Chapter 4 Tool Automation
4.5 Co-simulation and Semantics
La gran historiografía romana, heredera de la historiografía que acabamos de reseñar, se desarrolló a través de la labor de autores como Tito Livio, quien durante la época de Augusto produjo una obra de gran importancia, tanto por su extensión y visión de conjunto como por otras calidades que, en opinión de
muchos, la convierten en la mejor y más grande expresión de la historiografía romana. Resulta interesante entonces señalar que Tito Livio alcanzó mucho prestigio y popularidad en su propia época.
Historia de Roma o Ab urbe condita (Desde la fundación de la ciudad) es una
historia dividida en 142 libros, de los cuales han llegado a nosotros solo 35 —algunos enteros, otros en fragmentos y en resúmenes—12, en los que se narra
la historia de Roma, desde la fundación de la ciudad hasta el año 9 d. C. Ello querría decir que Tito Livio se propuso abarcar más de setecientos años, según lo indica en el prefacio, por lo que arranca relatando las hazañas de Eneas y trata después sobre Rómulo, ateniéndose a la tradición oral conocida entonces sobre los orígenes romanos. La mayor parte de su trabajo se refiere al relato de las guerras arcaicas a partir de la lucha de Roma en Alba Longa.
Gran narrador y analista, Tito Livio representa el llamado «genio nacional roma- no» y, a pesar de que deja lugar a los presagios y al destino por cuanto señala que el origen de Roma se debe a los hados, es un historiador que denota oficio, lo que se advierte en su esfuerzo para hacer un uso amplio de fuentes, es decir, tradiciones orales, anales, crónicas y las obras de historiadores grecolatinos, puesto que en el in- cendio de Roma se perdieron documentos que lo obligaron a cumplir tal cometido. Escribió en forma clara y tono severo, pero su narración es suelta y su estilo está marcado por la presencia de la oratoria, evidente en los más de cuatrocientos discursos, largos y muy elaborados, que interrumpen con frecuencia su relato. Es de presumir que tal vez el propósito del autor fue dar brillo y vivacidad a la narración, y evitar el tedio del lector frente a la interminable relación de sucesos. Se ha calificado a su obra como una historia total estructurada de forma lineal, que sobre la base analista —que utiliza como fuente— y configurando un discurso literario nuevo, conjugan dos elementos: la pretensión de veracidad —rehúsa la conjetura si no dispone de testimonios— y la elaboración artística en la medida que apela a la elocuencia y a la retórica —quiere que su historia sea comparable en estilo y espíritu a la poesía—. Dramatiza los hechos y combina narración, descripción, retratos y discursos.
Como sería de esperarse de un historiador romano de esta época, su trabajo está dotado de patriotismo y expresa su convicción de que la grandeza de Roma tiene que ver con el cultivo de las antiguas virtudes y postula la idea de la exis- tencia de un glorioso destino romano. Tito Livio añade un empeño moralizador fuente de enseñanza de virtudes patrióticas, aunque destila cierto escepticismo, así escribe en su prefacio:
12 Se conservan los libros I-IX, que contienen relatos legendarios sobre los orígenes de la ciudad,
Los asuntos a los que cada cual deberá dedicar su atención más aguda son la vida y las costumbres, el saber gracias a qué hombres y a qué procedimientos, en la paz y en la guerra, se ha fundado y se ha engrandecido nuestro imperio. Seguir luego con el espíritu la lenta decadencia de la disciplina, el relajamiento de las costumbres que cada vez se precipitan más hasta llegar a estos tiempos nuestros en que ni se soportan los males ni se toleran sus remedios.
Lo que es principalmente benéfico y fructífero en el conocimiento de las cosas pasadas es que se exponen en un cuadro luminoso enseñanzas de todas clases de las que pueden tomarse las que sean dignas de imitación para ti y para la república y rechazarse las que sean malas en sus principios y en sus remedios (Tito Livio 1989: 63).
Su obra es una hábil combinación de una historia analítica que pretende ser pragmática, pero pese a que resulta indudable en su envergadura no deja de tener limitaciones o deficiencias. Esto se debe, en parte, a que el autor se planteó objetivos superiores que obviamente trascendían a la obra misma, por lo tanto, vistas así y en su contexto, las faltas parecen mínimas. Según Shotwell, tales deficiencias serían las siguientes:
• Se refiere a muchas guerras, pero siendo un hombre de letras, su conoci- miento sobre asuntos militares es deficiente;
• Aplica la crítica a sus fuentes, pero da la impresión de que lo hace de forma superficial;
• Su geografía es incorrecta y su sentido de los números es escaso; y, • En los razonamientos su estilo es enrevesado, además de excederse en la
utilización de los recursos de la oratoria como discursos y arengas que, como sabemos, le sirvieron lo mismo que en el caso de Tucídides para insertar sus argumentaciones (Shotwell 1982: 316 -317).
Otro historiador romano importante fue Tácito, de quien se conocen tres obras menores, pero que vistas en conjunto resultan importantes dentro de esta historiografía: Diálogo de los oradores, en la cual cuatro personajes discuten sobre la decadencia de la oratoria en la época imperial; Vida de Julio Agrícola, que era la biografía de su suegro y Germania, considerada ahora como una monografía etnográfica o especie de tratado histórico-geográfico, debido a que en ella el autor explica las costumbres y se refiere al medio ambiente de los pueblos germánicos con aparente criterio objetivo, pese a la actitud etnocéntrica romana de aquel entonces. Lo cierto es que contaba con unos cuarenta años de edad cuando empieza su tarea historiográfica y se ve inclinado a tratar sobre asuntos más bien particulares,
en un contexto de aparente calma política para Roma y cuando la historia sobre la etapa fundacional y heroica correspondiente a la construcción del poderío ro- mano ya había sido tratada. Aunque han llegado incompletos hasta nosotros, sus trabajos históricos mayores fueron los siguientes: Historias, obra constituida por catorce libros, a lo largo de los cuales narra la historia de Roma, desde la muerte de Nerón hasta el deceso de Domiciano y Anales, que abarca desde la muerte de Augusto hasta el fallecimiento de Nerón.
Consciente del interés de la sociedad de su época por los asuntos políticos y las intrigas cortesanas, declara que su historia debe referirse más a cuestiones de índole cotidiana, a diferencia de un Tito Livio, por ejemplo, y en este sentido tiene un punto de vista más realista. Al referirse a lo cotidiano, plantea una cuestión de la mayor trascendencia para la disciplina histórica: los temas que debe abordar el historiador no tienen que ser solo los más importantes en apariencia y sobre los cuales debiera conservarse el recuerdo, sino que los temas a tratar deberán ser también los supuestamente insignificantes, pues en ellos puede estar la clave o el germen de los grandes cambios y acontecimientos.
Tácito reserva el término «historia» a los relatos sobre su propia época, mientras que a su obra sobre el periodo anterior, es decir, desde la toma del poder por Tiberio hasta la muerte de Nerón, las llamó Anales. De esta manera tenemos clara la forma cómo se diferenciaba el relato histórico del analítico por aquel entonces. Distinción que sin duda identificaba a la historia con el tiempo presente del autor y, por ende, con su acceso a información directa, presencial y de primerísima mano.
Me doy cuenta de que muchas de estas cosas que he relatado, o que he de relatar, tal vez parezcan menudas e indignas de ser recordadas; pero nadie debe comparar mis anales con los escritos de quienes se ocuparon de la historia antigua del pueblo romano. Estos trataban de guerras importantes, de asedios de ciudades, de derrotas y capturas de reyes, o si trataban de asuntos interiores, se ofrecían a la libertad de sus digresiones, las discordias entre los cónsules y los tribunos, las leyes agrarias y del trigo, y las luchas entre patricios y plebeyos. Mi trabajo es ingrato y limitado. Una paz constante y poco alterada, calamidades en la capital, un emperador poco preocupado por extender sus dominios. Y sin embargo, no será infructuoso exa- minar estos acontecimientos, sin importancia a primera vista, de los cuales con frecuencia se originan grandes cambios (Tácito 1979: libro IV, cap. 32).
Tiene el autor estudiado muy claro el sentido pragmático de la historia e introduce la noción del «juicio de la posteridad», que gracias a la historia se podrá hacer sobre las acciones humanas del pasado y que servirá para orientar, prácticamente de manera coercitiva, el comportamiento de las siguientes genera- ciones hacia el bien «[…] el principal objeto de la historia es el de no silenciar las
virtudes y despertar el miedo a la reprobación de la posteridad para las acciones y los dichos malvados» (Tácito 1979: libro IV, cap. 32).
Durante los años 97 y 98 —época en la que escribió Agrícola y Germania— elaboró también Historias, obra que fue publicada fragmentariamente a partir del año 105 d. C. Aproximadamente en el año 115 publicó Anales, que comprendió dieciséis volúmenes. Utilizó fuentes escritas pero también testimonios orales, relatos sobre ciertos acontecimientos que se contaban con frecuencia, lo cual muestra su sensibilidad para captar la importancia de la memoria colectiva. Sin embargo, al confrontar sus fuentes, suele mostrar perplejidad frente a versiones contradictorias. Los testimonios que emplea son múltiples y variados: otros his- toriadores, los archivos del pueblo romano, las memorias de diversos personajes. Sobre este historiador se ha dicho que su importancia se debe no solo a su genio como artífice de la palabra y a su perspicacia en el análisis de los caracteres, sino al concepto elevadísimo que tiene sobre la historia.
Se tiene por cierto que durante el segundo siglo del Imperio el mismo se hallaba en boga, ya que entonces se estaba concediendo importancia a las indivi- dualidades, a la vez que había una gran inclinación por la retórica. Por esa causa Luciano, un estilista y poeta satírico de origen sirio, escribe alrededor del 120 al 180 en contra de esa desnaturalización de la historia. Hace también el deslinde, como antaño lo hiciera Tucídides, entre poesía e historia en un pequeño pero interesante escrito que titula Cómo debe escribirse la historia (Wagner 1958: 46). Cayo Suetonio es otro historiador romano de importancia, considerando que su principal aporte fue haber recuperado para la historiografía romana el género biográfico a través de su obra Los doce Césares, trabajo que vio la luz en el año 120 d. C. y en el que recogió, en ocho libros, la vida de los distintos emperadores romanos, desde Julio César hasta Nerva.
Para entender mejor la importancia del trabajo de Suetonio vamos a pro- curar mostrar su estructura y características (Wagner 1958: 336)13. Dedica uno
por uno los seis primeros libros a la vida de un emperador, es decir, a partir de César hasta Nerón; en el séptimo trata sobre los conflictos del año 69 y sus tres emperadores, y en el octavo se ocupa de los Flavios. Sabemos también que no dispuso los hechos de manera cronológica y que los puntos de vista políticos y las reflexiones generales ocupan poco espacio. Toda su obra muestra, sin embargo, una característica inesperada expresada en el hecho de que no manifiesta pretensión alguna por enseñar. De cualquier manera, no puede negársele profundidad en el tratamiento de los perfiles de sus personajes en la medida de que se ocupa de
muchos aspectos que le servirán para revelar mejor sus vidas y obras. Esa pudo haber sido la razón por la que puso especial interés en hacer el retrato físico y espiritual de los emperadores sin omitir nada, pero se recrea más en las deprava- ciones y anormalidades de sus personajes que en sus cualidades.
En cuanto al estilo, hay que llamar la atención acerca de que Suetonio dejó completamente de lado la retórica y con sencillez recogió muchas anécdotas y datos que hoy pudieran pasar por pintorescos, siempre en relación con sus bio- grafiados, por ejemplo —como lo anota Boissier— hace mención de los chistes que el personaje contaba o que se referían a él (Sánchez 1993: 43).
Su cargo en la corte imperial le permitió acceder a documentación original que, como en el caso de las cartas, empleó para ofrecer una visión más ajustada sobre las figuras políticas objeto de su obra.
Al revisar la obra de Plutarco14, denominada Vidas Paralelas, hay que advertir
que cultiva también el género biográfico y que su relato histórico tiene como meollo a los grandes hombres y sus caracteres, siendo el propósito de su obra hacer un paralelo entre griegos y romanos; en el entendido de que tales personajes suelen producir los grandes cambios en la historia, y además porque sus vidas y acciones obviamente repercutían en la vida pública y debían ser tomados como modelo, particularmente en el campo de la moral. Coincidió con Polibio en la idea de la orientación pragmática que debería tener la historia y de su indiscutible necesidad para los gobernantes. Si en Tucídides y Polibio la reflexión ético-política era el corolario, en Plutarco se constituye en el asunto central, por eso al dibujar el carácter de sus personajes a través de sus dichos y obras pretende ofrecer, a través de la historia, un espejo de virtudes para la reforma de las costumbres a la vez que aporta el método comparativo que contribuye a la profundización en el estudio de las realidades humanas (Sánchez 1993: 40).
El mismo autor explica y enfatiza su propósito cuando en relación a las bio- grafías de Alejandro y César dice lo siguiente:
Porque no escribimos historias, sino vidas; ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirve más para pintar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por lo tanto, así como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y de aquellas facciones en que más se manifiesta la índole y el carác- ter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros
14 Originario de Queronea en la región griega de Beocia cuando era parte del Imperio romano.
Se calcula que vivió entre los años 46 y 125 de nuestra era. Gobernó cierto tiempo a su ciudad natal y perteneció al círculo de los generales romanos de la familia Escipión.
concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujemos la vida de cada uno, dejando a otros los hechos de grande aparato y los combates (en Wagner 1958: 36).
Ha sido considerado un erudito pues utilizó mucho material de otros autores, aunque agregando también nuevos elementos. Otra afirmación corriente sobre este historiador es que muestra una «simpatía» que lo lleva a intentar «comprender a sus personajes». Este historiador hace gala de un estilo elegante y fluido y puede decirse que esas características dan forma a un relato ameno, aunque, si bien es cierto, tiende a dramatizar, quizá por la orientación moralizante que imprimió a su trabajo.
En este recuento acerca de la llamada gran historiografía romana menciona- remos a Flavio Arriano, quien debido a su origen y formación en griego escribió, entre otros trabajos: Historia de Bitinia, Diálogos con Epícteto, El periplo del Ponto
Euxino, lo mismo que Cinegético. Pero entre su producción histórica destaca Anábasis de Alejandro, que ha sido tenida como la obra más crítica de aquella
época sobre la vida y obra del mencionado personaje (Vidal-Naquet 1990: III y ss.). El hecho de que más cuatrocientos años separaban al autor de su tema de estudio permite reconocer que la madurez de la historiografía romana como ejercicio metódico de investigación la liberaban de una metodología basada en la inmediatez de la experiencia y del testimonio.
Tomando a Jenofonte como modelo, Flavio Arriano compuso sus trabajos haciendo gala de muy buen estilo. Al exponer las fuentes en las cuales basó su obra, manifestó que tanto Ptolomeo como Aristóbulo le merecen la mayor con- fianza, en el caso del primero por haber hecho la campaña con Alejandro y del segundo no solo por haberlo acompañado, sino porque siendo un monarca estaría impedido más que nadie de mentir. Consideraba también que al haber escrito ambos tras la muerte de Alejandro debería entenderse que no tenían razones para deformar la realidad.
Otro historiador de esta época es Pausanias, quien en su obra Periégesis de
Grecia describió sus lugares importantes, siendo su principal característica la
combinación de lo histórico con lo geográfico y etnológico.
Particular interés debe merecer el caso singular de Flavio Josefo, historiador judío finalmente afincado entre los romanos, de quien se ha dicho que fue el último y el más grande de los historiadores judíos, y que fue más un producto del mundo grecorromano que de los antecedentes directos de su propia cultura hebrea.
El último y el más grande de los historiadores judíos, Flavio Josefo, recuerda extraordinariamente a los últimos y más grandes de los historiadores de Egipto y de Babilonia - Asiria, Manethon y Beroso. Josefo también, como historiador, fue
más un producto del mundo greco - romano que de los antecedentes directos de su propia cultura nacional (Vidal-Naquet 1990: 174).
Establecido en Roma y en contacto estrecho con su corte, escribió en griego, es decir, para el mundo grecorromano Fue autor de varias obras, de las cuales se conocen cuatro: La Guerra de los Judíos (escrita entre el 75 y el 79 d. C.), Anti-
güedades Judías, Autobiografía y Contra Apión, trabajo que fue una defensa de las
fuentes históricas y métodos judíos, así como una respuesta a cierto antisemitismo desarrollado en el ambiente griego y latino de entonces.
Como hemos dicho, su primer trabajo fue La Guerra de los Judíos —también conocido como Los siete libros de la Guerra de los Judíos—, centrado en la narración de la sublevación judía contra los romanos. Abarcaba desde la época de Nerón hasta el gobierno de Tito. Se tiene por cierto que escribió esta obra por encargo de este último, quien la habría leído antes de su publicación. La obra estaba dividida en siete libros: en los dos primeros relata la historia del pueblo judío, desde la captura de Jerusalén por Antioco Epiphanes hasta la guerra del año 67 d. C. En esta parte se habría basado en historiadores anteriores como Nicolás de Damasco y, para componer el resto de la obra, utilizó fuentes contemporáneas y acudió a su propia experiencia. Todo esto ha hecho que los historiógrafos la hayan considerado como una obra bien trabajada (Shotwell 1982: 166).
Los naturales tienen, las bocas abiertas y aparejadas para pleitos para esto tienen sueltas las lenguas, pero para la historia, en la cual han de contar la verdad y han de recoger todo lo que pasó con grande ayuda y tramo, en esto enmudecen, y