Al tratar sobre la fe, es clásica la distinción entre la fe con que se cree (fides qua) y la fe que se cree (fides quae)99. La última, referente al contenido o contenidos de la fe, compete más a la segunda etapa del proceso global de evangelización (catecumenado), donde se amplía la formación en la vida cristiana; la “primera fe” es competencia propiamente de la primera etapa del proceso de evangelización iglesia nos ayude a permanecer firmes en la fe [,] en el nuevo estilo de vida que hemos abrazado”. Para ello, “sería bueno qu e se usara más el estilo pastoral que nos recuerda lo que somos –y lo que estamos llamados a ser- más que imponer autoritativamente lo que hemos de hacer”, dado que las exigencias son consecuencias del amor vivido con autenticidad; en tal vivencia, se dan por bien empleados los sacrificios que se imponen para llegar al final: “desde una actitud positiva y estimulante, la visión anticipada de la meta por conseguir desencadena una serie de energías capaces de sortear las dificultades” (Antón Sastre, 2000).
98 M. Blondel discernía claramente cómo “no se trata, en efecto, de justificar una religión que devuelve al hombre su propia naturaleza, sino una religión que
pretende elevarlo por encima de ésta, ‘e imponerle, mortificando razón y naturaleza, una fe cuya causa primera está en ella, como un don gratuito’” (Lasala, 2012).
99 "Nos fijamos en la naturaleza del acto de fe en sí mismo considerado. Desde San Agustín, resulta común en teología distinguir entre la fides qua creditur (la
fe con la que creo, es decir, el acto de creer) y la fides quae creditur (la fe que creo, el contenido de la fe)” (Conesa, 2013). El mismo catecismo señala “el orden de los factores”, donde la fides qua precede a la fides quae, por ser su fundamento y condición de posibilidad: “Antes de exponer la fe de la Iglesia tal como es confesada en el Credo, celebrada en la Liturgia, vivida en la práctica de los mandamientos y en la oración, nos preguntamos qué significa "creer" (CEC, 26). La fides quae, sin fides qua, no tiene realización, no ve su verificación; mientras que la fides qua espera su explicitud en la fides quae. También M. Blondel, en su manuscrito El Espíritu cristiano, consideraba esta distinción, bajo el binomio “fe-confianza” (también “fe-vital” o “fe subjetiva”, de carácter dinámico, que se correspondería con la fides qua), y “fe-creencia” (o “fe-intelectual”, “fe objetiva”, de carácter estático, correspondiente a la fides quae). Señala el filósofo que la fe-confianza es “como la materia que será informada por la revelación: ‘Hace falta pues que en nosotros mismos se encuentre la materia que la Revelación informará, la experiencia oscura del don del que el Verbo revelador nos proporcionará la idea’” (cf. Lasala, 2012).
(Primer Anuncio), pues es en esta donde “se despierta a la fe”, que se conocerá y profundizará en la etapa siguiente -y a decir verdad, a lo largo de toda la vida-; donde se pasa del desinterés o indiferencia, al interés radical por Cristo; donde se pasa -pascua- de un vivir desvinculado –al menos conscientemente- de Dios, a una adhesión vital, al punto de implicar un cambio del centro de la existencia. La fides quae competente al Primer Anuncio sería, como quedó expuesto delante al abordar la naturaleza y misión del Primer Anuncio, el kerigma: confesión del núcleo fundamental de la fe cristiana, posibilitada por todo el itinerario catecumenal. Trataremos, ahora, de la fides qua creditur en su naturaleza y dinámica, para tratar de entenderla en su génesis: nos concentramos en ella por ser, como explica M. Blondel, la que posibilita que las verdades de la revelación cobren para el hombre “un sentido no genérico o abstracto, sino personal y existencial… es esta fe la que ayuda a interpretar y vivifica las pruebas intelectuales de la creencia”, puesto que
la afirmación de unas verdades no es en sí misma la adhesión a un don vital. El contenido de la revelación se ofrece de forma colectiva, impersonal e intelectual, mientras que la fe supone también un don propio, personal e íntimo (Lasala, 1904).
Tratamos del acto de fe en sí mismo porque es el abrirse del hombre a la entrega de Dios. Esa entrega (Dios), es lo esencial del Anuncio cristiano; y ese abrirse (hombre), es lo esencial de su acción pastoral.
Breve precisión terminológica
Cuando se habla de la fe, entidad, sustantivo, se le asocia inmediatamente con su verbo, su acción: el creer. Para abordar la fe partimos, pues, de su puesta en acto: ¿qué es, qué significa creer? Cuando -al menos en castellano- decimos creer que, creer a, o creer en algo o alguien, estamos asignando variados significados100, por lo que una precisión terminológica se hace necesaria para tener claridad
sobre la materia que nos ocupa. El profesor José M. Odero ha dedicado todo un artículo101 con el fin de
discernir esta semántica; por lo cual nos servimos de su estudio y presentamos sintéticamente los aportes que juzgamos oportunos para nuestra tarea. A partir de un análisis fenomenológico socio-cultural, pueden distinguirse, al menos cuatro tipos de creencia: un “creer-opinión”, las creencias prácticas junto al “creer- apuesta”, la “fe religiosa”, y la fe personal.
El creer-opinión viene a ser sinónimo de suponer, o de opinar, pues no se tiene certeza de lo que se afirma, pero se tiene algún motivo para optar por una alternativa frente a otras; hay, luego, conciencia
100 Recogemos las acepciones que tienen relación con nuestra pesquisa, del diccionario de la Academia de la lengua española. Creer: 1. tr. Tener algo por
cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado. 2. tr. Tener a alguien por veraz. Siempre te he creído. 3. tr. Pensar u opinar algo. Creo que te equivocas. 4. tr. Tener algo por verosímil o probable. No creo que llueva. 5. tr. Atribuir mentalmente a alguien o algo una determinada característica, situación o estado. Te creía enferma. 6. intr. Tener creencias religiosas. Son muchos los que creen. 7. intr. Tener por cierto que alguien o algo existe verdaderamente. Cree EN la reencarnación. 8. intr. Tener confianza en alguien o algo. Creyó EN ella cuando nadie lo hacía. No creo EN ese proyecto.
101Sobre la categoría de fe religiosa, José Miguel Odero. Instituto de Ciencias de las Religiones de la Universidad Complutense de Madrid. Revista de Ciencias
de posible error102. Esos componentes –visos de ser verdad, simultáneamente a una conciencia de
posibilidad de error- son los que constituyen a una afirmación en opinión; perder tal conciencia es lo que está a la base de los fanatismos o fundamentalismos de todo tipo. De este modo, la opinión, podría referirse también como una “creencia insegura” 103. El creer del acto de fe no se enmarca dentro del
“creer-opinión”: dar por hecho que es el mismo creer, es la causa de que muchas personas asuman “por principio que las creencias que son objeto de fe religiosa tienen toda la probabilidad de ser supercherías, falsedades”; identificar el acto de fe con un acto de opinión es lo que ocurre, p.ej., en el caso del ateísmo. Ahora bien, el segundo tipo de creer se diferencia fundamentalmente, por no consistir en creer algo sino en creer en algo. Dicho cambio se opera cuando la persona debe asumir unas certezas o -a falta de total comprobación- creencias que inciden en su vida práctica: estas son las “creencias prácticas”104. Junto a ellas se encuentra un tipo de creencias más hondo: “al levantarme cada día supongo que la vida tiene sentido, que seré́ capaz de emprender mi trabajo, que encontraré cariño y satisfacciones” (Odero, 1995). Estas creencias tampoco son arbitrarias ni ciegas porque, como en el caso de la opinión, hay motivos para depositar la confianza en esto y no en aquello, además de tener presente el riesgo adyacente a la opción asumida y, a diferencia de la opinión, de tener razones afectivas de peso para inclinarse por tal o cual; las creencias-apuesta pueden hacerse tan vitales que llegamos a identificarnos nosotros mismos, nuestro propio ser, con ellas105.
El siguiente tipo de creer es el concerniente a la “fe religiosa”. Para desarrollarlo, Odero nos propone una triple distinción entre fe religiosa, religiosidad y religión: esta consiste en una institución cultural, la segunda es una actitud antropológicamente enraizada, y la primera, poner toda la confianza en un Absoluto. Que sean realidades distintas explica el que dentro de una religión se pueda dar variedad de “fes religiosas”, que de hecho se dan, y que pueden coincidir con las que se dan en otras religiones. Como una de estas variantes se encuentra la fe personal o interpersonal, donde se inscribe el acto de fe del
102 En este caso creer “puede indicar el falso tener por verdadero (“creía que hoy era lunes pero es martes”), la mera impresión (“creo que mañana lloverá”),
la sospecha acerca de algo (“creo que llegaré tarde”) o la opinión (“creo que es correcto”)”. Si bien caracteriza a la opinión la presencia de incerteza, ello no la hace baladí: es principio de conocimiento, intuición para emprender el investigar, y eslabón del comprender: fruto de conclusiones antecedentes y peldaño para posteriores y superiores elaboraciones. Se trata, en el lenguaje académico investigativo, de las hipótesis, muy valoradas por la ciencia moderna. Todavía pueden distinguirse dos matices en este tipo de “creer”: ‘creer hipotético’ y ‘creer opinístico’. El hipotético es el que hemos descrito delante, con serias razones para sospechar que es cierto, aún antes de ser sometido a comprobación, pero sobre todo con la intención de ser objeto de indagación para demostrar su veracidad o falsedad; el ‘opinístico’ se refiere a un uso más vago, donde quien opina no tiene mayor intención de llevar a término indagación, y que puede estar apoyado por menor o mayor justificación –cf. los ejemplos que presenta Odero-.-.
103 Así la llama el profesor español, quien explica, con otras palabras, cómo el elemento diferenciador entre fanatismo y opinión no es la certeza de sus
creencias -que está en mismo grado- sino la conciencia de incerteza: en la opinión se es consciente de no estar cierto; en el fanatismo no se admite conscientemente la incerteza. El fanatismo o fundamentalismo, pues -como quizás ya se habrá visto-, no es de competencia religiosa, sino que amenaza cualquier dimensión humana: “muy a menudo la creencia-opinión de un individuo o de un grupo es impuesta a los demás dogmáticamente, como si fuera objeto de certeza. Quienes así se comportan son fanáticos, enemigos de la genuina libertad de pensamiento y oscurantistas, en cuanto precipitan a su comunidad en falsas certezas que carecen de fundamento. Obsérvese que este fenómeno puede darse en personas que, sin tener fe religiosa, han adoptado determinadas opiniones o puntos de vista en [ciertas] materias”. Fanatismo y religiosidad se oponen “netamente entre sí, porque la esencia de la religiosidad es la sumisión y obediencia a un Dios que es la Bondad”; el fanático, entonces, es “un hombre que ha perdido su religiosidad, que ha perdido su fe religiosa”, imbuyendo algunas creencias de materia religiosa, del ánimo o actitud mundana de ambición de poder o inseguridad, expresadas en la vulneración del otro, que se lee como amenaza a los propios insostenibles proyectos, susceptibles de implosionar con la más mínima reflexión concienzuda que se haga sobre ellos.
104 Ejemplos de este tipo de creencias son el suponer que al andar no cederá la tierra sobre la que andamos, que –en condiciones normales- al salir a la calle
nadie estará intentando asesinarnos, o que los conductores de automóviles respetarán los semáforos.
105 Las “creencias-apuesta” si bien “pueden responder a intuiciones confusas” son, sin embargo, intuiciones profundas de la realidad de la existencia. Ahora,
si “a veces resulta difícil conseguir que alguien se rinda a la evidencia y salga de sus creencias erróneas -de sus opiniones mal encaminadas hacia la verdad- es precisamente porque estima que esas creencias son suyas, que forman parte de su personalidad, de modo que prescindir de ellas significaría autoalienarse”. Este es un factor a tener muy en cuenta para el Primer Anuncio, tanto respecto de quien tiene otras creencias en materia religiosa, como respecto de quien "no tiene ninguna creencia”, como se desarrollará en la Parte III.
pueblo del AT y del NT, de la tradición judeo-cristiana, de Israel, de la iglesia. El último tipo de creer es, entonces, la fe personal, definida por Odero como creer en alguien y por eso creer algo a alguien; en otras palabras, es confianza en una persona. Sin embargo, la fe personal o interpersonal, a la vez que emparenta, se particulariza tanto frente a la fe religiosa, como frente a la confianza humana. Con la primera, comparte el carácter de absoluto del objeto del creer, y se distancia en cuanto este absoluto no es un algo, un objeto o algún tipo de entidad abstracta, etérea, sino siempre un Alguien, una Persona; con la segunda, ocurre lo opuesto: comparte el carácter interpersonal de la relación de confianza, posible sólo entre dos personas, libres y conscientes, y se diferencia en cuanto estas dos personas no ostentan el mismo estatuto ontológico, pues una es criatura, como tal finita y lábil, y la otra es su Creador, eterno, infinito y soberano. La fe interpersonal se establece entre personas y
se podría formular como ―yo te creo-creo en ti. El otro aparece aquí máximamente personalizado: se le ve el rostro, se le conoce y se sabe cuál es su actitud hacia mí, porque me da a conocer —me revela— su intimidad, su mundo interior. La fe entre personas es una forma de conocimiento y de encuentro. Esta fe afecta al conjunto de la persona, y no sóloal asentimiento de lo que[contenidos] me dice. Es una forma de entrega y de aceptación mutua (Izquierdo Urbina, 2006).
Hay, pues, en la fe personal, una clave relacional y de comunión íntima. Finalizando esta precisión terminológica, vale anotar que hay autores que desarrollan su trabajo manteniendo cierta amplitud en el sentido de los términos -fe, creer, creencia-, si bien reconociendo sus matices; mientras que otros prefieren trabajar con sentidos más específicos: “los sentidos de fe vistos hasta ahora (opinión, ‘creencias’, apuesta) son sentidos derivados e impropios de fe. El sentido preciso de fe sólo corresponde al que se da entre personas, y concretamente al ‘creer algo (a alguien)’ y a la fe interpersonal” (Izquierdo Urbina, 2006). Por nuestra parte, coincidimos en que es recurrente el uso del término creer según las semánticas identificadas por Odero; sin embargo, para el caso de las “creencias-opinión” consideramos que basta y es preferible el vocablo opinar; para las “creencias prácticas” y las “creencias-apuesta”, precisamos mantener algún tipo de denominación compuesta, como las ya mencionadas, o quizás como “creencias vitales”, por su relevancia para el despliegue de la vida; por último, si para algunos autores la “fe religiosa” es “un tipo de fe en la divinidad, fe en lo divino o fe en lo trascendente” (Odero, 1995), estimamos, con Izquierdo, que fe implica una relación interpersonal, implica “interpersonalidad”: el sujeto sobre el que recae la acción de creer es una persona, y no entes o realidades abstractas o a- personales como lo trascendente, lo divino o la divinidad, por lo que el creer tocante a estos objetos podemos referirlo como “creencia religiosa” –en tanto se mueve en la dimensión antropológica de la religiosidad-, mientras que fe correspondería a lo que hemos visto como fe interpersonal, más el componente sobrenatural, que veremos a continuación. Con esta distinción y precisión semántica, podemos decir en un primer acercamiento que el acto de fe, fin de la acción profética del Primer Anuncio, versa sobre la puesta en acto de la fe interpersonal, la cual no es creencia-opinión ni creencias prácticas o creencias-apuesta, ni es tampoco llanamente fe religiosa, sino que brota del encuentro entre dos
personas, una humana y otra Divina, donde se abre mutuamente la propia intimidad y la totalidad del ser.
Dinámica de la fe interpersonal
El catecismo de la iglesia, en sus nn. 153 -165 comprende las “características de la fe”, a las que, como enunciamos al comenzar esta sección, daremos un vistazo para recoger pistas acerca de su génesis y surgimiento.
Certeza e inevidencia de la fe. El primer aspecto que quisiéramos tratar versa sobre la certeza e inevidencia de la fe, para lo cual nos apoyamos en la obra del filósofo español Manuel García Morente, Análisis ontológico de la fe. En primer lugar, se impone reconocer que en la fe se distinguen su objeto y su acto: al modo como no es lo mismo pensar, que lo pensado, sentir, que lo sentido, o querer, que lo querido, en la fe tenemos lo creído –que se identifica con la fides quae106-, y el acto de fe, el creer –la fides qua-. En la fe, el acto lo pone el sujeto, el hombre que cree; mientras que el objeto le es presentado u ofrecido desde fuera, pues de no ser así, dejaría de ser objeto, y sería “posición de sujeto”, perteneciendo al acto, y no al objeto del acto. Ahora bien: ¿el asentimiento que se da en el acto de fe es igual al asentir que se da en cualquier juicio? Mientras que la evidencia del objeto es la causa del asentimiento en los juicios, en el acto de fe el objeto tiene carácter de inevidencia107. ¿Cómo asentir, luego, a un objeto no evidente? La analogía con que ilustra este punto Morente, es la de un par de buenos amigos, donde uno le cuenta al otro que un tercer amigo se encuentra enfermo: quien escucha no ha visto ni ha hablado con el que está enfermo, pero por ser su buen amigo quien lo afirma, lo cree, lo toma por cierto, asiente a ello como verdadero. El objeto del asentimiento, en este caso, no se encuentra solo, sino acompañado por algo más, que no es parte de sí: aquel quid es un alguien que me dice, y que tiene mi confianza. ¿En qué residirá semejante confianza en una persona, capaz de inclinar mi voluntad a verificar el asentimiento, aún cuando el objeto no es evidente a mi razón? Reside en la virtud, y/o el amor por nosotros, de ese alguien a cuya palabra asentimos, -en palabras de Morente- en su autoridad.
En el acto de fe, la afirmación del objeto no se funda, pues, en la evidencia del objeto mismo –evidencia inexistente-, sino en otra cosa, ajena al objeto y a mí. Esta otra cosa no mueve directamente mi entendimiento a la afirmación del objeto, sino que persuade mi voluntad para que ésta verifique el acto del entendimiento de asentir al objeto no evidente (García-Morente).
Y si ello aplica en el plano humano, donde la autoridad de los declarantes es relativa, por su constitutiva condición natural, falible, tanto más aplica si la autoridad del declarante es absoluta, como es el caso de Dios, cuya “virtud” y Amor por nosotros son absolutos, perfectos y, como Él, inagotables. Llegados a este punto, encontramos claridad suficiente para comprender por qué y de qué modo, el objeto
106 Lo creído, u objeto de la fe, resulta ser, en esencia, Dios mismo, como el célebre numeral 2 de la constitución Dei Verbum ha dejado manifiesto: Él es
fundamentalmente “lo” que es Revelado, “lo” que se entrega al hombre, “acogible” por la fe, cuya acción resulta ser una operación conjunta, posible sólo