1998: 82). Es en ese sentido que consideramos que la incorporación del concepto de “generación” resulta un aporte significativo para abordar nuestra pregunta de investigación, al permitirnos analizar la construcción identitaria de los pasantes universitarios tomando en consideración el contexto histórico precario en que esta socialización laboral se realiza y las particularidades que la misma asume al tratarse de jóvenes de clase media.
46 juvenil, estudiantil y trabajadora de los pasantes a la luz del “contexto de acción” precario en el que estos se generan y son generados como trabajadores. De esta manera, al buscar reconstruir las bases históricas del tiempo precario en que los jóvenes ingresan hoy al mundo laboral, consideramos relevante destacar, en términos comparativos y de ruptura histórica, que en vigencia de la sociedad salarial pasada el trabajo era considerado uno de los principales articuladores de la integración social. El empleo era quien otorgaba indirectamente las principales protecciones sociales, con la garantía y el amparo del Estado y los sindicatos. Su ingreso representaba para los jóvenes un indicador del tránsito a la adultez y habilitaba un modo de integración no sólo económica, sino también política y social. El empleo otorgaba la estabilidad y previsibilidad en un mundo de certidumbres y seguridades. Pero ese mundo comenzó a entrar en crisis, junto con el modelo de sociedad salarial vigente desde la segunda posguerra, para pasar a dar lugar a un nuevo escenario laboral heterogéneo, inestable y desprotegido, que extiende y consolida la precarización como forma hegemónica de empleo.
Estas transformaciones tienen como punto de inicio la crisis del capitalismo ocurrida en 1970, que repercutió mundialmente generando la adopción de políticas de reestructuración productiva flexible y de ajuste estatal. Se produjo así una ruptura con el modelo de acumulación productivo-industrial y un ingreso a un nuevo régimen caracterizado por un patrón financiero-especulativo, que en consonancia con la implementación de las políticas neoliberales cooperaron a que la precarización laboral se erija como el modo de existencia de la mayoría de los trabajadores (Arias y Crivelli, 2010). En este marco económico neoliberal, hegemónico a nivel mundial, la dictadura militar argentina aplicó la liberalización de mercados, la desindustrialización y el endeudamiento externo ante la promoción del mercado financiero, cuyas consecuencias emergerían con fuerza en los años 80 con el proceso inflacionario y en los años 90 con la extensión de la desocupación. Sin embargo, la transformación neoliberal del mercado laboral no se redujo a la consolidación de la desocupación en importantes sectores de la población, sino también a la extensión de la subocupación y de la flexibilización laboral en numerosas nuevas formas contractuales precarias (Cortés, 2003).
47 estabilidad, protección y previsibilidad para pasar a caracterizarse por la incertidumbre (Bonofiglio y Fernández, 2003: 4) acerca de la duración de la jornada laboral, de la finalización de los contratos, de las tareas a desempeñar, de la remuneración, de la seguridad de mantenerse empleado. La elevada tasa de desocupación abierta en la Argentina comenzó a inicios de los 90, cuando una gran cantidad de trabajadores se vio expulsado del mercado de trabajo formal, mientras que otros se refugiaron en actividades laborales precarizadas o improvisaron estrategias de supervivencia en el mercado de trabajo informal. En ese contexto, los jóvenes resultaron uno de los grupos más discriminados no sólo por su elevada tasa de desempleo (que llegó a duplicar la correspondiente a los trabajadores mayores13) sino también porque se convirtieron en el “target” ideal de los puestos de trabajo precarios. “La dinámica afectó a gran parte de los jóvenes procedentes de los sectores medios y populares, que en muy pocos casos pudieron desarrollar algún tipo de vinculación con el mundo del trabajo, distanciados al mismo tiempo de las instituciones políticas y educativas” (Svampa, 2005: 48).
La crisis social, política y económica que atravesó Argentina en el año 2001 produjo un resquebrajamiento del consenso neoliberal, generando una rearticulación de las relaciones de fuerza entre el capital y el trabajo. De esta manera, frente al modelo de valorización financiera y apertura comercial vigente desde los años 70 y profundizado en los 90, se erigió a partir del año 2003 un nuevo modelo de acumulación basado en la valorización productiva del trabajo (Rofman, 2010). Si bien la profundidad de los alcances de este cambio de modelo en términos laborales es puesta en cuestión por algunas investigaciones (Aspiazu y Schorr, 2010; Giosa Zuazúa, 2005; Féliz 2008), fundamentalmente por la persistencia de un amplio número de trabajadores no registrados, hay consenso en señalar el incremento de la tasa de empleo en la última década.
Pero a pesar de este cambio de modelo económico y del crecimiento de los puestos de trabajo, los jóvenes continúan representando en Argentina uno de los sectores más afectados por las dinámicas del desempleo y no registro, que continúa
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En 1995, cuando el país alcanzaba su record histórico de desempleo (18%), la desocupación de los jóvenes del Área Metropolitana de Buenos Aires alcanzaba el 34,2% (Jacinto, 1997 en Svampa, 2005).
48 duplicando en sus valores a las tasas de la población general14. Esta situación de
vulnerabilidad juvenil no es particular de Argentina, sino que es un fenómeno recurrente a nivel regional y mundial. Ante estas condiciones del mundo del trabajo, la inserción laboral de los jóvenes deja de ser considerada como un momento de paso para ser un largo proceso (Jacinto, 2000), en el que se alternan períodos de desocupación con empleos precarios, pasantías, becas y periodos de estudio, distanciándose de una posible estabilización laboral.
De esta manera, las primeras experiencias laborales se dan, mayoritariamente, en condiciones de desprotección, informalidad e inestabilidad. Para algunos autores (Kessler, 2004; Cano, 2004; Galvez Biesca, 2007), el hecho de que la socialización laboral de los jóvenes se produzca bajo estas condiciones implicaría cierta naturalización de las condiciones de trabajo precarias. Abriremos en esta investigación dicho supuesto como interrogante, al preguntarnos sobre las formas que adoptan las identificaciones laborales de jóvenes que realizan pasantías en lugares de trabajo precario, a través del caso de los pasantes del call center de ARBA.