5. RESULTS AND DISCUSSION
5.3 Comparisons of atmospheric correction procedures for SPOT data
conclusión: No se aprueba ni la va- gancia ni la drogadicción al trabajo. Hoy en día, a la consulta de los es- pecialistas en el campo de la salud mental acuden dos tipos de perso- nas que presentan un síndrome de- presivo: están aquellas que padecen una depresión por la falta de trabajo (lo que podríamos interpretar como una de las consecuencias psicopato- lógicas más importantes del paro laboral) y aquellas que la presentan porque han establecido una depen- dencia psicológicamente patológica en relación con su trabajo; dicho de otra manera, para estas personas el trabajo se ha convertido en una dro- ga, han establecido una dependen- cia mental y biológica (bioquímica o física) del mismo. Se trata, en fin, de unos seres humanos que no tra- bajan para vivir, sino que viven para trabajar.
EL resultado de cualquiera de las dos posiciones conduce a los seres humanos a una situación de aliena- ción, angustia, ansiedad y frustra- ción existencial. La consecuencia última de todo este devenir psico- patológico es aquella que nos lleva a vivenciar una experiencia existen- cial de no realización.
La cuarta fase queda explicitada en los siguientes versos: “Mejores son
dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si caye- ren, el uno levantará a su compañe- ro; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo (en heb lit, sucesor) que lo levante. Tam- bién si dos durmieren juntos, se ca- lentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciera contra uno, dos le re- sistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto”[83].
Estos textos vienen a hablarnos de la solidaridad necesaria que se debe de dar entre los trabajadores, frente a aquellos para los que trabajan. Re- sulta sorprendente que, tantos siglos antes de Jesucristo, el autor de nuestro libro pudiese tener una vi- sión de la realidad socioeconómica y sociolaboral, no solamente de la época en la que vivió, sino de la que, en el futuro, se iba a ir devi- niendo en la historia de los seres humanos en relación con el trabajo. Considero que estos textos contie- nen los elementos esenciales que en el siglo XIX, y como consecuencia de la aparición, primero, del Socia- lismo Utópico (movimiento socio- político y sociolaboral que se dio, principalmente, en Francia e Inglate rra, y cuyos autores eran en su ma-
yoría cristianos que partieron de presupuestos bíblicos para la elabo- ración de su ideología), y posterior- mente del Socialismo Científico (marxismo), dieron lugar a la orga- nización sindical de la clase traba- jadora (Unión Sindical), para de- fender sus derechos inalienables – concedidos por Dios a los seres hu- manos para dignificarles– frente a la explotación capitalista que trajo como consecuencia la denominada Revolución Industrial. Dicha revo- lución fue llevada adelante en el marco de una política liberal que, traicionando los principios básicos de la Revolución Francesa (1789) en los que se apoyaba –libertad, igualdad y fraternidad–, terminó conculcando los más elementales derechos humanos de la clase traba- jadora, dando lugar a la creación del proletariado, que tenía que de- venir su existencia vital en unas condiciones infrahumanas. La ex- plotación del sistema capitalista abarcaba a niños, adolescentes y mujeres.
Fue así como se fueron creando los barrios marginales en las afueras de las principales ciudades, y las gran- des bolsas de pobreza en las que vi- vían inmersos la mayoría de los se- res humanos. En este marco, la con- traseña ideológica –fundamentada en los principios del Socialismo Marxista– “¡Proletarios del mundo entero, uníos!” pretendía llevar a la realidad social, económica, moral y espiritual el famoso dicho “La unión hace la fuerza”.
Finalmente, la quinta fase pone de relieve las consecuencias inevita- bles que provoca un sistema totali- tario, autocrático y oligárquico, tan- to en el terreno sociolaboral como socioeconómico y sociopolítico. La única alternativa que le queda a “las lágrimas de los oprimidos”[84] es la acción revolucionaria, con la fi- nalidad de cambiar el sistema polí- tico hegemónico y de poner sus su- perestructuras. Esta realidad socio- histórica es la que se menciona en los últimos versos de este capítulo 4: “Mejor es el muchacho pobre y sabio, que el rey viejo y necio que no admite consejos; porque de la cárcel salió (en heb, aun que haya salido) para reinar, aunque en su reino nació pobre. Vi a todos los que viven debajo de sol caminando
con el muchacho sucesor (en heb, sheni, término que designa al se- gundo del reino, al aspirante al trono), que estará en lugar de aquél. No tenía fin la muchedumbre del pueblo que le seguía; sin embargo, los que vengan después tampoco estarán contentos con él. Y esto es también vanidad y aflicción de es- píritu”.
A la luz de los acontecimientos so- ciopolíticos, sociolaborales, socio- económicos y psicosociales que se han venido deviniendo a lo largo de la historia humana, no podemos ser muy optimistas, en el sentido de confiar en los diversos sistemas y filosofías de gobierno que los hom- bres han venido elaborando, e in- tentando poner en práctica, para transformar un sistema social injus- to, arbitrario y alienante en otro donde la justicia social, la fraterni- dad, la libertad y la igualdad consti- tuyesen los principios inalienables que permitiesen a los seres huma- nos conseguir una verdadera reali- zación a nivel personal, familiar y social. La conclusión de todo lo an- teriormente expuesto brota inevita- ble: “El poder corrompe, y los opri- midos pueden convertirse en opre- sores”.
Todo el capítulo 4 nos recuerda, de manera muy especial, la historia del
proletariado, de la revolución indus- trial del siglo XIX, del nacimiento del socialismo utópico y del cientí- fico, de las diversas revoluciones sociopolíticas acontecidas con pos- terioridad y de la degradación ideo- lógica y práxica de la Utopía. Los seres humanos hemos ensayado todos los sistemas posibles de ca- rácter político, social, moral y espi- ritual, y hemos fracasado en nuestro intento de transformar un mundo desestructurado por el pecado en un paraíso donde nuestra realización individual y colectiva fuera posible. Tomando una frase de la filosofía yonqui, y aplicándola a la realidad en la cual vivimos inmersos, ten- dríamos que decir que “la esperanza ha muerto”, años 60 a 70. Sólo que- da una esperanza posible: el esta- blecimiento pleno sobre esta Tierra, y a nivel cósmico, del Reino de Dios en la segunda venida del Se- ñor Jesucristo. Hasta que no venga el verdadero Libertador[85], los hombres, las familias, los pueblos y las naciones no podrán disfrutar ni de libertad ni de liberación.
En definitiva, el cristianismo sigue siendo la alternativa, la esperanza y la última y definitiva Revolución pendiente. R
[83] 4:9 a 12. 84. 4:1. [85] Lc 4:1621.