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4.7 Statistical Modelling

4.7.1 Choosing a Statistical Approach

Nos proponemos identificar, con base a los abordajes precedentes, y al trabajo de M. Blondel sobre la génesis de la fe -El Espíritu cristiano, manuscrito rescatado por J.M. de Lasala-, los elementos que nos hablan del alumbramiento del primer acto de fe, conversión inicial, o acto de fe y conversión originarios, así llamados por ser los que dan inicio a la vida cristiana radicalmente asumida, y porque a lo largo de la misma se verificarán múltiples actos de fe y un permanente ejercicio de conversión, cada vez más profundos. Dicho esto, en el acto de fe lo mismo que en la metanoia, el asentimiento lo opera, en primer momento, la voluntad. Trayendo a colación los tipos de asensos, tenemos que el asentimiento de la voluntad se identifica con el asentimiento real, al menos en lo inmediato, mientras que el nocional con el intelecto, a cuyo ámbito competen las nociones y formulaciones abstractas y discursivas. Se da aquí lo que Izquierdo explica con re-ligación: “para que el hombre, que es religioso por naturaleza, llegue a tener

150 El numeral continúa señalando que “nos acercamos a estas realidades con la ayuda de las formulaciones de la fe”, pues ellas “permiten expresar y

transmitir la fe, celebrarla en comunidad, asimilarla y vivir de ella cada vez más”; es decir: las fórmulas son necesarias, y salvan del peligro de subjetivismo (Conesa, 2013).

151 “La filosofía contemporánea ha destacado el carácter social del lenguaje humano, que sólo es comprensible participando en una «forma de vida» y sólo

se aprende usándolo en el contexto que le corresponde. Del mismo modo, el lenguaje de la fe se aprende y se comprende en el interior de la comunidad creyente... El fin de este aprendizaje es introducirnos en la inteligencia y vida de la fe” (Íbid.).

una vida religiosa y auténtica fe en Dios necesita reafirmar con un segundo acto su dependencia de Dios (―re-ligare)” (Izquierdo Urbina, 2006); si inicialmente -como es el caso de nuestro país y de la mayoría de naciones de antigua cristiandad-, se ha tenido una introducción sólo nocional o teórica a la vida-fe cristiana, se precisará de un segundo momento de re-ligación, donde ya no sólo la dimensión racional, sino la volitiva fundamentalmente, entre en juego, se vea tocada, interpelada en sus propios lenguaje y lógica.

El acto de fe cristiano y la metanoia que lo acompaña, no pueden verificarse de manera meramente nocional, al consistir en la unión íntima con una Persona: al modo como a nuestros buenos amigos, hermanos, padres, o a la persona amada, no llegaríamos a conocerles realmente mediante, p.ej., la lectura de un libro vastísimo con las descripciones más esmeradas de su comportamiento y personalidad, sino que las conocemos en el contacto personal, espiritual, en la relación desgranada con ellas, en el tiempo vivido juntos, y las vivencias compartidas, así ocurre con la fe en Jesucristo, que Resucitado puede “plantarse de frente” a nosotros como lo hizo con sus discípulos y apóstoles; es decir: “a la realidad de una persona no se llega por un puro trabajo crítico, sino que se la capta en un contacto espiritual” (Mouroux, 1939). A este respecto vale recoger una vez más lo de Izquierdo: sólo la fe personal tiene de manera permanente acceso al misterio de la persona. En este punto disentiríamos levemente de García- Morente, en tanto no es lo que dice el Declarante el objeto primordial del acto de fe, sino que el Declarante mismo, esa Persona, es lo que genera la respuesta que llamamos conversión y acto de fe. Operación primigenia de la dimensión volitiva, tampoco de la afectiva, de los sentimientos o emociones: “la fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos” (CCE, 2609) - y por filial, valga tener presente, a la manera como el niño se fía de sus padres, pudiendo aún no entender todo lo que subyace a sus razones, pero sí sabiendo muy bien, existencialmente, del amor de ellos por él-.

Otro punto tocante al origen de la fe y del movimiento que pone en el centro de la existencia a Dios, es el referente al concurso de sus participantes. Blondel desarrolla la cuestión del alumbramiento de la fe, hallando que:

ni sólo fuera del hombre, en un mandato divino, ni sólo en el interior del hombre se encuentra una explicación satisfactoria a la obligación de creer152. Si ‘la fe no puede venir ni toda de Dios ni toda del

hombre’, quizá el problema pueda resolverse con el concurso de las iniciativas divina y humana (Lasala, Blondel y la génesis de la fe: el manuscrito del Espíritu cristiano (1904), 2012).

152 Con “obligación de creer” refiere M. Blondel “la obligación que el hombre tiene de afrontar el cristianismo” (Lasala, Blondel y la génesis de la fe: el

manuscrito del Espíritu cristiano (1904), 2012) o, en todo caso, de afrontar la cuestión de Dios y la ultimidad. “Si la exigencia del cristianismo es algo más que una pretensión arbitraria, hará falta una demostración que haga aceptable a la inteligencia semejante requerimiento. Así lo ha entendido tradicionalmente la apologética. Sin embargo, antes de tratar de demostrar la fe, hay que justificar la obligación que el hombre tiene de afrontar el cristianismo. Resolver esta cuestión previa es, según Blondel, «el único modo de entrar en contacto con los incrédulos», explica Lasala, cuyo artículo en castellano es la oportunidad de acceso que tenemos al manuscrito de Blondel. Entonces se postula la pregunta: ¿de dónde viene esta “obligación” (este padecimiento de ultimidad y la exigencia de afrontarlo)? La primera hipótesis es si viene exclusivamente del exterior del hombre, de un mandato divino: esta posición, empero, conduciría “directamente al quietismo”, olvidando “que el hombre, por muy pasivo que permanezca ante un mandato divino, debe colaborar al menos recibiendo y concibiendo este mandato para hacerlo efectivo”. El planteamiento opuesto es que la justificación de esta exigencia se encuentra sólo en el interior del hombre: “esta justificación tendría sentido, explica el filósofo, si la revelación se limitara a proporcionar a todos las verdades que sólo algunos serían capaces de alcanzar; o a reparar la naturaleza humana. Pero eso equivaldría a negar la gratuidad de lo sobrenatural” (cf. Lasala, 2012).

Como, efectivamente, encontramos ocurre con la metanoia y su fe: es acción Divino-humana. La fe tiene su origen último y definitivo en el Señor: comenzando por ser Él quien nos hace capaces de escucharle; continuando con el llamado que nos dirige, infatigable, para que nos demos vuelta y Le re- conozcamos, nos reconozcamos, y reconozcamos al hermano y la creación; y siendo, finalmente Él quien eleva nuestras facultades para poder entrar a relacionarnos consigo, es por Dios, en el Resucitado, por la acción eminente del Paráclito en nuestros corazones, que tenemos ese Encuentro, donde nos maravillamos de lo entrañabilísimo del Amor del Padre de Jesucristo:

«Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. Él es quien nos precede y despierta en nosotros la fe» (n. 683). «El Espíritu Santo con su gracia es el “primero” que nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva» (n. 684). El Espíritu está, pues, presente en el origen y desarrollo de la fe (Conesa, 2013).

Lo que compete al hombre en la génesis de estos actos, de retornamiento y fe, es en una palabra, su disposición, como señalábamos con la teshuvah: disponerse a dejarse sorprender por un Alguien que supere todas sus expectativas, que vaya más allá de lo que había concebido o imaginado alguna vez, que deje en suspenso sus cálculos y comprensiones, que llegue a remover aún sus seguridades; y disponerse también a dialogar sinceramente frente a este Interlocutor, sin máscaras, sin artificios ni superficialidades, y sin evitar aún lo que sienta como herida intocable, que no debe ni aún mirarse, por -según él- no poder tratarse… Lo que el hombre pone de su parte para ese “big-bang” de la existencia personal que es el acto de fe o conversión originarios, es su disposición y apertura, su “sinceramiento” o desnudamiento en la humildad: en reconocerse qué es y qué no, cuánto ha sido, cuánto ha hecho y cuánto no y, más importante aún, cuánto está llamado a ser, y quién le llama; en el reconocimiento de su condición ontológica, como un ser más de todos los creados, privilegiado sí, mas no por eso no lábil y finito, como sus congéneres de “barro”. En el saberse humus aporta el hombre su parte para ese “detonamiento” de la relación extraordinaria con el Señor: metanoia y acto de fe primeros y fundantes153. Es importante recordar también el papel de la razón en la génesis, desarrollo, maduración y vivencia de la fe y la conversión: Blondel, al examinar si la vía empírica -“la sola percepción”, en contraste con el racionalismo- aplicada a los solos hechos externos (milagro) o a los solos hechos internos (conciencia) es terreno para el encuentro de las acciones humana y Divina (fe), encuentra que tomar los hechos externos, sin elaboración (evaluación, discernimiento, trabajo de la razón) lleva al naturalismo y superstición; y “los solos hechos internos, al iluminismo sentimental, a la vaguedad y a la anarquía. De lo que concluye que, ‘para la fe, no se puede prescindir de la reflexión, del pensamiento, de la razón”154 (Lasala, Blondel y la génesis de la fe:

153 “El reconocimiento de la acción de Dios en el alma exige al hombre una cierta humildad, porque no puede discernir esta acción él solo –y por eso hablaba

el filósofo de la dirección de conciencia–; y porque, además, ante lo sobrenatural hace falta una cierta docilidad literal y una mortificación racional, explica Blondel. El hombre acoge el don sobrenatural interior mediante un acto de abandono y confianza en Dios” (Lasala, Blondel y la génesis de la fe: el manuscrito del Espíritu cristiano (1904), 2012). Vale la pena desambiguar el significado de docilidad. DÓCIL: 1. Suave, apacible, que recibe fácilmente la enseñanza; 2. obediente (atento a escuchar); 3. Dicho de un metal, de una piedra o de otra cosa: Que se deja labrar con facilidad.

154 No obstante, y como ya hemos tenido ocasión de reflexionar en torno a la competencia volitiva, al “ver si el trabajo de la inteligencia, aplicado a los

hechos, triunfa allí donde la sola percepción ha fracasado” (vía empírica), resulta que: 1.) “incluso en el caso hipotético de que la inteligencia aplicada a los hechos externos fuera capaz de dar cuenta por sí sola del origen de la obligatoriedad de la fe… este método resultaría asequible únicamente a los

el manuscrito del Espíritu cristiano (1904), 2012). Tras examinar si en la sola vía empírica, o en la sóla intelectual, e incluso si en la vía “de las armonías o conveniencias internas”155 encontramos el terreno de

origen de la conversión y la fe, concluye Blondel:

Hace falta que el don interno suscite nuestra actividad de tal manera que nosotros, actuando espontáneamente, lo empleemos como si fuera nuestro; y que, por otra parte, no podamos, reflexionando sobre nuestra acción, atribuirnos lo que es el summum de ésta. Además, hace falta que el don externo nos sea asimilado de forma no especulativa, sino experimental y práctica, para revelar su fuerza probatoria y su identidad esencial de don inmanente (Blondel, 1904, citado por Lasala, 2012).

Es decir: no se trata de algo todo externo al hombre, como una imposición, extrañeza incompatible o chocante a la existencia humana, ni se trata de algo meramente humano y natural; no siendo extraño, al punto de sentirlo muy nuestro, tan incorporado que de ordinario pensamos nos es propio, donde nos es radicalmente ajeno, inasible, donde escapa a nosotros, es en su esencia, en su summum: así, su “identidad esencial” es don (nos viene externamente) inmanente (incorporadísimo a nuestro ser). Esto se manifiesta de manera concreta y sobresaliente, en la acción: en línea con lo que identificábamos acerca de la voluntad, es en el ámbito práctico donde se da la génesis de la fe y conversión. Y todo ello en virtud de la vocación sobrenatural del hombre, de su estado transnatural (Blondel), o imago Dei. Cómo actúa este don inmanente en el hombre, lo describe nuestro autor, emparentando con el análisis newmaniano y destacando el papel de la acción del hombre, así:

La conciencia capta el trabajo de Dios en el alma como una inquietud, un sentimiento de insatisfacción o de insuficiencia. Este sentimiento no tiene que ver con una deficiencia estructural o accidental de la naturaleza humana, según Blondel, sino más bien con la riqueza del don divino, que reclama una correspondencia… Este carácter anónimo o pseudónimo del don sobrenatural no excusa al hombre, sin embargo, de su responsabilidad: una vez recibido el don, debe corresponder a éste de forma práctica. Porque la obligación del sujeto no se mide por el conocimiento intelectual de este don, sino por el hecho de su posesión real… En caso de que actúe en nosotros una solicitación sobrenatural, entonces hay obligación de corresponder, incluso sin saber lo que es; porque el conocimiento abstracto no es la medida o la condición de la conciencia concreta, del deber y de la correspondencia práctica (Lasala, Blondel y la génesis de la fe: el manuscrito del Espíritu cristiano (1904), 2012).

intelectuales, y no al común de los fieles. De modo que aunque sus pruebas fueran válidas, no serían universales”; 2.) “aun obviando el problema de la extensión de las pruebas, este método «no proporciona ningún elemento que suscite efectivamente la adhesión a la fe en tanto que fe», según Blondel. Porque se limita a aportar argumentos naturales o intelectuales de adhesión, y por tanto extrínsecos a la fe, que es sobrenatural”. Así, “el fruto del trabajo de la razón sobre los hechos externos”, si bien indispensable y meritorio, por sí mismo es insuficiente. Luego, al examinar el trabajo de la razón sobre los hechos internos, resulta que “«todo lo que podemos sacar de nosotros mismos, de nuestras conveniencias íntimas, no es nada, absolutamente nada de lo que tenemos que creer». Porque la fe debe recibirse como un don, aunque este don sea tan íntimo a nosotros que, cuando lo recibimos, lo recibimos como si lo diéramos nosotros mismos, explica el filósofo” (cf. Lasala, 2012).

155 Esta vía versa sobre “la puesta en relación de los distintos elementos que hasta ahora se han contemplado de forma aislada: hechos externos al hombre y

hechos internos, e incluso el don objetivo de la revelación y el don interior que mueve al asentimiento… trata de utilizar la razón para mostrar la correspondencia entre, por un lado, las necesidades del alma humana y, por otro lado, la verdad y la moral que el cristianismo propone. Al estudiar esta vía, Blondel encuentra sin embargo tres objeciones de peso: a) Mediante una correspondencia o «coincidencia aparente» nunca se llegará a una «fusión real» de dos órdenes, natural y sobrenatural, inconmensurables; b) En el plano intelectual, es contradictorio tratar de presentar la fe, que es un don y en ese sentido gratuito, como algo postulado por el alma, es decir una necesidad; c) «No tiene sentido decir que la fe puede ser probada mediante dones, porque hace falta que sea nuestra, libre, activa» (Lasala, Blondel y la génesis de la fe: el manuscrito del Espíritu cristiano (1904), 2012).

Y, según resultaba de nuestro examen del sentido de búsqueda, ultimidad o trascendencia, sí se da tal “solicitación”. Ahora, esta solicitación, inquietud, sentimiento de insatisfacción o de insuficiencia, don bajo apariencia anónima o pseudónima, la refiere también Blondel como “fe implícita”156. Ella -

como descubríamos en la misma sección II.1 respecto del horizonte de ultimidad para razón y voluntad-, “tiende hacia el conocimiento objetivo”157, definitivo y completo: ni razón ni voluntad se conforman con

hallazgos parciales, sino que tienden a la verdad ulterior, a la obra allende, a la perfección del conocimiento y del Amor. La fe implícita es así, “una fe inicial, fruto de una primera respuesta a la gracia interior, que todavía carece de un credo definido. Cuando llegue a entrar en contacto con la revelación, la fe implícita se transformará en fe explícita” (Lasala, Blondel y la génesis de la fe: el manuscrito del Espíritu cristiano (1904), 2012). Luego, “si, en último extremo la vocación primera puede ser ignorada o permanecer anónima” -como observamos se verifica en muchos casos, aún en el propio, donde de no haber sido por una intervención Divina, habríamos permanecido en el anonimato o ‘pseudonimia’-, “sin embargo el ciclo sólo se cierra por el encuentro de lo explícito con lo implícito en la fe y la caridad conscientes, efectivas y expresas”. Es esa misma “exigencia en relación con lo sobrenatural”, “don interno” de Dios, o Gracia, la que “postula –no exige, pues según Blondel no es estrictamente necesaria para la salvación, pero sí mueve a buscar– la revelación, es decir el don externo de Dios” (cf.Lasala, 2012). Es una relación de “solidaridad”, según Lasala, como la existente entre “fe- confianza” (fides qua) y “fe-creencia” (fides quae):

El paso de una a la otra es igualmente necesario in se –para la fe completa– explica Blondel. Y de ahí deriva la tarea que nuestro autor propone para la apologética: «Mostrar el proceso de la solidaridad normal de las dos fes. Porque esa es la misión por excelencia de la apologética: conducir al Cristianismo explícito a las almas que tienden a él sin saberlo» (Blondel, 1904, citado por Lasala, 2012).

Así, de este examen del profesor de Aix sobre la génesis de la fe -del cual tomamos sólo unas breves notas- tenemos, sintéticamente, que esta alumbra en la atracción, o correspondencia como imantada, que se da entre los dones interno (Gracia) y externo (Revelación) de Dios al hombre. Este alumbramiento manifiesta el paso de ser “hombres de buena voluntad” -como se dice en lenguaje eclesial-, donde damos frutos de una primera respuesta al don interno -respuesta inicial o principiante, atenuada, aún velada e incompleta por la opacidad en que se entrevé-, a una respuesta con conocimiento de causa, consciente, radical y total, realizando la plenitud de la vocación humana: llegar a la medida del hombre perfecto, Jesucristo (Cf. Jn 17,3; GS 22)158. Configuración cristológica que se da por la unión

vital con Él: la fe no es sólo “una adhesión a un contenido revelado, sino al sujeto que revela; no sólo

156 “La fe implícita es aquella que procede de un conocimiento subjetivo cuyo objeto es el sentimiento de insatisfacción de la acción, del cual procede la

humildad intelectual y religiosa, y la docilidad necesaria para la fe” (Lasala, Blondel y la génesis de la fe: el manuscrito del Espíritu cristiano (1904), 2012).

157 “Hasta el momento en que el hombre entra en contacto con la revelación, el don permanece «anónimo». Blondel utiliza este adjetivo para referirse al

modo en que dicho don se presenta en la conciencia” o pseudónimo “porque los rasgos bajo los que la acción de la gracia se presenta a la conciencia no permiten, al menos antes del contacto con la revelación, su reconocimiento conceptual. Porque… el don se presenta más bien bajo un aspecto práctico” (Lasala, Blondel y la génesis de la fe: el manuscrito del Espíritu cristiano (1904), 2012).

158 Cf. también: sublimación de las capacidades humanas, elevando razón y voluntad a la medida de Cristo; restablecimiento del relacionamiento originario,

una afirmación intelectual, sino una entrega completa de la persona creyente”. De esta manera, nuestro esfuerzo de abordaje de la génesis de la fe, “tratando de explicar no sólo el porqué sino también el cómo de esta virtud”, surge del anhelo de “facilitar la conversión del hombre real, concreto” (cf. Lasala, 2012), como recogemos y esbozamos en la siguiente y última parte de esta investigación. ¿Cómo, qué, opera el paso de la fe implícita a la explícita, de la buena voluntad a la fe? El conocer, re-conocer, a Uno