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8  The Empirical Analysis 125 

8.3.1  Choice of Panel Regression Model 138 

N o hay un período más significativo, desde el punto de vista cultural, en la historia de Roma que el siglo II, al ser la época en la que, convertida en u n es­ tado m undial, la República experi­ m en ta u n a h e le n iz a c ió n definitiva con la conquista de Oriente. Horacio verá más tarde el proceso como la conquista del rudo vencedor por la Grecia conquistada, que introdujo la cultura en el agreste Lacio («Graecia capta ferum victorem cepit et artes / intulit agresti Latio»). N o se trató, com o de estos versos pudiera supo­ nerse, de un fenómeno de sustitución cultural que im plicara la desapari­ ción de los presupuestos anteriores. Más bien el helenismo —en virtud de esa capacid ad de adaptación en la que el griego Posidonio vio la causa esencial de la grandeza de R om a— fue penetrando en todas las células de la sociedad rom ana, y ello —sin im p e d irla persistencia de los elemen­ tos genuinos de esta— abocó a un proceso osmótico de incalculable re­ percusión histórica.

Ese encuentro de la rom anidad con el espíritu griego poseedor de una cul­ tura superior era, en p rim e r lugar, inevitable. Los contactos se rem onta­ ban, ciertamente, a siglos atrás, pero se aceleraron con la expansión rom a­

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na p or la Italia meridional; la con­ quista de Siracusa (212) había revela­ do a los rom anos todo el esplendor y riqueza de u n a gran ciudad helenísti­ ca, y con la intervención en Oriente el conocim iento de la civilización grie­ ga se convirtió en u n a necesidad polí­ tica. E n segundo lugar, esos contactos provocaron un gran entusiasm o en m uchas familias de los grupos diri­ gentes, pero también una violenta opo­ sición que —especialmente en el pe­ ríodo que siguió a la guerra contra S iria— se m anifestó especialm ente en la figura de Catón, d e nunc ia dor de los peligros que los nuevos modos de vida re p re s e n ta b a n p a r a los mores maiorum. Ese rechazo nacionalista tuvo amplitud, sin duda (bastarían las ex­ pulsiones de filósofos en los años 161 y 154 para confirmarla). Pero la propia fuerza de los hechos (el vencedor de P id n a trajo a R om a la biblioteca de Perseo, miles de notables aqueos como p risioneros en Italia, pre sencia de muchos artistas, pedagogos, médicos griegos en la Vrbs, establecimiento de rom anos e itálicos en Oriente) y el en­ cuentro de importantes personalida­ des de los dos ámbitos (en el que la fi­ gura de Escipión Em iliano jugó un p ap e l s u sta n c ia l) a b r ió d e fin itiv a ­ m ente el m u n d o rom ano al influjo griego a mediados del siglo II: hasta el punto de que el propio C atón ad q u i­ riera conocim iento de la lengua he­ lénica.

G ra ndes fueron las repercusiones que el co ntac to operó en el s e n ti­ miento religioso, com o en un capítulo posterior se analizará más detallada­ mente. El escepticismo helénico cho­ caba con la tradicional religiosidad rom ana (que ya había sido testigo de la i n tro d u c c ió n de diversos cultos griegos, así com o de los Libros Sibili­ nos), de igual m odo que el an tro p o ­ morfismo contrastaba con el prim iti­ vo concepto de lo divino çn la religión nacional. En el 204, y en el clima ten- sional de los últimos años de la guerra contra Aníbal, fue introducida solem ­

n e m e n te en R o m a la G r a n D iosa Madre, personificada en la piedra ne­ gra de Pesinunte, que tuvo sus pro­ pios sacerdotes frigios. En general, el Senado, incapaz de poner freno a los cam bios que gradualm ente se iban d a n d o en la conciencia religiosa, no ado p tó u n a actitud intolerante res­ pecto de los nuevos cultos, salvo en los casos en que se podía subvertir el orden establecido. Tal sucedió con el senatus consultum de Bacchanalibus de 186, que prohibía a ciudadanos y aliados la participación en los cultos dionisíacos por entender que su ex­ tendida práctica en Roma podía te­ ner efectos sociales disolventes; o en la expulsión en 139 de astrólogos y j u ­ díos, que reflejaba hasta qué punto en esa época h ab ía n penetrado en la ciudad las ideas y los cultos orienta­ les. Pero, p o r otra parte, los grupos di­ rigentes de la nobilitas com enzaron a explotar la religión del estado con propósitos políticos: quedó ello claro con la aprobación de las leggesAelia y Fufia en el 150, que facultaban a magis­ trados curules y tribunos a disolver las asam bleas populares por la sim­ ple explicación de h aber sido testigos de algún presagio desfavorable.

En esta época surge realmente una literatura latina, reflejando en el ori­ gen de sus poetas más antiguos los efectos culturales que se derivaran de la preem inencia rom ana en la P enín­ sula (Nevio y Lucilio eran campanos, Plauto y Accio umbros, Cecilio n atu ­ ral de la G alia Cisalpina). Pero el de­ sarrollo de esa literatura latina resul­ ta inco m p re n sib le sin atender a la influencia griega, que había alca nza­ do niveles altísimos en poesía o d ra ­ ma, historiografía o elocuencia, filo­ sofía o exposición científica. Ya desde el 240 (cuando Livio Andrónico pusie­ ra en escena u n a tragedia y una co­ media griegas en reelaboración latina) las representaciones teatrales tuvie­ ron lugar en los festivales públicos (ludi). Tras los intentos de Nevio, co­ mediógrafos geniales como Plauto y

La expansión d e R om a por el M e d ite rrán e o 53

Terencio ad a p ta ro n las técnicas de la com edia ática de Filemón, Dífilo o M enandro, en el prim ero de los casos con un lenguaje enérgico y burlesco que arrastraba al público, y en el se­ gundo (un esclavo africano em anci­ pado del círculo de Escipión Em ilia­ no) con un tratam iento más acabado y acorde con los modelos griegos. La m ordacidad de los diálogos de Plauto iba a encontrar expresión en un nue­ vo tipo de literatura —la sátira— que, a u n q u e no desconocido en Grecia, c o n c o rd a b a a la perfección con el t e m p e r a m e n t o r o m a n o . El género (cuyo propio nombre, satura, alude a u n a mezcla de elem entos diversos) fue desarrollado por Ennio y, espe­ cialmente, por Lucilio, que incluyó críticas hacia los oponentes políticos de su amigo Escipión Emiliano.

La poesía épica, iniciada con la tra­ ducción que Livio Andrónico hiciera de la Odisea, está representada por Nevio —que moría a fines del siglo III

tras h ab e r creado la primera epopeya latina, sobre la I G uerra P ú n ic a— y, sobre todo, por Ennio. A dap ta n d o el verso hexámetro de Homero, escribió en sus Anuales (título derivado de los registros de los pontífices) la historia de Rom a desde los orígenes hasta sus días. Las narraciones épicas de a m ­ bos autores son el prim er intento de exponer la historia de Rom a en latín. Ennio, que asistió a las victorias ro­ m anas desde Z am a hasta Pidna, se p re s e n ta co m o artista h éroe de la epopeya gloriosa de Roma. Ya en el Euhemerus (escrito entre los años 204 y

184) resaltaba el racionalismo y el pro­ greso de Roma, cuya supremacía se de­ bía no sólo al triunfo de las armas, sino a su sapientia. En los Annales —com enzados tras la victoria sobre Antíoco— justifica la preem inencia de R om a en el m u n d o helenístico tam bién sobre la base de su sabiduría o espíritu de discernimiento, por e n ­ cima de la pura vis.

En el cam po de la prosa se siguie­ ron tam bién modelos griegos, pero

los autores fueron ya ciudadanos ro­ m anos y m iem bros distinguidos de su clase dirigente. El ejem plo capital (tras la obra de Fabio Píctor, escritor de la segunda mitad del siglo III que es­ crib ió en griego p a r a j u s tif ic a r al m u ndo oriental las líneas de la políti­ ca rom ana) es el de Catón, que elevó al latín a lengua historiográfica. Con sus Origines no sólo trataba del p asa­ do de Roma, sino del de Italia entera, y adem ás revelaba u n a concepción de la historia de su pueblo distinta de

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la tradicionalm ente existente en es­ critores griegos o en Ennio. Mientras este exalta a los héroes de las victo­ rias sucesivas —celebró en verso las h az añ as de Fulvio Nobilior, a quien a c o m p a ñ ó en su c a m p a ñ a de Eto- lia— y manifiesta en sus Annales una concepción «aristocrática» de la his­ toria, C atón explica el triunfo de R o­ ma en virtud de su superioridad cons­ titucional, pues el estado no es el fruto del genio de unos hombres, sino la creación colectiva del conjunto de sus ciudadanos, que hab ían colabo­ rado d ura nte siglos para m ejorar y al­ c a n z a r lo que en su tiempo era el es­ tado m ejor realizado. La c o n trib u ­ ción de C ató n a la literatura latina fue enorme: más de 150 discursos p o ­ líticos publicados, obras sobre retóri­ ca, derecho, medicina o asuntos mili­ tares, adem ás de su fundamental So­ bre la agricultura.

Desde los años 60 eran frecuentes las apariciones en Rom a de retores y sofistas griegos, cuya elocuencia e n ­ candilaba a los jóvenes, y se fue des­ p e r ta n d o u n a a u tén tica c u riosidad hacia la filosofía griega en general, carentes como estaban los rom anos de u n cuadro definido y racional del m undo. Los discursos de Carnéades, llegado en el 155 en misión diplomáti­ ca, causaron impacto. Al desconcier­ to y tem or que las nuevas doctrinas provocaron en diversos círculos diri­ gentes —y que se tradujeron en las expulsiones de filósofos a que antes se hiciera referencia—, los contactos que, a partir de los últimos años de Catón, se iban a m an ten e r con figu­ ras com o Polibio de Megalopolis o Panecio de Rodas abrirían definitiva­ mente las puertas de R om a a la filo­ sofía helénica. De las g ra n d es c o ­ rrientes existentes en el m u n d o he­ lenístico —peripatéticos, académicos, epicúreos, estoicos— fue la filosofía de éstos últimos la que mejor se a d a p ­ tó al carácter rom ano, pues, m ucho más que las otras, a n i m a b a a una vida de acción y participación en los

asuntos públicos. La figura de P ane­ cio (que sólo tras la muerte de Em i­ liano asum ió la dirección de la escue­ la estoica en Atenas) fue fundamental a la hora de integrar los principios éticos tradicionales en un amplio sis­ tema filosófico. Según su doctrina, el h o m b r e d e b ía f u n d a r un ideal de vida ético a través de la razón (logos), cu m pliendo las cuatro virtudes bási­ cas de sabiduría, justicia, valor y m o­ deración, conceptos que influyeron decisivamente sobre muchos m iem ­ bros de la clase dirigente. Los c a m ­ bios afectaron, pues, a todos los secto­ res de la cultura romana. También al arte, con la llegada de n u m ero sa s obras como botín o la construcción por Metelo M acedónico de los prim e­ ros templos de mármol, las ciencias de la naturaleza o determ inadas for­ mas de la praxis política: como las de los imperatores surgidos de la guerra y portadores del carisma que daba la victoria, siguiendo las huellas de la basileia h e le n ístic a en un proceso que, controlado en un principio por la p ropia nobilitas, au g u rab a situa­ ciones posteriores.

Los nuevos elem entos culturales, en suma, que la conquista introdujo en Rom a le dieron nuevas e insospe­ chadas posibilidades de acción políti­ ca, contribuyendo al tiempo a provo­ car la crisis de sus propias institu­ ciones, incapaces en el estado en que se en c o n trab an de atender al gobier­ no y la organización del nuevo marco creado, el ecúmene mediterráneo.

El antihelenismo de Catón

Plinio el Viejo nos ha transmitido las opi­ niones de Catón ante la creciente influen­ cia en Roma de la cultura griega.

La literatura griega sólo merece un estudio superficial, los griegos son un pueblo per­ verso y rebelde, su literatura corromperá a Roma, sus médicos acabarán con Roma; de hecho, los griegos han jurado matar a todos los bárbaros dándoles sus medici­ nas e incluyen a los romanos entre los bár­ baros e incluso los denominan oscos.

La expansión de Roma por el Mediterráneo

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