• No results found

2.3 Image Pre and Post-processing

2.3.1 Median Filtering

Poco antes de nacer, el feto se sitúa en posición invertida, con la cabeza en la parte superior de la pelvis (formada por las alas ilíacas y denominada pelvis mayor o

pelvis falsa).

FIGURA 10.1. Morfología de la pelvis en una chimpancé y en una mujer. La flecha indica la trayectoria que describe el feto a término en el parto.

Durante el parto, el feto a término tiene que atravesar la parte inferior de la pelvis (conocida como pelvis menor o verdadera) por un conducto de paredes óseas que recibe el nombre de cavidad pélvica o canal del parto. Entre los chimpancés, gorilas y orangutanes el parto es fácil y rápido, porque el canal del parto es grande en relación con el tamaño de la cabeza del feto. En estos monos antropomorfos la

entrada al canal del parto (llamada estrecho superior o entrada de la pelvis) tiene forma ovalada, con su diámetro mayor dirigido de delante hacia atrás (orientación sagital o anteroposterior, se dice en anatomía), y su diámetro menor orientado transversalmente (de lado a lado). Como hemos visto, la modificación de la arquitectura de la pelvis necesaria para hacer posible la locomoción erguida aproximó las articulaciones del hueso coxal con la columna vertebral y con el fémur; en consecuencia, se acortó el diámetro sagital del canal del parto, y ésta es la causa de que existan complicaciones para dar a luz en nuestra especie.

En las mujeres la entrada al canal del parto no tiene forma ovalada, sino que es más bien redondeada (figura 10.1). El diámetro máximo del estrecho superior no es el sagital, sino en ocasiones el transversal y las más de las veces ni el sagital ni el transversal, sino los dos diámetros oblicuos o diagonales.

Por otro lado, la cabeza del feto a término es alargada, es decir, que su máximo diámetro es el anteroposterior (de la frente a la nuca). La posición de la cabeza del feto se acomoda al mayor de los diámetros del estrecho superior; es decir, generalmente a cualquiera de los dos oblicuos.

Como la mayor dimensión a la salida del canal de parto es siempre la sagital (en los humanos y en los demás primates), el cráneo y los hombros del feto humano tienen que entrar en el canal del parto con una orientación (transversal u oblicua) y salir con otra (sagital). O sea, que hay una rotación dentro del canal del parto tanto de la cabeza como, más tarde, de los hombros (figura 10.2).

Para complicar más las cosas, en nuestra especie la vagina está dirigida hacia delante, formando un ángulo recto con el útero, por lo que el feto a término al pasar por el canal del parto no describe una trayectoria rectilínea, sino una curva muy pronunciada que termina inmediatamente por debajo del hueso púbico, por donde emerge la cabeza del neonato. Para acomodarse a esa trayectoria curva, la columna vertebral del feto se arquea, flexionándose mucho la cabeza hacia la espalda y presentando al nacer la coronilla, es decir, con la cara mirando hacia atrás (en sentido contrario a la madre). En las hembras de los demás primates la vagina tiene la misma dirección que el útero, con el que está alineado, y el feto a término describe en el parto una trayectoria recta dirigida hacia atrás; por otro lado la cara del neonato mira hacia delante (en el mismo sentido que la madre).

En resumen, el parto en nuestra especie es ventral, y en el resto de los primates el parto es dorsal.

FIGURA 10.2. Flexión y torsión del feto durante el parto. En un primer momento (arriba), la cabeza se sitúa en una posición transversal o diagonal, y los hombros en posición sagital (es decir, en el plano medio del cuerpo). En un segundo

momento (centro), la cabeza se dispone sagitalmente, y los hombros transversal o diagonalmente; al salir, la cabeza se flexiona mucho hacia detrás. Finalmente (abajo) la cabeza, ya fuera, se dispone transversalmente y los hombros giran para

salir en posición sagital.

Karen Rosenberg y Wenda Trevathan han llamado la atención sobre el hecho de que entre los simios la madre puede ayudar a nacer a su hijo, guiándolo en el parto con las manos, limpiándole la nariz y la boca para que pueda respirar mejor y liberándolo del cordón umbilical si es que éste se le enreda alrededor del cuello. El parto en los primates es un hecho solitario, sin ayuda ajena.

Sin embargo, en nuestra especie la madre no puede ver la cara del neonato porque éste mira en dirección contraria, y cualquier intento de tirar de él podría, dada la posición de extrema flexión dorsal de la cabeza, ocasionarle daños en la médula espinal. Eso hace que en todas las culturas las mujeres busquen asistencia en el momento del parto; el parto humano es una actividad social, más que un comportamiento solitario.

Contamos con dos pelvis de australopitecos en razonable buen estado de conservación: la de Lucy y la de Sts 14 (un Australopithecus africanus de Sterkfontein). Ambas pertenecen a individuos de pequeño tamaño, y por ello muy probablemente femeninos. En la pelvis de Lucy la entrada del canal del parto es muy ancha en sentido transversal. Éste podría ser un rasgo propio de la especie o simplemente un carácter individual, ya que en Sts 14 la forma de la entrada al canal del parto parece más redondeada (en algunas mujeres el canal del parto es muy ancho transversalmente, una condición que se denomina platipélica). En todo caso, en Lucy la cabeza del feto se dispondría transversalmente, acomodándose a la forma del estrecho superior. Robert Tague y Owen Lovejoy opinan que a la salida del canal del parto la posición de la cabeza seguiría siendo la misma (con lo que no habría rotación), y que la trayectoria del feto sería recta y dirigida hacia atrás en vez de curva y dirigida hacia delante (figura 10.1). Ahora bien, éste sería un tipo de parto, transversal, sin equivalente conocido entre las especies de primates.

Sin embargo, la morfología del isquion y del pubis nos lleva a nosotros, como a Christine Berge, a considerar que la vagina se abría en las hembras de los australopitecos hacia delante, y no hacia atrás, con lo que el parto tendría en los australopitecos las características que tiene entre los humanos modernos, con rotación incluida y trayectoria curva.

Antes de seguir adelante con el parto en los primeros homínidos, detengámonos un momento a considerar las consecuencias de una afirmación del párrafo anterior. En los primates la vagina se abre dorsalmente y en las cópulas la penetración es desde detrás. Los gibones y orangutanes, que son muy arborícolas, con frecuencia copulan suspendidos de los brazos y cara a cara, pero chimpancés y gorilas copulan por detrás. El bonobo es muy variado en sus posturas, que incluyen la cópula por delante. En nuestra especie esta postura está favorecida por la posición ventral de

la vulva, y es la característicamente humana. También en eso somos originales, y de ser cierta nuestra suposición sobre la dirección de la vagina en los australopitecos, la cópula cara a cara también se daría en estos homínidos primitivos.

Se ha discutido mucho si en Lucy el parto sería tan laborioso como en las mujeres modernas, o tan simple como en los grandes antropomorfos. En realidad, estos últimos son la excepción a la regla de los primates; en los gibones y otros monos catarrinos y platirrinos los diámetros de la cabeza del feto tienen tamaños bastante próximos a los del canal del parto, con el resultado de que se dan con cierta frecuencia conflictos pélvico-cefálicos que terminan con la muerte del feto, de la madre, o de ambos. Ésta es una consecuencia desfavorable del hecho de que los simios tienen cerebros grandes en proporción con su, en general, pequeño tamaño corporal.

En las mujeres, el pubis es más largo (en relación con el tamaño general de la pelvis) que en los varones. Como el hueso púbico constituye la pared anterior del canal del parto, este alargamiento púbico de las mujeres produce un canal del parto más amplio. Lucy y Sts 14 tienen un pubis extraordinariamente largo, así como un canal del parto incomparablemente mayor, siempre en relación con el tamaño del cuerpo, que en las mujeres actuales. El pubis tan alargado de Lucy y Sts 14 se traduce en una morfología pélvica hiperfemenina según los patrones modernos. Éstas y otras características nos hacen pensar que la pelvis de los australopitecos estaba ya diseñada para resolver el problema del parto que la locomoción bípeda había generado.

Aunque este problema quizá no fuera tan agudo como en nuestra especie, se habría perdido la ventajosa situación de la que disfrutan las hembras de chimpancés, gorilas y orangutanes.

El problema de los ritmos de desarrollo se puede llevar hasta el momento del nacimiento, porque entre los monos antropomorfos el recién nacido viene al mundo con un cerebro que representa más de la tercera parte del volumen del cerebro del adulto, mientras que en nuestra especie representa menos de un cuarto. Eso quiere decir que el recién nacido humano está mucho menos desarrollado cerebralmente, y por tanto más desvalido cuando nace, que cualquier otro primate. Los primates en

general son un grupo de mamíferos que paren pocas crías cada vez (lo más frecuente es sólo una), que están muy desarrolladas al nacer. Esta precocidad también se da entre los antropomorfos, por lo que el estado retrasado de nuestros bebés debe ser una condición adquirida en nuestra línea evolutiva a partir de antepasados con neonatos más precoces.

No podemos saber directamente qué tamaño tenía el cerebro del recién nacido en los australopitecos, ya que no se ha encontrado el cráneo de ningún neonato, pero podemos abordar el problema de otro modo. Las pelvis de Lucy y Sts 14 nos permiten conocer las dimensiones del canal del parto a través del cual deben pasar la cabeza y los hombros del feto al nacer. Las dimensiones del canal del parto establecen el tamaño máximo del cráneo y del encéfalo del recién nacido, que en el caso de Sts 14 y Lucy sería comparable al de un chimpancé recién nacido, o tal vez algo mayor. Por otro lado, el tamaño cerebral del adulto promedio en el

Australopithecus afarensis (la especie a la que pertenece Lucy), y en el Australopithecus africanus (la especie de Sts 14) también sería aproximadamente el

mismo que en el chimpancé (es decir, de unos 400-410 g), o más bien algo superior. En consecuencia, el cociente entre el tamaño cerebral del recién nacido y el del adulto (que indica el grado de desarrollo cerebral del recién nacido) sería comparable en los grandes antropomorfos y en los primeros homínidos. Así pues, los neonatos de los primeros homínidos vendrían al mundo en un estado de desarrollo mucho mayor que el de los niños humanos, aunque el parto tuviera ya las características modernas por ser los australopitecos bípedos como nosotros. Hemos visto ya que en el Homo ergaster el tamaño corporal había aumentado considerablemente respecto del de los australopitecos, parántropos y Homo habilis. Pero al mismo tiempo el volumen cerebral del adulto se duplicó. Es posible que el tamaño del cerebro del neonato también se duplicara, con lo que la proporción entre ambos tamaños cerebrales se mantendría. Pero también es posible que las dimensiones del canal del parto no aumentaran en la misma medida; en este caso el cerebro del feto no podría ser tan grande (ya que tiene que pasar por el canal del parto), sino que representaría un porcentaje menor del cerebro del adulto que en los australopitecos. Esto implicaría que el neonato vendría al mundo más atrasado y necesitaría mayores cuidados.

Aunque este supuesto concuerda con la idea general (que luego discutiremos) de que en el Homo ergaster ya se habían producido importantes transformaciones en la esfera social respecto de los australopitecos, e imaginamos un entorno social más protector, la realidad es que no puede probarse definitivamente que los niños de

Homo ergaster nacieran más inmaduros. Por desgracia, la única pelvis de la especie

de que disponemos es la del Niño del Turkana, que además de ser infantil está muy incompleta y no permite sacar conclusiones firmes a este respecto. No obstante, merece la pena mencionar que Christopher Ruff y Alan Walker han estimado a partir del Niño del Turkana un tamaño cerebral para el neonato de la especie que representa una cuarta parte del correspondiente al adulto; con todas las cautelas necesarias, eso implicaría un recién nacido retrasado ya en el Homo ergaster.

Related documents