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Chapter 6: Data organisation, preparation and coding

6.3 Coding the data

4.1.- Los primeros homínidos.

Antes de analizar si es compatible la creencia en la existencia de un Dios creador,

personal y providente con el hecho de la evolución biológica, tal como lo expone la teoría científica de la evolución de los seres vivos (tema que abordaremos en los capítulos VI y VII), así como la opinión de Charles Darwin

–padre de la teoría de la evolución por selección natural junto a Alfred Russell Wallace– en materia de religión (una cuestión que analizaremos en el siguiente capítulo), veamos qué es lo que sostiene la teoría de la evolución y cuál es el estado actual del conocimiento científico en relación al origen y evolución del hombre.

Ya hemos expuesto en otros lugares cuál fue el origen histórico de la teoría de la

evolución y cómo ha sido su desarrollo a lo largo del siglo XX67. Ahora nos centraremos exclusivamente, y de un modo muy sintético, en qué es lo que sabe hoy la ciencia acerca del origen biológico del hombre, así como de su evolución.

Al igual que los usuarios de un pc guardan sus archivos afi - nes (los de música, por ejemplo) en una carpeta genérica, los biólogos clasifican a los seres vivos en grupos según las simi- litudes que presentan, como podría ser el caso de las semblanzas

anatómicas. Dichos grupos se llaman taxones y la rama de la bilogía encargada de realizar esta tarea es la taxonomía. De este modo, y simplificando mucho, los seres humanos que vivimos actualmente pertenecemos al género Homo, especie sapiens y subespecie

sapiens. Nuestro género, a su vez, pertenece a la familia Hominidae, y nuestra familia biológica está comprendida dentro de la superfamilia Hominoidea. En la familia

homínida se incluyen géneros ya extinguidos como es el caso del de los australopitecos o el de los parántropos, dos de los grupos más próximos a los humanos. Y dentro de la superfamilia hominoidea se incluyen géneros de hominoideos ya extintos, como pueden ser Samburopithecus o Procónsul; así como géneros con representantes que aún viven, como: Gorilidae (gorilas) y Panidae (chimpancés); también se incluyen a los grandes antropomorfos asiáticos como los gibones, los siamang y los orangutanes.

Es lógico que el hombre esté englobado en los taxones (el equivalente en biología a las mencionadas carpetas del ordenador) más cercanos a los chimpancés y a los gorilas, así como a

67 Cfr. Marmelada, Carlos A.: Evolucionismo. ¿De dónde venimos?; www. digitalreasons.es, 2014.

los otros grandes antropomorfos, tanto actuales como extintos. Y la razón es muy simple: porque nos parecemos más a ellos anatómicamente, genéticamente y molecularmente que a otros seres vivos, como pueden ser las lagartijas, los cangrejos o las palomas.

Hoy se calcula que la historia de nuestra familia biológica empezó hace unos siete millones de años, pues, al parecer, fue entonces cuando se consumaron las

transformaciones morfológica que dieron lugar a los primeros homínidos. Según el registro fósil, en esa fecha se pusieron en marcha las primeras innovaciones anatómicas que nos caracterizan físicamente en la actualidad: el bipedismo como medio de

locomoción, la reducción del tamaño de los caninos, el aumento del esmalte dental, la liberación de las extremidades superiores como elementos locomotores, así como la yuxtaposición de la yema del pulgar con la del índice propiciando el movimiento de pinza y, en el futuro, potenciando la precisión desarrollada en la manufactura de herramientas. Todas ellas constituyen las transformaciones morfológicas más importantes que

acabarían posibilitando el desarrollo de un cerebro muy grande en relación al tamaño corporal; un hecho que alcanza su máxima expresión en los humanos.

Todavía no se sabe a ciencia cierta cuál fue el primer homínido; o sea, el primer miembro de nuestra familia biológica. Pero uno de los candidatos principales es

Sahelanthropus tchadensis. De entre los fósiles de este género, descubierto en 2002 en el Chad (África), destaca un cráneo muy fragmentado y popularmente conocido con el nombre de Toumaï. Cuenta con una antigüedad de 7 millones de años (Ma.). Según sus descubridores ya caminaría erguido. Pero éste es un dato que todavía es objeto de controversia. Otro buen candidato es Orrorin tugenensis. Su descubrimiento se produjo en Kenia en otoño del año 2000. Entre los restos recuperados se encuentra un fémur cuya anatomía sugiere que Orrorin, con sus 6 Ma., podría haber sido un bípedo.

Un tercer candidato a primer homínido es Ardipithecus kadabba. Hallado en Etiopía su antigüedad está comprendida entre 5,8 y 5,2 Ma. Lo más llamativo de este espécimen es que la falange de un pie revela una estructura propia de los seres bípedos.

Respecto al debate sobre cuál fue el primer miembro de nuestra familia biológica cabe destacar varias cosas. En primer lugar, todavía no hay unanimidad a la hora de

determinar si los tres especímenes mencionados son todos ellos homínidos o si lo son uno o dos; pero no el otro o los otros; o si no lo son ninguno de ellos, aunque esto último parece muy improbable. Tampoco se puede descartar que los tres representen, en

realidad, un único género.

De todos modos, supongamos que los tres son homínidos y que pertenecen a géneros distintos, pues bien ¿cuál es, entonces, su relación filética? O sea ¿cómo están

emparentados? Aún no se sabe con total seguridad. El problema para resolver la cuestión se deriva del hecho de que los fósiles recuperados en cada caso pertenecen a partes distintas del cuerpo, por lo que no pueden compararse, aunque lo cierto es que los pocos huesos que representan la misma parte anatómica coinciden bastante.

Así pues, los investigadores que traten de arrojar alguna luz sobre esta oscura etapa de la evolución de los homínidos se encuentran en una situación parecida a la de unos ciegos

que pretendieran definir la forma de un elefante, cada uno de ellos palpando una parte diferente del animal (la trompa, la pata, la oreja...), trazándose así una imagen

completamente distinta en cada caso, y definiéndolo de forma muy distinta, cuando en realidad estaban describiendo al mismo ser vivo.

Tampoco se conoce con exactitud cuál fue la especie de hominoideo a partir de la cuál surgieron los primeros homínidos. Igualmente sigue en pie el debate en torno a cómo y por qué sucedió esa bifurcación. ¿Fue por motivos de aislamiento geográfico o más bien por razones genéticas?

En definitiva, los paleoantropólogos tienen datos que arro - jan luz sobre las primeras etapas de la formación de nuestra familia biológica, pero aún se ha de aclarar qué es lo que sucedió realmente y cómo pasó y, sobre todo, quiénes fueron los principales actores de aquel momento y cuál fue el papel exacto que desempeñó cada uno de ellos;

consecuentemente, el debate sigue abierto. 4.2.- Australopitecinos.

Los australopitecos son los homínidos no humanos de los que se tiene más información. Aun así, a día de hoy, tampoco se posee plena certeza de cuál fue la especie de homínido que dio lugar a los Australopithecus. Lo que sí se puede afirmar es que el

Australopithecus anamensis, fue el primer espécimen del que tenemos el

convencimiento de que ya era un homínido, puesto que inequívocamente se trataba de un ser bípedo. Los primeros ejemplares se descubrieron en Kenia a mediados de los noventa del siglo pasado y tienen una antigüedad de 4,2 Ma. Ya en este siglo se descubrieron más restos en Etiopía.

Un poco más reciente es el Australopithecus afarensis, especie a la que pertenece el famoso esqueleto parcial de Lucy68, hallado en 1974 en Etiopía. Los afarensis cubren un rango cronológico que va desde los casi 4 Ma. hasta los 2,9 Ma. Estos seres también eran unos bípedos bastantes eficaces. El último gran hallazgo relacionado con esta especie se anunció en septiembre de 2006, y consiste en la recuperación de una buena parte del esqueleto de una niña australopitecina, popularmente conocida como Selam, que habría vivido hace 3,3 Ma.

En el yacimiento tanzano de Laetoli el equipo de Mary Leakey halló en 1979 huellas de 3,6 Ma. de antigüedad. No se sabe a qué especie pertenecían los individuos que las produjeron, y quizás nunca llegue a averiguarse, pero fueran quienes fueran los que dejaron impresas sus pisadas allí ya poseían una adaptación muy eficaz a la marcha bípeda.

Australopithecus africanus fue la primera especie de australopitecino conocida y a ella pertenece el célebre cráneo del niño de Taung, descubierto en 1924. Recientemente se anunció el hallazgo de un esqueleto de africanus que tendría entre 3,2 Ma. y 3,5 Ma. La

antigüedad de los miembros de esta especie se comprende aproximadamente entre los 3,5 Ma. y los 2,3 Ma.

En 1995 se descubría en el Chad un fragmento de mandíbula que se atribuía a una nueva especie de australopitecino: Australopithecus bahrelghazali. Este hallazgo es muy

importante, ya que “los fósiles de bahrelghazali echan abajo una hipótesis sobre la evolución humana, defendida por Yves Coppens, según la cual la formación del Valle del Rift dividió la única especie antigua, aislando a los antecesores de los homínidos en el lado este, de los antecesores de los antropomorfos en el lado oeste. Pero los nuevos fósiles de Chad muestran que al oeste del Valle del Rift vivieron homínidos antiguos”69. Esto ha llevado a Craig Feibel (colaborador de Meave Leakey, la directora del equipo descubridor de A. bahrelghazali) a plantearse una pregunta clave: “¿Hasta ahora hemos encontrado fósiles sólo al Este del Valle del Rift porque es ahí donde vivieron los

antepasados del hombre o porque no hemos buscado en otra parte?”70.

68 Acerca de su esqueleto puede verse White, Tim D.: Los australopitecinos; Mundo Científico; nº 21; pp. 18-31; 1983.

Aunque dada a conocer años más tarde, también en 1995 se descubrió una nueva especie de australopiteco, esta vez en Etiopía. Denominada: Australopithecus garhi, es

considerada por sus descubridores como los posibles autores de unas herramientas encontradas no muy lejos de donde se recuperaron sus restos fosilizados.

4.3.- Los parántropos.

Aunque hay muchos investigadores que no aceptan la división entre australopitecos y parántropos (pues consideran que todos pertenecen al mismo género, siendo aquéllos la forma grácil y estos la robusta), nosotros aquí distinguiremos entre ambos taxones. El término Paranthropus, parántropo, significa literalmente: al margen o al lado del hombre. Fue acuñado en 1938 por Robert Broom (1866-1951), un médico y paleontólogo escocés, para designar unos restos fosilizados hallados en Kromdraai, Sudáfrica, que presentaban una característica novedosa frente a las tradicionales de Australopithecus africanus. Se trataba de una gran mandíbula y una enorme cresta sagital, que es una cresta ósea afilada situada en la parte superior central del cráneo y que lo recorre desde la parte anterior hasta la posterior. Esta cresta, sin duda, debería

conferirle un aspecto de punkie.

69 Leakey, Meave y Walker, Alan: Antiguos fósiles de homínidos en África; Investigación y Ciencia, Agosto de 1997; nº 251, p. 75.

70 Revista Conocer; nº 175; agosto 1997; p. 56.

La finalidad de esta característica anatómica era la de servir de punto de anclaje o inserción a una gran musculatura implicada en la masticación, ya que dichos músculos

debían de mover una poderosa mandíbula, así como unos arcos zigomáticos (los huesos que forman los pómulos) muy pronunciados; lo que hacía que los malares sobresalieran mucho hacia los lados exteriores de la cara.

¿Para qué necesitaban una mandíbula tan grande los parántropos? Se supone que era por causa de su dieta, principalmente a base de raíces, algo que requiere un fuerte aparato masticador, y que técnicamente se conoce como dieta altamente abrasiva. No obstante hay investigadores que continúan sin ver con claridad para qué necesitaban los

parántropos un aparato masticador tan masivo o potente, entre otras cosas porque

estudios recientes de la composición química de los dientes han revelado que P. robustus también consumía cantidades importantes de carne.

El primer espécimen de parántropo fue descubierto por Robert Broom en 1938 en Sudáfrica, y se asignó a la especie Paranthropus robustus, debido a que los cráneos de estos homínidos poseían unas características más fornidas que las de los australopitecos africanos. Posteriormente, en 1948 y junto a John Robinson, Broom halló tanto en la cueva Kromdraai como en la cercana cueva de Swartkrans, más restos fósiles de P. robustus. Los ejemplares más antiguos tienen 1,8 Ma. y los más recientes un millón de años. Los machos medían del orden 1,32 m y las hembras 1,10 m, pesando aquéllos unos 40 kg. y éstas alrededor de 32 kg. La capacidad craneana media rondaba los 530 cc., y, sin duda eran seres bípedos, al igual que los A. afarensis y A. africanus.

En 1959 Mary Leakey encontró en la garganta de Olduvai, Tanzania, los primeros fósiles de Paranthropus boisei, cuya antigüedad fue datada en 1,8 Ma. P. boisei es, en esencia, un parántropo hiperrobusto, con un potentísimo aparato masticador y una enorme cresta sagital. Los restos más antiguos de esta especie tienen 2,3 Ma. y los más recientes 1,3 Ma.

En 1967 los paleoantropólogos Yves Coppens y Camille Arambourg, hallaban en un yacimiento del río Omo, en el sudoeste de Etiopía, los primeros restos de una nueva especie de Paranthropus a la que llamaron: P. aethiopicus. Se trataba de una mandíbula que tenía unos 2,6 Ma., siendo el espécimen más antiguo de parántropo conocido hasta la fecha. Los restos más modernos de P. aethiopicus tienen 2,3 Ma. y se corresponden a restos craneales y mandibulares procedentes de Omo.

A esta especie pertenece también el cráneo descubierto por Richard Leakey en 1986. Debido a su color oscuro el cráneo fue denominado “Cráneo negro”, y su nombre oficial es: KNM-WT 17000. Este ejemplar vivió hace poco más de 2,5 Ma.

KNM-WT 17000 desconcierta a los investigadores ya que, según sean los caracteres en los que nos fijemos induce a una filogenia o a otra y esto es, precisamente, lo peor que puede suceder a la hora de intentar establecer el árbol genealógico de los homínidos. En efecto, algunos caracteres de este cráneo son parecidos a los de A. afarensis y otros a los

de P. boisei. De hecho, en un primer momento, Leakey y Walker lo clasificaron entre los P. boisei.

4.4.- El paso de la hominización a la humanización.

A modo de resumen puede decirse que, en relación a los Australopithecus desconocemos cuáles fueron las relaciones filogenéticas entre ellos; es decir: todavía se sigue debatiendo cuál es el parentesco ascendente descendente que puedan guardar. Cómo ya hemos dicho anteriormente, tampoco se tiene la certeza de qué especie y de qué género de homínido proceden. Lo mismo sucede a la hora de afirmar cuál fue el desenlace evolutivo de cada una de las especie de australopitecino aludidas. Para la mayoría de sus descubridores su especie es la que da lugar al género humano. Pero lo cierto es que nadie ha conseguido demostrar, de un modo incontrovertible, que nuestro género proceda de ésta o de aquélla especie de australopiteco. Es más, incluso hay quienes sostienen que nuestro género no se originó en ningún australopitecino, sino que procede de una especie de homínidos aún no descubierta. Según otros, lo que sucede es que hemos considerado australopitecos a fósiles que no lo son, por lo que deberían de ser incluidos dentro de un nuevo género: los Praeanthropus, que afirman deriva de Orrorin y que da lugar a la humanidad.

Entonces… ¿Cuál fue la especie y el género del que surgimos los humanos? Intentar responder a esa pregunta nos sitúa nuevamente ante un tema extremadamente polémico, donde las opiniones se multiplican y las disputas se hacen especialmente exacerbadas. 4.5.- La aparición de la humanidad.

Como pude apreciarse, resulta bastante complicado averiguar cuál es la especie concreta de homínido a partir de la cual procede el género humano. Pero la cuestión es mucho más compleja, porque ni siquiera está claro todavía cuáles fueron los primeros humanos. En efecto, la tradición académica más ortodoxa atribuye este primado a Homo habilis (2,4-1,8 Ma.). Pero otros autores opinan que la especie humana más antigua es H. rudolfensisH. rudolfensis 1,8 Ma.). Hay quienes afirman que H. habilis y H. rudolfensis pertenecen, en realidad, a la misma especie, solo que había un fuerte

dimorfismo sexual, de modo que los fósiles más robustos pertenecen a H. rudolfensis y los más gráciles a H. habilis.

Empero, todo esto es puesto en cuestión por otros especialistas. Así, Bernard Wood defiende que H. habilis no sólo no es la primera especie humana, sino que ni siquiera formaría parte del género Homo. En efecto, según el científico británico, resultaría más propio encuadrarla entre los australopitecinos. Para Meave Leakey y Allan Walker, H. rudolfensis es el que no sería humano, ya que, según ellos, sería una de las especies pertenecientes al género Kenyanthropus, al que también pertenecería la especie K. platyops, un homínido no humano dado a conocer en marzo de 2001. Este género de homínidos se añadiría a los otros seis hasta ahora descritos: Sahelanthropus, Orrorin,

Ardipithecus, Australopithecus, Paranthropus y Homo.

Los fósiles de Kenyanthropus se recuperaron entre 1998 y 1999 en la zona del Lago Turkana, en Kenia y tienen una an- tigüedad datada entre los 3,2 y los 3,5 Ma.; por lo tanto, se trata de una especie coetánea a Lucy y Selam, así como a A. bahrelghazali. Según Meave Leakey, el descubrimiento de K. platyops confirma que el árbol

genealógico de los homínidos está muy diver- sificado y que varias especies diferentes de homínidos coexis- tieron en el tiempo e incluso compartieron espacios y hábitats. Con el paso de los años esta tesis va ganando un mayor número de adeptos; hoy sabemos qué hace 1,8 Ma. Paranthropus boisei, Homo rudolfensis, Homo habilis y Homo ergaster coincidieron en torno al Lago Turkana, en Kenia noroccidental71.

La primera especie cuya anatomía es aceptada por todo el mundo como humana es H. erectus. Pero también aquí nos topamos con serios interrogantes. ¿Todos los fósiles de entre 1,8 y 1,2 Ma., encontrados en Asia y África, pertenecen a esta especie? Según algunos autores, sería así en el caso de que aceptáramos un acusado dimorfismo sexual (diferencia física entre machos y hembras siendo los más robustos los atribuidos a Homo ergaster). Para otros, en cambio, son dos especies distintas. A H. erectus le

corresponderían los fósiles más gráciles y jóvenes, y a H. ergaster los más robustos y antiguos.

Tampoco hay unanimidad sobre quiénes fueron los primeros fabricantes de herramientas. Louis y Mary Leakey, descubridores del H. habilis, lo denominaron así por considerar que fue el primero en realizar tal actividad. Pero ya se empiezan a oír voces afirmando que algunos australopitecos, A. garhi en concreto, pudieron haber desarrollado industrias líticas. De hecho, las herramientas más antiguas son anteriores a los fósiles humanos más antiguos. La polémica está servida; aunque, de momento, los indicios a favor de A. garhi no son concluyentes.

71 Un artículo muy ilustrativo a este respecto es el de Tattersall, Ian: Homínidos contemporáneos; Investigación y Ciencia, Marzo de 2000; nº 282, pp. 14-20. 4.6.- La primera salida fuera de África.

Hace 1,8 Ma. ya había humanos que habían abandonado África, como prueban los restos hallados en el yacimiento de Dmanisi, situado en el Cáucaso georgiano. Estos humanos, atribuidos originalmente a H. ergaster, pero asignados ahora a una nueva especie humana: Homo georgicus, son los más antiguos que se acercaron a Europa, al menos de los conocidos hasta la fecha. Todavía no se sabe con exactitud cuándo penetró el hombre en el continente europeo, pero su llegada a las tierras de Europa central debió de ser, sin duda alguna, posterior a esa data. Las fechas más antiguas de ocupación