Chapter 5: Policy Analysis
6.3 Comparative analysis
“La noche es del diablo”, dispara Pedro, sentado frente a una hoguera, mientras asa un pollo y algunas chuletas de carne.
Los lugareños se habían congregado en el lugar, presas de sana curiosidad por nuestra visita, y por el irrefrenable hambre. El sol había desaparecido tras las colinas y los árboles. La noche, cerrada y congelante, se personaba impávida desvelando un extensísimo manto lechoso de estrellas.
Me calzo el abrigo, una campera de nieve, y froto mis manos ateridas
bajo la llama de la hoguera. Los ojos de los lugareños brillan como perlas naranjas. Creo ver un tono
malicioso en alguno de ellos.
Apenas nos distinguimos los rostros más allá
de la fogata. Afortunadamente, me digo, las linternas están con nosotros. Acaricio la culata de la que tengo conmigo, en caso de necesitarlo, también sirve como garrote.
Algo había leído de Santiago del Estero. La
extrema sequedad. Los fríos glaciales en invierno (época en la que estábamos) El calor excesivo en verano. Las ponzoñas que atestaban la región. Sobre todo las arañas, como la rastrojera, colorada y diminuta, pero
gigantesca en su acción mortífera: dicen que su veneno brinda cinco escasas horas de vida. También, estaban las víboras.
Sin embargo, es cierto, a mis compañeros no le hacía ni media gracia
el florido bestiario de insectos y serpientes. La peor de todas, era la
Vinchuca. Un nocivo artrópodo que al picar su aguijón genera comezón, y al rascarse la piel, uno contrae lo que se denomina “Mal de Chagas”. Una infección deplorable y sin cura, que termina carcomiendo la vida de las personas con lenta y maligna voracidad.
Pero era mejor no pensar en la noche. El frío, por un lado nos deja
lívidos, por otro nos ayuda contra los “bichos”.
Y recuerdo que fue en esa improvisada reunión, asando la carne, que
nos comentaron los lugareños de las cosas terribles que ocurrían en la noche. Decían que se veían demonios surcando luminosamente por el monte. Criaturas, como el Alma Mula, o Mulanima, que se devoraba a sus animales y a más de uno le dio un susto de muerte (aquí tuve la idea de hacer mi experimento social que ya relaté en varios medios).
Fue en el momento en que ya la sugestión nos derrota con sus
seductoras artimañas que Pedro, nuestro anfitrión, nos llama la atención sobre nuestra futura expedición nocturna.
“Si van a ir a donde se ve aquella luz, les aconsejo lleven este cuchillo bendecido, es de plata”.
Nos miramos alelados. Y resistimos la tentación de tomarlo
presurosamente. Después de todo, pienso, somos de la ciudad, qué cosa extraña puede ocurrir. Todo ocurre en las películas.
Devoramos el condumio y nos aprontamos a la expedición. Un
sendero oscuro y tétrico auspicia el principio de lo que serían cinco insoportables horas de pesquisa.
Y mientras avanzamos, ya sacudidos por los sugestivos relatos de los
maliciosos lugareños, creemos percibir una sombra filtrándose fugazmente en el haz de la linterna. Retrocedemos maquinalmente. Siseando insultos regresamos a por la navaja de Pedro, la bendita de plata.
No era que temiéramos un encuentro con un espíritu o demonio o algo así . Aún ahora, después de tanto tiempo creo que todo obedece a causas desconocidas y conocidas de la mente. Y aunque prefiero no culpar a algo foráneo a esta tierra por el desconocimiento de nuestra psicología, ciertamente existen cosas que a veces no encajan.
Quizá por eso el cuchillo lo llevo yo. Envainado en una funda de
cuero, lo enlazo en un improvisado ristre.
Creo yo, tardamos una hora en llegar al lugar donde, comúnmente,
se divisaba la lucerna flotante. Y pensé, con toda arrogancia, cuánto nos demoraría ver aquella luz sobre los montes. La respuesta, estaba a la vuelta del camino.
En efecto, allí surgió aquella “luz”, suspendida del aire, moviéndose
sin cesar de un lado a otro detrás de unas arboledas. Y creo que todos quedamos boquiabiertos. El frío desaparece. Mi amigo, escéptico y
estudiante de física aplicada, no puede dejar de repetir “Vaya la naturaleza
que es extraña”.
No lo pienso ni un instante. Me parapeto contra un árbol y filmo lo
que fueron los dos minutos más emocionantes de aquella primer noche. El Mayor, que tiene binoculares, observa la escena con mejor precisión y me comenta:
“Es una forma triangular”. “Tiene tres luces”
“Algo como una copa gira por encima!”
Resignado al misterio, sin embargo, hay algo que no me cuadra. La
dirección y distancia de la luz. Deberé decir que aquello me tuvo preocupado mucho tiempo.
Mientras repetía, a mi regreso, en cada conferencia en Buenos Aires,
que lo que había visto era tan solo una luz extraña, mis amigos estaban encantados en vociferar que aquello no era de este mundo. Sin duda, una
nave del espacio, clamaban alucinados. Y presentaban material de aval que, para ellos, era contundente.
Hoy por hoy, puedo decir qué es lo que vi.
Y lo advertí cuando asocié dos hechos básicos. La distancia y la hora
de la observación.
En esa hora había en la zona, según
pude averiguar más tarde, una maquina agropecuaria deambulando en los campos. Curiosamente, según observé, tenía la particularidad de presentar una “copa” encima que giraba con luces intermitentes. A la distancia semejaba, seguramente, algo extraño.
Más aún: los arbustos cubriéndola ayudaban a crear la sensación de
“flotación”, evitando que se viera la maquinaria no así las luces.
Y no tuve dudas. Aquella maquina era la responsable de la visión.
Ahora lamento haber propiciado un misterio cuando no lo había. Y sin embargo, siempre mantuve mi firme opinión: era una luz. Ahora sabemos de donde venía esa luz.
Espero, sirva de ejemplo de que hasta tres cerebros pueden ser
engatusados por las ansias de ver lo increíble.