Las nubes se estrenó veinticinco años antes del juicio de Só
crates, y Las aves dieciocho. Aristófanes y otros poetas có micos, en diferentes fragmentos, muestran que su inconfor mismo político, filosófico y religioso era notable. Sócrates no trabajaba en la clandestinidad. No era un disidente temeroso que produce samizdat —como lo llaman los soviéticos— para que circule bajo mano o se publique en el extranjero. Sus opi niones podían escucharse «en cualquier esquina»: en lapalaes-
tra, donde se entrenaban los atletas jóvenes, o en la plaza del
mercado. Los atenienses se podían reunir con toda libertad y en cualquier lugar para escucharle. El KGB —o el FBI o la CIA— no tenían que controlar su teléfono para conocer sus opiniones; aunque semejantes instituciones existían en otras partes de la Grecia antigua, no existían en Atenas. Sabemos, por muchas fuentes, que Esparta tenía una krypteia o policía secreta, entrenada no sólo para espiar a los «engreídos» helots sino también para asesinar rebeldes potenciales y revoltosos.1
Parece que el espionaje político se desarrolló tempranamen te en las nacientes tiranías de las ciudades-estado griegas, tipo Siracusa, en la que durante algún tiempo Platón esperó con venir a su amigo, el tirano Dionisio II, en un modelo de «rey filósofo». Nos cuenta Aristóteles que uno de los predecesores de Dionisio, Hierón, usaba agentes provocadores y espías para descubrir «cualquier comentario casual o acción» que indicara
disconformidad. Se enviaba unas mujeres llamadas «oídos de lince» «a cualquier parte donde hubiera una reunión o confe rencia». Su misión no sólo consistía en informar sobre los co mentarios peligrosos, sino también, y gracias a su presencia co nocida o sospechada, inhibir las críticas al régimen. «Cuando los hombres tienen miedo de esta clase de espías», observa Aris tóteles, «tienen cuidado con sus lenguas».2 Las lenguas se mo vían libremente en Atenas, y ninguna era tan libre como la de Sócrates.
El equivalente ateniense de la prensa libre era el teatro. Los poetas cómicos eran los «periodistas» que proporcionaban el cotilleo malicioso y picante, y castigaban los errores de los car gos públicos. La mayor parte de su prodigiosa producción ha desaparecido. Las únicas comedias completas que han sobre vivido son las de Aristófanes. Sócrates figura en cuatro de ellas, y tenemos fragmentos de otros cuatro poetas cómicos que nos informan sobre la apariencia y extrañas ideas de Sócrates.3 Sa bemos que Sócrates era el protagonista de otra obra de teatro perdida, el Connos, de un poeta cómico llamado Amipsias. És tas son las únicas referencias que tenemos de Sócrates durante su vida.
Pero el hecho de que Sócrates fuera el blanco favorito de los poetas cómicos, no quiere decir que estuviera desacredita do. Por el contrario, esto era un reflejo de su fama y popula ridad. A los atenienses les gustaban los excéntricos y disfru taban con los chistes a costa de sus más altos dignatarios. Los poetas cómicos se atrevieron incluso con el Pericles olímpico, con su amiga, la intelectual Aspasia, y con su distinguido cír culo de infatuados intelectuales. Pero aunque Pericles inspirara chistes obscenos y vulgares comedias no impidió que los ate nienses lo reeligieran tan a menudo, que Tucídides se refiere a él como virtual monarca. El sucesor de Pericles, Cleón, aunque llamado demagogo, o líder popular, también era un buen blan co, y esto tampoco fue un obstáculo para su reelección.
El propio Sócrates, como ya hemos visto, tenía un gran sen tido del humor y a menudo se burlaba de sí mismo. Es impro bable que no pudiera aceptar una broma a sus expensas. Hay una historia que se ha conservado en los ensayos de Plutarco, las Mor alia, en la que se pregunta a Sócrates si está enfadado
con Aristófanes por su manera de tratarle en Las nubes. Só crates contesta: «Cuando en el teatro hacen una broma sobre mí, me siento como si estuviera en una gran fiesta, rodeado de buenos amigos».4 En efecto, en El banquete, uno de los diá logos más encantadores de Platón, encontramos a Sócrates y Aristófanes retratados en conversación alegre y amistosa.
Sin embargo, en la Apología Sócrates parece atribuir a los poetas cómicos el origen de los prejuicios que existen contra él. Casi al principio de su defensa, Sócrates dice que, mucho antes de que se le hicieran las acusaciones que ahora tiene que afrontar en su juicio, ha estado asediado por un enjambre de acusaciones difamatorias. Sócrates dice que nunca ha sido capaz de hacerles frente y refutarlas ya que los acusadores eran anó nimos, de manera que «ni siquiera es posible citarles aquí», es decir, en el estrado ante el tribunal, «para interrogarles». De modo que estaba forzado, se queja Sócrates, «a luchar abso lutamente con sombras y a interrogar cuando nadie responde». «Ni siquiera es posible», dice Sócrates, «conocer y decir sus nombres, excepto cuando uno de ellos resulta ser un escritor de comedias». Pero esto es ambiguo; se puede interpretar, y así se hace generalmente, como una referencia a Aristófanes y Las
nubes. Pero también podría significar «a cualquiera que resul
tara ser un escritor de comedias».
Sócrates dice que estas primeras acusaciones «ya las escu chasteis, la mayoría de vosotros, durante la infancia».5 Esto no era exageración. Los niños también iban al teatro, y sabemos, por las fechas de estreno, que las primeras parodias de Sócrates aparecieron en el año 423 a. J.C ., cuando muchos de sus jueces todavía eran niños. Aquel año, en el festival anual de la ciudad de Dionisia, se estrenaron dos comedias sobre Sócrates y ambas ganaron premios —el segundo premio para el Connos de Amip- sias, y el tercero para Las nubes.
Sólo tenemos dos fragmentos del Connos, pero sus chistes sobre Sócrates debían parecerse a los de Las nubes en los que Sócrates presidía un phrontisterion —«un lugar para pensar». El Connos, de igual modo, tiene un coro de phrontistai o «pen santes». Nadie está seguro de lo que significa el título Connos, pero había un verbo, konnein, que quiere decir «saber». Lo mismo que Las nubes, el Connos era una sátira de los intelec
tuales, así pues, quizás significaba el «pensador» o «el que sabe».
Un tercer poeta, Eúpolis, parece haber hecho un chiste pa recido. En un fragmento que ha sobrevivido hay una referencia a Sócrates que juega con el verbo phrontizein —pensar, o con templar—. «Sí», hace decir Eúpolis a uno de sus personajes, «yo odio a Sócrates, a ese pobretón, a ese saco de viento, que
contempla todas las cosas de este mundo y no sabe de dónde
le vendrá su próxima comida». No conocemos ni el título ni el tema de este fragmento de comedia, pero Ferguson, de la Open University de Inglaterra, a cuyo libro de fuentes sobre Sócrates debemos esta traducción, observa que en una antigua nota al margen de Las nubes se dice «que, aunque Eúpolis no introduce a menudo a Sócrates [en sus comedias], le vapulea mejor que Aristófanes en su comedia Las nubes»}
El genio y el amor de Platón convirtió a Sócrates en un san to secular de nuestra civilización occidental. Pero los fragmen tos y piezas que han sobrevivido de la Antigua Comedia, como se la llamaba en la Atenas del siglo v, indican que para sus con ciudadanos hacía tiempo que se le consideraba un extravagante, un encantador-excéntrico, un «personaje» de la ciudad. Así es como le veían sus contemporáneos, y no como le vemos no sotros a través de la niebla dorada de los diálogos de Platón. El humor de la Antigua Comedia es rudo y obsceno, poco ade cuado para pedantes y beatos. Es el primer antepasado de Minsky. Los mismos tipos, las mismas parodias y chistes sucios que recuerdo haber visto en mi juventud, de manera semifur- tiva, en los espectáculos de revista de Estados Unidos, los he vuelto a encontrar en las páginas de Aristófanes; hasta los mis mos gestos obscenos, como por ejemplo el dedo de en medio extendido hacia arriba.
Pero sólo un pedante sin sentido del humor puede creer que las tomaduras de pelo de los poetas cómicos llevaron al juicio de Sócrates. Cuando Eúpolis le describió como un hombre que «contemplaba» todo pero no sabía dónde iba a conseguir su próxima comida, fue vulgar y un poco cruel —como sucede tan a menudo con el humor—, pero ciertamente no era motivo su ficiente para un proceso criminal. Echar la culpa a los poetas cómicos de la suene de Sócrates es como echar la culpa de la
derrota de un político actual al mal trato que ha recibido de un dibujante de historietas.
En la Apología, Sócrates se refiere por dos veces al retrato que de él mismo se hace en Las nubes. Sócrates dice que, «en la comedia de Aristófanes», sus jueces han visto cómo «llevaban a Sócrates por ahí, caminando por las nubes». Pero los filó sofos, en cualquier época, parecen a menudo que «andan por las nubes». Sócrates exagera cuando compara esto con llamarle «criminal y entrometido». Aristófanes estaba haciendo un chis te, no una acusación criminal.
Sócrates se queja también de que la poesía cómica ha in ducido a sus jueces, desde niños, a la visión «de cierto Sócrates, como un hombre sabio, un hombre que reflexiona sobre las cosas del cielo y de la tierra y que convierte el argumento más débil en el más firme». Esos, dice Sócrates, «son mis enemigos más peligrosos».
Pero no hay memoria de nadie que haya sido perseguido en Atenas por lo que los poetas cómicos hayan dicho de él. Si se hubieran tomado en serio sus chistes, la mayor parte de los hombres de Estado hubieran terminado en la cárcel. Esto no sólo era verdad en el siglo v, el de Sócrates, sino también en el siglo iv, de Platón, cuando él también fue el blanco del humor de la comedia contemporánea.
En los escritos platónicos, Sócrates se queja de que sus con ciudadanos piensen que los que reflexionan sobre «las cosas del cielo» y «las cosas de la tierra» son librepensadores que «ni si quiera creen en los dioses».7 Sócrates se queja de que semejantes calumnias le han desacreditado. Pero el público ateniense, como sabemos por los diálogos platónicos, acudía en tropel —y pagaba bien— para escuchar la exposición de los radicales pun tos de vista de los filósofos librepensadores y sofistas proce dentes de toda Grecia.
En cuanto a la acusación de incredulidad, los atenienses es taban acostumbrados a que el teatro cómico y trágico tratara irrespetuosamente a los dioses. Durante los dos siglos anterio res a Sócrates, los filósofos habían estado poniendo las bases de la ciencia natural y la investigación metafísica. Su gigantesca exploración del pensamiento libre todavía nos impresiona cuan do estudiamos atentamente los fragmentos de los llamados pre
socráticos. Casi todos los conceptos básicos de ciencia y filo sofía se pueden encontrar allí en embrión. Fueron los primeros en hablar de la evolución y del átomo. En el proceso, los anti guos dioses más que destronados, fueron degradados, ignora dos. Se les redujo a fábulas venerables o personificaciones me tafóricas de las fuerzas naturales y de las ideas abstractas.
Esos filósofos eran racionalistas y casi nunca se preocupa ron por lo que llamamos «teología». Hasta el término les era desconocido. En efecto, no aparece en griego hasta un siglo después de Sócrates. La palabra theologia —tratado sobre los dioses— aparece por primera vez en La República cuando Pla tón explica lo que se permite, en su utopía, decir a los poetas sobre el divino poder.® En su sociedad ideal se hubiera casti gado a Sócrates por desviarse de la theologia establecida por el Estado, pero no en Atenas.
Las deidades olímpicas de Homero y Hesíodo se habían re ducido en significado y estatura ante las fuerzas naturales y las abstracciones inmateriales que los presocráticos identificaban como los motores primarios del Universo. En el drama cósmico se relegó a los dioses a un papel secundario. Cuando alguno de esos primeros librepensadores se ocupó de la naturaleza de los dioses, el resultado fue demoiedor. En nuestra Biblia, Dios creó al hombre a su semejanza. Pero Jenófanes, un siglo antes de Sócrates, dio la vuelta a esta concepción antropomórfica, afirmando que los hombres crearon a los dioses a su semejanza. Jenófanes observó que los etíopes tenían dioses con «narices chatas y pelo negro rizado», mientras que los tracios adoraban dioses con «ojos grises y pelirrojos», como ellos mismos. Aña dió que si los bueyes, los caballos y los leones tuvieran manos y pudieran tallar imágenes, también adorarían dioses a su pro pia semejanza. Jenófanes incluso se atrevió a criticar a Homero y a Hesíodo, las dos «biblias» de la religión griega tradicional. «Ellos», escribió, «han narrado todas las posibles debilidades de los dioses: robo, adulterio y engaño mutuo».9 Esto se parece bastante a la queja de Platón cuando propuso censurar a los poetas.
Jenófanes parece ser una especie de panteísta. Platón reduce a los dioses olímpicos a una existencia insignificante y gris en algún lugar entre la Tierra y la estratosfera de sus Ideas Eternas.
Pero por sus‘declaraciones irreligiosas, ni Jenófanes en el siglo vi, ni Platón en el siglo v, fueron nunca conducidos por la fuer za a un tribunal.
El politeísmo era, por su misma naturaleza pluralista, am plio y tolerante, abierto a dioses nuevos y nuevas visiones de los antiguos. Su mitología personificaba las fuerzas naturales y se podían adaptar con facilidad, por medio de la alegoría, a los conceptos metafísicos. Eran los dioses antiguos con nueva apa riencia e imponían una reverencia nueva pero similar.
El ateísmo era poco conocido y de difícil comprensión para un pagano, porque él veía la divinidad en todas partes, no sólo en el Olimpo sino en el hogar de la chimenea y en la piedra- mojón, que eran también divinidades, aunque de clase inferior. Se podía adorar a Zeus, en la misma ciudad y en la misma épo ca, bajo la apariencia de un inmoral libertino dominado y en gañado por J uno, o como la J usticia divinizada.
Finalmente, no fueron los puntos de vista filosóficos o teo lógicos, sino los políticos, la causa de los problemas de Sócra tes. La discusión de sus opiniones religiosas distrae la atención de las cuestiones reales. En ningún lugar de la Apología men ciona Sócrates los chistes sobre su simpatía por Esparta y la juventud partidaria de Esparta, que le idolatraba y le imitaba. Nuestro problema es: ¿qué sucedió para que esos viejos chistes políticos empezaran a no resultar tan divertidos?