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La educación consiste, a nivel general, en la socialización metódica de las nuevas generaciones. “La educación es la acción ejercida por las generaciones adultas sobre aquellas que no se encuentran todavía preparadas para la vida social; tiene por objeto suscitar y desarrollar en el niño cierto número de estados físicos, intelectuales y morales, reclamados por la sociedad política en su conjunto y por el medio especial al que cada niño, particularmente, se destine” (Durkheim, 1976:53). Por otro lado, Durkheim distingue entre ser individual y ser social. El primero está constituido por los estados mentales propios de la vida personal. El ser social indica un sistema de ideas, sentimientos, hábitos que expresan el grupo o grupos del que forman parte. Constituir ese ser social en cada individuo es el fin de la educación (Durkheim, 1976:113). La cultura forma en nosotros, por medio de la educación, ese segundo ser: el ser social. El ser individual es previo a la educación recibida y constituye la personalidad de cada uno. La educación, en el hombre, “crea un ser nuevo” (Durkheim, 1976:53-54).

La inculturación es el proceso de insertar al individuo en las pautas de conducta de su medio social. Y ello supone un largo proceso de socialización, que se inicia sobre todo en los grupos familiar y social. La socialización es el proceso por el cual se internalizan y ponen en juego los papeles como “sistemas de hábitos o conjunto estructurado de respuestas ante cualquier situación dada” (Lerena, 1985:105). En la actualidad, podemos decir que “la educación ha pasado a ser un elemento clave de inclusión social” (Brudilla Callí, 2004:91). Pero la educación como inculturación y transmisión cultural no es una práctica puramente privada sino que tiene una dimensión social importante y decisiva. La educación no es un mero cultivo de una cultura neutra y técnica, sino una inculturación (interiorización de la propia cultura), donde los grupos sociales se juegan su identidad como tales grupos en la estructura social. Cada grupo social posee su propia cultura. “Lo que se juega en el conflicto entre los grupos sociales y clases es, entre otras dimensiones, la identidad: se trata de diferentes modelos humanos en pugna por imponerse y ampliar la legitimidad de su cultura” (Lerena, 1985:117).

La educación como proceso de socialización supone un doble proceso: de diferenciación social y homogeneización social. Debemos tener en cuenta que las diferencias culturales remiten siempre a diferencias sociales, lo cual tiene que ver con la desigualdad y la estratificación social (Román y Díez, 1994:20). Esta diferenciación social surge en función de las oportunidades educativas de cada sujeto y el uso de las mismas en función de sus capacidades, pero también en función del aprendizaje de roles, conductas y valores en la escuela. Pero, además, la educación pretende un proceso de homogeneización, estandarización e igualación social en función de los contenidos y metas culturales comunes a una sociedad determinada. “La educación perpetúa y refuerza dicha homogeneidad inculcando por adelantado en la mente del niño las similitudes esenciales que supone la vida colectiva. Ahora bien, por otra parte, de no existir la diversidad, toda cooperación resultaría imposible” (Durkheim, 1976:106).

La sociedad para asegurar su propia estabilidad y supervivencia crea mecanismos de adaptación, que reciben el nombre genérico de control social. Este concepto es definido por Stalcup (1969:107) como “el proceso en virtud del cual una sociedad regula la conducta de sus miembros, llevándolos a la aceptación de las normas sociales”. Las formas de control social son numerosas y entre otras podemos citar: “creencias, sugestión social, religión, ideales sociales, ceremonias, arte, medios de información, propaganda, educación formal e informal, leyes, fuerza coactiva, convenciones, moda, opinión pública, sistema escolar,...” (Román y Díez, 1994:20).

Una de las modalidades más efectivas de control social es la educación en el sistema escolar: “Únicamente puede obtenerse una sociedad ordenada si se educa a la mayoría de la gente del modo que desee hacer lo que socialmente es necesario que haga. El control social se realiza principalmente socializando a la gente, de manera que sus deseos y restricciones internalizadas la conduzcan a hacer voluntariamente lo que una sociedad necesita” (Horton, 1973:29). La educación desde esta perspectiva sería la “reproducción cultural” realizada mediante la transmisión de una generación a otra de valores y pautas de comportamiento que constituyen el soporte de una sociedad. Y ello facilita el orden social, como resultado de unos mismos valores compartidos. Pero la educación no sólo supone compartir unos valores, sino que además facilita la sistematización de los mismos (Román y Díez, 1994:21).

La escuela como institución social es creada por la cultura mayoritaria y, por tanto, apoya lo que los niños de este grupo social mayoritario han recibido y reciben a través de la familia y el medio social. El niño de este grupo cultural se siente a gusto con la escuela, entiende sus mensajes, encuentra en ella el medio de alcanzar un nivel de aspiración asumido desde muy niño. ¿Qué les sucede a los niños de los grupos culturales minoritarios? La escuela les transmite modos de vida y normas distintos, en algunos casos contradictorios, a los que ellos reciben en su propio medio. También el lenguaje que utiliza es diferente, incomprensible a veces. La contradicción la vive el niño de forma brutal. El llamado fracaso escolar se ceba fundamentalmente en los grupos que representan culturas diferentes a la media mayoritaria (Garrido y Torres, 1994).

Podemos comprender el tipo de dificultades que los niños en desventaja muestran en la escuela, puesto que “la mayor parte de sus interacciones están basadas en valores y orientaciones familiares que entran en contradicción con los valores y orientaciones del sistema educativo” (Díaz-Aguado, 1993:48). “Existe una tendencia a sumir como correctos los valores de la mayoría y los de la minoría como deficientes” (SOS, 2002).

Cole y Scribner (1974) concluyen que una gran parte de los fracasos escolares se deben a los grandes conflictos que a menudo existen entre la escuela y la cultura tradicional del alumno, conflictos que suelen ser mucho más graves en el caso de los alumnos en desventaja social y/o pertenecientes a minorías étnicas o culturales. Y proponen para superar dicha limitación:

Llevar la vida cotidiana del alumno a la escuela para que sus temas, materiales y actividades se ocupen de alguno de los aspectos de la realidad física y social a la que se enfrentan los alumnos fuera de ella.

Introducir los procedimientos de la escuela moderna en el ambiente familiar.

Como estrategia para favorecer la integración escolar de los alumnos en desventaja, es necesario transformar cualitativamente el sistema escolar acercando sus contenidos y actividades a la cultura familiar de dichos alumnos, eliminando así el conflicto existente actualmente en este sentido, pero sin que ello suponga reducir los objetivos educativos (Díaz-Aguado, 1993:37).

En muy pocas oportunidades se aprecia la presencia de la multiculturalidad como un factor enriquecedor para el centro, o como una oportunidad para el desarrollo de actividades, metodologías y materiales que permitan abordar la interculturalidad como reconocimiento de la cultura de origen, una trayectoria personal, una cultura experiencial de los alumnos que se convierta en fuente de diversidad, en ámbito de reflexión sobre nuestra cultura, su evolución, su construcción y reconstrucción y especialmente sobre la cultura escolar que se genera y viven en los centros educativos (Margalef García, 2000).

“Para hacer realidad el principio de igualdad de oportunidades en el caso de los alumnos pertenecientes a determinadas minorías culturales en desventaja respecto al acceso a los recursos disponibles en las sociedades industrializadas, es necesario proporcionarles a través de la escuela las herramientas intelectuales necesarias para adaptarse a este tipo de sociedades; herramientas que coinciden con objetivos básicos de la educación escolar” (Díaz Aguado, 1993:36).

Existe en nuestra sociedad un fuerte choque entre el currículum escolar y las minorías étnicas que sienten que la cultura mayoritaria y hegemónica borra y aprisiona su bagaje cultural, haciendo del currículum algo incomprensible para estos alumnos, que incluso llegan a sentirse agredidos por la diferencia cultural entre los valores propios y en los que se ven obligados a desarrollarse.