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Desde los modelos interactivos de los eventos de la vida, la vulnerabilidad personal y los recursos sociales, se trata de dar respuesta a esta cuestión de tal modo que para poder explicar estas diferencias individuales debemos acudir al concepto de víctima vulnerable. En ningún caso debemos confundirlo con los factores de riesgo o especial predisposición de determinadas personas para poder llegar a convertirse en víctima del delito; ambos pueden coincidir en la misma persona pero los factores de vulnerabilidad, que veremos a continuación, aunque ya presentes en el momento de la ofensa, tan sólo entran en funcionamiento una vez ocasionada la misma aumentando la probabilidad de sufrir un intenso impacto emocional tras haber sido objeto de un delito violento.

A nivel psicológico, tanto la inestabilidad emocional como la ansiedad en tanto rasgo de personalidad, se han identificado como factores de vulnerabilidad con capacidad predictora de aparición de trastornos adaptativos tras la victimi- zación. Así mismo, un bajo nivel de inteligencia y una historia de fracaso esco- lar se consideran factores perjudiciales ante el estrés (Esbec, 2000).

La dimensión “locus de control ” es otra de las variables que parece moderar entre el suceso traumático y la psicopatología desarrollada en la víctima. Este concepto fue introducido por Rotter en la década de los años sesenta dentro del marco de la Teoría del Aprendizaje Social. De acuerdo con esta teoría, la conducta de las personas puede predecirse desde el conocimiento de cómo éstas ven la situación, desde sus expectativas sobre su propia conducta y desde sus evaluaciones sobre los resultados que podrían ocurrir a consecuencia de sus actos en esa situación. Un “locus de control externo”, es decir, una apreciación por parte de la víctima de poca contingencia entre sus acciones y los acontecimientos, y, por tanto, la sensación de poco dominio sobre los mismos, contribuye a generar sentimientos de indefensión y desesperanza que aumentan la probabilidad de que la víctima presente psicopatología; por el contrario, un “locus de control interno”, definido como la creencia generalizada en la cuál los refuerzos que siguen a una acción están directamente relacionados con la conducta del sujeto, contribuirían al desarrollo por parte de la víctima de estrategias de afrontamiento, que si son adecuadas, pueden constituirse como protectores frente al daño psicológico. En este sentido, Horowitz (1980;1987), citado en Baca Baldomero (2003), que ha estudiado los efectos que el locus de control tiene en la determinación de las estrategias adaptativas de los sujetos sometidos a situaciones traumáticas, concluye que el locus de control externo supone una mayor vulnerabilidad a la posibilidad de desarrollar respuestas patológicas ante sucesos estresantes externos.

El trabajo de Lazarus (1983) sobre el estrés y las habilidades de afrontamien- to puede sernos muy útil en este sentido. Lazarus plantea que las personas presentan diferencias individuales en la vulnerabilidad al estrés, en su fortaleza frente a la adversidad y en cuanto a sus habilidades de afrontamiento.

Concibe el estrés psicológico y las habilidades de afrontamiento como el pro- ducto de una relación continua entre la persona y el ambiente. De tal modo que la persona, al enfrentarse a una situación potencialmente estresante, realiza una evaluación cognitiva entre las demandas de la situación y la disponibilidad de sus propios recursos (personales, interpersonales, comunitarios, etc.) para hacerlas frente.

Lazarus descubre tres tipos de evaluaciones: 1. Valoración del daño o pérdida (He sufrido daño). 2. Evaluación de la amenaza (Puede sufrir daño). 3. La valoración del desafío (Puedo hacerlo).

El estrés, por tanto, no pertenece ni a la persona ni al entorno, sino que es consecuencia de la relación dinámica entre ambos (Folkman, 1984 cit. en Soria Verde, 1993). Lazarus afirma que las personas no son víctimas del estrés, sino que, al interpretar primariamente el hecho como delictivo, y una vez utilizadas sus propias estrategias y recursos de afrontamiento (valoración secundaria), determinan la naturaleza e intensidad del mismo.

Echeburúa (2004), por su parte, nos ofrece una relación de estrategias ade- cuadas e inadecuadas a las que una víctima puede recurrir para hacer frente al suceso y que, sin duda, repercutirán en su proceso de recuperación

Estrategias de afrontamiento positivas: · Aceptación del hecho y resignación. · Experiencia compartida de dolor y pena.

· Reorganización del sistema familiar y de la vida cotidiana. · Reinterpretación positiva del suceso.

· Establecimiento de nuevas metas y relaciones. · Búsqueda de apoyo social.

· Implicación en grupos de autoayuda o en ONG. Estrategias de afrontamiento negativas:

· Anclaje en los recuerdos y planteamiento de preguntas sin respuesta. · Sentimientos de culpa.

· Emociones negativas de odio y venganza. · Aislamiento social.

· Implicación en procesos judiciales, sobre todo cuando la víctima se implica voluntariamente en ellos.

· Consumo excesivo de alcohol o drogas. · Abuso de fármacos.

Ciertamente, por la mente de una persona víctima de un acto delictivo suelen sucederse pensamientos del tipo “¿Por qué yo...?”, “Ha sido culpa mía...”, “¿Qué fue lo que hice para que esto sucediera?”, que no hacen sino agravar la situación victimizante. Desde la Psicología Social se ha puesto de manifiesto el papel que juegan los factores cognitivos en las reacciones de las víctimas, así como en su proceso de afrontamiento y posterior ajuste.

Pensamientos como “La culpa ha sido mía” subyacen en los mecanismos de autoinculpación victimal, y pueden explicarse desde la denominada Teoría de la Atribución. Esta teoría constituye un importante avance en el estudio del comportamiento de la víctima ante un hecho delictivo, tanto en la internalización de la problemática como en la externalización de las responsabilidades acaecidas (Esbec, 2000). Postula que, en la base de todo juicio de valor, reside el deseo de controlar y comprender la realidad, de tal modo que, dada una determinada consecuencia de hecho, el definidor tratará de completar la secuencia cognosci- tiva de manera sistemática, atribuyendo a la consecuencia del hecho la causa que personalmente le aporte un mínimo sufrimiento y un máximo de seguridad personal y de afianzamiento en el orden (Sedlace, cit. en Herrero, 1996). Dicho de otro modo, el sujeto hace una valoración del suceso vivido y cuanto más amenace la estabilidad del individuo, en un intento fácil y directo de reestablecer el orden de realidad, mayor será la tendencia de culpabilizar a la víctima antes que a otros posibles factores externos

En ese proceso evaluativo juega un papel fundamental “La hipótesis del mundo justo” formulada por Lerner en la década de los sesenta. Esta hipótesis parte de una creencia, socialmente compartida, en un sentido interno y regula- dor de la justicia, que, a la postre, orienta todos los acontecimientos vitales, de tal modo que “cada persona recibe lo que se merece e, inversamente, se merece lo que recibe” (Mantovani, cit. en Herrero, 1996). De acuerdo con Lerner (1980),

las personas tienen la creencia de que viven en un mundo con sentido, en el que las cosas no suceden al azar. La victimización rompe esta creencia y hace ver a las víctimas que el mundo no tiene sentido de tal manera que, con la finalidad de dar significado a la experiencia victimizante, muchas de las víctimas pueden llegar a culparse por lo ocurrido.

Otra de las creencias socialmente compartidas es la «ilusión de invulnerabi- lidad». Todos sabemos que los crímenes ocurren, somos bombardeados diariamente por los medios de comunicación con noticias de sucesos violentos; no obstante, este tipo de cosas les suceden a otros. Esta ilusión de invulnerabilidad nos protege del estrés y ansiedad que supondría vivir con la percepción constantemente de una posible amenaza. Pues bien, la experiencia de victimización destruye tal ilusión, de tal modo que la percepción del mundo cambia drásticamente, y, desde ese momento, se convierte en un lugar amenazante que puede desbordar sus recursos personales para hacerle frente y favorecer la adopción de estrategias de afrontamiento inadecuadas (evitación, consumo de sustancias, etc.), reduciendo su calidad de vida muy significativamente. Las víctimas ya no se percibirán a sí mismas como seguras en mucho tiempo, quizás nunca, espe- cialmente si se trata de victimizaciones inducidas por personas.

Entre las variables sociodemográficas que han sido identificadas como elementos de vulnerabilidad se encuentran la edad, el estado civil, el sexo, la ocupación laboral, el nivel de escolarización y el apoyo social.

Con respecto a la variable edad en el momento del delito, los resultados de los estudios son contradictorios; mientras que algunos de ellos indican que no tiene efectos en las reacciones posteriores otros encuentran lo contrario. En el caso de delitos sexuales parece que, en general, las víctimas más jóvenes expe- rimentan niveles más bajos de perturbación (Herrero y Garrido, 2001). Autores como los citados señalan que la contradicción en los resultados puede deberse, entre otras causas, a los distintos rangos de edad empleados en los diferentes estudios. Así mismo, también es posible que las creencias y actitudes de las mujeres sobre la violación, antes que la edad por sí misma, influyan en su ajuste. Como indican algunos de los resultados de la investigación que llevaron a cabo, los sujetos, y en concreto las mujeres, mantienen actitudes más tradicionales sobre el sexo y creencias o mitos sobre la violación.

En un estudio llevado a cabo por Esbec sobre una muestra de 100 víctimas de delitos violentos y contra la libertad sexual reconocidas en la clínica médico forense de Granadilla de Abona (Tenerife) durante 1983, se constató que este tipo de factores influye significativamente en el desarrollo de sintomatología postraumática. Dicho estudio mostró que, en general, las mujeres eran más sensibles que los varones a presentar este tipo de patología. No obstante, ni la ausencia de apoyo social ni la separación conyugal en las mujeres resultaban significativos. De hecho, en el caso de agresión sexual, la convivencia de las víctimas con el cónyuge favorecía la aparición de una más intensa sintomatología (mayor intrusismo o reviviscencia de los hechos), seguida de las víctimas que vivían solas, y encontrándose un menor impacto en las que vivían con su familia de origen. Pensemos en lo problemático que para este tipo de víctimas debe ser volver a recobrar la sensación de control en las relaciones sexuales. Muchas de estas mujeres suelen presentar serios trastornos sexuales como consecuencia de la victimización; enfrentarse a una relación sexual les genera una gran ansiedad, de alguna manera, vuelven a reencontrase con estímulos específicos que generan flashbacks y en muchas ocasiones pueden sentirse coaccionadas (Herman, 2004), de manera que la mayoría evita la situación. Por el contrario, en el caso de los varones la condición separado-divorciado estaba relacionada un mayor nivel de psicopatología.

Por último, otros aspectos biográficos como la historia de abuso infantil durante la infancia, antecedentes psiquiátricos familiares, historia de inestabili- dad familiar, separación o divorcio de los padres antes de los diez años y pobre- za de los padres, constituyen elementos favorecedores de la desadaptación ante el estrés (Esbec, 2000).

Parece demostrado que la presencia de antecedentes psiquiátricos persona- les es un factor de riesgo para el desarrollo de patología postraumática. En el caso de antecedentes familiares, los datos disponibles proceden fundamentalmente de investigaciones realizadas en casos de Trastorno de Estrés Postraumático y en todas ellas las cifras de antecedentes psiquiátricos familiares encontrados oscilan entre el 55% y el 66% (Baca Baldomero, 2003).

La victimización previa y la concurrencia de otros sucesos (indeseables) vitales próximos al hecho victimizante también se han identificado como factores que aumentan en la víctima la vulnerabilidad a desarrollar psicopatología.

No obstante, como señala Echeburúa (2004), hay personas que se muestran resistentes a la aparición de síntomas clínicos tras la experimentación de un suceso traumático y que, aunque sufren, son capaces de hacer frente a la vida cotidiana.

Estas personalidades resistentes al estrés se caracterizan por lo siguiente: · Control de las emociones y valoración positiva de uno mismo.

· Estilo de vida equilibrado.

· Apoyo social y participación en actividades sociales.

· Implicación activa en el proyecto de vida (profesión, familia, actividades de voluntariado, etc.)

· Afrontamiento de las dificultades cotidianas. · Aficiones gratificantes.

· Sentido del humor.

· Actitud positiva ante la vida.

· Aceptación de las limitaciones personales. · Vida espiritual.

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