Si seguimos adelante en la defensa del talento de los crio- llos inserta en Tardes americanas, no deja de ser curioso que Granados, a través de sus hablantes, vuelva atrás en el error que desarboló Feijoo en 1730, ya que para el Indio no pare- ce haber duda en cuanto a la “genial prontitud” (XV, 399) mental de los españoles americanos. Ya hemos visto que el benedictino basó su razonamiento en el sistema de estudios implantado en Indias para deshacer una creencia falsa de partida —el temprano despertar de la capacidad intelectual de los criollos— que conducía a una proposición afrento- sa —la decrepitud precoz de su talento—. A ese desacuer- do se suma la incomodidad que demuestra causarles, a los hablantes de Granados, el número de ilustres americanos que Feijoo nombró en su disertación. En el juego conversacio-
neos, o como ellos lo llamaban “difundir las luces”; y, por otro lado, hacerse oir de los europeos mostrándoles sus avances en la actividad científica” (Moreno de los Arcos, Roberto, “La ciencia de la ilustración mexicana”,
Anuario de Estudios Americanos, vol. XXXII, 1975, p. 37).
nal el planteamiento se desarrolla a partir de la intervención del Español que soslaya los trece nombres aludidos, por la importancia de los cargos que desempeñaron, para fijar su atención en la nómina de criollos que Feijoo agregaba al final de su discurso por considerarlos indiscutibles en cuanto a su valía intelectual. Allí estaban citados, y brevemente glosa- dos, Pedro de Peralta Barnuevo, Sor Juana Inés de la Cruz, Gabriel Ordóñez y José Pardo de Figueroa, pero Granados debe estar escribiendo de memoria porque elimina del lis- tado a Sor Juana con lo cual, si bien Feijoo pasará a ser “el que mas abanzó” (XV, 399) en contra de cualquier postulado contrario a los criollos que pudiera haber en España, “a lo que más se estiende” (XV, 399) es a alabar los talentos “de los Señores Peralta y Barbueno, Ordóñez, y Pardo Figueroa, contentándose, o por mejor decir, clausulando con estos tres Criollos Peruanos toda su alabanza, porque ni en el Perú, ni la Nueva España halló mas tela para cortar el vestido que pretendía hacerles a sus glorias y aplausos” (XV, 400). Indu- dablemente, el parlamento del Español cumple la doble fun- ción de explicitar el planteamiento común sobre la ausencia de ingenios en América y a la par posibilitar el contraataque del Indio a favor de los criollos, pero no es menos cierto que, en su larga respuesta, el Indio no dejará de enmendarle la plana al Padre Maestro. Por ejemplo, antes de comenzar el repertorio de autores de tratados y coloquios:
Indio: Y porque en lo venidero España no se avergüence, y
Vm. borre la fé que le imprimió la autoridad, y dicho de sus Paisanos, yo le haré visibles treinta Criollos de esta Nueva España, por los tres que el Padre Feijoo solo pudo dar á la luz del Perú (XV, 400).
Indio: Para tres que el Rmó. Feijoo saca á el teatro del Mun-
do, de las largas Provincias del Perú, en su Discurso de los Españoles Americanos, ya le doy á Vm. treinta en esta Nue- va España; y le daré trescientos del modo en que el Padre Benedictino dá los tres (XV, 407).
Insistiendo en tantas ocasiones —“...Y sobre la verdad, fé, experiencia, y notoriedad, le daré yo á Vm. no tres, sino trescientos” (XV, 408); “Estos son los Sugetos, sin otros muchos de iguales luces, que contrapesan á los tres que en su Teatro publica el P. Feijoo” (XV, 419)— que deja de pare- cer, el alegato de Feijoo, un apoyo en la argumentación del diálogo para convertirse en el objeto de su crítica. Y eso que el benedictino en su discurso reiteraba que lo suyo era un mero listado para probar, con la experiencia, la falsedad de la creencia —“eligiendo algunos mas insignes, y omitien- do muchos mas, que han llegado á mi noticia...”42— y no
un repertorio que pretendiera abarcar la nómina de ilustres americanos, realizado no desde la documentación exhaustiva sino, como en todos los discursos del Teatro Crítico, des- de la exposición llana de un asunto para el cual ha recurri- do, a bote pronto, a su memoria donde saltan los nombres consignados debido a la prominencia de sus empleos o a su indiscutible valía intelectual, guiado además por su intención divulgadora que le obliga a “nombrar sujetos tan conocidos, que sea á todos facil la comprobación, de que la edad no indujo en su juicio el menor detrimento”43.
Claro que esta reacción de Granados no es caso único, de igual modo parecían exasperar a Eguiara algunos de los planteamientos del Teatro Crítico y, quizás, Granados para la composición de su diálogo tuvo más en cuenta lo expues-
42 Feijoo, Benito Jerónimo, «Españoles americanos», loc. cit., p. 111. 43 Ibid., p. 115.
to en los prólogos del ilustre mexicano que lo que en rigor escribió Feijoo, ya que Eguiara procedió deslindado los dos términos de la proposición sobre el ingenio de los america- nos, puesto que pensaba que la primera parte, la precocidad de sus dotes intelectuales, a la que dedica el prólogo XII,
era digna de análisis, debía ser examinada “con cuidado”44;
mientras la segunda, la temprana degeneración de su talento, contenida en el prólogo XIII, es negada desde el inicial resu- men temático del apartado45.
En principio Eguiara parece concederle crédito al discurso de Feijoo pero este sólo dura lo que la entradilla del prólogo XII ya que, en cuanto comienza la argumentación, no parece satisfacerle que el benedictino considerara un error vulgar el precoz despertar de la inteligencia de los criollos. Para el mexi- cano no es cosa comúnmente creída sino, basándose en la auto- ridad de los textos que utilizará, “cosa comúnmente admitida que los nacidos en América brillan por las luces de su ingenio
mucho más pronto que los europeos”46, así la ayuda prestada
por Feijoo a los americanos empieza a tener otro signo:
...pero el eruditísimo e insigne crítico fr. Benito Feijóo [...] se ha esforzado por incluir esta opinión entre los errores comunes47.
44 El título completo del prólogo XII dice: “En que se examina con cuidado la precocidad de los ingenio americanos y se corrobora la opinión expresada acerca de este asunto por el eruditísimo y muy autorizado crítico fray Benito Feijoo”, Eguiara y Eguren, Juan José de, op. cit., p. 134.
45 “En que se prueba ser pura ficción la rapidez con que los america- nos decaen del uso de sus facultades, y se relega tal creencia a la región de las fábulas”, ibid., p. 142.
46 Ibid., p. 134. 47 Ibid., pp. 134-135.
Eguiara emplea el prólogo XII en desmontar la prueba que Feijoo utilizaba en su disertación, el diferente siste- ma de estudios seguidos en América y en Europa. Si bien corroborará algún dato, por ejemplo, que el periodo lec- tivo es más largo en Indias, y matizará alguna noticia, así la idea de que los estudiantes americanos memorizan cur- sos ya impresos de filosofía que, concede, tal vez suceda en “la América peruana, pero no en ésta de México, que es
la más extensa de todas”48, no deja de contradecir el argu-
mento central utilizado por el Padre Maestro: que los niños comienzan antes sus estudios en América infiriéndose de ello un mayor interés por su instrucción pero también una mayor carga de esfuerzo que trae, según las noticias de Fei- joo, alguna que otra complicación menor en el plano de la formación, como que la mayoría terminen siendo “malos plumarios”49, o en el vital, ya que al empezar a estudiar
Gramática a los seis años no les queda tiempo “ni aun casi para respirar”50. Eguiara no acepta que pueda haber una
diferencia de interés, en materia de estudio, de los proge- nitores americanos sobre los europeos, pero lejos de estar utilizando el argumento para asentar que el cuidado pater- nal no difiere a un lado y otro del Atlántico, lo hace para lanzar una hipótesis, en el esquema del probabilismo, que favorece la idea de que los niños americanos gozan de un ingenio más madrugador que el de los europeos:
Mucho más verosímil parecerá a los experimentados que si los niños europeos van a la escuela mucho más tardíamente que los nuestros, es porque sus padres temen perder el tiem-
48 Ibid., p. 136.
49 Feijoo, Benito Jerónimo, “Españoles americanos”, loc. cit., p. 119. 50 Id.
po haciéndolos estudiar en una edad que consideran inade- cuada para la asimilación de los rudimentos primeros51.
Ya que para él está más que acreditado, aunque para ello utilice embrollos escolásticos, el provecho que a tierna edad sacan de los estudios los americanos:
Añádese la extraordinaria facilidad con que los nuestros sobresalen en el aprendizaje de las ciencias, así como su agu- deza para penetrar en las cuestiones más abstrusas y sutiles. En fuerza de ello cultivan todos los géneros poéticos, son muy dados a las inscripciones o elogios y a componer epigramas para su diversión; hallan asimismo gran placer en los proble- mas escolásticos de cualquier facultad, zafándose de los lazos de los argumentadores o desentrañándolos y desatándolos tan fácilmente, que los maestros veteranos no pueden por menos de sentirse admirados del desenfado, rapidez y copia de doc- trina de que hacen gala unos jóvenes imberbes52.
A fin de cuentas, y a diferencia de lo argumentado por Feijoo, no es el sistema de estudios, ni el esfuerzo realizado, el que conduce al brillo de los jóvenes americanos, sino una cuestión de calidad:
...la realidad misma y la experiencia de consuno nos dicen que la asiduidad en el estudio poco aprovecharía a su aumento no yendo acompañada de la inteligencia. ¿Ni cómo podría, cuando falta el ingenio y las Musas rehusan su concurso? Ya podemos contarle a un sordo cuanto que- ramos o murmurar a su oído las melodías más dulces, que él no se enterará de nada53.
51 Eguiara y Eguren, Juan José de, Prólogos..., op. cit., p. 136. 52 Ibid., p. 138.
Sin embargo, la conclusión a la que llega Eguiara, par- tiendo de una premisa tan entusiasta, resulta desconcertante puesto que señalará el sitio que deben ocupar los america- nos, en materia de inteligencia y conocimiento, en una zona intermedia, alejada de las últimas posiciones pero por debajo del estatus de los europeos:
Contentos nos quedamos con ocupar nuestro sitio, no por cierto el último, entre los hombres cultos, ya que ni aspira- mos al primero, ni ignoramos que no nos sería posible arre- batárselo a los sabios, ilustradísimos y famosísimos del viejo mundo, sin incurrir en el delito de arrogancia y en la nota de locura, teniendo presente lo que el tan repetido Feijoo, después de cotejar entre sí diversos países, escribió acertada- mente en la Carta 13 del tomo 4 de sus Eruditas, titulada “si en la prenda del ingenio exceden unas naciones de otras54.
El hecho de que Eguiara cambie al final el referente crítico del Teatro a las Cartas Eruditas es un dato impor- tante para calibrar la ironía que pueden contener sus pala- bras, puesto que en la Carta XIII Feijoo sorprendía, a los lectores que habían seguido sus laudatorios planteamientos sobre el Nuevo Mundo, con el inusitado derrotero al que le conducirá su empeño en desvelar el error que cometen los que confunden ingenio con ciencia y rudeza con ignorancia, insertando un breve juicio, casi idéntico al de la epístola del Dean Martí a Antonio Carrillo, lesivo para América:
Y qué sé yo si el concepto comun de que unas Naciones son mas ingeniosas que otras procede en gran parte de que muy comunmente se equivocan el ingenio con la ciencia, y la rudeza con la ignorancia. Si en una Nacion no ay estudios,
ni públicos, ni particulares, y falta en ella toda cultura, como en casi todas las de la Africa, y la America, la voz comun declara por rudos a sus habitadores....55
La imagen de América que aquí proyectaba Feijoo es, precisamente, la que Eguiara combatía en los prólogos de su Biblioteca Mexicana pero, además, en dicha carta, el bene- dictino arremetía contra los autores de catálogos de escrito- res insignes de sus particulares reinos, a los que, después de zaherir con vehemente rigor, consideraba autores de “repre- sentaciones cómicas” más que de “narraciones sérias”56, y no
otra cosa que el autor del más importante repertorio mexica- no del siglo XVIII iba a ser Eguiara y Eguren. Mucho debió de molestarle esta carta que, sin embargo, no desdibuja el dañino prejuicio que contiene su propia valoración del lugar, en materia cultural, al que aspiran los americanos y que no está del todo impregnado del tópico de la falsa modestia por- que mucho antes había sido esgrimido por Carlos de Sigüen- za y Góngora en su polémica con el padre Kino, donde el ilustre novator se dolía de la prevención que afectaba a los americanos, incluso a los que como él eran conscientes de su propia valía, sobre la preeminencia de lo emanado, en el ámbito científico, en Europa:
Porque bien sabe su reverencia que por las noticias que corrían de ser emninentísimo matemático, estimulado el deseo insaciable que tengo de comunicar con semejantes hombres y perjudicado con imaginar que sólo es perfec-
55 Feijoo, Benito Jerónimo, Cartas eruditas y curiosas, t. IV, Carta XIII, par. 11, Madrid, Imprenta de Antonio Pérez de Soto, 1765, pp. 168- 169 La primera edición del tomo cuarto se produjo en 1753, siendo la pri- mera edición conjunta la señalada de 1765.
to en estas ciencias lo que se aprende en las provincias de Europa...57.
En definitiva, Eguiara concluirá dejando la cuestión del precoz despertar del ingenio de los americanos tan “dudosa”58 como la dejó Feijoo, claro que es más justo seña-
lar que el benedictino no dejaba este asunto en suspenso, dudoso, sino que lo ponía en duda, que no es lo mismo. Por su parte, Granados, que también parece sentirse incomodado por Feijoo, no debate el planteamiento, se limita a admitir alegremente la prontitud intelectual de los criollos y pasa a probarla con la larga nómina de autores que ocuparán el grueso de la Tarde XV.