Como hemos analizado, la sensibilidad intercultural ha sido estudiada básicamente desde dos modelos: (a) el de Bennett (1998), que se caracteriza por su carácter evolutivo estando incluido en los modelos de desarrollo, y (b) el de Chen y Starosta (1998) basado en la comunicación intercultural y que integra las dimensiones cognitiva, conductual y afectiva de los procesos comunicativos. El aspecto afectivo de la competencia comunicativa intercultural está representado por el concepto de sensibilidad
intercultural, el cual se refiere al deseo que motiva a las personas a conocer,
comprender, apreciar y aceptar las diferencias entre culturas (De Santos, 2004). En esta investigación, nos hemos centrado en esta última dimensión bajo el supuesto de que el desarrollo de la sensibilidad intercultural podría mejorar significativamente los procesos de socialización de los niños y jóvenes en los contextos escolares. Desde nuestra perspectiva, el desarrollo de la sensibilidad intercultural debiera alcanzar no sólo al alumnado inmigrante y autóctono, sino también al profesorado, a los directivos y a la comunidad de influencia de los centros educativos en sitios donde la diversidad cultural forma parte de la configuración social de esas comunidades. De esta manera, el alcance o amplitud de la educación en sensibilidad intercultural (proceso que se desarrolla por lo general a largo plazo) podría tener impacto a nivel individual, grupal (aula) e institucional (centro educativo).
El modelo de sensibilidad de Chen y Starosta (1998), considera que la cultura es aprendida, por lo tanto trata de promover la comprensión de las diferencias y similitudes culturales para lograr una comunicación efectiva con personas de otras culturas. Para estos autores, la idea es que los sujetos tomen conciencia de sus propias características y de los demás identificando las actitudes, las opiniones y los prejuicios que influyen en la forma en que se comunican los diferentes colectivos. Esta toma de conciencia pasa por reconocer cuáles de los aspectos de la cultura son universales y cuáles específicos, por lo tanto, más que tener conocimiento de una cultura particular, se necesita ser consciente de las claves que informan de las diferencias culturales. De acuerdo con este enfoque, un programa formativo debiera identificar qué dimensiones de la cultura son relevantes, más que conocer las tendencias de cada país en particular para poder trabajar sobre ellas.
4.1. Concepto de sensibilidad intercultural
Como hemos referido con anterioridad, la competencia comunicativa intercultural está integrada por diversas habilidades (véase Figura 2.3) agrupadas en las dimensiones cognitiva, afectiva y comportamental (Chen, 1998). A partir de los antecedentes expuestos, resulta fácil comprender que hay diferentes tipos de competencias interculturales, si bien esta investigación se centra en aquellas capacidades empleadas para emitir respuestas emocionales positivas y controlar las emociones que pueden perjudicar la comunicación intercultural, lo que Chen y Starosta (1998) proponen en su modelo de competencias interculturales bajo la denominación de sensibilidad intercultural (intercultural sensitivity).
Figura 2.3
Competencia comunicativa intercultural
Fuente: Aguaded, E. M. (2006). La educación de competencias básicas para el desarrollo de la ciudadanía intercultural en la ESO. Actas del V Congreso Internacional Educación y Sociedad: Retos del s. XXI, Universidad de Granada, p.3.
En esta investigación, el concepto de sensibilidad intercultural adoptado ha sido el de Chen y Starosta (1998) definido como un conjunto de habilidades que favorecen emociones positivas antes, durante y después del encuentro intercultural y en el que destacan diversos atributos y competencias personales: el autoconcepto, ser abierto de mente, actitud de no juzgar, empatía, autorregulación e implicación en la interacción.
Estas competencias pueden requerir de una adaptación considerable a nuevos estilos de comunicación y reglas, también a nuevas formas de relacionarse con los demás. En la práctica, este modelo no espera que las minorías étnicas que integran los centros educativos olviden lo propio de ellos, pero sí plantea el adaptarse a un cambio de códigos que les ayude a entender su forma cultural, manera de pensar y comportamiento y, además, a aceptar la cultura anfitriona (Pusch, 2005). Particularmente, en la dimensión afectiva, los estudiantes han de ser capaces de apreciar la estética de una cultura, conectar emocionalmente y desarrollar una actitud realmente positiva hacia la misma. Esto no significa relacionarse con cada valor o práctica de una cultura, pero sí sentir un respeto saludable y una aceptación de su lógica interna. Vilà (2008) señala que
Competencia comportamental
Habilidades verbales y no verbales que evidencien una adaptación de la conducta a la situación y al contexto
Competencia afectiva
Capacidades de emitir respuestas emocionales positivas y controlar las negativas
Competencia cognitiva
Conocimiento y conciencia de los elementos comunicativos y culturales de la propia cultura y de otras
Competencia comunicativa intercultural
Sensibilidad Intercultural
gran parte de las propuestas educativas que tienen por objeto el desarrollo de los aspectos afectivos de la comunicación se centran en contenidos referentes a la detección y superación de estereotipos y prejuicios, también sobre el racismo, más que sobre el desarrollo/ educación de esta capacidad. Por lo tanto, siguiendo los planteamientos de Chen y Starosta (1998), Vilà propone los objetivos afectivos siguientes para trabajar en la educación obligatoria: (a) disfrutar de la interacción con personas de distinta cultura, (b) desarrollar expectativas de poder y establecer buenas relaciones con personas de distinta cultura y (c) desarrollar el placer de vivir en un entorno poco familiar. Estos objetivos podrían orientar futuras propuestas de programas de intervención para educar la sensibilidad intercultural.
4.2. Rasgos afectivos involucrados en la comunicación
La sensibilidad intercultural es un concepto bastante complejo que incluye la habilidad de reconocer factores culturales, sociales y políticos, así como matices en las nuevas situaciones, reconocer ampliamente la complejidad que existe en los procesos comunicativos y responde con empatía. Según Downing y Husband (2002), citado por De Santos (2004), la dimensión afectiva “se define por un rechazo al etnocentrismo y al prejuicio, así como por la empatía con los demás” (p.72).
La empatía es la habilidad para cambiar conscientemente nuestra perspectiva sobre una visión del mundo diferente, además de ver la situación desde la perspectiva de otra cultura y actuar de manera apropiada culturalmente. Supone sentir o comportarse como si uno/a estuviera en el lugar del otro/a (Pusch, 2005). Desde la perspectiva del formador, ser empático requiere de sensibilidad, estar atento a las señales que los alumnos van emitiendo constantemente, vale decir, que sepa “leer” e interpretar el contexto en que se da una comunicación. Para Rodrigo (1999), tener capacidad
empática significa igualmente querer y poder comprender al otro y acercarse a su forma de pensar.
En todo encuentro comunicativo se producen inicialmente interferencias, ya que la interpretación del discurso se suele hacer a partir de otros criterios, dado que las interpretaciones no son universales ni acrónicas. Aguaded (2005) señala que las personas de otras culturas no hacen, necesariamente, un uso malintencionado o malicioso de nuestro discurso, sino que, simplemente, están aplicando otros criterios interpretativos. Para Rodrigo (1999), estos obstáculos son habituales cuando se establece un primer encuentro entre las personas, por lo tanto la idea sería hacerlos conscientes y trabajar sobre ellos. Desde su perspectiva, los problemas que impiden una comunicación fluida entre personas de diferentes culturas son la sobregeneralización, la ignorancia, sobredimensionar las diferencias y universalizar a partir de lo propio. Manifiesta que no se puede generalizar sobre las culturas, ya que de esta forma creamos una barrera psicológica que no nos permite avanzar en el conocimiento de las mismas, ni tampoco establecer un sistema de comparación de culturas, sino que tenemos que buscar similitudes, elementos comunes que nos permitan avanzar.
Tampoco es recomendable adoptar posturas etnocéntricas y universalizar a partir éstas, sino que es mucho más enriquecedor universalizar a partir de las similitudes entre las culturas. Si no se tuvieran en cuenta estas situaciones, las personas podrían caer en la incomprensión de las culturas diferentes a la propia.
La aportación de Laborín y Vera (2000) sobre el concepto de bienestar subjetivo resulta de interés en el análisis de los desencuentros entre personas portadoras de valores culturales, a veces divergentes. Este concepto se define como una categoría amplia de fenómenos que abarcan respuestas emocionales y que conformarían tres elementos
básicos: (1) la satisfacción con la vida (estabilidad emocional, autoestima suficiente, red social o familiar, etc.), (2) el afecto positivo a través de emociones (orgullo, afecto compartido, gozo) y (3) un bajo nivel de afecto negativo (culpa, tristeza, vergüenza, ansiedad, etc.).
Como se puede observar, a la hora de establecer una relación intercultural, hay que estar preparados para los posibles malentendidos que, en la mayoría de los casos, se apoyan en prejuicios o estereotipos que de todas maneras son susceptibles de cambiar.
Para Oskamp (1991), las respuestas emocionales (positivas o negativas) en una comunicación están directamente relacionadas con las actitudes que tienen los sujetos hacia las lenguas ajenas o hacia su propia lengua. Según el autor, la expresión de sentimientos positivos o negativos respecto a una lengua puede reflejar impresiones sobre la dificultad o simplicidad lingüística, la facilidad o dificultad del aprendizaje, el grado de importancia, elegancia, estatus social, etc. En definitiva, pueden llegar a reflejar lo que las personas piensan de los hablantes de esa lengua.
Por otra parte, la competencia afectiva también implica aquellos recursos implícitos en la superación de emociones negativas y la potenciación de emociones positivas que favorecen la comunicación intercultural. Bajo esta perspectiva, el grado de implicación en la interacción supone relacionarse de forma significativa y motivada en situaciones de comunicación intercultural. El grado de respeto por las diferencias culturales que existen entre las personas implicadas en un encuentro comunicativo intercultural es otro elemento clave para el desarrollo de actitudes positivas que favorecen la comunicación intercultural.
Una de las emociones que facilita en gran medida la comunicación intercultural es la confianza. La confianza en la interacción intercultural es un aspecto bastante relevante en este sentido. Del mismo modo, el grado en que puede disfrutarse de la interacción intercultural también evidencia la superación de emociones negativas, estando en un nivel de agrado y disfrute de la interacción. Otro factor de importancia es la atención que se presta habitualmente durante el contacto comunicativo intercultural. Éste es un elemento actitudinal básico que denota interés y motivación hacia la comunicación intercultural, elementos positivos que favorecen el éxito en el intercambio comunicativo intercultural.
En el ámbito de las actitudes, la comunicación intercultural puede generar respuestas emocionales negativas que, según Oberg (1960), generan un choque cultural. Entre ellas destacan la tensión; las personas involucradas en la situación de encuentro intercultural tienen que esforzarse para hacerse entender creando un ambiente de tensión y ansiedad; el clima de rechazo, en situaciones de encuentro intercultural, las personas sienten cierta duda, ansiedad y, a veces, miedo de ser rechazadas; la desorientación, las expectativas de rol, de valores y de todo a lo que las personas están acostumbradas, no se satisfacen, se sienten confundidas y desorientadas. Se puede generar también una sensación de
pérdida de sus parientes, amigos, estatus y profesión o sentimientos de sorpresa al darse
cuenta de las diferencias entre sus expectativas y lo que observan y experimentan diariamente; las personas sienten fuertes emociones, con frecuencia negativas (ansiedad, disgusto, indignación). Otro sentimiento habitual es el de impotencia debido a que se dificulta la habilidad de actuar de manera eficaz en el nuevo entorno. Sin duda alguna, conocer éstas características puede ayudar a comprender las reacciones, de pensamiento
y de emoción, ante situaciones que involucran encuentros interculturales (Iglesias, 2003).
Por último, existe una dimensión personal y social de la comunicación que determina la competencia comunicativa individual. En la dimensión personal, Martin y Hammer (1989: 58) señalan que las cualidades personales que favorecen el aprendizaje cultural son la flexibilidad cultural (poder sustituir las actividades de la cultura propia por las actividades de la cultura anfitriona), la orientación social (ser capaz de establecer nuevas relaciones interculturales), la disposición para comunicarse (estar dispuesto a utilizar la lengua de la cultura anfitriona sin temor a cometer errores), la capacidad para
la resolución (comunicar un estilo de cooperación para solucionar los posibles
conflictos), la paciencia (poder suspender el juicio), la sensibilidad intercultural (estar dispuesto a buscar posibles diferencias culturales que podrían explicar el comportamiento que no se entiende), la tolerancia por las diferencias (sentirse atraído/a o tener curiosidad por lo diferente entre las personas) y el sentido de humor (poder reírse cuando las cosas salen mal). En este sentido, las experiencias que experimentan las personas condicionan las respuestas emocionales que éstas dan en una situación comunicativa. La dimensión personal se materializa con uno mismo. En ella se reciben señales que representan las propias sensaciones o sentimientos, mientras que en una dimensión social, las percepciones se comparan con alguien más y todos los significados de los mensajes se determinan desde una perspectiva común.
Cuando opinamos acerca de las personas o de los grupos socioculturales, los estamos categorizando, formando estereotipos, es decir, aplicando un proceso de categorización cognitiva que tiene como punto de partida el encuentro con otros. Por lo tanto, la dimensión social es el resultado de la interacción del individuo con otras culturas
diferentes de la propia. En este tipo de relación, se crea un sistema de valores compartidos que puede definirse como una organización de creencias acerca de los modos de conducta preferentes, de valor relativo, y que sirven como estándares o criterios para guiar la conducta de las personas, así como para justificar y racionalizar ciertas creencias, actitudes y acciones.