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COMPUTATIONAL TECHNIQUES.

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8. COMPUTATIONAL TECHNIQUES.

Neuquén puede pensarse como un pequeño campo de protesta que se constituyó como tal a la par del accionar estatal. Su población, su sistema político, sus riquezas naturales, su corta vida institucional y su cultura política manifiestan, al lado de otros aspectos, la notable sedimentación de lo que, en términos de Auyero, podríamos llamar una matriz de protesta236. En ese sentido, esta provincia se distingue por una numerosa y activa contracultura de talante progresista, por la sólida implantación de un sindicalismo combativo y una militancia de izquierdas generalmente todo concentrado en Neuquén capital (Petrucelli, 2005). Además,

“ha habido un cambio muy grande de mentalidad en la gente en el sentido de que la gente que antes estaba encerrada hoy es gente que sale a la calle y que hace un montón de cosas, se ha ampliado mucho el espectro de gente que es militante y me parece que hay que aprovechar esa efervescencia”237.

Según Petrucelli (2005), las características de esta contracultura de protesta son borrosas y cambiantes no obstante lo cual puede decirse que sus miembros comparten una serie de valores y de prácticas sociales: cierto anhelo de igualdad; una aspiración más o menos vaga de cambio social; un genérico “anti-imperialismo”; la protesta y el reclamo vistos como un valor positivo; una mirada crítica sobre el mundo y la sociedad en que viven; la organización y la movilización populares convertidas casi en una forma de vida; la importancia concedida a los derechos humanos; la oposición al MPN; cierta “conciencia de clase”; etc. El núcleo de esta

234 Sus ingresos se mantienen en dólares (regalías por venta de petróleo y gas al exterior) o han crecido a un ritmo

mayor que el de antes (regalías por venta de combustible al mercado interno), mientras que sus gastos se han mantenido pesificados.

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Citado por Aiziczon 2004b.

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Auyero, citado por Aiziczon (2005), propone la noción de campo de protesta para referirse a una manera de abordar la protesta social en Argentina de los años ’90. Dicha noción busca evitar miradas simplistas que expliquen la protesta social a través de algún factor macro-social (A, 2005).

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contracultura está conformado por los trabajadores asalariados y sus organizaciones sindicales. Sin embargo, muchos de sus miembros no son asalariados sino que son estudiantes, desocupados o cuentapropistas.

Esta matriz de protesta que comenzó a cristalizar a mediados de los años noventa con las puebladas cutralquenses (1996-1997), las masivas huelgas de los docentes nucleados en ATEN y el desalojo de dichos maestros del puente Cipolletti-Neuquén (1997) a manos de la gendarmería tiene su origen, sin embargo, en momentos anteriores (“choconazo”, “cipolletazo” y otros “azos”) a la vez que muestra sus efectos posteriormente, especialmente durante el 2001 (Aizicson, 2005) y hasta la actualidad. A esta caracterización de la sociedad neuquina como potencialmente conflictiva debe sumarse la caracterización del sistema político como cerrado y clientelar (Aizicson, 2005).

Como elementos que pueden ayudar a comprender por qué en Neuquén floreció esta contracultura de la protesta, podemos mencionar los siguientes:

En primer lugar, el haber sido esta provincia durante los años de la dictadura militar (1976- 1983), un lugar donde se recibieron “exiliados internos”, militantes y cuadros políticos y gremiales que, desde las grandes ciudades del país, se refugiaron aquí bajo el amparo de la iglesia local representada por la figura de Jaime de Nevares. Estos exiliados internos provenientes de diferentes sectores, se cohesionarían más tarde en torno a la pelea por los derechos humanos y a la lucha contra las políticas económicas de los noventa (Aicizson, 2004b; Petrucelli, 2005).

En segundo lugar –prosigue Petrucelli (2005)- el haber recibido también esta provincia un importante contingente de exiliados chilenos que vinieron a nuestro país luego del golpe de estado de 1973, muchos de los cuales traían una larga experiencia de lucha política y social. En tercer lugar, la presencia de la Universidad Nacional del Comahue, institución que experimentó la radicalización del movimiento estudiantil durante los años 70 y actuó como un foco irradiador de nuevas ideas. Dicha universidad ha sido tradicionalmente refractaria al MPN partido que, a excepción del período iniciado en el 2003, casi nunca ha podido controlarla. Asimismo, a nivel del movimiento estudiantil, la conducción de la Federación Universitaria del Comahue osciló entre alianzas de agrupaciones independientes y coaliciones de izquierda. Otro elemento a destacar es el funcionamiento de la Radio FM UNC-CALF, en la que trabaja un importante –y casi único- núcleo de periodistas críticos (no adscriptos al gobierno) y en la que se concede un amplio espacio, e inclusive programas propios, a los movimientos sociales, los organismos de Derechos Humanos, los sindicatos y los partidos de izquierda.

En cuarto lugar, la presencia de Jaime de Nevares –un obispo de inclinaciones progresistas- quien se halló al frente de la Diócesis neuquina desde su fundación, en 1961. De la mano de este obispo, la Iglesia neuquina nació como tal en el marco de los profundos cambios acaecidos en el mundo católico a partir de Juan XXIII convirtiéndose en una suerte de excepción “posconciliar” dentro de una Iglesia argentina abrumadoramente “preconciliar” y profundamente conservadora. La influencia del Obispo de Nevares ha sido muy grande. A esto se suma el hecho de no haber tenido que lidiar con núcleos ideológicos tradicionales en la sociedad misma y que el perfil habitual de los sacerdotes que lo acompañaban era el de jóvenes emprendedores por lo cual es fácil comprender cómo se fue implantando en la zona un catolicismo progresista. Estas características de la Iglesia neuquina explican el “refugio” que la misma brindó durante la dictadura tanto a exiliados internos como externos. Este hecho favoreció –a veces pese a la Iglesia- la presencia de una importante minoría social que alentó al

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sindicalismo combativo, el inconformismo cultural, las organizaciones defensoras de los Derechos Humanos y la militancia política de izquierda.

En quinto lugar, la desproporcionada concentración de la población provincial en la capital y en las localidades circundantes hizo que la ciudad de Neuquén se convirtiera en una suerte de “gran ciudad” dentro de una geografía global caracterizada por la bajísima densidad de población. Así, como en toda gran concentración humana, el desarrollo de ideas y prácticas poco tradicionales así como también todo tipo de “sub-culturas”, se vio favorecido. En ese sentido Petrucelli (2005) señala la llamativa diferencia que existe entre la vida política y social de la capital y la de las localidades del interior.

En sexto lugar, esta singular contracultura se vio reforzada por la atracción que la misma ejercía una vez que se hubo desarrollado: muchos militantes y activistas políticos y sociales eligieron mudarse a Neuquén por las posibilidades laborales que ofrecía y por la vida política y social que aquí se desarrollaba. También los partidos de izquierda enviaban y continúan enviando un número inusualmente elevado de cuadros (a veces rentados), en ocasiones para dirigir o ayudar a dirigir los sindicatos u organizaciones sociales de la zona que esos partidos dirigen.

Por último, cabe destacar que el perfil productor de energía de la economía provincial tuvo una importante influencia no por la vía del desarrollo de un radicalizado sindicalismo petrolero -que ha sido básicamente burocrático, conciliador y aliado del poder- sino por la vía de la producción de energía eléctrica. La producción de energía eléctrica tuvo como precondición necesaria la construcción de grandes represas, monstruosas obras de ingeniería (el Chocón, Cerros Colorados, Alicurá, Piedra del Aguila, etc.) que demandaban el trabajo de miles de obreros de la construcción. Dichos obreros, llegados a Neuquén desde todo el país e inclusive desde el exterior, fueron alojados en las clásicas villas obreras.

Así, enormes contingente obreros vivían hacinados en precarios barracones, con sobrados motivos de disconformidad y en un ambiente en el que el activismo político y sindical se veía facilitado por las características de la convivencia: alejamiento de la vida familiar, homogeneidad de clase social, tiempo libre inevitablemente compartido, etc. (Choconazo, 1969-70, Piedra del Aguila 1986, etc.). A comienzos de los 90, con el fin de la construcción de las grandes represas, la desocupación haría estragos entre los obreros de la pala y la cuchara. Pese a ello, un importante número de albañiles marcados por esta cultura militante, permanece viviendo en los barrios neuquinos dando su impronta a muchas organizaciones vecinales o modernos movimientos de desocupados.

A todo lo anterior puede agregarse que, la existencia en Neuquén de un movimiento obrero vinculado principalmente a las empresas estatales o provenientes del campo de la construcción sumado a las características de las luchas que los sectores populares desarrollan en su historia, configuran también la mencionada matriz de protesta. Dicha matriz de protesta, si bien se presenta como muy sectorizada tanto sindical como regionalmente, genera, refuerza y revitaliza en amplios sectores de la población movilizada toda nueva expresión contestataria mediante una serie de mecanismos de transmisión culturales cristalizados en las fuertes contiendas con la instancia estatal. Así, este campo de protesta actúa como si fuera un sustrato fértil en donde cada conflicto nuevo reanima solidaridades, tradiciones e identidades forjadas en instancias anteriores (Aizicson, 2005). La particularidad de esta contracultura se mostró especialmente tras el ciclo de protestas que se desencadenó en Argentina a fines del año 2001: por un lado, las prácticas y discursos aquí presentes escaparon al autonomismo ciudadano presente en las asambleas barriales

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que se produjeron en Buenos Aires, Córdoba, Mendoza y Rosario238 ; por otro, las acciones de protestas neuquinas fueron lideradas por instituciones “clásicas” (sindicatos, partidos de izquierda, etc.), es decir, por aquéllas instituciones que resultaron altamente cuestionadas en los noventa (Aizicson, 2005) y especialmente en el 2001.

Esta caracterización –según Aizicson (2005)- no implica la inexistencia de actores sociales “nuevos” (algunos vecinos autoconvocados), ni la ausencia de formatos de protesta novedosos (extra-partidarios o por fuera de los sindicatos) o de procesos de movilización que expresen otras reivindicaciones (Movimiento de Mujeres en Lucha, movimiento antipeaje, comunidades mapuches, desocupados, etc.). Sin embargo, sí significa que la predominancia y el liderazgo de la movilización social continúa recayendo sobre las instancias “clásicas” más que sobre las “novedosas” por lo cual podemos decir que, en Neuquén, nos encontramos con un campo de protesta muy activo aunque asentado en instituciones tradicionales.

El análisis de esta contracultura de la resistencia en Neuquén no estaría completo si no mencionáramos también al menos algunas de sus limitaciones.

En primer lugar, siguiendo a Petrucelli (2005), cabe destacar que el extraordinario activismo de la cultura neuquina de la protesta nunca puso en riesgo el dominio político del Movimiento Popular Neuquino (MPN). Esta incapacidad de transformar el rechazo a las reformas reaccionarias en una propuesta alternativa, tiene mucho que ver con la heterogeneidad político-ideológica de las diferentes vertientes que nutren a la contracultura neuquina pero también tiene que ver con cierto “sectarismo” y con la virtual inexistencia de un diálogo y un intercambio sincero y fraterno entre las diversas corrientes militantes. El resultado de todo ello es una gran capacidad para movilizarse “en contra”, pero no para hacerlo “a favor de”. En ese sentido, la unidad en la protesta -que acaso ha sido mayor que en otros sitios- no ha generado ninguna tendencia hacia la unidad en la propuesta.

Otra limitación ha sido la existencia de cierto “conservadurismo” en la defensa de antiguas conquistas sociales. Los comprensibles esfuerzos realizados para defender derechos sociales o laborales, muchas veces se realizan de forma tal que prácticamente implican una apología de lo existente al tiempo que obturan toda posibilidad de pensar alternativas especialmente de índole revolucionaria.

Por último, sin dejar de estar atravesada por contratendencias horizontalistas y libertarias, la cultura neuquina de la protesta no ha podido escapar ni a cierta cristalización burocrática, ni a un imaginario excesivamente estatista y populista.

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