Una vez que hemos establecido que el recién nacido de los australopitecos no estaría más adelantado que el de los grandes monos antropomorfos actuales, falta por establecer cuánto duraban las diferentes etapas de la vida en los primeros homínidos.
Cuando publicó su libro Man-apes or Ape-men en 1967, sir Wilfrid Le Gros Clark pensaba que el desarrollo de los australopitecos y parántropos se aproximaba al de los humanos modernos, es decir, era más lento y se prolongaba más tiempo que en los antropomorfos.
Afortunadamente, hay una manera de saber la edad de muerte en algunos casos, basada en el estudio de las líneas de crecimiento del esmalte de los dientes. El esmalte se deposita por capas cuando se forman las coronas de los dientes; si hacemos un corte a través del esmalte, los límites entre las capas se marcan como unas estrías llamadas de Retzius, que se pueden ver bien con un microscopio. Cada una de estas líneas corresponde al final de un ciclo de deposición de esmalte que dura aproximadamente una semana. Contando el número de estrías de Retzius de un diente cuya corona no haya completado su desarrollo, o lo haya hecho poco antes de la muerte del sujeto, se puede saber cuántas semanas han transcurrido desde que empezó a formarse el diente. Si se conoce cuándo tuvo lugar este comienzo, se puede determinar a qué edad murió el individuo. No es necesario
cortar un diente fósil para observar las estrías de Retzius, porque éstas se manifiestan en la superficie.
Este método de recuento se ha aplicado a los incisivos de algunos homínidos en los que la corona está recién formada o hace poco tiempo que ha terminado su formación. Hay un fósil de Australopithecus africanus (Sts 24, del yacimiento de Sterkfontein) y otro de Australopithecus afarensis (L.H. 2, de Laetoli) que muestran un estado de desarrollo dental próximo al del Niño de Taung. Recordemos que al principio del capítulo establecíamos la premisa de que si el Niño de Taung murió entre los tres y los cuatro años, debíamos concluir que el desarrollo en su especie (Australopithecus africanus) sería como el de los chimpancés. Pues bien, en Sts 24 y L.H. 2 se ha utilizado el método de las líneas de deposición de esmalte en los incisivos y se han obtenido edades de muerte comprendidas entre 3,2 y 4 años. Tim Bromage y Chris Dean, que han realizado esta investigación, obtienen también edades próximas a las de los chimpancés para la salida de los primeros molares en los parántropos. Todo parece indicar, por tanto, que sir Wilfrid Le Gros Clark estaba equivocado, y que las etapas de la vida de los australopitecos y parántropos no diferían en su duración de las de los grandes antropomorfos.
No se puede aplicar el método de recuento de las líneas de esmalte a los incisivos del Niño del Turkana, que ya era demasiado mayor para ello, con lo que no se sabe a ciencia cierta a qué edad murió. De acuerdo con los patrones humanos modernos de desarrollo lo habría hecho a los once años, mientras que según los de los chimpancés y gorilas habría muerto en torno a los siete años.
Por suerte, hay un método indirecto (aunque menos exacto) para aproximarse al problema. Se ha observado que en el conjunto de las especies de primates el tamaño del cerebro está muy estrechamente correlacionado con la longevidad y con la duración de las diferentes etapas de la vida. Cuanto mayor es el promedio cerebral de una especie más larga es la vida de los individuos que la componen y, por ejemplo, más tarde sale la segunda muela permanente. El volumen cerebral del
Homo ergaster se situaría, en promedio, entre 800 y 900 cc; es decir, intermedio
entre el de los chimpancés (y los australopitecos y parántropos) y el nuestro, por lo que puede, en principio, suponerse que el ritmo de desarrollo de la especie sería también aproximadamente intermedio, y el Niño del Turkana habría muerto hacia
los nueve o diez años. De ser así, nos encontraríamos con que en esta especie se ha producido un cambio significativo en la biología del desarrollo con respecto a los australopitecos y parántropos.
Para terminar con este apartado del desarrollo, hay un aspecto que nos queda por tratar. Al Niño del Turkana se le calcula una estatura en torno a 160 cm. Por muy alto que llegara a ser de adulto, tal estatura sería demasiado grande para un niño actual en su estado de desarrollo (como hemos comentado, equivalente a unos once años). En otras palabras, la talla del Niño del Turkana sería más propia de un adolescente actual de quince años o más (incluso entre poblaciones de gran estatura, como los masai).
Ahora bien, a una edad posterior a la del Niño del Turkana se produce en nuestra especie una aceleración en el crecimiento, el llamado «estirón» de la pubertad (hacia los doce años en las niñas y los catorce en los niños). La conclusión a la que llega Holly Smith, que ha estudiado el desarrollo del Niño del Turkana, es que en el
Homo ergaster todavía no existía ese cambio de velocidad en el crecimiento, que
sólo se encuentra en nuestra especie. Entre los antropomorfos y demás primates el desarrollo es más continuo, sin grandes aceleraciones en la adolescencia; el porcentaje que queda por crecer es menor en los antropomorfos de una «edad fisiológica» equivalente, y seguramente también en el Homo ergaster (aun así, el Niño del Turkana habría alcanzado una estatura superior a los 180 cm).
Capítulo 11