Baltasar Gracián y Morales
aforismo 179
Tras recordar la conocida máxima de Baltasar Gracián –“lo bueno, si breve dos veces bueno”- puede parecer osado ampliar cualquiera de sus aforismos porque lo sustancial ya está dicho. No obstante, acepto el reto de comentar el aforismo 181 puesto que supone una buena ocasión para reflexionar sobre los conceptos de mentira y verdad, tan presentes en nuestras relaciones sociales.
Nótese que Gracián comienza su aforismo haciendo hin- capié en el “sin mentir”,asumiendo, por tanto, que la vera- cidad es imprescindible. La credibilidad y la confianza son la base de las relaciones humanas, y ambas se asien- tan en nuestra seguridad de no ser engañados. Se tra- ta de atributos que una persona ha de ganarse día a día con un comportamiento coherente, ya que puede perder con una sola mentira el crédito ganado en años. Si bien el concepto de “verdad” parece difícil de definir, la “mentira” se nos presenta más fácilmente delimitable debido a su principal característica: decir lo contrario de lo que se piensa o de lo que se sabe con el objetivo de inducir a error a otra persona. Sin embargo, la ver- dad, si bien implica decir lo que se piensa o se sabe, pue- de ser compleja, polifacética y subjetiva, por estar basa- da en nuestros pensamientos y emociones.
En el ámbito de las relaciones humanas, el consejo de Gracián se viene aplicando con asiduidad para evitar un dolor inútil. Así, por ejemplo, en casos desgraciadamen-
aforismo 181
D I S Ó L O U N A PA R T E
D E L A V E R D A D
N
o hay cosa que requiera más cuidado que decirla verdad, que es abrir el corazón. Tan necesa- rio es saberla decir cómo saberla callar. Con una sola mentira que digas, pierdes toda tu credibilidad. Si al engañado se le considera torpe, al engañador se le ve como falso, que es mucho peor. No todas las ver- dades pueden decirse: unas porque te afectan a ti, otras porque afectan al otro.
te frecuentes, en el que un enfermo con cáncer termi- nal solicita información veraz sobre la evolución de su enfermedad, podemos considerar dos respuestas rea- les y diferentes: “Lamento tener que decirle que le que- dan pocos meses de vida”, o bien: “La enfermedad es grave pero debe estar tranquilo porque hay tratamien- tos nuevos muy eficaces y no dude que vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos”. Ambas respues- tas son ciertas, si bien la segunda -aunque oculta algún aspecto importante de la realidad- implica una mayor empatía y una consideración hacia el probable estado emocional del paciente.
Ahora bien, como recalca el aforismo, el límite habrá de ser siempre no caer en la mentira. En muchas ocasio- nes, ocultar una faceta de la verdad conlleva la posibi- lidad de inducirnos a error, bien por falta de informa- ción, bien por nuestra tendencia natural a evitar la diso- nancia cognitiva. Así, ¿quién no ha oído cantar las exce- lencias de un producto e ignorar su mínima cualidad negativa? ¿Quién no ha leído titulares de periódicos o escuchado opiniones de políticos que al comunicar el mismo hecho, llevan a extraer ideas opuestas? ¿Cuán- tas veces, en fin, nos enfrascamos en discusiones man- teniendo argumentos veraces a sabiendas de que son parciales y de que la verdad tiene aristas? Por ello, es importante hacer referencia a la intención perseguida en la transmisión de información para valorar la men- tira o la verdad desde el punto de vista ético. Si algo salva a una mentira inevitable, que lleve al error a su receptor, es la buena intención de no perjudicar a alguien. Si algo hace repugnante a la mentira o a la media verdad, es la intención de inducir a error o de hacer daño al otro por motivos espurios como el oportunismo, la obtención de beneficios o el rencor.
En el campo científico, al que me dedico, la búsqueda y la comunicación de la verdad sin matices son objeti- vos prioritarios, si bien aceptamos que no hay verdades absolutas en ciencia, sino sólo verdades probables e incompletas. Por nuestro tipo de trabajo, en el que toda afirmación ha de avalarse con datos científicos basados en experimentos repetidos y comprobados, somos poco dados a la mentira. No es que seamos mejores, sino que existe una razón poderosa para ello: la comunicación de teorías interesadas u opiniones infundadas, que no se correspondan con los hechos, acabará siendo des- cubierta y conllevará el desprestigio y marginación del investigador. Como dice Gracián: “con una sola men- tira que digas, pierdes toda tu credi-
bilidad.”
En otros campos –historia, filosofía,
literatura, economía, periodismo, etc.- en los que la interpretación y la opinión personal tienen mayor peso, la verdad es más difícil de contras- tar. No es raro, por tanto, encontrar explicaciones contrapuestas de los mismos hechos. La necesi- dad de un respeto escrupuloso a la verdad, es decir, la honradez intelectual, resulta muy nece- saria en estos profesionales, por cuanto ejercen una gran influencia en las ideas y valores de nuestra sociedad.
En resumen, la prudencia puede exigir en muchas ocasiones callar alguna faceta de la verdad. No obstante, callar la verdad o parte de ella puede también ser, en el fondo, la peor de las menti- ras. Es fácil observar que, actualmente, la men- tira o la media verdad gozan de una cierta impu- nidad en nuestra sociedad, sin que tengan con-
DI SÓLO UN A P AR TE DE LA VERD AD
secuencias negativas trascendentes para quien incu- rre en ellas. Espero y deseo, por último, un mayor res- peto a la verdad, por cuanto ello tendrá como conse- cuencia una mejora en la confianza en los demás y, con ello, una mejora en nuestra convivencia.
CARMENDOBARGANES Profesora de Investigación del Instituto de la Grasa – CSIC