Marcos hace aquí un intervalo en la narración del ministerio de Jesús insertando una reflexión del mismo. No es una narración abreviada de cuanto Jesús ha hecho hasta el momento, sino una descripción resumida de su actividad (conflictos, sanaciones y exorcismos) y el impacto resultante (popularidad y reconocimiento).
Es probable que Jesús fuera consciente del peligro que sobre él se cernía, pues dice el texto que busca un lugar al que apartarse, expresión que suele indicar alejarse de un peligro. Tampoco habría que descartar razones adicionales de descanso y de oración.
A pesar del intento de buscar un lugar apartado, Jesús fue seguido por una muchedumbre procedente de lugares muy variados. La referencia geográfica es muy amplia en este punto, pues incluye tierras muy diversas y distantes, por lo que cabe deducir que su propósito es el de señalar el amplio alcance del ministerio de Jesús, hasta donde ha llegado su fama. En todos los lugares mencionados habitaban judíos, incluso en Tiro y Sidón. Aunque hay quien plantea la posibilidad de que Marcos esté indicando una incipiente respuesta de gentiles, provenientes de estos últimos lugares, al mensaje de Jesús. Vienen a él gentes de todo lugar, entre las cuales se ha difundido su capacidad como taumaturgo, como sanador.
La gente se avalancha sobre Jesús, al punto en que ordena a sus discípulos que tengan siempre una barca preparada para subirse y evitar ser estrujado (thlíbo2346) por cuantos venían a él. Otra acepción del término es oprimir o afligir, habitual en alusión a contextos de persecución, especialmente al final de los tiempos (cf. 1 Tes. 3:4; 2 Tes. 1:6, 7), pero sería excesivo interpretar la intención del pasaje como una alusión a la persecución de la iglesia en los últimos días. Es previsible que la actitud de Jesús se deba entender como la de evitar ser aclamado por la gente porque tiene una percepción equívoca de su persona y su ministerio. Vienen a él como resultado de haber sanado a muchos, pero eso no era el fin último de su llamamiento sino la proclamación del reino.
Los que venían a Jesús son descritos como teniendo plagas (mástix3148), concretamente ―azotes‖, lo cual refleja la antigua creencia de que las enfermedades eran castigos infligidos por los dioses. Estos enfermos tenían el convencimiento de que con tan solo tocar a Jesús quedarían sanos de sus dolencias (cf. 6:56), por lo que dado su gran número e intención de tocarle caían (epipípto1968) literalmente sobre Jesús.
Además de venir a Jesús los enfermos, también se le acercan los endemoniados. Jesús ya había mostrado su poder como exorcista (1:23–26). Así, los espíritus, que aparecen en control de aquellos poseídos pues hablan por ellos, se postraban (prospípto4363) ante Jesús, no en señal de adoración sino de humillación, reconociendo la superioridad de este (cf. 1:24). Declaran que Jesús es el Hijo de Dios, confesión pública que hasta este momento solo había realizado Dios en el bautismo de Jesús (1:11). La exclamación de los demonios no puede interpretarse como muestra de favor hacia Jesús, sino todo lo contrario, es un grito de frustración e impotencia. Es el reconocimiento del poder superior de Jesús sobre Satanás, fruto de su filiación divina.
De nuevo, Jesús reprende (epitimáo2008), manda callar a los demonios (cf. 1:25, 34), tras mostrar estos un claro conocimiento de quién es él. Jesús quiere evitar, por un lado, que sean los demonios los que le den a conocer y, por otro, evitar que la gente relacione su identidad tan solo con sus milagros y exorcismos. Aún es necesario desarrollar su ministerio de proclamación y enseñanza, y sobre todo la cruz y la resurrección, para poder entender plenamente su identidad y ministerio entre los hombres.
Desafío y confianza
Al formar parrte del grupo de seguidores de Jesús, vendrán grandes retos y prubas a la vida de los discípulos. Juicios, azotes, testificar ante autoridades, predicar el evangelio entre las naciones, la familia se volverá uno contra el otro, los odiarán solo por ser seguidores de Cristo. Pero tendrán recursos para salir victoriosos, confianza en la intervención del Espíritu Santo en los momentos difíciles, y tendrán así la fuerza de llegar hasta el fin a experimentar la salvación. Ser discípulo de Cristo tiene un precio.
4. Respuestas a Jesús, 3:13–35
(1) Elección de los doce apóstoles, 3:13–19
El escenario en el que se desarrolla la acción de esta historia cambia respecto del anterior. Jesús aparece en un monte o montaña. Hay toda una tradición respecto de los montes como lugares de especial revelación y comunicación con Dios, como sucedió con Moisés (cf. Éxo. 19:24–34) y Elías. Era la ocasión de recluirse a un lugar tranquilo y apartado para afrontar un momento importante en su ministerio, la elección de sus colaboradores más cercanos.
Marcos relata que Jesús llamó a sí (proskaleitai autos) a los que él quiso. No cabe duda que esta extraña expresión revela un profundo énfasis teológico, pues presenta a Jesús con la iniciativa y autoridad divina de llamar por sí mismo y bajo su autoridad, a semejanza del llamamiento de Dios a Israel (cf. Deut. 7:6–8; Isa. 41:8–10).
Hay autores que plantean dos momentos en este proceso. El primero sería el de Jesús retirándose a la montaña, acompañado de un grupo amplio de discípulos, y el segundo sería la elección, de entre este grupo más amplio de discípulos, de doce de ellos que pasarían a ser sus colaboradores más cercanos e íntimos.
La respuesta de los escogidos por Jesús es correspondida en la misma manera que otros discípulos (cf. 1:18, 20; 2:14), abandonando sus quehaceres cotidianos y siguiendo a Jesús. La elección de Marcos del verbo para describir la acción de los llamados por Jesús apunta a algo más que un mero ir a él. Van a Jesús separándose, dejando atrás lo que es su vida hasta el momento.
Fueron doce los llamados por Jesús. El testimonio de diferentes manuscritos respecto del hecho de que estos doce fueran llamados apóstoles (apóstolos652) es diverso. Unos lo incluyen y otros no, lo cual es probable que apunte a una asimilación por parte de los copistas de la versión de Lucas (Luc. 6:13). El hecho de que fueran doce los elegidos por Jesús refleja la importante influencia de la tradición judía, que apunta a las doce tribus de Israel, de manera especial a su restauración escatológica (cf. Eze. 45:8).
Las características o cualidades que habrán de evidenciar los doce han sido hasta ahora evidencia del ministerio de Jesús: predicar (1:38; 1:39; 2:2) y echar fuera demonios (1:21–28; 1:34; 1:39; 3:11, 12), lo que a su vez es evidencia de la presencia de la nueva era escatológica que se inaugura con el ministerio de Jesús (1:14, 15) y que los discípulos continúan. La autoridad con la que los discípulos predican y expulsan demonios es consecuencia de su vinculación con Jesús. Parten de Jesús y son enviados por él, aunque no es hasta 6:7 que la acción comienza. Probablemente, Jesús quiere dedicar un tiempo para preparar y formar a los escogidos para la tarea.
La mención de los nombres de los doce discípulos escogidos se introduce con una expresión que puede parecer redundante, pues ya ha sido usada en el v. 14, pero su función aquí puede servir para retomar el tema central del relato. Los tres primeros nombres aparecen en lo que podría reconocerse como un orden jerárquico. En primer lugar, Simón, seguido de Jacobo y Juan. Andrés, hermano de Simón, será mencionado a continuación de ellos y su figura parece diluirse en la tradición cristiana posterior, a la sombra de su hermano. De hecho, necesita ser identificado como hermano de Pedro (cf. 1:16). Estos tres primeros apóstoles mencionados reciben sobrenombres por parte de Jesús: Simón será Pedro y Jacobo y Juan serán Boanerges, hijos del trueno. No se sabe por qué Jesús decide estos sobrenombres. Ya en el Antiguo Testamento encontramos ejemplo de cambio de nombre tras la elección o llamamiento divino (cf. Isa. 45:4). Probablemente, dado el rol de liderazgo que Simón va a realizar dentro del grupo, y la perspectiva escatológica que impregna la concepción de los doce, la idea de identificarlo con una roca pueda estar vinculada a una posible comparación con el patriarca Abraham, también presentado como una roca o piedra (cf. Isa. 51:1, 2) o a la dureza de su carácter, Simón el rocoso.
Después, el apodo se convertirá en nombre. Del sobrenombre para Jacobo y Juan, no hay una idea clara de su por qué; cabría aventurar un reconocimiento de su carácter impulsivo (cf. 9:38; 10:35–40). Estos tres aparecerán como figuras destacadas en la iglesia primitiva (cf. Gál. 2:9).
El resto de los apóstoles serán citados sin mayor comentario, salvo en el caso de que aparezcan dos con el mismo nombre, lo cual requería mencionarlos para distinguirlos: Jacobo, que era hijo de Alfeo, y Simón en cananita o zelote (cf. Luc. 6:15). Caso aparte es el de Judas, que ya es introducido como el traidor en el grupo, el que entregó (paradídomi3860) a Jesús. En este caso, la connotación es negativa, implicando traición, aunque en otros casos la entrega sea una expresión positiva de la acción divina (cf. Rom. 5:21) o del propio Jesús quien se entregó a sí mismo por nosotros (cf. Gál. 2:20; Ef. 5:2, 25).
Hay autores que han vinculado a Simón y a Judas como parte del grupo nacionalista radical de los zelotes, pues traducen Iscariote como sicario o asesino, pero es probable que en su procedencia del arameo signifique ―el falso‖ u ―hombre de falsedad‖.
Semillero homilético
Cuando el Señor llama hay que responder
3:13–19
Introducción: Hay una realidad ineludible y es que Jesús nos llama a seguirle y a servirle. A
veces no lo oímos porque nuestra vida está sintonizada en otra dirección y no hemos ―encendido‖ nuestro interior; tenemos las ―baterías espirituales‖ descargadas porque nos hemos desconectado de la corriente que provee la verdadera vida. El llamado sigue vigente y solamente hay que captarlo. Él sigue llamando.
I. El Señor lo llama.
1. El Señor lo llama porque lo quiere (v. 13).
2. El Señor lo llama porque ve lo que puede llegar a ser (v. 16, Simón convertido en Pedro). 3. El Señor lo llama para constituirlo en un ministerio (v. 14).
4. El Señor lo llama y lo forma para el ministerio (v. 14, ―estar con él‖). 5. El Señor lo llama para enviarlo a predicar (v. 14).
II. Usted responde.
1. Aceptando su llamado (v. 13). 2. Permitiendo ser transformado (v. 16). 3. Cumpliendo la misión de predicar (v. 14). 4. Decidiendo estar con él (v. 14).
5. Luchando contra el mal en el poder de Dios (v. 15).
Conclusión: Existe un Dios que lo llama y una comunidad necesitada. ¡Su respuesta es
importante para que en el mundo se cumpla otra vocación realizada!
(2) Por quién echa Jesús fuera demonios, 3:20–30
Después de haber elegido a los doce que habrían de formar su círculo de colaboradores, Jesús se dirige de la montaña a una casa cuya ubicación no se indica. Es probable que fuera en Nazaret, porque Marcos afirma que la noticia de la presencia de Jesús llega a oídos de los suyos, que seguidamente aparecen en escena. Dado que la expresión no se refiere a sus discípulos, que ya están con él, los suyos alude con toda seguridad a los familiares de Jesús. Además, en el v. 31 se menciona a la madre y hermanos de Jesús como aquellos que pretendían llevarlo con ellos. Algunos autores creen, sin embargo, que la casa es la de Simón y Andrés en Capernaúm (cf. 1:29), la única mencionada hasta el momento en Marcos, lo cual llevaría a pensar que la familia de Jesús se desplazó desde Nazaret para rescatarle pues estaba fuera de sí (exístemi1839). En concreto, la expresión usada para describir la intención de la familia apunta a una acción de fuerza, prenderlo, que en ocasiones se traduce por arrestar (kratéo2902).
Marcos relata que la multitud se agolpa alrededor de Jesús y sus apóstoles con tal intensidad que no les dejan tiempo ni para comer, en lo que se podría definir como una búsqueda positiva de su poder. Por otro lado, la familia de Jesús le busca para llevarle a casa, lo cual tiene una connotación negativa pues suponen que ha perdido la razón. El pasaje no justifica qué les lleva a pensar de esta manera. Quizá interpretan su popularidad
como producto de su locura. La implicación del pasaje para los lectores de Marcos señala la incomprensión por parte de la familia ante el seguimiento de Jesús, incluso la necesidad de romper con ella por esta causa (cf. 1:16–20; 10:23–31). Este es el precio que cualquier discípulo de Jesús habrá de pagar, la ruptura con la familia por causa del evangelio y la incomprensión por parte de esta (cf. Jer. 12:6). El propio Jesús experimenta y da ejemplo de esa realidad, lo cual pone perspectiva a la experiencia de los cristianos que padecen lo mismo.
Los escribas hacen aparición en la escena acusando a Jesús de estar poseído por los demonios, pues en la antigüedad se atribuía la locura a algún tipo de posesión demoníaca. Además, un criterio para reconocer si un milagro provenía de Dios o era una manifestación demoníaca era si este llevaba al cumplimiento y correcta observancia de la ley o no. En el caso de Jesús, los conflictos previos respecto de la observancia del día de reposo (2:23–28; 3:1–6) o el ayuno (2:18–22) le hacían sospechoso de vulnerar los preceptos de la ley. Resulta interesante que los escribas, igual que los demonios que expulsa en sus exorcismos, reconocen implícitamente el poder de Jesús para obrar prodigios, pues lo que aquí se cuestiona es la procedencia de ese poder.
Marcos ya dejó entrever que la popularidad de Jesús ya había llegado a Jerusalén (cf. 3:8), por lo que no sorprende del todo que aparezcan en este relato escribas provenientes de esa ciudad, situación que se repetirá más adelante, acompañados de algunos fariseos (7:1). En ambos casos, el carácter hostil de la venida de estos escribas (y fariseos) desde Jerusalén está marcada por la impresión negativa que en este Evangelio se ofrece de dicha ciudad, pues es el lugar en el que Jesús será rechazado, torturado y muerto (cf. 10:32, 33).
La acusación, pues, contra Jesús es que obra sus milagros bajo la influencia del poder de Beelzebul, de Satanás. El significado de ese nombre para Satán, atendiendo a su etimología y al uso veterotestamentario, sería ―señor de la casa‖, con la implicación aquí de que Satanás sea señor del mundo (cf. 3:25, 27; Mat. 10:25). El evangelista Juan, por ejemplo, lo denomina príncipe de este mundo (Juan 12:31). La lógica, pues, de los escribas es que Jesús actúa bajo el poder de Satanás para realizar sus milagros.
La respuesta de Jesús se expresa en términos cuasi judiciales; los cita (proskaléo4341) a reunirse con él; ahí, les habla por medio de parábolas. Popularmente, se han interpretado las parábolas como pequeñas narraciones extraídas de la vida cotidiana que todos podrían entender. Sin embargo, en Marcos se encuentra muestra de todo lo contrario. Las parábolas resultan relatos enigmáticos, complicados de comprender, que necesitan ser aclarados, como también sucede en las parábolas de la Septuaginta y la literatura apocalíptica judía. El propio Marcos reconoce en 4:11, 12 que el misterio divino, que es revelado por Jesús a los suyos, es velado en parábolas a los que no creen. ¿En qué consiste la dificultad? Principalmente, no el propio relato parabólico sino en la ausencia de fe en los que escuchan. Es como decir que para los que no quieren creer, ni aun la explicación más sencilla despierta en ellos la fe, por lo que no hay excusa para ellos. Por ello, en estas parábolas, como en otras en este Evangelio (cf. 4:1–9; 7:14–17; 12:1–12), encontramos dos aspectos destacados; por un lado, la defensa de la autoridad de Jesús y, por otro, el rechazo por parte de la gente.
La parábola se introduce con una pregunta que apunta a la realidad de que los exorcismos son obra de Dios, puesto que lo contrario supondría la irracionalidad de Satanás actuando contra sí mismo.
El desarrollo de la parábola abunda en la tensión que plantea la acusación de los escribas contra Jesús. Para ello Jesús recurre a dos instituciones fundamentales en la construcción del mundo grecorromano, el reino, como representación del Estado, y la casa, como expresión nuclear de este. Si Satanás lucha contra sí mismo, es como si un reino (basiléia932) lucha intestinamente, resultando en una guerra civil que provoca su destrucción. La idea subyacente es que el mundo no está sin dominio, pues el gobierno de Satanás es una realidad presente. Es con la venida del reino de Dios en Jesús que surge el conflicto, pues viene a derrotar a Satanás y liberar al mundo de su dominio maligno. Igualmente, una casa (óikos3624) o familia que lucha entre sí está destinada a su desaparición. No se debe interpretar el término casa como edificio, sino que más bien apunta al concepto de una familia cuyos miembros se enfrentan entre sí.
Por tanto, la lógica que Jesús presenta en sus comparaciones es que Satanás no actúa contra sí mismo, pues supondría su autodestrucción. Por ello, Jesús no actúa como un demente ni expulsa fuera demonios por su dependencia del poder de Satanás.
Pecado imperdonable
―El pecado contra el Espíritu Santo es imperdonable no porque sea más grave que los demás, sino porque incluye en sí mismo el rechazo del perdón, excluyendo la postura de fe y de
conversión‖. R. Fabris
De hecho, lo que realmente está sucediendo es que el poder de Jesús y sus exorcismos apuntan a una dependencia de Dios que se manifiesta superior al poder de Satanás. El reino de Dios está haciendo presencia en el mundo con poder. Esto lo ilustra Jesús con la parábola del hombre fuerte. Sorprende que Jesús use como comparación de sí mismo a un ladrón que entra en casa de un hombre fuerte a robar, tras maniatarlo. Este es un buen ejemplo que debe recordar al lector la importancia de un buen criterio interpretativo, así como la necesidad de no forzar una excesiva alegorización de las parábolas.
La enseñanza que el texto resalta es la del poder de Jesús, superior a cualquier otro, incluido el de Satanás, por más que se presente como el dueño de la casa (cf. v. 22). Esto queda resaltado por el uso por parte de Marcos de la doble negación: nadie puede (cf. v. 27) que refuerza la imposibilidad de encontrar un poder superior al de Jesús. La presencia del reino de Dios en Jesús supone la derrota de Satanás, cuya plasmación en el texto es que le serán saqueados sus bienes y su casa (óikos3624). Es decir, el tiempo de la derrota final de Satanás ha llegado; su casa —el mundo— le será arrebatada, así como sus bienes (figurativamente, aquellos bajo su poder) (cf. Isa. 49:24–26).
Esto es posible por la acción del Espíritu Santo que dirige a Jesús (cf. 1:12, 13) y por medio del cual es poderoso para derrotar a Satanás. De ahí que, una vez finalizadas las parábolas, Jesús lanza una advertencia contra los que cuestionan su procedencia y autoridad divina, advirtiendo de la blasfemia (blasfemía988) contra el Espíritu Santo. Jesús revierte la acusación recibida sobre los que le acusan y les advierte del pecado que cometen al no reconocer en él la presencia del poder de Dios actuando contra Satanás.
La advertencia es introducida con la expresión amén légo jumín, reconocida como propia en el estilo de Jesús y que resulta sintomática de la autoridad con la que habla por sí mismo, algo sin precedente en la literatura judía contemporánea. El estilo de la advertencia es habitual en el judaísmo, expresándose en primer