Chapter 1 Introduction
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Trataremos conjuntamente en este apartado estas dos obras en lo que se refiere a los medios de argumentación y partes del discurso deliberativo. Varios autores han resaltado las similitudes entre la Retórica a Alejandro y la Retórica de Aristóteles (Kennedy, 1994 y Pernot, 2000), pero los que nos interesa en este momento es mostrar el grado de sistematización del discurso deliberativo en estos dos tratados.
Comencemos por la Retórica a Alejandro. Como ya vimos, Anaxímenes de Lámpsaco expone ampliamente, entre los capítulos 1 al 5, las siete especies del discurso retórico (suasoria, disuasoria, laudatoria, vituperadora, acusatoria, exculpatoria e indagatoria). Sobre los géneros, sólo hizo su enumeración (deliberativo, demostrativo y judicial). En los capítulos 6‐21 analiza los medios de persuasión comunes a todas las especies. Estas pruebas (πίστις) son de dos clases, las primeras proceden de los propios discursos, de las acciones y de las personas, mientras que las segundas se añaden a las palabras y los hechos. Al primer grupo pertenecen lo verosímil o argumento de verosimilitud (τὸ ἐικὸς), los ejemplos (παραδείγματα), las evidencias (τεκμήρια), los entimemas (ἐνθυμήματα), las sentencias (γνῶμαι), los indicios (σημεῖα), las refutaciones (ἔλεγχοι). Al segundo grupo, pertenecen las opiniones del orador (δόξα τοῦ λέγοντός) por medio de las cuales el orador muestra la idea que tiene de los hechos; los testimonios (μάρτυρες) de personas que declaran voluntariamente, los cuales pueden ser convincentes o no, ambiguos, fidedignos o dudosos; las declaraciones bajo tortura (βάσανοι) en las que testigos son sometidos involuntariamente al sufrimiento para que digan lo que saben; por último están los juramentos (ὅρκοι) o denuncias sin pruebas, pero que se apoyan en la divinidad. Al igual que las pruebas que denomina Aristóteles como extra‐técnicas o no propias de discurso (ἄτεχνοι πίστεις), las que se añaden a las palabras y a los hechos son utilizadas principalmente en los discursos judiciales. Por ese motivo no las expondremos con más detalle. En relación con las pruebas del primer grupo mostraremos a continuación una tabla en la que se expone cada una de las definiciones, los tipos, los ejemplos, los usos y la forma de encontrarlas. Veamos la tabla 4:
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Tabla 4. Medio para la persuación en Retórica a Alejandro
Prueba
(πίστις)
Definición Tipos Ejemplos Efectos en los oyentes y
en los contrincantes
Cómo obtenerlas o cómo usarlas (χρῆσις)
Argumentos de verosimilitud (τὸ ἐικὸς) Es aquello de lo que los oyentes tienen ejemplo + Pasionales + Hábito + Afán de lucro
+ Si alguien resulta que desprecia a alguien o le teme, o está tranquilo o triste u otra pasión que compartamos.
+ Si alguien afirma que quiere que su patria sea grande, que sus parientes prosperen, que sus enemigos les vaya mal, etc.
+ Si acusas a un joven, di que ha hecho lo que suelen hacer los de su edad.
+ Demostrar que antes muchas veces el acusado ha realizado el hecho que se imputa
+Las pasiones son comunes a la naturaleza humana y por ello son fáciles de reconocer por los oyentes
+ Cada uno de los oyentes asume que él mismo tiene tales deseos con respecto a estas cosas y otras similares + La mayoría de los hombres estiman más que nada el provecho, así que también creen que los demás hacen todo con ese fin
+ (Hechos) debe mostrarse que el hecho al que nosotros exhortamos o nos oponemos es tal como afirmamos que es y si no, que las cosas similares a ese hecho son de ese modo que nosotros decimos en todas o en la mayoría de las veces
+ (A partir de la parte contraria) En las acusaciones, aprovecharse de parte contraria
+ (Personas) En las acusaciones, mostrar al acusado como alguien que actúa buscando un lucro
85 Ejemplos (παραδείγ‐ματα) Hechos similares o contrario a los que en el momento presente nos referimos + Racionales o creíbles + Irracionales o que infunden incredulidad
+ si alguien afirma que los ricos son más justos que los pobres aportando algunas acciones justas de hombres ricos
+ Los exiliados atenienses, después de tomar File con cincuenta hombres la vencieron a pesar de que ésta ciudad tenía más soldados y tenía como aliados a los lacedemonios
+ La mayoría cree que los ricos son más justos que los pobres
+ Suelen hacer perder crédito a los que se basan en lo verosímil
+ Cuando hablemos de asuntos acordes con lo racional, mostrando que los hechos se cumplen de este modo la mayoría de las veces
+ Cuando hablemos de asuntos contrarios a lo racional, aportando hechos que, pareciendo contrarios a lo racional, sucedieron razonablemente Evidencias (τεκμήρια) Hechos que contradicen el asunto del discurso y cuantos surgen de las contradiccio nes internas del discurso mismo ‐ ‐ + A partir de las contradicciones con el discurso o con los hechos, la mayoría de los oyentes ve que las palabras y los hechos quedan en evidencia
+Se obtienen observando el en el discurso del contrincante contradicciones con lo que ha hecho o si la acción es contraria al discurso Entimemas (ἐνθυμήματα) Son las contradiccio nes con el discurso, la
‐ ‐ ‐ + Usar a nuestro favor entimemas
opuestos a los de nuestros contrincantes en relación con los injusto, ilegal, inconveniente, etc.
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acción y los hechos
+ Deben reunirse los argumentos lo más brevemente posible y expresarlos con pocas palabras Sentencias (γνῶμαι) La exposición de la opinión propia sobre el asunto en su totalidad + Tópica (de uso común) + Paradójica (que debe ser justificada)
+ Decir: «No me parece posible que el inexperto pueda ser un buen general»
+ Decir: «Me parece que los que roban actúan peor que los que saquean, pues unos se apoderan de los bienes furtivamente y los otros a las claras»
+ Decir: «Los que se apropian de dinero hacen lo mismo que los que traicionan a la ciudad, pues ambos delinquen contra los que confiaron en ellos»
‐ + Si es tópica no aportar en absoluto razones
+ Si es paradójica, es necesario que expreses las razones de manera concisa
+ Deben ser adecuadas a los hechos, no extemporáneas
+ Se harán a partir de la propia naturaleza del asunto
+ Por sobrepujamiento o exceso
87 Indicios (σημεῖα) Una cosa que se relaciona con otra, pero no al azar, sino con la que suele suceder antes, durante o después del hecho + Infunde credibilidad + Hacen que sepamos
‐ ‐ + A partir de cada cosa hecha, dicha o vista,
tomando cada una de ellas por separado;
+ A partir de la grandeza o pequeñez de los males o de los bienes sucedidos
+ A partir de los testigos y de los testimonios
+ De los que están de nuestra parteo de los que están de parte de los contrarios
+ De los contrarios mismos, de las apelaciones, de las circunstancias temporales Refutaciones (ἔλεγχοι) Lo que no puede ser de otro modo que como nosotros decimos y a partir de lo imposible por naturaleza o según los contrarios
‐ + Afirmar que en cierta época hizo un contrato en Atenas con nosotros y podemos demostrar a los oyentes que en esa ocasión estábamos forasteros en alguna otra ciudad
‐ + A partir de lo posible e imposible, lo necesario o por naturaleza
88 Entre los capítulos 18 y 21 Anaxímenes enumera otros medios de persuasión propios de las siete especies, estas son: la anticipación (προκατάληψις), las peticiones a los oyentes (αἰτήματα) y la recapitulación (παλιλλογία). Por medio de la anticipación el orador hace explícitos argumentos razonables ante posibles críticas y objeciones que puedan obstaculizar el principio o cuando ya está avanzada la actio o pronuntiatio del discurso. Son argumentos que apuntan, en primer lugar, hacia el apaciguamiento de aquello que les molesta a los oyentes, sean estos una minoría o mayoría, como por ejemplo decir: «quizá algunos de vosotros os asombráis de que, a pesar de ser tan joven, he intentado hablar en la asamblea sobre estos asuntos tan importantes» (Rh. Al. 18, 2). Los ejemplos que expone Anaxímenes en relación con la anticipación refieren únicamente a los discursos deliberativo y judicial, pero no en los epidícticos. Esto se debe a que la disposición de los oyentes en éste último género discursivo parece de por sí benévola. La anticipación también busca evitar el prejuzgamiento de los jueces y conseguir una benevolencia tal que permita la comunicación, por ello debe, en casos donde el auditorio se comporta de manera o alborotadora, valerse de las sentencias y entimemas breves como por ejemplo: «lo más absurdo de todo es que venís aquí como para deliberar lo mejor, pero de hecho creéis que se delibera bien sin querer oír a los que hablan» o, para evitar el desorden «lo que está bien es levantarse y hacer propuestas u oír a los que las hacen y votar a mano alzada lo que le parezca bien» (Rh. Al. 18, 4). En segundo lugar, el orador debe buscar por medio de la anticipación adelantarse a las posibles objeciones de la parte contraria con el fin de debilitar y deshacer sus argumentos. Según Anaxímenes, el uso de este recurso retórico hace que los argumentos de los contrincantes, por muy fuertes que sean, una vez escuchados con antelación por el auditorio por boca del orador que los ataca pierdan fuerza. El ejemplo que extrae Anaxímenes del Filoctetes de Eurípides (fr. 797) es muy ilustrativo. Veamos:
diré mis argumentos, aunque parezca que me los he destrozado reconociendo él mismo que ha delinquido;
ahora vas a saber mi historia oyéndola de mi boca,
y que él se ponga en evidencia con sus palabras (Rh. Al. 18, 15).
En cuanto a la petición (αἰτήματα), Anaxímenes nos dice que es un pedido de benevolencia para hacer que el auditorio atienda el discurso y, en relación con las leyes, pedir que las decisiones sean justas. Sobre la recapitulación (παλιλλογία), Anaxímenes la define como una forma concisa de refrescar la memoria de los oyentes al final del discurso. Puede hacerse por medio de soliloquios, reflexionando en voz alta de los hechos; enumeraciones, inventariando en orden los hechos; elecciones, enumerando las decisiones tomadas en el pasado; preguntas, interrogándose sobre cada uno de los hechos; o con ironías, fingiendo decir algo o con palabras contrarias.
Entre los capítulos 22 y 28 Anaxímenes hace su exposición sobre el estilo (λέξις), dicha exposición es similar a la que Aristóteles hace en la primera parte del libro III. El estilo se relaciona con la elegancia (ἀστεία), con la duración que se puede alargar dividiendo el asunto o recapitulando cada parte del discurso o, por el contrario, abreviar el discurso, utilizando palabras y epílogos breves. El orador debe conocer todas estas estrategias con el fin de controlar la duración y elegancia del discurso teniendo en cuenta que «el carácter del discurso
sea adecuado a las personas» (Rh. Al. 22, 8). Este es uno de los preceptos más importantes de la retórica antigua. Recursos como la anticipación, la petición y la enumeración y los demás medios de prueba están en función de esta especie de regla dogmática que garantiza la efectividad en la persuasión, puesto que finalmente es al auditorio al que le corresponde el papel de determinar la calidad de la argumentación y el comportamiento de los oradores. Aristóteles, Cicerón, Quintiliano, Vico y muchos otros, incluyendo al propio Chaïm Perelman quien dedica uno de los capítulos iniciales de su Tratado de la argumentación a este asunto, aceptan este principio fundamental de la retórica. No es un asunto de «adulación» de la muchedumbre, como lo veía Platón, es un principio acorde con la naturaleza de los asuntos tratados, con las situaciones en las que se expone el discurso y con las creencias, intenciones e intereses de los destinatarios.
Por otro lado, la claridad es también importante para la elegancia del discurso, depende de ello los tipos de palabras empleados, si son simples, compuestas o metafórica; las posiciones de acuerdo a las vocales y consonantes finales o iniciales de cada palabra; la posición de las palabras en relación con sus semejanzas o diferencias semánticas; utilización del estilo binario; evitar la ambigüedad en las palabras; utilización de la antítesis, el isocolon o la paromeosis. Los capítulos 29‐37 tienen similitudes con la segunda mitad del libro III de la Retórica de Aristóteles. Allí, Anaxímenes expone cinco partes constitutivas del discurso retórico (partes orationis). Esas partes son: proemio (προοίμιον), narración (διήγησις), confirmación (βεβαίωσις), la contra‐ argumentación (ἀντιδίκους) y conclusión (ἐπίλογος).
El proemio es la parte inicial del discurso. Según Anaxímenes, cumple las siguientes funciones: a) prepara a los oyentes; b) presenta de manera resumida el asunto a quienes no lo conozcan para que puedan seguir el razonamiento y, c) permite halagar y hacer peticiones a los oyentes para que presten atención y captar su benevolencia en el caso de que existan prejuicios sobre el discurso, el orador y el asunto mismo. En la narración se relatan los hechos ocurridos, que se recuerdan, los actuales o los que van a ocurrir. La narración se debe caracterizar, sobre todo en las asambleas, por su claridad (σαφής), brevedad (βραχύς) y credibilidad (ἄπιστος). Una narración debe ser, en relación con los oyentes, clara «para que se enteren de los hechos que se habla; con pocas palabras, para que recuerden lo dicho y verosímilmente, para que los oyentes no rechacen nuestra exposición antes de que hayamos reforzado el discurso con pruebas» (Rh. Al. 30,4). En la confirmación se ratifican, por medio de pruebas y argumentos de justicia y conveniencia, que los hechos narrados son como se propusieron demostrar. Otra de las partes del discurso es la contra‐argumentación (ἀντιδίκους), conocida en la retórica latina como la refutatio. En esta parte del discurso se presentan argumentos contra la parte contraria y se anticipará lo que se presume demostrará. Finalmente, la conclusión o epílogo tendrá como función hacer recordar al auditorio lo dicho mediante una recapitulación breve.
Conjuntamente con la definición de las partes del discurso, Anaxímenes expone la manera como éstas deben adecuarse a cada una de las especies y géneros discursivos. Estas partes y su ajuste según la especie o género tienen como fin la composición orgánica y coherente de un discurso, pero también tiene por objetivo advertir al orador sobre las dificultades y obstáculos en la recepción adecuada de los discursos como por ejemplo, los distintos prejuicios (διαβολαί)
90 que el auditorio tiene sobre su talante, el asunto y sobre el discurso mismo. Con ello, Anaxímenes no sólo expone una receta con indicaciones sobre qué decir en distintas situaciones, sino que en cierta medida describe el ambiente, el comportamiento y la disposición habitual de los oyentes en reuniones públicas tales como de las asambleas, los juicios y las ceremonias. En esa medida, el manual de Anaxímenes resulta para nosotros, más que un simple recetario de estrategias persuasivas, un álbum que ilustra la forma en que se desarrollan las actividades públicas y el poder del discurso para transformar en benevolencia (εὐμενείᾳ) la disposición de los ciudadanos que participan en esos eventos. Dicho esto pasemos a lo que Anaxímenes aconseja sobre el discurso deliberativo.
En relación con el proemio, según Anaxímenes, en la especie suasoria, se resume el asunto se de la siguiente forma: «me he levantado para postular que es necesario que nosotros combatamos a favor de los siracusanos»; «me he levantado para opinar que no es necesario que nosotros socorramos a los siracusanos» (Rh. Al. 29,2). Para captar la benevolencia de los oyentes el orador debe observar si estos muestran un ánimo indulgente, hostil o indiferente, es decir, ni bueno ni malo. En el caso de que lo que se observe sea una disposición benevolente de los oyentes, es decir, que tengan confianza en que la participación del orador está fundamentada en lo justo, lo legal, lo conveniente, lo noble, lo agradable, la facilidad, la posibilidad o la necesidad, no es necesario hacer ningún intento para obtenerla. No obstante, está permitido tratar sucintamente y con ironía esa disposición favorable al desarrollo del discurso diciendo lo siguiente:
considero que es superfluo decir ante vosotros, que lo sabéis claramente, que quiero lo mejor para la ciudad y que con frecuencia hicisteis lo conveniente gracias a mis consejos, y que yo mismo me muestro justo en los asuntos comunes y más desprendido de mis bienes que aprovechando de los públicos; intentaré demostrar que, si también ahora os persuado, tomaréis una decisión acertada (Rh. Al. 29,7).
La lucha contra prejuicios (διαβολαί) de los oyentes hacia el orador inicia con el proemio. La anticipación (προκατάληψις) sería el instrumento más adecuado para buscar la benevolencia del auditorio cuando el orador o el asunto que se tratará gocen de descrédito o prejuicio. Esa imagen negativa del orador muy seguramente ha sido el producto de lo que han hablado, los hechos de los cuales hablan o por la calidad de sus discursos. El proemio es la oportunidad para que el orador se defienda de imputaciones y veredictos de acusadores que deben ser compelidos a que renuncien a ellos y permitan la exposición del discurso. Un proemio con estas características es el expuesto por Diódoto para defenderse de las acusaciones de soborno que hace Cleón en el debate de Mitilene que cita Tucídides en la Historia de la Guerra del Peloponeso. Veamos:
[…] piensa <Cleón> que no sería capaz de hablar bien en defensa de una mala causa, pero espera poder desconcertar, mediante hábiles calumnias, a sus oponentes y al auditorio. Y los más peligrosos son los que empiezan por acusar al adversario de alarde oratorio al dictado del dinero. Porque si lo inculparan de ignorancia, el orador que no lograra persuadir al auditorio se retiraría con una fama de hombre poco inteligente más que de corrompido; pero bajo una acusación de corrupción, aun el orador que consigue persuadir al auditorio resulta sospechoso, y el que no tiene éxito, además de la fama de escasa inteligencia, se le considerará corrompido. En esa situación la ciudad no resulta beneficiada porque se ve privada de consejeros a causa del
miedo. El éxito la acompañaría en muchas más empresas si los ciudadanos a los que me refiero fueran incapaces de hablar, pues en muchas menos ocasiones la induciría al error. Lo que en realidad les hace falta es que el buen ciudadano, en lugar de intimidar a sus oponentes, muestre la superioridad de sus argumentos luchando con las mismas armas, ya que la ciudad sensata no acreciente los honores a quien bien aconseja, pero tampoco le disminuya a los que ya posee, y que no sólo no penalice al defensor de una moción que no alcanza el éxito, sino que ni siquiera lo deshonre (Th. III, 42, 2‐6).
Los oradores deben saber si en el auditorio hay un «veredicto» negativo sobre su persona o si éste aún está pendiente o, por el contrario, se ha renunciado a establecerlo, si los contrincantes fomentan los prejuicios, si están desacreditados por cosas pasadas, si por su corta edad o poca experiencia podrían no ser bien acogidos o si, por el contrario, debido a su larga experiencia y vejez es rechazado por está lleno de vicios e intrigas. Frente a ello debe decir que fue inculpado injustamente o fue víctima del infortunio o que no es justo que se esté pagando con el descrédito cosas que ya se han juzgado; se puede decir que se está dispuesto a escuchar inmediatamente de los asistentes un juzgamiento de las acusaciones que se hacen o se puede condenar así mismo a muerte; también se puede cuestionar las acusaciones que renuncien al veredicto por ser falsas y causante de males; se debe protestar si se niega a escuchar a todos los discursos sólo porque sobre uno de ellos pesan calumnias ya que es conveniente para la deliberación examinarlos a todos; quien es demasiado joven puede alegar falta de personas que deliberan o que es un asunto de su interés, si es rechazado por su experiencia podrá decir que es su derecho de participar y manifestar su opinión por ser ciudadano.
El orador también debe evaluar si hay prejuicios frente a los asuntos que se tratarán, es decir,