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Commercial and Sublime: A Contested Sphere

2.2.1. “Criar un animal al que sea lícito hacer promesa”.

“Criar a un animal al que sea lícito hacer promesas”73 [Versprechen]. Ése es el auténtico proceso del hacerse hombre [Mensch]. El verbo «criar» [züchten] indica que este animal no está dado, acabado, todavía no es, sino que tiene que ser preparado, es algo que vendrá desde un proceso, un futuro; necesita ser cultivado, es una tarea, una labor. Este animal es obra de la naturaleza y también hecha con manos de otros hombres. En esta creación tienen que actuar muchos factores, tienen que influir muchos acontecimientos, tienen que

hacerse muchas y profundas marcas. Quizá sea importante notar que aún no se habla de criar al hombre, sino de «criar a un animal». El hombre también sigue como una «promesa». A esto hace referencia el tono interrogativo de Nietzsche al inicio del referido párrafo primero del tratado segundo de La Genealogía de Moral: “¿no es precisamente esta misma paradójica tarea la que la naturaleza se ha propuesto con el hombre? ¿No es éste el auténtico problema del hombre?” Quizá lo que diferenciará el hombre de su ancestro sea el haber logrado responder positivamente, no sin dolor y sufrimiento, a este auténtico problema, o sea, el ser el animal al que «sea lícito hacer promesas» porque, a lo que se puede prometer y puede prometer, a este se le conferirá un grado de poder sobre sí y sobre la realidad a que se llamará conciencia. El hombre es el que puede prometer y comprometerse. Es uno que puede asegurar un futuro desde un compromiso. ¿Qué puede prometer el animal? Justo esta posibilidad será la distinción del animal hombre. El gran distintivo del hombre es el ser capaz de prometer, en esto está su honor y su valor, pero ni siempre será capaz de cumplir con lo que fue una vez prometido. Para eso se persona la comunidad para garantizar tal cumplimiento y castigar el incumplimiento. Por eso, más que caracterizar al hombre como un animal capaz de prometer, destaca Nietzsche que la paradójica tarea de la naturaleza es que a este animal sea lícito hacer promesas. No basta con prometer, hay que, ante todo, ser capaz de cumplir con lo prometido. Lograr que el hombre cumpla sus promesas es la tarea de la naturaleza y ya no es ningún honor para el hombre, sino su obligación u obediencia para con la comunidad. El hombre que hoy conocemos es fruto de un largo trabajo de la naturaleza. Largo y doloroso fue el trabajar esta piedra bruta que a su tiempo fue este animal.

El auténtico problema del hombre es tornarse un ser al que sea lícito hacer promesas. Prometer, aseverar [Promittere], asegurar es la expresión de la voluntad y, desde su voluntad, este animal tiene que demostrar su capacidad para ofrecer firmeza, ser capaz de obligarse a algo, domar en sí al instinto de su naturaleza. El que promete tiene que asegurarse ante sí mismo y ante el interlocutor de su fiabilidad. En la promesa está implicada por tanto la gran capacidad de lealtad y de resistencia, una y otra sirven al mismo objetivo que

es el de mantenerse fiel a lo que se promete. En esto está implicada la capacidad para la obediencia que, dice Nietzsche, “ha sido hasta ahora la cosa mejor y más prolongadamente ensayada y cultivada entre los hombres”74. Este cultivo desarrollado desde esta primitiva época de la moralidad de las costumbres es lo responsable por hacer parecer que hoy día el hombre lleve innata en sí la necesidad (Bedürfniss) de obedecer. Lo que fue un proyecto se consumó en lo que se logró llamar posteriormente consciencia.

Pero ni todo parece ser tan exitoso en este proceso de aprendizaje de la obediencia en vistas a lograr el hombre capaz de cumplir sus promesas. Algo ha trascendido los meros objetivos de la moralidad de las costumbres. Esta prolongada educación para la obediencia que culminará con la adquisición de la conciencia hace surgir al mismo tiempo al fenómeno del rebaño humano. “En todo lugar en que encontré seres vivientes oí hablar también de obediencia. Todo ser viviente es un ser obediente.”75 Así que tenemos un claro paralelismo entre el surgimiento de la conciencia y el surgimiento del rebaño humano bajo la disciplina del obedecer subyacente a todo prometer, sea en forma de constitución familiar, comunitaria, estatal o eclesial. En este caso, el obedecer no es el orgulloso decir-sí a sí mismo que constituye la voluntad que manda, y “mandar es más difícil que obedecer”76, sino un subordinarse a una otra voluntad superior que siempre clama desde el “tú debes”. “Más difícil es mandar que obedecer”. La misma afirmación aparece en “La más silenciosa de todas las horas”: “Tú eres uno que ha olvidado el obedecer: ¡ahora debes mandar! ¿No sabes quién es el más necesario de todos? El que manda grandes cosas. Realizar grandes cosas es difícil: pero más difícil es mandarlas”77. “El que no puede mandarse a sí mismo debe obedecer”78 y bajo esta resignación se esconde una negación, “¡quien obedece no se oye a sí mismo!”79. Al no oírse a sí mismo la necesidad de obedecer en el hombre elige a otro a quien se presta un honor incondicional. La conciencia del rebaño es una especie de conciencia formal que tiene su contenido en una voluntad ajena. Esta voluntad obediente es la base del instinto gregario que engendrará la mala conciencia que por su vez disimula incluso el mandar en obedecer. De esta obediencia reactiva Nietzsche quiere liberar el hombre: “Oh alma mía, he apartado de ti todo

obedecer, todo doblar la rodilla y todo llamar «señor» a otro, te he dado a ti misma el nombre «Viraje de la necesidad» y «Destino»”80.

Esta degeneración de la conciencia moral, la mala conciencia, cambia la dirección de toda buena disciplina y toda dureza de espíritu que están presentes en aquel animal vigoroso que es el animal de la moralidad de las costumbres – el que obedece a una ley externa. No obstante esta ley no es una pura formalidad, sino la voluntad de una especie que se quiere superar un estado de indeterminación.

«Tu debes obedecer, a quien sea, y durante largo tiempo:

de lo contrario perecerás y perderás tu última estima de ti

mismo» – éste me parece ser el imperativo moral de la naturaleza, el cual, desde luego, ni es «categórico», como exigía de él el viejo Kant (de aquí el «de lo contrario» – ), ni se dirige al individuo (¡qué le importa a ella el individuo!), sino a pueblos, razas, épocas, estamentos, y

sobre todo al entero animal «hombre», a el hombre.81

El obedecer de la moralidad de las costumbres es un determinar y un autodeterminarse que es cultivado desde el fondo de la voluntad de poder en todas las cosas, paradójica tarea de la naturaleza y autentico problema del hombre. Esta misma tarea de la naturaleza se ha propuesto con respecto al hombre. ¿Se ha cumplido? Ya podemos adivinar que la tarea se ha malogrado, o que sigue abierta como tarea: “la grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso”82.

2.2.2. ¿Qué es una promesa?

Prometer presupone una acción lingüística: En el griego del Nuevo Testamento, promesa se dice «epangelia» y mantiene una estrecha relación con «evangelion», o sea, una «buena noticia» – un «anuncio»83 que en el espíritu cristiano sólo puede indicar la realización de la gran promesa de Dios presente

ya en la vieja alianza: el Mesías. El hebreo, por su parte, carece de palabras para expresar la promesa, pero utiliza las palabras: «decir», «hablar» u «oráculo» para referirse al acto de hacer promesa. La fuente principal de este lenguaje es la propia teología del Antiguo Testamento que habla de la Alianza de Dios con los antepasados, con los padres. La promesa divina se concreta en las palabras de la Alianza. Para un hebreo su Dios es un Dios que habla y cuando pronuncia una palabra ésta tiene tal poder que produce la certeza para el presente y para el futuro ya que Dios es fiel y siempre cumple con su promesa. Del mismo modo comprende el hebreo al ser verdadero. La verdad está garantizada por esta certeza de la realización de la palabra del Dios que es principio de cumplimiento. Más que todo, en este contexto, verdad está relacionada con fidelidad. Para el cristiano, la promesa fundamental de Dios, el Mesías, está ya encarnada y presente, como el verbo que se hizo carne84. Tanto no pasa inadvertido para un hebreo o un cristiano tal comprensión, como tampoco nos parece que Nietzsche no tuviese conocimiento de esta espiritualidad que un día fue la suya. En la palabra alemana «Versprechen» está claramente evidenciado el vínculo con esta acción lingüística a través del «sprechen». El hablar del que promete configura y anticipa la realidad futura. El animal al que sea lícito hacer promesas es el que antes que todo sea capaz de configurarse y configurar el mundo a través del lenguaje. Por fin, en el latín, promesa, promissio, alude a una acción futura que se asegura desde el momento presente, o sea, una fijación del futuro, en que, por un lado, hay un proyectarse en el futuro y, por otro, un proyectar el futuro – por lo que está implicada la cuestión del tiempo. La condición fundamental de toda promesa es la confianza. La necesaria confianza es lo que asegurará el deber, el asegurar el futuro. Por esta promissio tiene el hombre que limitar su libertad al cumplimiento de lo que se pacta, porque no quiere fracasar, porque no quiere engañar, porque no quiere engañarse. Por lo tanto, en la promesa tenemos un vínculo sea temporal-condicional, sea incondicional-irrevocable en que la fidelidad vital está relacionada con la constancia leal.

Por fin la promesa evoca el ser capaz de ofrecer una respuesta a sí y desde sí. En este vínculo con el futuro tendrá que seguir deseando lo deseado

una vez y no querer liberarse de lo fijo e inmutable. Aquí hay una separación del acontecimiento necesario con relación al casual, una anticipación de lo lejano como presente, el establecimiento de los fines y de los medios. Según Nietzsche, esto sólo es posible si el hombre consigue antes haberse vuelto “calculable, regular, necesario, poder responderse a sí mismo de su propia representación, para finalmente poder responder de sí como futuro a la manera como lo hace quien promete!”85