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Chapter 2: The wider research context

2.3 The problem’s underlying causes

Una especie de cruzada llevó ya a Jusüno a Arabia del Sur, si bien era más bien el comercio y no la misión lo que allí estaba en juego. Ergo, ya entonces -para decirlo con Nietzsche- piratería de alto estilo. Eso es todo...

Una ofensiva de la Abisinia cristiana en Arabia del Sur acarreó una persecución de cristianos y destrucción de iglesias por parte del rey Yusuf (Dhu Nuwas), un fanático prosélito judío. Su antagonista 'Ella 'Asbeha, dominador de Abisinia y cristiano monofisita, llamado «el Rey Cristia- no» había atacado a Yusuf en 522, pero llevó la peor parte en dos batallas. Yusuf «limpió» entonces brutalmente su país de misioneros, comercian- tes y espías cristianos, y a 300 soldados del ejército invasor cristiano, que se habían entregado voluntariamente, los hizo sacrificar faltando a su santo juramento por Adonai y la Tora. A otros tantos los hizo quemar vi- vos en la iglesia principal de Zhafar. El Negus 'Ella 'Asbeha limpió Abi- sinia de los agentes de Yusuf. Éste pidió ayuda al Gran Rey Persa. 'Ella 'Asbeha, que se dedicaba ante todo a ampliar afanosamente su flota, la solicitó del emperador Justino, quien le urgió atacar al «abominable y de- salmado judío» por tierra y por mar. Detrás de este conflicto se oculta- ban, ostensiblemente, intereses de política comercial. El propio cristia- nismo abisinio había surgido de las colonias comerciales. El emperador, católico estricto y duro perseguidor de los monofisitas, llegó a rogar, pese a ello, al patriarca alejandrino, el monofisita Timoteo, de quien dependía jurisdiccionalmente la iglesia etíope, que favoreciese amistosamente su misión diplomática ante el Negus, quien obtuvo las bendiciones del prín- cipe eclesiástico y un considerable número de barcos para el transporte de tropas del emperador.27

El Negus envió de momento, en el invierno de 524-525, un ejército de jinetes de la fe de hasta quince mil hombres, según se supone, hacia Ara- bia del Sur, ejército que desapareció como por encanto tras 22 días de marcha por un desierto sin agua. El grueso de las tropas avanzó hacia la costa poco después de Pentecostés y tras un misa solemne, dándose el caso de que en la travesía, el santo estilita Pantaleón, que vivió 45 años de pie, en vigilia y en oración, sobre una torre en el pico de una montaña (manifiestamente, para estar más cerca de Dios) profetizó la victoria y dispersó al Negus una bendición más. Al llegar a Arabia la flota invasora -la inmensa mayoría de los barcos, 60 la habían fletado comerciantes bi- zantinos, persas y abisinios- las tropas de asalto recibieron la comunión. Los monjes ayudaron remando durante el desembarco y como quiera que a los abisinios se les apareció ahora no sólo el arcángel San Gabriel, sino también Pantaleón el estilita, Yusuf resultó vencido, tanto más fácilmen-

te, cuanto que, además, le traicionaron los suyos. Él y los comandantes que le permanecieron fieles murieron al filo de la espada cristiana. Des- pués de ello, el Negus 'Ella se apoderó en Zhafard, la capital de la fami- lia y los tesoros de Yusuf e hizo expoliar despiadadamente el país duran- te siete meses, mientras las iglesias surgían como las setas. La población fue sometida a tales vejaciones que se tatuaba cruces en el cuerpo con tal de escapar al terror del Negus. Arabia del Sur perdió su autonomía, estableciéndose en ella un gobierno cristiano. 'Ella 'Asbeha, por su parte, es hasta hoy santo de la Iglesia. Es más, va casi «a la cabeza en el interés del mundo Occidental por las experiencias salvíficas arábigo-etíopes» (Rubin).28

El judaismo, que, al igual que en otros muchos lugares, también esta- ba en Abisinia, más que probablemente, entre los precursores del cristia- nismo, no pudo ya mantenerse allí después del triunfo de éste. A mediados del siglo vn cristianos fanáticos forzaron a los judíos a emigrar.29

En otro intento de expansión por Oriente, el emperador Justino puso en práctica un método que se haría clásico con el tiempo hasta convertir- se en una norma básica del arte cristiano de gobernar, norma que ha perdu- rado hasta la moderna época colonial: primero procedió como evangeliza- dor, valiéndose del clero y del agua bautismal; después como diplomático y finalmente, más o menos en el último año de su reinado, enviando tro- pas. De este modo Bizancio creó en el Caucase, con sus importantes pa- sos de montaña, una zona tapón permanente y de gran valor estratégico, avanzando hasta la actual Georgia. Una vez más los intereses estratégicos confluían aquí con otros de índole comercial no menos importantes.30

Los georgianos estaban bajo soberanía persa, pero eran cristianos des- de el siglo iv y tuvieron no pocos conflictos con los representantes de la religión del fuego mazdeísta. Finalmente, los cristianos rebeldes, dirigi- dos por su clero, llamaron en su ayuda al emperador Justino, cosa que ha- bían concertado sin duda alguna con él. Justino envió primero un ejército de hunos con el Magister militum Pedro a su cabeza, quien debía luchar «con la máxima energía», pero éste no consiguió nada y fue revocado de su cargo en 526. Bien pronto, sin embargo, los jóvenes estrategas Belisa- rio y Sitias se hicieron cargo de las operaciones en la frontera oriental, siendo apoyados por los sarracenos del príncipe árabe Tafar. Los comba- tientes cristianos se apoderaron por lo pronto de gran cantidad de botín y de esclavos. Después, no obstante, sufrieron dos serias derrotas en Than- nuris y Melabas, provocadas, sobre todo, por el intrincado sistema de obstáculos, fosos-trampa y caballos de Frisa montado por los persas.31

Entretanto, Justino murió el 1 de agosto de 527 a la edad de 75 o 77 años, al reabrírsele una herida de flecha en el pie, siguiéndole en la re- gencia su sobrino Justiniano, a quien primero apartó enérgicamente de sí el soberano enfermo, que no quería soltar aún el timón del Estado. Es pro-

bable, con todo, que Justiniano fuese desde el mismo comienzo el spiri-

tus rector áe la política de Justino.32