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Asentadas la virtud y el talento de los criollos y dejado en manos del azar, y no sujeto a causas objetivas —“Mas utilidades y decoros se deben a la suerte, que al mérito; y más dicha a la fortuna que a la aplicación” (XV, 426)—, el destino de los individuos que los poseen, pasan los hablantes al arte militar.
Para el Indio, la falta de formación castrense de la pobla- ción criolla se ha suplido siempre con lealtad al Rey, amor a la patria y valor personal. Sin embargo, acepta el tópico de la carencia de disciplina como una condición del carácter criollo, aunque de nuevo los méritos vuelven a superar los defectos al considerar que “les sobra ingenio, viveza, y disposición, para suplir con habilidad las varias operaciones de la Milicia” (XV, 427). Es en este punto donde los conocimientos en ciencias, letras y artes, se unen a la destreza militar, orientando el deba- te, de la mera loa a los criollos, a la distribución de los cargos públicos entre los españoles americanos. El indio argumen- tará con vehemencia que no se necesita ser guerrero para ser buen gobernante, puesto que la misma historia demuestra el valor de la sabiduría y la prudencia por encima de la fogosidad del hombre de acción. Para ejemplificarlo utiliza la figura de Carlos III, en un largo ditirambo, ya que el rey vigente osten- taría todas las virtudes del saber sin necesitar, para ejercer el mando, de atributo marcial alguno, “solo el Sabio”, dice el Indio utilizando la máxima latina, “sabe dominar sobre los astros” (XV, 431). Abunda en la cuestión señalando que de los seis ministros del reino cuatro son “forasteros en las campañas de Marte, y muy domésticos en los gimnasios de Minerva” (XV, 428), dando sus nombres en nota a pie de página “D. Joseph Muñino, D. Manuel de la Roda y Arrieta, D. Miguel de Muzquiz, y D. Joseph de Galvez” (XV, nota b, 428). Esta anotación no pudo redactarse antes de 1777, puesto que ese es el año en que el conde de Floridablaca, José Moñino, ocupó el cargo de Secretario de Estado. Es de destacar que la nómina de ministros celebrados en el diálogo de Granados incluya a Manuel de Roda y Arrieta, titular desde 1765 de la Secretaría de Gracia y Justicia, firme defensor de las regalías de la Coro- na frente a los intereses de la Iglesia; así como a Floridablanca, responsable de la política religiosa de Carlos III tan contesta-
da en su momento en las sedes episcopales y factotum, como Fiscal General del reino, de la expulsión de los jesuitas. La presencia de Gálvez, no tan ajeno a la acción militar como Granados pretende, más bien vendría avalada por razones de parentesco y por su directa vinculación, en funciones de Visi- tador General de la Nueva España, de Secretario del Consejo de Indias y, finalmente, de Ministro de Indias a partir de 1775, con los asuntos americanos.
El hecho de que Granados se decante por ensalzar la pluma frente a la espada no deja de ser una buena opción, en medio de un siglo en el que volvía con fuerza la oposi- ción de ambos espectros a la hora de conquistar el prestigio social, pero si su diálogo trataba de ser un fresco de los asun- tos palpitantes en Indias, los hablantes soslayan uno de los puntos fuertes de las demandas criollas ligadas a su deseo de emprender carreras militares en un ejército asentado en América. Meridianamente clara queda esta aspiración en la Representación que elevó a Carlos III la ciudad de México en 1771. En dicho escrito, partiendo de la premisa de que todos los Estados han tenido fuerzas militares tanto para la defen- sa de agresiones externas como para el mantenimiento del orden interno, se destaca la incomoda rareza de que las dis- posiciones gubernamentales, en el siglo de la reorganización del ejército, no contemple la permanencia de tropas regulares netamente criollas en suelo americano. La argumentación del cabildo mexicano se dirige a ensalzar y probar a un tiempo la sólida fidelidad americana a la corona, haciendo un recuento de actuaciones de las milicias americanas o de los mandos criollos que dirigieron algunas operaciones de importancia, asentando “nuestra buena disciplina e instrucción”101, y el
101 Representación que hizo la ciudad de México al rey D. Carlos III en
hecho de que han tomado siempre las armas por llamamien- tos coyunturales viéndose impedidos, según su estimación absoluta102, de seguir sirviendo al Rey en los regimientos y
batallones que los distintos gremios y estamentos virreinales habían puesto en pie103, “dexamos las armas con el mayor
dolor”104 dirán. En buena lógica, la Representación de 1771
enlaza la situación de la milicia urbana en Nueva España con la sospecha, tan cierta como infundada según el sentir de la
102 Los militares de carrera nacidos en América en el siglo XVIII representaban el 1% del ejército, mayoritariamente incluidos en el arma de infantería, siendo el porcentaje de caballería de apenas el 0´25, (vid. Andujar Castillo, Francisco, Los militares en la España del siglo XVIII. Un estudio
social, Granada, Universidad de Granada, 1991, principalmente pp. 314-
323). La venta de empleos militares, aunque disminuyó durante el reinado de Carlos III, siguió siendo una práctica habitual a la que tenían acceso también los criollos, (vid. Andujar Castillo, Francisco, El sonido del dine-
ro. Monarquía, ejército y venalidad en la España del siglo XVIII, Madrid,
Marcial Pons Historia, 2004). La proporción de los nacidos en América se invierte si el análisis recae sobre las tropas asentadas en los territorios ame- ricanos. El ejército de América estaba compuesto por el ejército de dota- ción, es decir las unidades fijas localizadas en las principales ciudades cuya composición en el siglo XVIII era mayoritariamente americana; el ejército de refuerzo, formado por unidades peninsulares enviadas a Indias para ope- raciones coyunturales; y las milicias, de carácter territorial, que englobaba a toda la población masculina de 15 a 45 años y, obviamente, era de origen americano, (vid. Marchena Fernández, Juan, Ejército y milicias en el mundo
colonial americano, Madrid, Mapfre, 1992, p. 110. Para el pormenorizado
estudio del origen de la oficialidad y la tropa del ejército de América en el siglo XVIII, pp. 161-210).
103 Afirmación un tanto extraña, si el redactor fue Rivadeneira y Barrientos, porque uno de sus hijos, Miguel de Rivadeneira y Melgarejos, fue militar de carrera e información tenía, como Oidor real, de que los planes de reforma del ejército en Indias no acabarían con las milicias americanas, “Petición de Miguel de Rivadeniera y Melgarejos para ascender a teniente general de dragones. El Pardo, 19 de febrero de 1977”, Archivo General de Indias, México, 1.771, apud, Bernabeu Albert, Salvador, op. cit., p. 65.
104 Representación que hizo la ciudad de México al rey D. Carlos III en
Representación, sobre la calidad de sus habitantes y la con- sistencia de su lealtad como españoles:
Esto basta para que entienda el Mundo, que en los Españo- les Americanos hay la misma nobleza de espíritu, la misma lealtad, el mismo amor a V. M. El mismo zelo por el bien público de que pueden gloriarse las mas nobles, fieles, zelo- sas, y cultivadas Naciones de Europa: y que en graduar estas dotes nuestras en inferior lugar respecto de otros vasallos de V. M. se nos haze con la mas reprehensible injusticia una indisimulable injuria105.
Y aunque algún malestar les supone la diferencia de sueldos de la oficialidad de las unidades de dotación con respecto a la de las milicias, quieren hacer valer la vocación de servicio por encima del interés material y creen que ninguna inspec- ción ha podido detectar lo contrario:
Pero como no era el sueldo, el que nos hacía obrar, sino nuestra obligación, y el amor a V. M. servimos sin reclamar con tanta puntualidad, que entre nuestra buena disciplina, e instrucción, y la de la Tropa arreglada, no se halló en la inspección diferencia...106.
No fue esa la impresión del teniente general Juan de Villalba y Angulo, enviado desde la península para informar del estado de la defensa en Nueva España y poner en práctica las reformas militares borbónicas, en su demoledor despacho de 1767, donde junto a juicios ya conocidos sobre la pobla- ción americana, añadía que no muchos querían formar parte del ejército real:
105 Id. 106 Id.
En estos reinos, Señor, es difícil estimular a la nobleza y familias de mayor comodidad y jerarquía a que soliciten y admitan empleos en las tropas provinciales al ejemplar de las de España. No miran las armas como carrera que guía al heroismo: son naturalmente delicados, entregados al ocio, al vicio, hijo de su natural desidia. No están elevados por los padres a ideas más superiores que a las de la propia con- servación. Son vanos, librando sobre su riqueza, y el que no la tiene blasonando de ser descendientes de españoles conquistadores; pero esto no les estimula a la conservación del honor que adquirieron con bizarros hechos los que ellos quieren como protectores de su fantástico modo de pensar. Pruébalo el que son raros los que se han presentado para obtener empleos militares. El que tiene bienes de fortuna piensa en disfrutarlos sin riesgo ni incomodidad alguna. El que no los tiene, pregunta por el sueldo, y desengañado de que no lo goza sino en los casos en que V. M. tiene por con- veniente librarle, no dirije instancias, y estoy bien cierto de que si con el deseo de honrarles se les llenara un despacho, habría muchos que solicitarían el devolverlo107.
Antonio Joaquín de Rivadeneira, considerado autor de la Representación de 1771 por muchos estudiosos, aparece destacado en el diálogo por su “sobresaliente” y “sublime espíritu” (XV, 422) en materia jurídica, forzando el Indio el abierto regalismo que lo caracterizó hacia una especie de santo equilibrio, que es más bien el ideario de Tardes ame- ricanas, entre el Rey y el Papa. Bien encumbradas se verán también las dudosas dotes poéticas que exhibió Rivadeneira en El pasatiempo, pero nada dice de él como artífice de la protesta del Cabildo, cuyo contenido y argumentación en materia militar no comparte, más que nada por la opción
107 Apud. Marchena Fernández, Juan, Ejército y milicias…, op. cit., pp. 140-141.
de Granados de primar el intelecto y la virtud frente al ejer- cicio de las armas, para ser estimado en el arte de gobernar. Quizá creía que con ello quedaría retratada y contenta una población, en este caso de españoles americanos, que, muy al contrario, entendía que en el asunto militar lo que entraba en liza era una cuestión de lealtad, de medida de la calidad de los vasallos, de honores y, también, claro, de ventajas pro- porcionadas por el fuero militar, a las que no estaban dis- puestos a renunciar.