Chapter 1 Introduction
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en cuenta la posibilidad de que se pronuncie un discurso deliberativo teniendo como componente central el judicial y por ello no nos dice cuáles serían los efectos de esta «dislocación» o «transfiguración». Podemos decir que los conceptos de «género oratorio» y «componente genérico» arrojan luces sobre la clasificación de los genus, tanto clásicos como nuevos, y la recepción de los discursos retóricos, pero el hecho de que algunos oradores trastoquen los componentes genéricos, en el caso del discurso deliberativo, no sólo sirve para la manipulación del auditorio, sino que desdibuja la esencia de lo político.
Lo anterior nos conecta con la segunda cuestión. La característica más importante del tratado de Aristóteles es precisamente su decisión de colocar en el centro de su reflexión sobre la persuasión el discurso deliberativo y no el judicial como era ya habitual en algunos sofistas. Nos dice Alfonso Reyes (1961) que lo valioso de la Retórica es que plantea una persuasión que ha de fundarse en el pensamiento, en el discurso y no en las exhibiciones teatrales de viudas llorosas, huérfanos hambrientos y otros recursos extra‐técnicos que manipulan pasionalmente a los oyentes. «El error de los que tal hacen proviene de que piensan sólo en el alegato judicial, olvidando así que la pureza retórica reside más bien en la deliberativa, en la oratoria política» (376). Es posible ver en varios pasajes de la Retórica un ánimo de Aristóteles de establecer fuertes diferencias en los roles que cumplen los oyentes y cierto rechazo por la utilización no‐ técnica de recursos propios del género judicial en el deliberativo, pero que deben ser regulados (Rh. II, 1354 b 5‐15; III, 14, 1415 b 32‐35 y III, 17, 3, 1418 a 25‐34).
En este capítulo analizaremos el discurso deliberativo en los dos tratados más antiguos que se conservan, el de Anaxímenes de Lámpsaco y el de Aristóteles. A pesar de ser poco estudiada en nuestro medio, lo cual dificulta la discusión con otras interpretaciones y lecturas, la obra de Anaxímenes de Lámpsaco, Retórica a Alejandro, merece ser tenida en cuenta por dedicar una parte importante al discurso deliberativo. En ellas podemos ver un grado interesante de sistematización de un discurso que se caracteriza por tratar el difícil tema de las cosas futuras.
3.1. El discurso deliberativo en la Retórica a Alejandro
La Retórica a Alejandro es el manual de retórica más antiguo que se conserva. Se sitúa entre el 340 y el 300 a.C. Durante mucho tiempo se le atribuyó a Aristóteles debido a que aparece, a modo de presentación del tratado, una carta del Estagirita dirigida a Alejandro. Se sabe que la carta pudo ser escrita e incluida en la obra entre los siglos II‐III d. C. Muchos autores, como L. Spengel y G. La Bua, niegan tanto la autenticidad de la carta como el que Aristóteles haya escrito tal obra. Otros, como P. Gohlke, la confirman. Sin embargo, más allá de quien sea su autor, lo importante es tener en cuenta que en este manual se encuentra la primera clasificación de géneros retóricos y ofrece, sin desconocer el carácter circunstancial del discurso retórico, una amplia exposición sobre los temas que son objeto de deliberación pública y los lugares comunes sobre los cuales el orador puede tratar con éxito dichos asuntos en los consejos y en las asambleas, de ahí su valor didáctico, más que filosófico. Según Pernot (2000), en la Retórica a Alejandro encontramos una sistematización de la retórica del pasado y el presente de Anaxímenes.
Pero antes de iniciar la exposición de este tratado, es importante tener en cuenta que en la Carta se sigue, a pesar de los siglos de diferencia, lo expuesto por Pericles en el Epitafio en relación con la idea de exaltar y concebir el discurso como guía para la acción política. Veamos: Por medio del discurso reprobamos a los malos que manifiestan su maldad y aprobamos a los honrados que muestran su virtud. Con el discurso prevenimos los males futuros y gozamos de los bienes presentes. También por medio del discurso evitamos las contrariedades inminentes y conseguimos las ventajas que no poseemos. Pues como es preferible una vida sin penas, así es deseable un discurso inteligente (Rh. Al. 6).
Sobre la deliberación se dice lo siguiente:
[…] deliberar es la actividad humana más divina, de modo que no debes consumir tu esfuerzo en cosas marginales y viles, sino que debes querer aprender el fundamento mismo del bien deliberar. ¿Qué persona sensata discutiría que actuar sin haber deliberado es señal de insensatez, y que bajo la guía del discurso llevar a cabo algo de lo que prescribe es señal de educación?
Todo el mundo sabe que los griegos que mejor gobiernan recurren primero al discurso y después a los hechos; y además de ellos, los bárbaros que están mejor considerados utilizan el discurso antes que las acciones, pues saben muy bien que la visión de lo provechoso que nace gracias al discurso es acrópolis de salvación. Se debe creer inexpugnable esta visión, y no considerar que la seguridad de los edificios puede salvarnos (Rh. Al. 8‐9).
El énfasis que se hace sobre el discurso y la deliberación en la Carta nos hace pensar en la cercanía que tenía su autor a una retórica como arte para la acción correcta. No menos importante es la cercanía que tiene el tratado como tal a la práctica habitual de la retórica del siglo IV a.C. (Iglesias, 1997). Su autor, Anaxímenes de Lámpsaco, es un maestro de oratoria que no sólo utiliza ejemplos de su propia cosecha para ilustrar sus prescripciones sino que con su obra encierra los preceptos tradicionales de la retórica anterior y lo que habían enseñado sus predecesores (Moraux, 1954).
En el tratado de Anaxímenes se diferencian tres géneros (γένη) del discurso, a saber, deliberativo (δημηγορικόν), demostrativo (ἐπιδεικτικόν) y judicial (δικανικόν). A su vez distingue siete especies (εἴδη): suasoria (προτρεπτικόν), disuasoria (ἀποτρεπτικόν), laudatoria (ἐγκωμιαστικόν), vituperadora (ψεκτικόν), acusatoria (κατηγορικόν), exculpatoria (ἀπολογητικόν) e indagatoria (ἐξεσταστικόν). Esta clasificación hace que el tratado supere a los anteriores manuales de retórica, especialmente por su estima al género epidíctico y su dispositio, pero también por tratar en primer lugar a las especies suasorias y disuasorias. De estas especies, afirma Anaxímenes que su utilización es de las más frecuentes en las disputas privadas (ὁμιλίαις) y en las deliberaciones públicas (κοιναῖς δημεγορίαις) (Rh. Al. 1,2).
La especie suasoria tiene como fin la inducción a elecciones, razones o acciones. Por el contrario, la disuasión es la objeción a elecciones (προαιρέσεις), razones (λόγουσ) o acciones (πράξεις). Si busca la persuasión, el orador debe mostrar que las cosas son justas, legales, convenientes, nobles, agradables, fáciles y, cuando induzcan a cosas molestas, debe mostrarlas como factibles y necesario hacerlas. El que disuade debe hacer lo contrario, debe decir que es
72 injusto, ilegal, inconveniente, desagradable, no factible, difícil e innecesario actuar, elegir o razonar en un determinado sentido (Rh. Al. 1, 3‐4).
Según Anaxímenes el orador debe comprender el sentido en sí mismo de lo justo, lo conveniente, lo noble, lo agradable, lo fácil y lo legal; y además qué cosas se consideran aceptadas según la opinión como justas, convenientes, legales, etc. Estos comprenderán los argumentos que podrá esgrimir en las deliberaciones, en los juicios o en las ceremonias. Es así entonces que define lo justo (δίκαιον) como el hábito no escrito (ἔθος ἄγραφον), una ley común, de todos o la mayoría que define lo noble y lo vergonzoso, como por ejemplo «honrar a los progenitores, beneficiar a los amigos y corresponder a los bienhechores» (Rh. Al. 1, 7). Para Anaxímenes, lo justo se contrapone a lo legal (νόμιμα), con lo cual se alude a las leyes escritas. Estas nacen del común acuerdo de una ciudad que prescribe cómo deben hacerse las cosas. Lo conveniente (συμφέρον) «es la vigilancia de los bienes presentes o la adquisición de los que no se tienen, o la liberación de los males presentes o la evitación de los daños que se teme que ocurran» (Rh. Al. 1, 9). El orador debe diferenciar lo conveniente para los individuos y para las ciudades. En relación con los individuos, el cuerpo, el alma y las posesiones son sus mayores bienes. Para cada uno de estos bienes se busca la fuerza, la belleza y la salud porque son consideradas convenientes para el cuerpo; en relación con el alma el valor, la sabiduría, la justicia; y lo conveniente en relación con los bienes adquiridos se encuentran los amigos, el dinero y las propiedades. En relación con las ciudades, lo conveniente es la concordia, potencia militar, dinero y abundancia de ingresos, excelencia y gran número de aliados. Las cosas nobles (καλά) procuran honor a aquellos que las realizan. Las agradables comportan placer cuando se realizan que se cumplen en el menor tiempo posible, menor gasto y fatiga. Las cosas posibles son aquellas que pueden ocurrir y las necesarias son aquellas cuya realización no está en nuestro poder, sino que son por necesidad divina o humana. A partir de conceptos contrarios también se hará patente lo justo, lo conveniente, lo agradable, etc. Por ejemplo, decir que es justo castigar a los que hacen algún mal, es tan justo como elogiar a los bienhechores o si se interesa honrara los buenos ciudadanos, sería conveniente castigar a los malos (Rh. Al. 1, 7‐ 15).
Los asuntos sobre los que se delibera en reuniones públicas como las asambleas y consejos son clasificados exhaustivamente por Anaxímenes para comprenderlos claramente, de tal manera que, según las circunstancias en que se desarrollen, se puedan obtener ideas propias para cada deliberación. Se delibera entonces sobre los siguientes asuntos: a) sobre las fiestas religiosas, b) las leyes, c) la constitución política, d) las alianzas y tratados con otras ciudades, e) la guerra, f) la paz, y g) los ingresos de dinero. El conocimiento de las ideas comunes (κοινὰς ἰδέας) presentes regularmente en las discusiones de esos asuntos puede ser aplicado en el discurso y, por ello es necesario clasificarlas claramente.
Se propenderá por la conservación de las fiestas religiosas (ἱερῶν) basándose en el argumento de justicia, es decir, diciendo que es injusto violar hábitos patrios, que todos los oráculos prescriben hacer la celebración según esos hábitos; que es necesario conservar como se han venido haciendo porque así lo hicieron los que fundaron la ciudad. Por el contrario, se buscará que se cambien ciertas formas de realización de las fiestas para que sean más humildes o mejores.
Cuando se debata sobre las leyes (νόμων), se podrá defender una ley que es igual para todos, que es compatible con las demás leyes y conveniente para la ciudad, para su concordia o para la excelencia de los ciudadanos, los ingresos públicos, la buena consideración de la ciudad, el poderío político o cosas similares. El que se opone a una ley deberá mostrarla en su lugar como inconveniente o perjudicial.
Si se quiere hablar sobre la constitución política, sea esta democrática u oligárquica, se podrá decir de la primera, para evitar revueltas, que los cargos menores y más numerosos son por sorteo, por medio de leyes se debe impedir que los pobres acechen los bienes de los ricos; en las oligarquías se deberán sentarse penas severas para quienes intenten ultrajar a un ciudadano, que las discrepancias entre los ciudadanos se solucionen rápidamente, que no amontone la población del campo en la ciudad, pues con ello se evita que éstas derroquen a las oligarquías, se deberá también disuadir a los que participan en política de ultrajar a los débiles y acusar falsamente a los ciudadanos.
En relación con los temas de alianzas y tratados con otros estados, el orador deberá comprender que para apoyar una alianza se debe hacer ver a su auditorio que se trata de una ocasión en la que se es débil o se espera una guerra y mostrar que se hará con quienes son justos o con quienes se han hecho antes alianzas beneficiosas para la ciudad, que los posibles aliados son fuertes o que son vecinos próximos. En el caso de que se quiera oponer, un orador deberá mostrar que en el momento no será necesario dicha alianza, en segundo lugar, que los aliados no son justos, que han perjudicado antes la ciudad, que son débiles y por tanto no podrán acudir al auxilio oportunamente o que son distantes.
Sobre la guerra (πόλεμος) y la paz (εἰρήνη), temas tratados de manera distinta por Anaxímenes, el orador deberá conocer que las razones para declarar una guerra a alguien son: que se haya cometido injusticia contra la ciudad y que es posible tomar venganza, si se sufre la agresión y se ha de luchar en defensa propia o de algún pariente o benefactor, si se necesita socorrer a los aliados que sufren una injusticia, si es conveniente para la ciudad, para obtener buena consideración, poder, buenas ganancias o cualquier otra cosa por el estilo. El orador que exhorte a la guerra debe reunir el mayor número de estas razones y después mostrar a su auditorio que se encuentran en posesión de la mayoría de las cosas que hacen ganar una guerra como, por ejemplo, «la benevolencia de los dioses o fortuna, el número y fuerza de las tropas, la abundancia de dinero, la inteligencia del general, la virtud de los aliados o la naturaleza del lugar» (Rh. Al. 2, 28). Los hechos juegan un papel importante en la argumentación, pues a ellos se les sumarán los más apropiados argumentos para aminorar los de los contrarios y aumentando los propios mediante amplificaciones.
Si se quiere impedir una guerra a punto de declararse, el orador deberá en primer lugar, mostrar que no hay ninguna razón en absoluto para luchar, que los motivos del enfado son insignificantes o sin importancia, que no conviene hacer la guerra haciendo patente las desgracias y consecuencias nefastas que traería o que la victoria está más del lado del enemigo. Pero si se quiere parar una guerra que ya ha iniciado, si a quienes se dirige el orador lleva la victoria, se debe decir que «el que tiene sentido común no debe esperar hasta que sufra una derrota, sino en la victoria firmar la paz, luego que en la guerra es natural que
74 mueran muchos, incluso de los vencedores, pero la paz salva a los perdedores y [permite que] los vencedores disfruten de las cosas por las que lucharon» (Rh. Al. 2, 30).
Según Anaxímenes la guerra se termina cuando los hombres estiman que los adversarios tienen la razón, cuando tienen desacuerdos con los aliados, cuando se agotan por la confrontación, por miedo a los enemigos o por revueltas internas. El orador, una vez sepa esto podrá componer una argumentación eficaz para la búsqueda de la paz. También podrá exhortar a la paz si expone los imprevistos y cambios de fortuna en la guerra. A los que van perdiendo, puede «exhortarlos a que no se irriten con los que iniciaron los agravios y se convenzan con las desgracias; que tengan en cuenta los peligros que se corren por no firmar la paz; y que es preferible ceder una parte de los bienes a los más fuertes que ser derrotados en la guerra y perder la vida además de las posesiones» (Rh. Al. 2, 31).
Otro tema sobre el que se basan las deliberaciones son los ingresos de dinero (χρημάτων). El orador que quiera proponer una forma de aumentarlos deberá observar si posesiones de la ciudad se encuentran descuidadas sin aportar ningún ingreso y que tampoco estén sirviendo a los dioses. Debe proponer que la venta o alquiler de dichos activos reportaría un ingreso económico importante. Pero en caso de que no existan este tipo de bienes descuidados, es necesario que promueva hacer las contribuciones según las rentas estimadas, así los ricos podrían proporcionar dinero, los artesanos armas, y los pobres su persona en caso de peligro. Es muy importante que todas las propuestas sobre este asunto sean iguales para todos los ciudadanos, duraderas e importantes, lo contrario harán quienes se opongan a ellas.
Según Iglesias (1997), los lugares comunes proporcionados por Anaxímenes pueden identificarse en los discursos de Tucídides expuestos en la Historia de la Guerra del Peloponeso en los que se desarrollan temas como las alianzas, la guerra (a favor se pueden ver: I, 68‐71; I, 86; I, 120‐124; entre otros; en contra de que esta comience: I, 73‐78; I, 80‐85; VI, 9‐14).
3.2. El discurso deliberativo en la Retórica de Aristóteles
La Retórica de Aristóteles data probablemente del 335 a.C. During (2005) señala que fue escrita después del Fedro de Platón, hacia el final del período 360‐355, pero se inclina a creer que toda la obra pertenece a distintos momentos del período académico del Estagirita. Así, los libros I y II, configuran un escrito bien redondeado sobre la techne rhetorike a excepción de los capítulos 23‐24 que fueron incluidos posteriormente. El libro III también conforma una unidad pero dedicada a la prosa. Se sabe que a la edad de 25 o 26 años, siendo estudiante de la Academia, Aristóteles escribió una obra, probablemente en forma de diálogo, llamada Περὶ ῥητορικῆς ἢ Γρῦλος, para participar en un debate sobre las virtudes y las ventajas de la retórica y su relación con la democracia, la participación de los ciudadanos, la adulación y la