Chapter 5 Status of the PhD Work and Concluding Remarks
A.5 Planned Future Publications
Creemos posible sostener que, historiográficamente hablando, el cristianismo ejer- ció la influencia para que se produjeran los cambios mencionados en el parágrafo anterior, puesto que el pensamiento cristiano significó una verdadera transforma- ción de la visión del mundo. Es a partir de esa nueva cosmovisión que el hombre cristiano del medioevo obtendrá respuesta para las preocupaciones del hombre antiguo. Por ejemplo, aparece la noción de la creación ex-nihilo —creación de la nada— y, aunque como en el mundo antiguo interviene lo sobrenatural —más precisamente lo divinal—, está claro también que el hombre adquiere respon- sabilidad individual sobre la base de la idea del libre albedrío, ya que: «[...] la civilización romano-cristiana sintetiza el aporte cultural judío a la cultura clásica
romana, y establece las bases sobre las cuales se desenvolverá la vida intelectual europea hasta el Renacimiento» (Rama 1989: 20).
Otro aporte del cristianismo al pensamiento es la noción de «revelación», y así el plan de Dios se muestra o «se revela» a los hombres a través de lo simbólico y alegórico. La historia pesa como un peregrinaje obligado hacia la salvación, Cristo se coloca al centro de la historia humana y la misma adquiere un carácter lineal, que va desde la creación hasta la escatología final, pasando por el Apocalipsis o fin de la historia. Puede decirse también que, en general, la ciencia estaba llamada a descubrir la verdad revelada. La interpretación cristiana de la historia no solo precede a la interpretación del tiempo, sino que, además, la historia es concebida como portadora de significado, existiendo una reciprocidad entre el tiempo y la historia a partir de Cristo, quien orienta el pasado y el futuro. Es decir, que resulta determinante para ordenar todos los tiempos. Por lo tanto, al ser el cristianismo una religión histórica se produce la unión entre historia sagrada y profana.
Podemos considerar como parte de los cambios que dan forma a la histo- riografía medieval durante los primeros ocho siglos de nuestra era a la patrística, término que actualmente alude a la ciencia que tiene por objeto el conocimiento de la doctrina, obras y vidas de los llamados padres de la Iglesia católica2.
En todo caso, debemos indicar que el estudio de los escritos de los padres de la Iglesia ha sido generalmente conocido en Inglaterra como «patrística» o como «estudios patrísticos». Algunos escritores, principalmente en Alemania, han dis- tinguido entre patrología y patrística. Es el caso de Fessler, por ejemplo, quien en su obra Institutiones Patrologiae, publicada en Innsbruck en 1851, definió a la patrología como la ciencia que provee todo lo necesario para el uso de los trabajos de los padres, considerando, por lo tanto, su autoridad, los criterios para juzgar su autenticidad, las dificultades que se encontraron en ellos y las reglas para su uso. Asimismo, describe a la patrística como la ciencia teológica que ve todo lo que concierne a la fe, moral o disciplina que se recoge y clasifica en los escritos de los padres. Otro significado de la palabra patrología alude a la recopilación de los trabajos completos de los padres, tal como se desprende de los títulos de las grandes colecciones publicadas por el abate Migne, es decir, Patrología Latina en 221 volúmenes y Patrología Griega en 161 volúmenes3.
2 El título de «padre de la Iglesia» se aplica, en sentido estricto, a quienes se considera tuvieron
una vida santa y que enseñaron a través de escritos caracterizados por su antigüedad, ortodoxia doctrinal y aprobación de la Iglesia sea de manera explícita o tácita. En cambio, son «doctores de la Iglesia» quienes, independientemente de su antigüedad, han sido expresa y oficialmente decla- rados como tales por la suprema autoridad eclesiástica debido a su vida ejemplar, su docencia de la doctrina y poseer además el dominio eminente de una ciencia.
La historiografía cristiana de la Antigüedad tardía configuró, como hemos insinuado, una historia sagrada asociada directamente o entrelazada con la historia humana. La historia sigue siendo considerada maestra de vida, pero a diferencia de lo que sucedía en el periodo clásico, la historia debería servir de guía no solo a los sectores cultos, sino a toda la población en su camino hacia la salvación. Llama la atención que a pesar de que se apele a la Biblia con criterio de autoridad, no se deje de lado a los clásicos, fenómeno que inclusive será más notorio siglos después, con la aparición del Humanismo y el Renacimiento. Por eso afirmamos que la cultura occidental fue marcada por el cristianismo, pero mantuvo un meollo de tradición de la cultura de la Antigüedad.
Se mira al curso de la historia como una suerte de un gran drama que se inicia con Adán y Eva y su caída. La humanidad participa del mismo y en el curso de la historia universal se decide el destino de la humanidad y de la salvación de cada individuo. Si bien el cristianismo admite la evolución y el cambio, también admite el providencialismo, es decir, la mano de Dios orientando a través de señales el accionar libre del hombre.
De esta manera, en la historiografía cristiana se contemplarán las nociones de: • Universalidad, es decir, que el mundo es todo el orbe porque en él habitan
los hombres y en ese sentido su relevancia está por encima de cualquier división política cuando se contempla desde la perspectiva de la salvación. Este concepto está asociado también a la idea de ecúmene;
• Providencialismo, en tanto se considera que el mundo está preordenado por Dios que, sin embargo, da cabida al accionar libre del hombre. Pero de todas maneras se considera el accionar de Dios, quien a través de ciertos signos o manifestaciones señala a los hombres un camino hacia su salvación eterna. Una Providencia rectora que orienta;
• Progreso, que es entendido como el camino ascendente hacia la salvación, tránsito desde las tinieblas a la luz; y,
• Escatología, es decir, un conjunto de ideas y creencias relacionadas a la vida después de la muerte: la vida eterna, el fin del mundo —del tiempo y de la historia—.
Según la visión cristiana del mundo y su concepto de tiempo se establece la diferencia entre tiempo terrestre y eternidad. En hombre desenvuelve su vida de manera contingente en el primero, pero se orienta hacia el segundo. Se entiende que todo lo ocurrido antes de Cristo fue una preparación para su advenimiento, que abría el camino hacia la salvación eterna. Lo posterior a su llegada al mundo y al acto redentor explica y es consecuencia de esa venida de Cristo, por lo que
surge un parámetro cronológico universal: antes y después del nacimiento de Cristo, conforme lo propuso San Isidoro en el siglo VII.
De la época del tránsito entre la cultura antigua y medieval veamos, en primer lugar, el caso de Eusebio de Cesarea, quien escribió durante la época de Constan- tino partiendo de la noción de que la historia era el triunfo de Cristo entre los hombres. Una de sus obras fue Crónicas, que es más bien la historia universal de griegos y bárbaros. Abarca desde Abraham a Constantino y tomó como modelo la obra de Diógenes Laercio Vidas de los filósofos escrita en el siglo III d. C.
Para poder establecer una cronología tomó como referencia hechos como el nacimiento de Abraham, las Olimpiadas y la fundación de Roma. Utiliza criterios sincrónicos que son los que justamente le permiten relacionar la historia sagrada con la profana y emplea además cuadros sinópticos o tablas para mostrar esa sincronía, estableciendo paralelos entre los acontecimientos de ambas historias. No hay que olvidar que gracias a estas propuestas la obra de Eusebio se tuvo como modelo historiográfico durante la Edad Media.
La Crónica comprendía dos partes: «Cronografía», donde pretendía resumir la historia universal a través de extractos de las fuentes consultadas y «Cánones cronológicos», compuesta por un conjunto de tablas cronológicas a las que suma- ba sus comentarios. Para presentar en orden el curso histórico utilizó el método de tomar como referente principal a la cronología bíblica, arrancando desde la creación y haciendo un paralelo con los diferentes sistemas cronológicos de los pueblos antiguos: caldeos, griegos, romanos, etcétera.
Pero es su Historia Eclesiástica o Historia de la Iglesia Cristiana, escrita en griego, la que convierte a Eusebio en el padre de la historia de la Iglesia, pues en esta obra, que abraza la historia que discurre entre Cristo y Constantino, se ha observado la presencia de todas las características de la historiografía cristiana. Además, llama la atención por el hecho de que describe la vida religiosa y se refiere a numerosos sucesos y personas muchas veces de poca importancia, de esta manera rompe el molde de la historiografía de la Antigüedad centrada en los grandes personajes y la vida política. También escribió Onomasticón, que es más bien una lista ordenada alfabéticamente de los lugares mencionados en las Sagradas Escrituras, debiéndose llamar la atención sobre el hecho de que para Eusebio y, en general para los historiadores cristianos de fines del periodo antiguo y comienzos de la Edad Media, la Biblia es una fuente histórica. Eusebio explicaba así los propósitos y características de su Historia Eclesiástica:
Es mi propósito consignar las sucesiones de los santos apóstoles y los tiempos transcurridos desde nuestro Salvador hasta nosotros; el número y la magnitud de los hechos registrados por la historia eclesiástica y el número de los que en ella sobresalieron en el gobierno y en la presidencia de las iglesias más ilustres, así
como el número de los que en cada generación, de viva voz o por escrito, fueron los embajadores de la palabra de Dios; y también quiénes y cuántos y cuándo, sorbidos por el error y llevando hasta el extremo sus novelerías, se proclamaron públicamente a sí mismos introductores de una mal llamada ciencia y esquilma- ron sin piedad, como lobos crueles, al rebaño de Cristo; y además, incluso las desventuras que se abatieron sobre toda la nación judía en seguida que dieron remate a su conspiración contra nuestro Salvador, así como también el número, el carácter y el tiempo de los ataques de los paganos contra la divina doctrina y la grandeza de cuantos, por ella, según las ocasiones, afrontaron el combate en sangrientas torturas; y además los martirios de nuestros propios tiempos y la pro- tección benévola y propicia de nuestro Salvador. Al ponerme a la obra, no tomaré otro punto de partida que los comienzos de la economía de nuestro Salvador y Señor Jesús, el Cristo de Dios.
Mas, por esto mismo, la obra está reclamando comprensión benevolente para mí, que declaro ser superior a nuestras fuerzas el presentar acabado y entero lo prometido, puesto que somos por ahora los primeros en abordar el tema, como quien emprende un camino desierto y sin hollar. Rogamos tener a Dios por guía y el poder del Señor como colaborador, porque de hombres que nos hayan precedido por nuestro mismo camino, en verdad, hemos sido absolutamente incapaces de encontrar una simple huella; a lo más, únicamente pequeños indicios en los que, cada cual a su manera, nos han dejado en herencia relatos parciales de los tiempos transcurridos y de lejos nos tienden como antorchas sus propias palabras; desde allá arriba, como desde una atalaya remota, nos vocean y nos señalan por dónde hay que caminar y por dónde hay que enderezar los pasos de la obra sin error y sin peligro.
Por lo tanto, nosotros, después de reunir cuanto hemos estimado aprovechable para nuestro tema de lo que esos autores mencionan aquí y allá, y libando, como de un prado espiritual, las oportunas sentencias de los viejos autores, intentaremos darle cuerpo en una trama histórica y quedaremos satisfechos con tal de poder preservar del olvido las sucesiones, si no de todos los apóstoles de nuestro Salvador, siquiera de los más insignes, que aún hoy en día se recuerdan en las Iglesias más ilustres. Tengo para mí que es de todo punto necesario el que me ponga a trabajar este tema, pues de ningún escritor eclesiástico sé, hasta el presente, que se haya preocupado de este género literario. Espero, además, que se mostrará utilísimo para cuantos se afanan por adquirir sólida instrucción histórica.
Ya anteriormente, en los Cánones cronológicos por mí redactados, compuse un resumen de todo esto, pero, no obstante, voy en la obra presente a lanzarme a una exposición más completa.
Y comenzaré, según dije, por la economía y la teología de Cristo, que en eleva- ción y en grandeza exceden al intelecto humano. Y es que, efectivamente, quien se ponga a escribir los orígenes de la historia eclesiástica deberá necesariamente
comenzar por remontarse a la primera economía de Cristo mismo -pues de Él precisamente hemos tenido el honor de recibir el nombre- más divina de lo que a muchos puede parecer (Eusebio 1973: 349).
Destaca en la obra de Eusebio su sentido de universalidad nuevo, en tanto es propio del pensamiento cristiano, ya que no está referido a un centro geográfico- político; «el pueblo de Dios» estaba en todo el orbe de manera real o, por lo menos, potencialmente. Asimismo, su permanente apelación a la cronología, a nuestro juicio, marca el peso de la tradición antigua. Las fuentes de este autor son variadas: la Biblia, autoridades —historiadores anteriores— que conforman un aparato crítico minucioso, aunque efectúa interpolaciones. Entre sus obras también debe mencionarse Vida de Constantino. Eusebio era un hombre de acción, hábil para observar a la sociedad y un fervoroso y comprometido creyente. Percibe la existen- cia diferenciada de una historia sagrada y otra profana marchando entrelazadas. Pero insistimos, la figura de Cristo es la base de la comprensión histórica que significa además toda una renovación frente al mundo pagano antiguo.
Pero es San Agustín, considerado como la figura más importante de la patrís- tica, quien representa el cambio entre el hombre antiguo y el cristiano. En efecto, vivió en medio de la crisis ocasionada por la caída de Roma a manos de los visi- godos, pero, además, su propia conversión al cristianismo y su trabajo intelectual muestran al hombre que vivió en un periodo de grandes transformaciones. Debe recordarse que en los primeros siglos de la era cristiana se advierte una oposición o desconfianza profunda hacia el conocimiento especulativo y científico asociado al saber pagano. Las Sagradas Escrituras se constituyeron en la fuente principal de sabiduría, necesaria para los fines de la salvación. En consecuencia, la ciencia era un saber profano y fuente de distracción.
San Agustín es tenido como un excelente representante de la unión entre el platonismo —o más bien neoplatonismo— y el cristianismo, así como el gran teórico de la historia cristiana, pues en efecto rechazó la idea de que el ideal de la humanidad consistía en oponerse al cambio. Entiende que la historia humana fue una cadena sin significado hasta que la Encarnación vino a darle un sentido, y que la historia de la que llama la ciudad terrestre es similar a la evolución de un organismo único, de un cuerpo individual. No fue un historiador pero pro- porcionó mediante la arquitectura de su pensamiento los planes según los cuales había de escribirse la historia y además aporta reflexiones importantes que se ligan a la misma. Por ejemplo, su concepción del tiempo que emana de una parte de sus Confesiones. De hecho, a partir de su idea de tiempo se desprende algo fundamental en su visión acerca de la historia: el pasado no puede ser conocido y solo la confianza, la fe en aquel que ha sido testigo permite alcanzar lo pretérito. Sobre el particular dice Alarco:
Ha quedado, pues, en claro que no puede decirse propiamente que los tiempos sean tres, pretérito, presente y futuro. Acaso se diría con propiedad que son tres, presente de las cosas pretéritas, presente de las presentes, presente de las futuras. Todos ellos existen de alguna manera en el alma: el presente de las pretéritas en la memoria, el presente de las presentes en la visión —nosotros diríamos “en la percepción”—, el presente de las futuras en la expectación (Alarco 1966: 29)4.
Para San Agustín todo conocimiento, incluyendo el histórico, emana de las Sagradas Escrituras o debe estar refrendado en ellas, ya que considera que todo lo que en ellas se dijo se cumple infaliblemente.
Como se sabe, en su Ciudad de Dios, escrita entre el 410 y el 4285, buscó
rebatir las acusaciones que los grupos filosóficos contemporáneos hacían al cris- tianismo, en particular porque se le achacaba responsabilidad por la caída del Imperio romano. Con el propósito de levantar dichos cargos, San Agustín trató los temas históricos como argumentación de descargo. Así, de los veintidós libros en los que dividió esta obra, los últimos doce estuvieron dedicados a la parte his- tórica, cuyos límites son peculiares, pues abarcan el pasado y el futuro —desde la creación hasta el fin de los tiempos—. Cuatro capítulos son empleados para explicar el origen de dos ciudades que coexisten: la ciudad de Dios y la ciudad terrena, puesto que para San Agustín el hombre se mueve entre dos naturalezas opuestas: la bestial y la angelical, y producto de esa tensión y su resolución en el ejercicio de su libertad, el ser humano configura su propio destino. La Ciudad
de Dios es en buena cuenta una verdadera teología de la historia. Utiliza textos y
aportes clásicos y del cristianismo anterior a él. De esta forma, el pensamiento de San Agustín resultó de enorme influencia no solo en su época sino cientos años después. Entre otras cosas plantea que:
• La razón dejada a su libre albedrío era ciega y recibía la luz de la fe; • El mal consistía en el apartamiento de Dios, que a la vez significaba un
distanciamiento del ser y de la realidad y era posible por el mal empleo del libre albedrío;
• En cuanto a la experiencia sensible y la sabiduría había que ascender desde lo sensible hasta el saber, para luego justificar el primero por el segundo; y, • La verdadera felicidad se alcanza en el conocimiento de Dios (Lévinas
1996: 80-81).
4 Véase también Lévinas (1996: 80); Shotwell (1982: 388) y Lozano (1994: 31).
5 Escribió también Confesiones y De pulchro et apto (Sobre lo bello y lo adecuado), obra perdida
En la obra de San Agustín, lo mismo que en la de Eusebio, subsisten importan- tes elementos del pensamiento político antiguo y, en materia de historiografía, los métodos tradicionales de los clásicos se adaptan para tratar los hechos de una nueva época. Aquella que se remonta a San Agustín se caracteriza por su psicologismo. Aprovecharemos para anotar de paso que el concepto cristiano del tiempo en el Antiguo Testamento supone que el curso temporal es vivido como un proceso escatológico, ya que la espera del advenimiento del Mesías es el acontecimiento central en el que se resuelve el drama de la historia. Compartiendo dicha idea, el Nuevo Testamento renovó completamente el concepto del tiempo y entonces queda clara su diferencia respecto a la noción de eternidad, la cual no será ya