Recuerdo el profundo sentimiento que experimenté el día en que me di cuenta de la situación. Se me había ocurrido, de pronto, que en realidad ninguno de nosotros puede estar seguro de haber comprendido el libro del Eclesiastés. Es más, pensé que sería preferible que nadie lo comprendiese de golpe. Lo mejor sería que percibiéramos su sentido poco a poco, escalonadamente, en distintos instantes de lucidez, en momentos en que la vida se renovara a causa del dolor o tomara un cariz nuevo, motivado por nuestra alegría. Quizás el significado del libro del Eclesiastés sea, precisamente, su oscuridad.
El problema es que el libro engaña. A primera vista, resulta muy fácil leerlo, parece encantadoramente transparente, casi simplista –«un tiempo para esto, un tiempo para aquello», insiste–, monótono y como un sonsonete, hipnótico y evidente y, aparentemente, de poca utilidad. A menos, por supuesto, que pienses un poco. Por ejemplo, a medida que empecé a afrontar los temas que aborda, fui cayendo en la cuenta de que lo que en realidad se quería transmitir con «tiempo de sanar» no era un mensaje, sino dos. En un primer nivel, su sentido claro es no solo que hay un momento en la vida de toda persona en que esta se preocupa de los sufrimientos de otras personas, sino que existe además una cierta obligación de aliviarlos. Por otro lado, es igualmente claro que la máxima significa que hay momentos en toda vida humana en que el proceso de sanación, de superación de las heridas, puede convertirse en sí mismo en el principal proyecto vital. ¿No se infiere entonces que la sanación personal, la cauterización de las propias heridas, forma parte del ritmo natural de la vida? ¿Que todos la necesitamos en todos los niveles? ¿Que todos debemos pasar por ella o, paradójicamente, correr el riesgo de no estar nunca completos, porque no sabemos lo que significa estar herido y luego sanar, el haber estado postrados en la cama y haber sobrevivido? Al fin y al cabo, seguro que el sufrimiento tiene una razón de ser.
La idea se convierte en un desafío obsesionante. ¿Qué significa que la vida te apalee hasta morir? ¿Cuál es en realidad el papel de los buenos samaritanos del mundo? Sobre todo, ¿cómo sanamos después de una paliza que ha excedido el límite de nuestras energías? Y, por último, ¿qué personaje encarno yo en este momento de mi vida: el de sanador o el de quien necesita ser sanado? Si soy el que necesita sanación, ¿qué tengo que hacer exactamente?
«La calamidad es la verdadera piedra de toque del ser humano», escribió Beaumont. En otras palabras, la calamidad libera el fuego que prueba el oro, el viento que pone a prueba al árbol, el agua que barre todas las cosas de la vida que no están ancladas, arraigadas, integradas en el fundamento de nuestras almas. ¿Qué seríamos sin la calamidad, y cómo lo sabríamos? En algunas camisetas leemos frases como «Soy un superviviente del terremoto de San Francisco». Lo que anteriormente había sido concebido como una broma cruel empezó a parecerme una declaración teológica, una
feroz proclamación del espíritu, más que la curiosa respuesta de una cultura tan poco acostumbrada al desastre que la mofa ha sustituido al respeto. Por supuesto que hay un tiempo de sanar, importante para el sano, esencial para el fuerte, que espera su momento en cada uno de nosotros.
La curación nos elude, sin embargo, en cada nivel del espectro personal y político. Las personas mueren y nos dejan sufriendo. Arden aún antiguas heridas. A nuestro alrededor, como fantasmas nocturnos al acecho, brota una erupción de úlceras de violencia y brutalidad, y nosotros nos limitamos a verlas por televisión, desde cualquier bar o sala de espera del país. El dolor nos corroe por dentro; exteriormente, mostramos un semblante endurecido. Hemos aprendido a ignorar el sufrimiento hasta un punto inimaginable en generaciones anteriores. La curación se ha convertido en el arte de los tratos políticos y de la violencia militar, enmascarados como rectitud en el ámbito público, o bien presentados como rabia y distancia en el plano personal. Reprimimos lo que no sabemos resolver. Refrenamos lo que no sabemos controlar. Pero no curamos. Con demasiada frecuencia, el dolor queda arraigado en la psique humana, en carne viva e inflamado, simplemente a la espera de desaparecer de nuevo por sí solo. Construimos defensas, personales y públicas, cada vez más erizadas, siempre listos para el próximo ataque, para vengarnos de quienes fueron vengativos con nosotros, para dañar lo que no sabemos controlar. No curamos nada en absoluto; simplemente, guardamos las enfermedades del alma bajo finas fachadas de piadosa virtud, mientras esperamos tumbados.
A pesar de ser una de las culturas más concienciadas en temas de salud, gastamos cantidades ingentes de dinero en el bienestar físico, mientras tenemos el alma apaleada. En una sociedad movida por propósitos tan poco saludables como el logro y el poder, el beneficio y la aceptación personal, nos sentimos tan obsesionados con el triunfo que, irremediablemente, estamos condenados a fracasar. Corremos cada vez más rápido y, aun así, llegamos a menos sitios. Peor aún: quizá, cuando nos hemos integrado en la burbuja psicológica que sigue a la competición y precede a la soledad, al rechazo o al aislamiento que conlleva el éxito, nos quedamos instalados en el dolor que nos rodea y arrojamos la toalla. Perdemos a los amigos, la energía y la esperanza. Perdemos a la familia, la carrera o la seguridad que habíamos dado por sentada. En su lugar, encontramos una copia fría, severa, de la vida que una vez conocimos; con el alma atormentada y el corazón herido, solo experimentamos dolor y ruptura. El trabajo falla, la relación se termina, el futuro se nubla, la arena se vuelve movediza. Llegamos a un punto en que preferiríamos morir por dentro, antes que intentar reinventar lo que no funcionó la otra vez.
La cuestión es: ¿por qué? ¿Por qué nos guardamos el dolor en el pecho como un zorro cubierto con una toga, que nos come por dentro, incluso mientras exhibimos una sonrisa? «Estoy bien», decimos, cuando en realidad no lo estamos. «No pasa nada», decimos, cuando estamos consumidos por el dolor. «Así es la vida», dejamos caer, cuando la vida nos ha tratado tan mal que preferiríamos no vivir. «Trata de ignorarlo»,
aconsejamos, cuando la herida nos arrebata la alegría, ahuyenta la confianza, corroe nuestro corazón y socava todos nuestros pensamientos.
Así, por no haber prestado atención a las heridas que hay en nosotros mismos, no somos capaces de curar el dolor de los demás. Como nos hemos negado demasiadas veces a sanar, no podemos curar a otras personas. Esta anestesia del alma humana es un círculo vicioso aterrador. Nos cansa, nos bloquea y nos vuelve paranoicos. Nos convierte en personas frías y de corazón duro. Aprendemos que quienes engullen piedras se convierten en rocas.
De hecho, hay «un tiempo de sanar». Pero ¿en qué consiste? Curarse depende de nuestra propia resolución de cambiar de camino y hacer cosas que, en cualquier otra circunstancia, decidiríamos no hacer. Curarse requiere extender la mano, no necesariamente a quienes nos han hecho daño, sino al menos a algo que nos aporte una nueva vida, una nueva esperanza, un nuevo placer. Curarse es el proceso de negarse a quedar herido.
La parábola del buen samaritano no trata de la curación de una persona, sino de dos. Ambas muestran las cicatrices del abuso, ambas conviven en nosotros en todo momento. Una de ellas ha recibido una paliza física; la otra, una paliza espiritual. A una la hirió la brutalidad de la gente; a la otra, las ideas que paralizan y limitan, que nos atan a mundos pequeños, diminutos, y nos arrebatan el aire que respiramos. El samaritano, el marginado, se ha visto dañado e ignorado por la sociedad. Al levita, el profesional religioso de la cultura de la clase dirigente, le han enseñado a ignorar las heridas de quienes no cuentan con la aceptación pública, de modo que, al haberse visto convertido en una persona de mente cerrada y socialmente limitada, está también herido. Una postura nos enseña el temor; la otra perspectiva nos enseña el odio. Cualquiera que sea la situación, el resultado final es el dolor. La cuestión es: ¿cómo debería cada uno de los maltratados aprender a vivir de nuevo?
¿Quién no ha experimentado alguna vez un dolor causado por el odio o el abandono? ¿A quién no le han ignorado en algún momento aquellos en quienes tenía depositada toda su confianza? ¿Quién no ha sido objeto de desprecio, rechazo, celos o maledicencias? ¿Quién no ha sentido los atrofiantes efectos de pensamientos que nos hacen cautivos de fines oscuros y ambiciones ajenas y nos convierten, a la vez, en oprimidos y opresores? ¿En qué consiste, entonces, el proceso de vuelta a la plenitud, una vez que se rompen los lazos de la comunidad humana? ¿Cómo se repara la ruptura de un cordón de oro? Verás, la cuestión es que los enemigos pueden perjudicarnos, pero no pueden herirnos. Solo las personas a las que queremos pueden hacer eso, cuando guardan para sí algo que podría darnos vida o cuando nos educan con mentiras que no nos permiten avanzar.
Hay dos obstáculos a la curación. El primero está relacionado con nuestro apego al dolor. No podemos curarnos de los dolores a los que nos aferramos. Tenemos que desear curarnos. No podemos lucir la injusticia como una medalla de oro al coraje y esperar
desprendernos de ella. Aun antes de que se nos haga justicia, antes de ser debidamente compensados –si es que tal cosa llega a suceder–, nosotros mismos debemos ir más allá, renunciar a ello, a pesar de todo.
La curación depende de nuestro deseo de estar bien. Seguramente no llegue a olvidar los golpes que he sufrido en la vida, pero no tengo por qué decidir vivir bajo sus efectos para siempre. No estoy obligado a optar por encerrarme en una cárcel con mi propio dolor. Sea cual sea lo que nos haya herido –la traición, la falsedad, la burla, las promesas incumplidas...–, la vida no es solo eso. Así pues, el primer paso de la curación consiste en descubrir una nueva alegría que nos aleje del terror del abandono. Es tiempo de gozar de una vida, no de llorar por su pérdida. Cuando se acaban los golpes, no queda otra que levantarse y seguir adelante, por supuesto que en una dirección distinta, pero siempre adelante, definitivamente.
El segundo paso hacia la curación es descubrir nuevas ideas con las que vivir. No importa lo que necesitáramos antes del punto de inflexión –seguridad, amor, conexión, certeza, identidad–; ahora tenemos que encontrar otro espacio. Tenemos que arriesgar la esperanza y que nos parezca un reto; poner la esperanza en el yo y sentirnos fuertes; ponerla en la novedad y sentirnos satisfechos.
El tercer paso hacia la curación consiste en confiarnos a alguien precisamente cuando creemos que no podemos confiar en nada ni en nadie. Justamente cuando no estamos seguros de quién es en realidad el enemigo, debemos arriesgarnos a confiar en alguien de nuevo. Un estéril apretón de manos es una cura falsa y vacía. La curación llega tanto para el golpeado como para el atado intelectualmente cuando uno y otro cruzan la barrera de su mente y esperan encontrar esta vez, en esta persona, en esta situación, la aceptación y el entendimiento necesarios para unirse de nuevo a la comunidad humana.
La curación llega cuando he sido capaz de hacerme insensible a la indignidad del dolor refiriéndolo una y otra vez hasta la saciedad, hasta que la historia llega a aburrirme a mí mismo. Para ello necesito a los samaritanos, a los sanadores, los cuales, abrazándome con el corazón cuando lloro, trascienden sus propias vidas y aprenden sobre la condición humana lo que ellos mismos tal vez nunca habrían aprendido sin mí. Necesitamos al samaritano que escucha y comprende. No es la herida la que mata; es la falta de comprensión la que paraliza el alma. Al fin y al cabo, comprensión es lo que busca cualquier alma.
El último paso hacia la curación es esencialmente una cuestión de tiempo. Ser conscientes de que hay un «tiempo de sanar» significa estar en paz con la idea de que la curación no llega antes de tiempo, de que la curación lleva tiempo, de que el propio tiempo es un sanador que se acerca despacio, trayendo consigo una nueva vida y un nuevo conocimiento.
Las ventajas espirituales de la curación son obvias para el sanador. Los sanadores alcanzan nuevos niveles de compasión. Una vez que logran ser importantes en la vida de
otra persona, los sanadores adquieren una nueva percepción de su propio valor personal. Los que vendan las heridas emocionales de los demás le encuentran un nuevo significado a la vida, descubren un nuevo amor por el prójimo desconocido. Quienes tocan el alma sangrante de otra persona para reconstruirla a base de confianza y esperanza renovada se ven igualmente inundados por la sensación del poder misericordioso. También las ventajas espirituales del proceso de curación para los sanadores se ignoran con frecuencia. Creemos que curar a alguien es un acto gratuito de condescendencia, más que una disciplina espiritual de inmensas proporciones y con grandes recompensas.
Sin embargo, es sobre todo el poder espiritual del proceso sanador en cada uno de nosotros el que pasa inadvertido y minusvalorado. Huimos del dolor –lo ignoramos, lo rechazamos y lo detestamos– y con ello nos perdemos los valores del propio tiempo de curación. «Donde hay tristeza, hay tierra sagrada», dijo Wilde. Es en el proceso sanador en el que adquirimos una nueva percepción de la vida. Las cosas a las que sobrevive el ser humano son la señal del coraje de la humanidad. Lo que conseguimos superar son nuestros triunfos. Todo aquello contra lo que hemos luchado y a lo que hemos vencido es lo que mide en nosotros la calidad de nuestras vidas.
El samaritano, al extender su mano y tocar el dolor de otro, dota a su propia vida de un nuevo significado. Los heridos que huyen de su dolor y se adentran en lo desconocido, en caminos inexplorados, nos demuestran que la vida más allá de la vida aguarda a todos aquellos cuyas mentes fueron creadas para vivir, ya reciban golpes, se les pongan trampas o sean asaltados en el camino. «El dolor es vida», escribió Charles Lamb. «Cuanto más agudo es el dolor, tanto más se confirma la vida». A lo largo de la vida, aprendemos que el dolor es solo una entrada más en la vida, un desafío más para cambiar las cosas.