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Chapter 8 cognitive tests
Aparecerá al lector como una paradoja que el discurso de la clase gobernante en el Uruguay posdictadura autolegitime sus contenidos en base al argumento de su saber “racional” tecnocrático y su consiguiente “realismo” político, mientras la eficacia social de ese discurso reside en
la conservación y reproducción de un sentido estereotipado sobre la forma de ser tradicional de los uruguayos y los atributos clásicos de su sistema político.
Aparecerá como otra paradoja, entonces, el que haya hablado de un proceso de transición discursiva de la dictadura a la democracia y de reconstrucción de un universo simbólico único por medio del poder significante del discurso del Estado y que, ahora, retrotraiga el análisis al sentido común, una forma de conocimiento pre-teórico, basado en la experiencia cotidiana o “conocimiento acrítico o sin fundamento racional-
científico”97 como sustento de las creencias y confianza de los uruguayos
en la clase política y gobernante, luego de 1984, y hasta la crisis de mediados del año 2002.
Lo que trato ahora de enfatizar es que el sistema de referencias dominantes y las prácticas significantes más eficaces en el Uruguay posdictadura, al fin de cuentas, descansan en la no problematización de un sentido común que atraviesa culturalmente al conjunto de la población, independiente de su adscripción partidaria o ideológica porque, “al ser común, el sentido común está abierto a todos, constituyendo la propiedad general de todos los ciudadanos
respetables”.98
Para la construcción de ese sentido común en el Uruguay posdictadura es muy importante tener en cuenta que la interpretación liberal de la realidad social, a símil de las necesidades del mercado, determina que tanto las relaciones humanas como las relaciones de poder estatal sean asimiladas a un orden natural, esto es, impersonal y objetivo, que no depende de la voluntad de las personas, los políticos o los gobernantes para existir ni de sus intenciones para modificarse.
La “naturalización” del orden social justificado en torno al orden “fáctico” del mercado coincide con la opacidad (o invisibilidad) del poder político justificado en base a la razón “de los hechos” consumados. El realismo político es, justamente, la plena coincidencia entre las necesidades del orden fáctico para conservarse y las decisiones de los gobernantes para reproducirlo. Y allí radica el verdadero poder de la clase gobernante en el Uruguay posdictadura, en tanto, “el poder de una minoría radica en su capacidad de definir las condiciones sociales de manera tal que sus normas explícitas aparecen acordes a la realidad, o sea, que las condiciones sociales hacen aparecer sus normas como buenas y racionales (...)” Si la realidad social prefigura la legitimidad,
“el interés dominante se objetiva en orden”.99
Por analogía, si el mercado se justifica como un orden económico “dado”, la democracia resultará un orden político “inmanente”, un atributo inherente al mismo orden económico capitalista que debe mostrarse —igual que el mercado— equilibrado, sin conflictos ni intencionalidades.
económico y político “armonioso” y “consensual” buscará generar una serie de reflejos condicionados en la opinión pública, a símil de los que, a través de su experiencia directa, extraen los hombres de su relación con la naturaleza. Así como el hombre común aprende que la lluvia moja y el fuego quema, (C. Geertz), el ciudadano aprenderá que cualquier reclamo sobre derechos humanos pone en juego la pacificación nacional o que cualquier reivindicación salarial afectará los indicadores macroeconómicos del país o que la inflación no es de derecha ni de izquierda, dosificando sus expectativas y demandas hasta acostumbrarse a lo que permitan “los datos de la realidad”.
Por eso mismo, si como dice Barrington Moore la obediencia política “implica el control de los impulsos”, entonces, “es bien válido suponer que esto, a su vez, implica algún grado de insatisfacción y, en casos
más graves, de verdadero dolor”.100 De allí que la contención de las
demandas sociales o de derechos humanos u otras, así como el rebajamiento del umbral de las expectativas sociales acerca de cambios estructurales, se procesa a través del argumento: “no lograrán nada”.
El sentido común, pues, es esa autoridad de “las cosas tal como
son”,101 la “familiaridad” del entorno existencial inmediato que busca
dotar de seguridad a los ciudadanos para que, como señala Norbert Lechner, “comiencen a invertir intereses en el orden establecido” y expresen así su adaptación o conformismo respecto al modelo económico vigente, las estructuras políticas tradicionales y su sujeto gobernante. En todo caso, siempre “lo decisivo es que las pequeñas inversiones
cotidianas se compenetren con las condiciones establecidas”.102
Ese ‘apego’ a la realidad como si fuera la “vida misma”, tanto para justificar el fundamento del orden del mercado como del orden estatal y las decisiones gubernamentales, asume las formas de realismo o pragmatismo políticos.
Esa racionalidad política es una racionalidad técnica o formal: la selección de los medios o procedimientos más adecuados para obtener los fines u objetivos fijados “responsablemente” de antemano por el mismo núcleo dirigente (si haces ‘x’ obtendrás ‘y’). En síntesis, la política como el
“arte de lo posible”, aunque “lo posible es lo factible técnicamente”.103
El argentino Emilio De Ípola señala que el sentido común aparece como un “modo de construcción de la realidad para el cual las significaciones se constituyen y se jerarquizan con arreglo a cánones
inmediatamente prácticos”.104
Y es allí donde el sentido común, operando como pragmatismo o realismo políticos, “transmuta el poder en orden”, en tanto “el poder no es solamente la coacción física; es también y sobre todo el poder de la estructura social. En esa cosificación y rutinización del poder como “fuerza de las cosas” radica el orden —y es en ese orden cotidiano donde se origina el reconocimiento del poder estatal” como algo naturalmente
Cuando la autoridad de la clase gobernante transforma los “hechos de la realidad” en un argumento creíble para justificar sus decisiones públicas es porque también es capaz de erradicar cualquier duda razonable de los ciudadanos acerca de sus intenciones espurias y del poder que detenta. Por eso, convence a través de argumentos simples: “la realidad es como es”; “eso es así, y punto”. En suma, una vez “dado
lo dado, no se sigue ninguna otra cosa”.106
Por lo tanto, una de las formas más eficaces del ejercicio del poder democrático consiste en la capacidad de convertir la ideología del poder en el discurso político del Estado y a éste en el “sentido común” ciudadano. El sentido común definido como el “más común de los sentidos” nos explica la complejidad social a través de “lugares comunes” que proveen seguridades, asentando así las razones de la obediencia ciudadana en fórmulas triviales compartidas por todos, opiniones inofensivas y creencias no problematizadas. En una palabra, como dice Antonio Gramsci, nos permita siempre “identificar la causa exacta, simple y al alcance de la mano”.
Pero estas explicaciones son creíbles y asientan su eficacia social porque la actividad política pasó a ocupar un lugar muy secundario en la vida de las personas. Para administrar diariamente sus expectativas más elementales, la gente común no necesita de la política como “fin trascendente”, dado que “su experiencia cotidiana parece estar cada vez más restringida a un ámbito estrecho e inmediato” donde desenvuelve
sus rutinas de sobrevivencia laboral o convivencia familiar.107
Expresado de otra manera, este proceso tiene que ver con la transformación del ciudadano en votante, esto es, con la promoción de un tipo de ciudadanía política conformista o pasiva que se ejerce una vez cada cinco años. Alfred Schütz llamaba ciudadano común —en contraposición con el “experto” y el “ciudadano bien informado”— a quien se limita a recibir el mundo y “no avanza más allá de sus experiencias cotidianas inmediatas, no critica ni cuestiona aquello con lo que interactúa; en una palabra está limitado a los conocimientos del
sentido común que ha heredado”.108
La política, sustraída de las prácticas sociales colectivas, las utopías y la épica, pueden finalmente reducirse a un “medio inmanente” de la economía de mercado, una actividad que transcurre habitualmente entre políticos profesionales, que se repite sin sorpresas y que vemos sentados frente al televisor en los informativos de la hora 19. Como otras tantas rutinas o hábitos de los uruguayos, las motivaciones de la obediencia política se tornan un lugar común, se vuelven imperceptibles y despolitizadas. Por lo tanto, “restablecer la normalidad es restablecer
rutinas”.109 Y de eso se encargó, fundamentalmente, la construcción del