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Posiblemente en toda la historia de la expansión imperial de Roma por el Oriente helenístico no hubo un hecho que demostrara tan brutal y claramente la hegemonía de la República sobre las otrora poderosas monarquías greco- macedonias que el ultimátum que el embajador romano impuso en el verano del año 168 a.C. al orgulloso y victorioso Antíoco IV en el lugar de Eleusis, en las proximidades de Alejandría de Egipto. La aceptación por el rey Seléu- cida del diktat romano supuso el final de la Sexta Guerra de Siria entre los Se- léucidas y los Tolomeos. Estos conflictos habían enfrentado a ambas monar- quías helenísticas desde el año 275 a.C. por el dominio de Siria meridional, la llamada Celesiria o Siria Celeste, y Palestina.

Cuando Antíoco acudió al encuentro de Tolomeo para tratar de Pelusio, Popilio, el general en jefe de los romanos, al saludarle el rey hablándole desde lejos y tendiéndole su diestra, tenía en la mano la tablilla en la que constaba el decreto del Senado; se lo alargó y le ordenó que lo leyera primero, pensando, a mi juicio, que no debía hacer un signo de amistad antes de conocer el pensamiento del que le saludaba, si era amistoso o enemigo. Después que el rey lo conoció dijo que deseaba consultar con sus cortesanos acerca de tales demandas. Oyéndolo Popilio, hizo algo que pareció desconsiderado y de una gran altanería: con un sarmiento que tenía en la mano trazó en el suelo un círculo alrededor de Antíoco, ordenán- dole responder acerca del escrito antes de salir del redondel. Por su parte el rey, estupefacto por el hecho y por su soberbia, tras meditarlo brevemente dijo que haría todo lo que los ro- manos le habían reclamado. Entonces Popilio le estrechó la diestra y todos los demás le sa- ludaron amistosamente. Lo que estaba escrito era que desde ese mismo momento finalizara la guerra contra Tolomeo. Y, dado que se le fijaban un número de días, replegó sus fuerzas hacia Siria, dolido y quejumbroso y cediendo, de momento, a las circustancias. Por su parte Popilio y los suyos, después de poner orden en la situación existente en Alejandría y reco- mendar concordia a sus reyes, además de exigirles que enviasen a Poliarato a Roma, pusie- ron rumbo a Chipre, con el deseo de expulsar de la isla rápidamente a las tropas de Antíoco. (Polibio, XXIX, 27)

La Paz de Apamea (188 a.C.) impuesta por Roma a Antíoco III prohibía a los Seléucidas cualquier actividad militar en el espacio egeoanatólico, pero nada decía de una agresión y conquista sobre su tradicional enemigo tolemaico. Por eso Antíoco IV Epífanes (175-164/163 a.C.), deseoso de obtener un éxito militar, respondió de inmediato, no obstante el temor que siempre tuvo de no ofender a Roma, a la declaración de guerra hecha por el gobierno de Alejan- dría en el año 170 a.C. El gobierno del débil Tolomeo VI, controlado por los odiados cortesanos Euleo y Leneo, deseaba reconquistar la Celesaria, que les había arrebatado Antíoco III. Además, una intervención romana parecía des- cartada al verse Roma inmersa en la Tercera Guerra de Macedonia. Iniciada la contienda Antíoco IV derrotó fácilmente al ejército egipcio y avanzó sobre

el país del Nilo, aunque fracasó en su intento de tomar Alejandría, donde un motín popular había sustituido a Tolomeo VI por su hermano Tolomeo VIII y Cleopatra II, hermana-esposa de éste. Mientras sus generales se apoderaban con facilidad de Chipre, el principal dominio exterior de los Lágidas. Cuando al año siguiente (168 a.C.) Antíoco IV invadió de nuevo Egipto, se encontró con un escenario totalmente cambiado: los hermanos Tolemaicos habían de- cidido deponer sus querellas internas y Roma, derrotada y aniquilada Mace- donia, tenía ya las manos libres para intervenir. Ante su propio ejército en Eleusis, un suburbio orinetal de Alejandría, Antíoco IV recibiría la más gran- de humillación de un soberano victorioso: ceder ante el ultimátum del Senado romano lanzado brutalmente por el jefe de la delegación romana, Popilio Le- nas, que le conminaba al inmediato abandono del territorio egipcio y a la eva- cuación de Chipre. Significativamente Popilio y la delegación senatorial ro- mana, enviada a Egipto a demanda del gobierno lágida, se había abstenido de entrar en contacto con cualquiera de los beligerantes antes de recibir la noti- cia de la total derrota del macedonio Perseo en la batalla de Pidna, a finales de junio del año 168 a.C.

El senadoconsulto presentado por Popilio se cumplió de inmediato por parte del atemorizado Antíoco IV. La exhortación a los príncipes Lágidas de que depusieran sus disputas no era más que un gesto diplomático, dado que aquéllas habían sido uno de los justificantes esgrimidos por Antíoco para su intervención, lleno, además, de hipocresía; pues el Senado no podía por me- nos de alegrarse de unos problemas internos de la monarquía tolemaica que le aseguraban la intervención permanente en Egipto. Cosa que tuvo ya ocasión de hacer de inmediato, al exigir la entrega de Poliarato, jefe de la facción del gobierno de Rodas contraria a Roma.

El ultimátum romano y su aceptación inmediata por Antíoco IV expresan brutalmente la nueva concepción de la política y del imperialismo romano en Oriente tras la decisiva victoria de Pidna, y supone de esta forma el contra- punto de la política ensayada con la declaración de los Juegos Ístmicos del año 196 a.C., que analizamos en el apartado anterior, además de ir mucho más allá de lo establecido en el tratado de Apamea del año 188 a.C.. Roma extendía ahora sus esfera de interés e influencia a todo el Mediterráneo orien- tal, no sólo al espacio egeoanatólico; y para ello establecía un claro protecto- rado sobre el Estado más débil y rico del área, el Egipto de los Tolomeos. La desaparición del otrora poderoso imperio de los Seléucidas sería cuestión de poco más de dos generaciones, víctima de su heterogeneidad étnica y quere- llas dinásticas bien manejadas por Roma, que le impedían además cualquier expansión en Occidente. Si los Tolomeos permanecerían todavía en el trono de Alejandría hasta el año 30 a.C. lo serían de hecho como una monarquía tí- tere de Roma, y porque en el seno de la oligarquía romana sería muy díficil llegar a un acuerdo de quién de la misma habría de obtener la gloria y el poder ocupando la prestigiosa tumba de Alejandro Magno y las riquezas tributarias de Egipto.

Antíoco IV con su humillación tuvo el mérito de haber comprendido muy rápidamente la nueva situación. Sin duda factor principal para su rápida deci- sión habría sido saber la suerte del rey macedonio Perseo y de su desapareci- do reino, que equivocadamente había rechazado otro ultimátum romano, in- cluso más suave. Y esto es lo que de una forma más o menos implícita viene a decir Polibio. Pero también es posible que el Senado tuviera otros medios más coyunturales y concretos para presionar al Seléucida. Entre ellos estaría su sobrino Demetrio. La subida al trono de Antíoco IV había sido posible no sólo por el asesinato de su antecesor Seleuco IV (187-175 a.C.), sino también porque Roma retuvo como rehén al hijo de éste, Demetrio. En fin, Roma po- día también amenazar con apoyar una agresión de su aliado Eumenes II de Pérgamo.

Bibliografía

Texto

Polibio: The Loeb Classical Library; trad. de L. García Moreno.

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