2.2 Machine Learning
2.2.2 Classification
HARTMUT Durante toda mi vida, dicho a grosso modo, estuve expuesto a las amenazas de suicidio del mundo femenino, ahora lo digo con ironía. Tras fracasar su matrimonio, mi madre me decía a mí, como hijo mayor:
—Tal día o tal otro me mataré.
Nunca lo hizo, pero a mí me impuso una carga terrible. Aún me acuerdo; era horrible. Empezó cuando yo tenía trece años.
HELLINGER ¿Cuál hubiera sido la solución? ¿Aún vive tu madre? HARTMUT Sí.
HELLINGER ¿Aún lo dice hoy en día?
HARTMUT No, no. Ahora intenta alargar su propia vida y la de los demás. HELLINGER ¿Cuál hubiera sido la respuesta adecuada en aquel entonces, la respuesta liberadora? Te la daré; para eso estoy. ¿Quieres oírla?
HARTMUT Claro que sí.
HELLINGER Hubiera sido: «Querida mamá, no te preocupes, en su momento ya lo haré por ti.»
Al grupo ¿Notáis el efecto? Después, ¿qué posibilidades de suicidarse hubiera
tenido la madre? Y también él estaría libre. Aunque parezca extraño, el efecto es bueno. Aquí también usamos trucos, siempre que sean buenos.
HARTMUT Con mi primera mujer, es decir, con la madre de mis hijos, esto se repitió.
HELLINGER No quiero saberlo ahora.
Al grupo ¿Qué hace ahora?
WILHELM Perpetuar el problema.
HELLINGER al grupo Ya sabe la solución. Con su mujer podría hacer lo mismo que con su madre. Él, sin embargo, se mantiene en el problema.
JOHANN Pero ¿la frase sólo funciona si la formula como un truco, sin creer que al final tenga que hacer de veras lo que anuncia?
HELLINGER Si la dice así, únicamente puede decirla con un aire ambiguo, lo cual requiere mucha fuerza. Cualquiera podría decirlo en serio, pero de manera ambigua, de forma que el otro empiece a dudar, eso es un arte. Es un truco, pero exige que se tengan fuerzas. Imagínate que visita a su madre y se lo dice; le flaquearían las piernas.
JOHANN Lo que quiero decir es que podría ser que él, diciéndolo, piense que tenga que hacerlo realmente. Porque él no lo vive como algo ambiguo.
89
HELLINGER Mi sospecha es que él mismo habrá pensado seriamente que lo tenía que hacer. Esa frase, sin embargo, también lo salvaría a él.
GERTRUD A causa de la acústica no entendí la frase. ¿Podrías repetirla? HELLINGER No. No repito este tipo de frases.
HARTMUT Ahora me siento amordazado, porque aún quería decir que la segunda...
HELLINGER No quiero saberlo ahora, ya lo percibes bien. Y no puedes obligarme. En todo caso tendrías que ganarme.
Al grupo Con relación al tema del suicidio, os contaré una historia. Es una de
esas historias que nos conmueven. Al oírlas, parece que la muerte y la separación han quedado suspendidas, y así a algunos los alivia, como una copa de vino por la noche: después, duermen mejor. A la mañana siguiente, sin embargo, se levantan de nuevo y vuelven a su trabajo.
Otros, en cambio, una vez tomado el vino, permanecen echados y haría falta una persona que pudiera despertarlos. Ésta les cuenta la historia de manera un poco diferente, convirtiendo el veneno en antídoto, y así, quizás, se despierten de nuevo, libres del encanto.
El Final
Harold, un joven de veinte años que frecuentemente hacía ver que trataba a la muerte de tú a tú, extrañando así a los demás, le contó a un amigo sobre su gran amor: Maude, de ochenta años ya. Le contó cómo quería celebrar con ella su cumpleaños y también su compromiso, y cómo, en medio de la alegría, ella le confesó que había tomado un veneno y que a medianoche su vida habría acabado.
El amigo permaneció pensativo durante un momento; después le contó una historia:
«En un planeta diminuto vivía un hombrecito y, como allí era el único, se llamaba Príncipe, es decir, el Primero y el Mejor. Pero además de él había también una rosa. Antaño su olor había sido encantador, pero ahora parecía marchitarse a cada momento, y el Pequeño Príncipe —aún era un niño— no descansaba en su esfuerzo por mantenerla viva. Durante el día tenía que regarla y, por la noche, protegerla del frío. Pero cuando él necesitaba algo de ella —como ya había ocurrido antes, en otras ocasiones— ella le enseñaba sus espinas. Así, pues, no era de extrañar que con el tiempo él se cansara y decidiera marcharse.
Primeramente visitó algunos planetas cercanos. Eran diminutos como el suyo, y sus príncipes, casi tan extravagantes como él. Allí no le retenía nada.
90
Debían de ser miles de rosas, cada cual más bella, y el aire estaba cargado de su dulce fragancia. Ni en sueños hubiera pensado que habría tantas rosas, ya que hasta entonces tan sólo conocía una; y quedó cautivado por su exuberancia y su suntuosidad.
Pero entre las rosas lo descubrió un zorro astuto. Fingía ser tímido, y al ver que podía engatusar al pequeño, le dijo:
—Quizás pienses que todas estas rosas son bellas, pero no son nada especial. Crecen solas y tan sólo requieren un poco de cuidado. Tu rosa, en cambio, allá lejos, ella sí es única, porque es exigente. ¡Vuelve con ella!
Al oír esas palabras, el Pequeño Príncipe se sintió desconcertado y triste, y tomó el camino que llevaba al desierto. Allí encontró a un piloto que había aterrizado por una avería, y pensó que quizás podría quedarse con él. Aquél, sin embargo, era un frívolo cuyo único interés consistía en divertirse. Así, el Principito le contó que volvería a casa con su rosa.
En cuanto se hizo de noche, sin embargo, se fue a hurtadillas a ver a una serpiente. Hizo como si quisiera pisarla y entonces ella le mordió. Él se sacudió un poco, pero después se quedó inmóvil. Así murió.
A la mañana siguiente, el piloto encontró su cadáver. “¡Qué pillo!”, pensó, y enterró los restos en la arena.»
Harold —así se supo más tarde— faltó al entierro de Maude. En lugar de ello —por primera vez en años— puso rosas en la tumba de su padre.
Quizás habría que añadir que a muchos que sienten un cariño especial por la historia de El Principito de Saint-Exupéry les gusta jugar, en su imaginación, con el suicidio, e incluso lo cometen a veces. Encuentran en esta historia una aureola que quita importancia a tal acto y que lo glorifica, como si se tratara de un juego de niños capaz de hacer realidad un sueño infantil. De esa manera, sueñan con que su anhelo y su esperanza sean más fuertes que la muerte y que ésta, quizás, suprima la separación en vez de sellarla. Pero se olvidan de un hecho: llamamos «inmortal» a lo que ya sabemos perdido y pasado.