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Aunque el proceso de victimización no sigue un único patrón de desarrollo ni para todas las personas ni en el caso de todos los delitos, porque, como vere- mos, su curso está mediatizado por distintas variables mediadoras, las manifes- taciones más comunes en muchas de las victimizaciones se pueden situar a tres niveles de respuesta, esto es, a nivel fisiológico, cognitivo y motor. Así, encon- tramos frecuentemente shock, confusión, miedo generalizado, ansiedad, depresión, síntomas somáticos y fisiológicos (reacciones de estrés general tales como cambios en el ritmo cardiaco, la respiración o sudoración excesiva), sentimientos de culpa, miedo a morir e incluso ideación suicida, conductas de evitación, hostilidad, baja autoestima, indefensión, pérdida de interés en activi- dades cotidianas, cambios radicales en las formas de vida, necesidad de apoyo social formal e informal, etc. Realmente, muchos de estos síntomas también podemos encontrarlos en víctimas de otro tipo de situaciones traumáticas, como desastres naturales, accidentes de tráfico y enfermedades incurables, pero en el

caso de la victimización por delito aparecen dos factores que afectarán de forma diferencial a la víctima, y que, sin duda, influirán en el impacto mismo del suce- so así como en su posterior proceso de recuperación. En primer lugar, las víctimas de los delitos, sean violentos o no, han de enfrentarse al hecho de que su sufrimiento es producto de la conducta intencional de otra persona que las ha escogido para cometer el delito, y en segundo lugar, la naturaleza interpersonal de muchas victimizaciones (Herrero y Garrido, 2001).

Esbec (2000) resume la victimización psíquica de este modo: 1. Sentimientos de humillación, vergüenza, ira o impotencia. 2. Preocupación constante por el trauma.

3. Auto-culpabilidad, con tendencia a revivenciar y percibir el suceso como responsable principal del mismo.

4. Pérdida progresiva de autoconfianza como consecuencia de los sentimien- tos de indefensión e impotencia experimentados.

5. Alteración del sistema de valores, especialmente su confianza en los demás y su creencia en un mundo justo.

6. Falta de interés y concentración hacia aquellas actividades y aficiones que anteriormente disfrutaba.

7. Aumento de vulnerabilidad con temor a vivir en mundo peligroso y pérdida de control sobre su propia vida.

8. Disminución de la autoestima, es decir, la imagen positiva que las perso- nas tienen de sí mismas.

9. Ansiedad. 10. Depresión.

11. Hostilidad, agresividad, abuso de drogas. 12. Alteración del ritmo y contenido del sueño.

13. Cambio drástico en el estilo de vida, con miedo a acudir a los lugares de costumbre, cambio imperioso de domicilio.

14. Modificación de las relaciones (dependencia, aislamiento) 15. Disfunción sexual.

Ya apuntábamos anteriormente que el proceso de victimización no sigue un modelo único de desarrollo, y que la reacción psicológica de la víctima ante el delito puede variar en función de variables tales como la gravedad del hecho y características del mismo, determinadas variables sociodemográficas, que la víc- tima inicie el procedimiento judicial y entre en contacto con la administración de justicia, el apoyo social con el que cuente, determinadas características de per- sonalidad y nivel de funcionamiento previo al mismo, etc. No nos detendremos en ellas por ahora, ya que dedicaremos un apartado independiente a abordar estas cuestiones, pero señalar que, a pesar de ello, diversos trabajos presentan una pauta general de reacción psicológica ante el acto delictivo.

Soria Verde (1993) las resume de este modo: Etapa de Desorganización

Esta primera fase está causada directamente por el “shock” que provoca el suceso delictivo. Suele durar horas, y se caracteriza fundamentalmente por la conmoción, el enturbamiento de la conciencia, la desorientación espacio-tempo- ral, una imposibilidad de aceptar el suceso como real, por lo que frecuentemente se produce negación del mismo, y, a nivel afectivo, suelen experimentar un amplio abanico de sentimientos tales como vulnerabilidad, impotencia, rabia, ira, abatimiento, culpa, vergüenza, depresión, especialmente si no actuó como esperaba en esa situación, y, en general, un embotamiento, lentitud y pobreza de reacciones que puede llegar a paralizarla y a no saber qué hacer, lo que puede explicar la no denuncia de los hechos en muchas ocasiones o el retraso en hacerlo. Reevaluación Cognitivo-conductual

Este período suele abarcar entre dos y tres meses. El embotamiento se va diluyendo y la tarea principal a la que se enfrenta la víctima en esta fase es la de integrar el suceso en sus esquemas personales (escala de valores, percepción de sí misma, los otros y el mundo que la rodea, que a menudo se encuentran gra- vemente dañados por la situación traumatizante), es decir, inicia un proceso de

reevaluación global del que dependerá la superación del problema o el agravamiento del mismo. Es por ello que son frecuentes las sensaciones contrapuestas; desde lo afectivo encontramos alternancia de sentimientos tristeza-euforia, miedo-rabia, autocompasión-culpa, a nivel de pensamiento la víctima revive una y otra vez el suceso traumático por lo que lo comportamental se altera de tal modo que aparecen conductas de evitación ante estímulos concretos asociados al suceso (coordenadas espaciotemporales, determinados lugares, objetos, etc.), o difusos (la noche, la soledad, etc.), que pueden llegar a limitar de forma importante su vida cotidiana.

Establecimiento del trauma

Aparece tras los dos períodos descritos anteriormente aunque también es posible la ausencia de las manifestaciones descritas y que se observe un período de latencia en el que la conducta del sujeto se muestra pseudonormalizada o acorde con el denominado “estilo controlado” que describen Burguess y Holmstrom (1974), y que se caracteriza por el control de los sentimientos o el enmascarado de los mismos. A nivel interpersonal, las personas más cercanas suelen detectar cambio, enfriamiento y distanciamiento, y en el pensamiento, parte más activa y de más difícil acceso, aparecen sentimientos de pérdida (de la propia identidad y de dignidad, humillación, rechazo de los demás, sentimientos de venganza, etc.) entremezclados y sin claridad.

Las reacciones a los eventos traumáticos son respuestas normales ante circunstancias anormales (Rubin y L. Bloch, 2001). Como postula Lindemann (1944) las personas disponen de una gran cantidad de recursos internos con los que pueden enfrentarse a una crisis súbita en su vida. No obstante, siguiendo la teoría de la crisis, la resistencia de cualquier individuo es finita y bajo ciertas circunstancias la persona puede verse desbordada y desarrollar conductas desviadas como intento de solución que necesiten de un tratamiento especializado.

3.

DIFERENCIAS INDIVIDUALES EN LA RESPUESTA FRENTE AL

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