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8  The Empirical Analysis 125 

8.2.1  Mean Comparison Methodology 128 

de la conquista

Los datos de Livio sobre el censo permiten calibrar las enormes pérdi­ das que la G uerra Anibálica ocasio­ nó (la población m asculina bajó de

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270.000 en el 233 a 214.000 en el 204) entre los c i u d a d a n o s romanos. Sin embargo, desde principios del siglo II

se asiste a un recuperación dem ográ­ fi c a : 243.000 h o m b r e s e n el 194 —pues, como diversos autores han se­ ñalado, la cifra de 143.000 es p ro b a ­ b lem en te c o r r u p t a —, 258.000 en el 189 y 337.000 en el 164. Como, por otra parte, fueron m uchas las co m u ­ n id a d e s a l i a d a s que a b r a z a r o n la causa púnica, el estado rom ano, al confiscar bu en a parte de sus tierras com o castigo por su defección, se e n ­ contró con un ager publicus de unos 10.000 kms. c u a d r a d o s —e s p e c ia l­ mente en la Italia m eridional—. H a ­ bida cuenta de que las últimas parce­ las disponibles se h a b ía n repartido en el 235 (lo que bloqueó el progre­ so de la colonización itálica), la gran extensión de tierras públicas disponi­ bles aparecía com o u n elemento pri­ mordial para aliviar la situación de m uy amplios sectores del cuerpo so­ cial. Pero, si efectivamente se inició de nuevo u n a política de coloniza­ ción, esta careció de un p lanteam ien­ to sistemático para resolver los p ro ­ blemas y, en definitiva, fue la nobilitas acaparadora de las magistraturas la principal beneficiaria del ager publi­ cus, sobre todo en el Sur.

A pBrtir del año 200 se fun d a ro n en Apulia, Lucania el Bruttium y C a m ­ pania nueve colonias de ciudadanos y dos de derecho latino, en las que se establecieron unas 2.000 familias (a las que habría que a ñ a d ir el ase n­ tamiento de unos 50.000 colonos en Apulia y el Sam nium); cifras a prim e­ ra vista considerables, pero que no lo son tanto si se piensa en la extensión media de las parcelas, entre 2 y 8 iugera (menos de 2 has.) y en la paralización de la actividad colonizadora hacia el

190. Más considerable era la extensión de las unidades repartidas en el Norte de la península: entre los años 190 y 180 se reconstruyeron las colonias de C rem ona y Placentia que h ab ían sido destruidas en la guerra de A n í­

bal, y se fundaron otras en Bononia, Parm a, M u tina y Aquileia. E n c o n ­ j u n t o se e stab le ciero n u n total de 23.000 familias, con una media de 3 a 6.000 familias por colonia. Sin e m ­ bargo, a partir del 180 disminuyó cla­ ra m e n te la actividad colonial, que acabó desapareciendo por completo. E n cualquier caso hay un hecho m a ­ nifiesto en la evolución colonial que co m enta m os: el pre d o m in io de las instalaciones de ciudadanos rom anos respecto de las «latinas» (frente a la proporción inversa en las fundacio­ nes anteriores a la II G uerra Púnica), con un au m ento de efectivos, además, que las eq u ip a ra b a n a aquellas. El cam bio ha sido explicado en función de necesidades militares y de preocu­ paciones electorales, más que como resultado de un auténtico program a social: el apoyo de determinados ele­ mentos de la nobilitas a las instalacio­ nes de ciudadanos se explicaría en m uchos casos por su deseo de fortale­ cer su propia posición política a tra­ vés de nuevos lazos clientelares.

La enorme afluencia de riquezas, traducida en u n gran movimiento de capitales en metálico, es uno de los aspectos que m ejor reflejan el im pac­ to de la conquista en la economía ita­ liana. Pero esos beneficios de la ex­ p a n s ió n , d e sigualm ente repartidos, c o n trib u y e ro n a a c e n tu a r las desi­ gualdades sociales, favoreciendo i n ­ com parablem ente más a la aristocra­ cia que a las clases h u m ild e s (en c o n tra p o s ic ió n , al m e n o s relativa, con los beneficios deparados por el imperialism o ateniense, como seña­ lara Finley). Según cálculos recientes basados en datos de Livio y Polibio, tan sólo entre los años 200 y 157 entra­ rían en Roma más de 150 millones de denarios en concepto de multas de guerra, otros 100 —como m ínim o— de botín y no m enos de 130 como recau­ d ac io n e s provinciales: parece p r u ­ dente, en consecuencia, evaluar para esos años en 560 millones de denarios las e n tra d a s estatales. Ese en o rm e

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Busto de la diosa Ceres hallado en Aricia (mediados del siglo II a.C.).

Museo Nacional, Roma.

m ovimiento de capitales se tradujo en un aum ento en la acuñación de denarios, al que siguió u n a inflación y aum ento del nivel de vida que p e r­ judicó claramente a los pequeños agri­ cultores y elementos m enos favoreci­ dos. Del gran volum en de recursos con que contó Rom a en la prim era mitad del siglo II puede d a r idea el si­

guiente ejemplo: mientras que Atenas empleó unos 12 millones de denarios en la construcción del Partenón y de los Propileos, R om a gastó entre los años 140 y 130 alrededor de 45 millones en un solo acueducto (Aquae Marciae). El aflujo de metales preciosos fue de tal m agnitud —recuérdese que las minas de plata de C arth ag o Nova p ro d u ­

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cían 25.000 denarios al día— que p er­ mitió en 167 (sin duda gracias a la ex­ plotación de los ricos filones m ace­ dónicos) la supresión del tributum o impuesto directo que afectaba a los ciudadanos.

La am pliación de los intercambios, el nuevo crecim ien to dem ográfico, las posibilidades de u n mayor consu­ mo en las clases altas y los extraordi­ narios ingresos dieron al dinero un nuevo e im portante papel en la socie­ dad romana. Parte de él se empleó en devolver los créditos recibidos d u ra n ­ te los años de guerra, en subvencio­ n a r las fundaciones coloniales, a m ­ pliar la red viaria en Italia o sufragar las nuevas guerras en España, O rien­ te, Liguria y Cisalpina. Pero una p a r ­ tida im portante se dedicó a financiar

nuevas construcciones en la Vrbs, que se fue transform ando así en una a u ­ téntica m etrópolis, con u n a p o b l a ­ ción en rápido au m ento ante el éxodo rural. Se em pedraron las calles más importantes, se construyeron nuevos puentes sobre el Tiber, surgieron n u e­ vos templos y edificios públicos. Bajo la censura de C atón se construyó la prim era basílica, y su sucesor Emilio Lépido levantó el prim er teatro. Sin embargo, este crecimiento que c o n ­ virtió a R om a en una ciudad cosm o­ polita (con una población entre 100 y 200 mil habitantes) no fue ac o m p a ­ ñado de u n a reforma de su gestión administrativa. No se creó una poli­ cía adecuada —del tipo de la que p o ­ seía, por ejemplo, A lejandría— para paliar los problem as de orden p ú bli­ co que surgieron, ni tam poco un go­ bierno m unicipal separado.

La estructura de la propiedad agra­ ria sufrió profundos cam bios con la inyección de los nuevos recursos, de los que se aprovechó la nobilitas, que tenía su base económica en la tierra. Se ha señalado, y es cierto, que_una de las consecuencias de la II G uerra Púnica fue la ruina del pequeño c a m ­ pesinado en Italia: las devastaciones del enemigo y la política de «tierra

q u e m a d a » de Fabio C un ctáto r tras Trasim eno h a b r ía n arru in a d o gran parte del cultivo tradicional. Estudios m uy recientes están dem ostrando que las devastaciones no fueron tan in ­ gentes com o los datos de las fuentes literarias antiguas hacían p ensar tra­ dicionalm ente, y que la ruina del pe­ queño cam pesinado no fue tan rápi­ da o generalizada como se ha venido m a n te n ie n d o (en realidad se a p r e ­ cian diferenciaciones regionales, co­ mo prueban los estudios arqueológi­ cos que se están llevando a cabo). Pero no hay duda de que los efectos de la guerra anibálica se dejaron sen­ tir negativamente para los pequeños poseedores, hasta entonces alm a del ejército ciudadano. Su situación se agravó, además, en esta época, pues la serie incesante de guerras m an te­ nía alejada de la explotación de sus tierras a bu en a parte de la población m asculina adulta (unos 100.000 ita­ lianos en el ejército, más de u n a déci­ m a p a r te del total de esta, según Brunt).

En esta situación, la inyección de nuevos capitales en Italia iba a servir para agravar definitivamente la situa­ ción del pequeño campesinado. E n los años posteriores al 200 el valor de la tierra era bajo, y quienes dispusie­ ran de recursos podían invertir su ca­ pital en la agricultura a través de la com pra de parcelas o del arriendo de tierras p e rte n d e n te s al estado {ager publicus) a cam bio de una pequeña tasa. Era la o p ortunidad de los gra n­ des terratenientes: éstos se especiali­ zaron en los cultivos de productos de alto rendim iento: la vid, y el olivo (a cuya producción no podían aten­ der los pobres por necesitarse un pe­ ríodo de carencia entre 10 y 30 años antes de que fueran realmente renta­ bles). Por otra parte, m uchas superfi­ cies baldías —y otras de tierra arable— fueron dedicadas a pastos, ante el va­ lor que la carne y la leche tenían en el gran mercado de Roma, lo que p ro ­ dujo u n gran crecimiento de la c a b a ­

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ña ganadera. El ab u n d a n te aflujo de esclavos com o botín de guerra facili­ taba, además, u n a barata m an o de obra. E n definitiva, se fueron consti­

tuyendo grandes latifundia privados (saltus, pascua), que iban a tener una p ersisten c ia m ultisecular. N o cabe pensar, sin embargo, que la constitu­ ción de esos latifundia consagrados especialm ente a la cría de g an a d o fuera tan rápida y generalizada como m uchas veces se ha pensado. Se trató de u n fenómeno progresivo que no implicó la sustitución sistemática de la peque ña y m ediana propiedad, que subsistió en el Norte y en algunas re­ giones del centro de Italia, mientras las grandes explotaciones p re d o m i­ n a b a n claram ente en el Sur. En cual­ quier caso, las grandes dimensiones de algunas haciendas —ya muy lejos de los 100 iugera (25 has.) recom enda­ dos por C a tó n — y el uso de esclavos en la producción originó un aum ento de la productividad. Se originaba una economía de tipo esclavista, no u m ­ versalmente difundida, pero muy im ­ portante, que d ab a atención especial a los productos más aptos para la es­ peculación comercial.

Esta coyuntura afectó de forma bien distinta a los pequeños propietarios, cuyas propiedades sólo producían lo necesario p ara vivir ellos y sus fami­ lias. Carentes de dinero líquido y con unos rendim ientos que hacían más que azarosa la petición de préstamos, muchos tuvieron que vender sus p ro ­ piedades y emigrar a la ciudad, que en teoría podía ofrecer mejores opor­ tunidades. Las prim era s m anifesta­ ciones del éxodo rural se dan lugar ya en la década de los ochenta.

Resum iendo la situación. Hopkins ha señalado siete procesos que afec­ t a r o n al g r a n c a m b i o q u e s u frió la econom ía italiana: guerra conti­ nua, aflujo de botín, su inversión en tierras, formación de las grandes ex­ plotaciones, em pobrecim iento de los campesinos, su emigración a ciuda­ des y provincias, crecimiento de los

mercados urbanos. El estado debió, en definitiva, recurrir a la iniciativa privada, lo que se manifestó también en la m ultiplicación de las activida­ des comerciales. La guerra propició las m anufacturas metálicas y textiles, así com o las actividades navieras y de construcción. E n general, el com er­ cio, que a u m e n t ó g ra n d em en te, lo hizo sobre todo en dirección a R om a (grano de Sicilia, plata y plom o de España, esclavos de Délos...), pues las exportaciones italianas, fuera de los bronces ca puanos o el aceite de C a m ­ p an ia —región que parece desbancar definitivamente a Etruria como gran centro m anufacturero de Italia— no fueron m uy importantes. Estas activi­ dades comerciales no sólo no fueron m onopolizadas por la nobilitas —re­ c u é r d e s e la li m i t a c i ó n q u e la lex Claudia del 218 im ponía a los sena­ dores, que no p o d ían poseer naves de tonelaje superior a 300 ánforas—, sino que favorecieron el extraordina­ rio desarrollo del orden ecuestre, que m anifestó una eficiencia innegable en los aspectos financieros. Los publi­ cani formaron com p añ ía s —societa­ tes— para alcanzar los fondos necesa­ rios y realizar contratas públicas, es­ pecialmente en el cobro de impuestos (la prim era societas docum entada en Livio surgió en el 215 para participar en los suministros a las legiones de His­ pania). Los negotiatores, por su parte, se especializaron en préstamos y ne­ gocios de usura, con mayores posibi­ lidades en provincias que en Italia, donde existía ya desde antiguo una legislación contra intereses excesivos. Las técnicas bancarias, que se h ab ían desarrollado grandem ente en el m u n ­ do griego de época helenística, co­ m enza ron a ser tam bién de uso fre­ cuente. El veloz aum ento de las im­ portaciones de productos suntuarios y de servi orientó a los negociantes hacia el Este y, particularm ente, el puerto franco de Délos —gran merca do interm editerráneo de esclavos—, y la epigrafía docum enta la presencia

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de rom anos e italianos en Grecia, M a ­ cedonia y Asia, don d e com enzaron a invertir en la com pra de propiedades (como muestra, p o r ejemplo, la do cu ­ m entación de Quíos). E n definitiva, R om a ofrece el ejemplo de u n a de las escasas s o c ie d a d e s p re in d u s tria le s que experim entaron u n rápido c a m ­ bio social en u n período de estanca­ miento técnico, con la particularidad de que la conquista m ilitar ejerciera u n incentivo sim ilar al que n o rm a l­ m ente correspondería a las innova­ c io n e s t é c n ic a s ( H o p k in s ). El g o ­ bierno de la res publica absorbió la nueva riqueza, pero no supo im pedir el agudizam iento de tensiones socia­ les m ediante reformas institucionales que situaran a la ciudad-estado en u n m arco más acorde con su dom inio imperial.