No sabía qué era sueño en sus desvanecientes recuerdos y qué había ocurrido en realidad; durante unos instantes dudó en poder establecer una diferencia. Luego se convenció de que nunca había soñado con estruendosos dolores de cabeza, así que esto tenía que ser realidad. Se acordaba de unas figuras, un golpe, negrura, un baile de dioses que bramaban, con cabeza humana y Cuerpo de animal, y quizás había caminado en algún momento, apoyado en otros o arrastrado por ellos.
Todo se movía, con los movimientos propios de un barco. Respiró lenta y profundamente, se esforzó por pasar por alto el ronroneo (más bien un fragor sin ruido) dentro de su cráneo.
Luego Ninurta abrió los ojos y volvió a cerrarlos; sobre él se cernía un brillo cegador. Alzó las manos para proteger los ojos.
Las manos las tenía atadas.
-¿Vives, señor? -dijo una voz, la de Lamashtu. Él gimió.
-Yo no lo llamaría vivir, pero no se me ocurre una palabra peor. ¿Qué ha pasado? Lamashtu le ayudó a incorporarse. Se encontraban a bordo de un ancho y pesado carguero que formaba parte de una escuadrilla de siete barcos, como pronto pudo apreciar. La costa lejana se divisaba a la derecha; Awil-Ninurta reunió los datos de que disponía y supo que era mediada la tarde y un fuerte viento sur impulsaba los barcos hacia el septentrión.
-Esperamos en la puerta del palacio, señor; bueno, quiero decir cerca de la puerta, bien ocultos. -Lamashtu tenía la marca de un arañazo o corte en la mejilla izquierda-. Cuando la puerta se cerró, corrimos alrededor del palacio hasta encontrar la más pequeña. Tú saliste, y unos hombres se arrojaron sobre ti.
-Me acuerdo vagamente.
Tsanghar y Lamashtu intentaron ayudarle contra los agresores. Pero éstos eran seis o siete, y parecían haber esperado allí, como si supieran exactamente lo que tenían que hacer.
-¿Qué pasó con Tsanghar?
-Lo abatieron y lo dejaron allí... muerto o inconsciente. Luego nos llevaron por callejones a la lengua de tierra del sur.
-¿Al palacio de verano?
-Sí, señor, con los hititas. -señaló hacia delante y hacia atrás. En proa y popa, de pie o sentados, había guerreros hititas.
Otros estaban tumbados o en cuclillas en la cubierta del carguero, entre los marinos y los prisioneros, todos ellos con las manos atadas. Como Lamashtu. Como él. Ninurta gruñó.
-¿Han dicho adónde se dirige el viaje?
-Ni una sola palabra. Pero... -señaló hacia la costa con el mentón. -Hacia el norte. ¿Esclavos para el gran rey?
No tenía sentido. ¿O sí? Pensó en las negociaciones en palacio. Si Hamurapi, Rap'anu y Niqmepa sabían que le esperaban corchetes hititas, ¿para qué el regateo? Por qué enseguida no le habían... Movió la cabeza. No, sí que tenía sentido. Los hititas necesitaban esclavos, guerreros, minerales, armas, alimentos; los aliados tenían que suministrárselos. Se habían tomado un par de horas para mecerlo en la seguridad y obtener de él esclavos y una orden de pago. Pero aún así....
Lamashtu parecía sumida en pensamientos parecidos.
-¿Por qué no te han detenido en palacio? No puedo creer que todo esto, la entrega a los guerreros hititas en el palacio real de verano y todo lo demás, ocurra sin conocimiento del soberano.
Ninurta quiso reírse, ligera, cínicamente, pero pronto desistió de hacerlo. Su cabeza no le admitía carcajadas.
-Ay. Querían mis conocimientos y una orden de pago. Tenía que ser tarde, para que no hubiera testigos. Awil-Ninurta y los otros tamkaru de la sociedad son extranjeros en Ugarit, pero hemos negociado con muchos, y no pocos nos conocen; ni siquiera el rey podría explicar sin esfuerzo a sus súbditos más ricos por qué hace desaparecer a uno de sus socios más importantes. -Titubeó y volvió a respirar hondo varias veces; el latir del cráneo aflojó un poco-. Además, en palacio tomé pan y sal y sacrifiqué al dios unas gotas de vino. Así que todo tenía
que ocurrir fuera del palacio. En secreto. Tan en secreto que nadie pueda decir nada. Y que nadie se ría de mi insondable ligereza. Tashmetu me advirtió, y yo no lo creí...
-Pero ¿para qué? ¿No eres más importante como tamkar que paga que como prisionero?
-No lo sé. Quizás uno de los jefes de estos guerreros tenga un escrito de Hamurapi para el gran rey: «Te envío a un hombre que ha visto muchas cosas entre Muqannu y Asur. Ha negociado con tus enemigos, en contra de tu prohibición, y es rico. Quizá sus gentes paguen mucho por liberarlo; quizá sepa más de lo que le hemos sonsacado. Es el regalo de tu servidor y hermano Hamurapi; que el gran Supiluliuma, que es el sól y la lluvia y el poder, haga resplandecer su favor sobre Ugarit». ¿Algo así? Quizá. No lo se.
Por la noche, los siete barcos anclaron en una bahía; los prisioneros, que sumaban unos trescientos, tuvieron que chapotear hasta la costa. Los guerreros les soltaron las manos para que pudieran comer y beber. Hubo agua, pan duro y unas cuantas frutas pasadas; luego, otra vez cadenas y el suelo desnudo por cama.
Cuatro días hasta la desembocadura del Arantu; los conocimientos de Ninurta sólo le servían para saber dónde estaba en cada momento. Por dos veces intentó hablar con el que al parecer era el guerrero de mayor rango a bordo. En el primer intento sólo le miraron fijamente; cuando habló de plata, el capitán le volvió la espalda. Al segundo intento, apenas había dicho media frase cuando uno de los guerreros lo derribó con la contera de la lanza.
Al quinto día llovió un poco. Por la noche se tumbaron temblando en la arena mojada. Lamashtu buscó su proximidad.
-Calor, señor -dijo en voz baja cuando se apretó contra él-. Tu señora está lejos.
-El calor es bueno. Para todo lo demás estoy demasiado sucio, incluso si fuera posible hacerlo con las manos atadas.
-¿Ningún acuerdo?
Ninurta tuvo que pensar un instante antes de comprender.
-¡Ah! No, no tenemos ningún acuerdo sobre el uso que podamos hacer del tintero y la pluma. Además... -No siguió hablando.
Lamashtu completó, tras largo silencio:
-Además, nadie sabe dónde irá a parar, ¿no es verdad? Y si volverá a ver a determinadas personas. Dos bultos de mercancía.
-Dos animales calientes, perdidos en la arena mojada y la oscuridad hostil. Duerme, hija de la diablesa de la fiebre.
Al día siguiente, el viento, constante hasta entonces, se convirtió en una calma chicha; los hititas hicieron remar en grupos a sus prisioneros.
Al noveno día alcanzaron un puerto sin nombre en la desembocadura del río Samri, pero sólo embarcaron agua fresca y siguieron viaje... pero no río arriba, hacia la antigua ciudad de Adaniya, como había supuesto Ninurta. Poco más al oeste desembocaba el segundo río, el Chuatna, en el que empezaba la calzada que iba al interior. Tarsa, a la que los nativos seguían llamando Tarkush, uno de los centros de intercambio más importantes del reino, estaba a pocas horas río arriba. Pero el Chuatna no tenía bastante agua para barcos grandes; en la desembocadura, los hititas habían construido otro pequeño puerto y le habían llamado Ura. Al parecer, los guerreros tenían instrucciones de descargar aquí a sus prisioneros. Ninurta supuso que el señor de la fortaleza de Ura tendría órdenes más precisas. Observó cómo el capitán, con el que no había podido entablar conversación alguna, entregaba una bolsa y varias tablas a un guerrero adornado con un gran penacho. Ambos le miraron.
Los prisioneros, con las manos atadas y unidos unos a otros por largas correas de cuero, se quedaron de pie en el escabroso muelle y esperaron. Lamashtu, atada a Ninurta de tal modo que en caso de marcha iría delante de él, señaló con el mentón a los cabecillas.
-Hablan de ti, señor. ¿Tendrán previsto algo especial para ti? A Ninurta le asomó una sonrisa torcida.
-No soy ningún señor, Lamashtu, sino un prisionero como tú. Y quisiera que nos permitieran lavarnos.
Ella se echó a reír entre dientes.
-Todos apestamos, así que nadie apesta.
-Temeraria afirmación. -Contempló el serio rostro de la mujer, los ojos oscuros, la fina nariz, la dura boca-. -Has vivido cosas peores que yo, y peores que esto, ¿no es verdad?
-Comparado con otras cosas, hasta ahora éste ha sido un viaje de placer. Y éste es un lugar espléndido, lleno de gentes atentas.
A Lamashtu casi la arrastraron cuando los otros prisioneros se dejaron caer de pronto al suelo, como si se hubieran puesto de acuerdo. Ninurta consiguió sentarse antes de ser derribado. La rodilla derecha de Lamashtu quedó entre sus muslos.
-Bonita situación -gruñó el hombre que había detrás de él-. A mi también me gustaría ahora tener una rodilla de mujer.
-¿Qué harías con ella?
El otro, ugarita como casi todos, chasqueó la lengua: Comérmela. Tengo hambre.
Entre gritos y latigazos, a la cuerda de presos la guiaron por el turbio y pequeño lugar, pasando ante chozas de tablas inclinadas por el viento y un par de casas de ladrillo que se desmoronaban. La fortaleza estaba a las afueras: una cerca de madera de la altura de un hombre, detrás de edificios bajos de madera y barro. Hicieron a los presos cruzar una puerta que se cerró tras ellos.
Podían lamentarse de no moverse libremente por el campamento, pero por lo menos les quitaron las cadenas. Había agua y cubas para lavarse, letrinas, luego una aguada sopa caliente, y, después de una noche tranquila, el señor de la fortaleza dividió a los presos en dos grupos: a los que eran capaces de combatir se los llevarían en barco a Alashia, donde los hombres lucharían honrosamente por el gran rey, y las mujeres podrían relajar a los guerreros hititas (los prisioneros, procedentes en su mayoría de Ugarit y su entorno, no se atrevieron a emitir más que murmullos o gruñidos) los más viejos irían bajo vigilancia tierra adentro, donde se les repartiría entre las fortalezas, canteras y calzadas necesitadas de reparación. A unos pocos los llevarían a Hattusa: presos especiales, especiales dones para el Sol.
Ninurta intentó colarse entre los previstos para combatientes; conocía Alashia, y de allí podría escapar fácilmente. Llevó consigo a Lamashtu, calificándola de experta sanadora de heridas de guerra y conocedora de las hierbas. El señor de la fortaleza le observó, echó un vistazo a las tablas que se le habían entregado y dijo:
-El mercader Awil-Ninurta, de... ¿cómo se dice esto, Iliss? -Yalussu. -Ninurta reprimió un suspiro.
-Eres un don especial de Hamurapi al Sol, leo aquí. Irás a Hattusa. ¿Qué pasa con la mujer? ¿Curandera? -Frunció el ceño; luego escupió-. Bah, que lo decida Hattusa. Para allá. -señaló con la mandíbula hacia la puerta, donde se congregaban las primeras mujeres y hombres no válidos para la guerra.
Un suboficial y veinticinco hombres, más cuatro carros con víveres, tirados por caballos... Al parecer, no se necesitaba más para guiar a doscientos hombres y mujeres. No se necesitaba más, porque los prisioneros iban atados en grupos de diez y además tenían atadas las manos. Lamashtu y Ninurta consiguieron ponerse al final de un grupo de diez... Lamashtu la penúltima. Caminaba con la cabeza baja, lo que a nadie llamaba la atención, porque muchos prisioneros estaban abatidos y no tenían motivos para ocultarlo. Ninurta vio que se llevaba al rostro repetidas veces las manos atadas. En algún momento susurró: «¡Cuidado!». Ella se encogió de hombros.
La calzada militar seguía el río, poco profundo, ancho y rápido. En la otra orilla, la oriental, había grupos de árboles extraños, como tronchos, bajo los cuales se apiñaban chozas: míseros albergues de campesinos y de pescadores fluviales, cuyas planas canoas yacían como sarnosos reptiles. La próxima cadena montañosa se desdibujaba en la bruma del mediodía; hasta donde alcanzaba la vista, el suelo al este del río estaba cultivado. Tenía que ser un trabajo duro, porque los campos estaban veteados de pequeños muros, crecidos aquí y allá: muros levantados durante largos años con las piedras que los arados pesados habían arrancado al suelo y que rompían los arados ligeros.
La orilla occidental era al parecer más fértil; entre la elevada calzada y las laderas montañosas se extendían amplios campos de un verde intenso, sin muro alguno, solamente separados por setos y grupos boscosos, y las casas de los campesinos -islas en el ondulante verdor- parecían más firmes y más opulentas que las chozas del otro lado. Aquí y allá vieron reses pastando, pero apenas había personas trabajando: mediodía, hora de descanso, salvo para los prisioneros de los hititas.
Cuando llegaron a Tarsa, era mediada la tarde. La calzada atravesaba el lugar; para disgusto del suboficial, había cierto tumulto: era día de mercado, otra razón de la falta de movimiento en los campos. La caravana tenía que atravesar la plaza en la que los campesinos de los alrededores tenían sus puestos.
Ninurta vio los movimientos de los brazos de Lamashtu. En voz baja, dijo: -Aún no.
Contempló las casas, más antiguas y altas que las de Ura: construcciones de dos plantas; la parte de abajo, piedra y vigas; la de arriba, ladrillo y vigas; encima, azoteas con jardín, muchas de ellas con flores o plantas de huerta. Se acordó de dos o tres callejones que aún estaban según creía recordar.
Un pequeño giro más, pasando ante una casa pintada con sangre de buey, ante la cual había una muchacha de labios chillones, los pechos desnudos y un echarpe atado en torno a las caderas. Luego, el mercado: claro, largo y redondeado en la espesura de las casas; en medio, la superficie cubierta para las asambleas y el regateo; por todas partes, mesas de madera con frutas, pescado, pollos vivos y el bullicio de gente vestida de vivos colores.
-¡Ahora! -dijo.
Lamashtu se lanzó contra el preso que la precedía, gritó, lo tiró al suelo. El grupo entero se detuvo, se tambaleó. Ninurta cayó con puntería contra la pata que sostenía un puesto de frutas, que se derrumbó; las frutas se desparramaron sobre los caídos. De la mesa de al lado salieron volando unas perdices al romperse su ligera jaula. Campesinos soltando maldiciones se lanzaron en medio del jaleo para salvar animales y otras mercancías.
-¡Una serpiente... dos... dos serpientes! -chilló Lamashtu.
Muchas voces recogieron el grito; en medio de toda esta barahúnda, ningún guardia advirtió que Lamashtu y Ninurta se habían alejado de los otros tanto como las cadenas se lo permitían. Uno de los caballos del carro que iba detrás de ellos se alzó de manos, piafó, relinchó, lanzó una coz con las patas delanteras; dos guerreros intentaron amansar al animal. El campesino que maldecía, bajo cuya fruta se encontraban, tiró de la pierna de Ninurta. Clientes, otros vendedores y curiosos, se apiñaron. Acurrucado entre la fruta, el asirio sintió el borde de la afilada piedra que Lamashtu había escondido en su boca y con la que ahora buscaba la correa de cuero que unía a los dos. Él tiró, sacudió la correa; de pronto, cedió.
El campesino seguía protestando; Lamashtu trepó por encima del montón de tablas y frutas del puesto. Ninurta la siguió, sin preocuparse de la fruta pisoteada ni del griterío. Volcó otro puesto; deseando haber tenido las manos libres, siguió trepando de rodillas, reptando sobre el vientre. Alcanzó un lugar donde entre dos casas se abría una hendidura, apenas digna del nombre de paso; vio a Lamashtu desaparecer por ella y se embebió para pasar; agachado, corrió temiendo que le alcanzara una jabalina, el fuego de una punta de espada, el alarido de un guerrero, algo.
Nada, sólo la confusión de voces, otro relincho, un grito de dolor al ser alcanzado alguien por los cascos de un caballo. Jadeando, alcanzó el final del pasadizo, se volvió a la derecha, titubeó, dio la vuelta, corrió hacia la izquierda por el embarrado callejón, encontró el patio que recordaba, con unos postes de piedra policromada y un arquitrabe de madera encima.
Lamashtu estaba en cuclillas a la izquierda, entre una carretilla y el muro del patio. Sonrió cuando le tendió sin decir palabra las manos atadas. Con la piedra afilada, que no había perdido durante la fuga, empezó a cortar la correa de las muñecas de Ninurta.
En el breve tiempo que esto requirió, miró a su alrededor. Los muros de piedra y barro que daban al callejón y a la casa vecina habían sido restaurados, el patio de tierra batida era más espacioso que entonces (sólo estaban por medio la carretilla, un yugo de madera, un cubo y un par de azadones; Ninurta recordaba que en su primera visita había tenido que trepar sobre capiteles caídos, haces de astas de lanza, planchas de cobre y cestas llenas de cachivaches), el edificio de dos plantas de la derecha de la puerta -abajo establo, arriba almacén- estaba recién revocado, y los siete escalones que llevaban a la vivienda estaban hechos en piedra nueva, luminosa, limpiamente tallada y recibida. El bienestar del noble mercader Buqar no parecía haber disminuido: en el piso de arriba, donde estaban los dormitorios, un golpe de viento abombaba en ese momento la cortina de lana que cubría una de las ventanas... pesada tela, finamente tejida con hilos de oro.
Por fin, Lamashtu consiguió cortar las correas de cuero. Faltaba un poco de piel en la muñeca derecha. La mujer, que seguía de rodillas, se llevó a la boca la mano de Ninurta y tocó con la lengua la parte herida. El acarició con la izquierda su corto y ensortijado pelo negro.
-Ven. Estarán buscándonos -dijo.
Lamashtu se levantó. A la luz del sol de la tarde, él vio por primera vez que tenía los ojos de distinto color: el izquierdo casi negro, el derecho con irisaciones verdes.
Se volvió y se dirigió a la escalera.
Entraron, apartando una cortina de cordeles trenzados, a un espacioso zaguán cuyo suelo era de losetas de colores. Ninurta carraspeó ruidosamente varias veces. Como no ocurrió
nada, tomó el estrecho pasillo que se abría a la izquierda. La segunda puerta, tapada por finas tiras de cuero, llevaba al cuarto de trabajo de Buqar... si todo seguía como entonces.
Ante una estantería de madera clara llena de tablillas, pepitas de distintos minerales y pieles de animales (probablemente escritas), un hombre de unos cuarenta años yacía en un ancho y bajo lecho. Dormía; en el cuarto apenas se oía su suave roncar. Una fina manta de lana le tapaba una parte del rostro.
Ninurta se acercó con cautela y tiró de la manta. Respiró tranquilo, sonrió y tocó el hombro del durmiente. El hombre gruñó, movió el brazo como si quisiera espantar moscas y, finalmente, abrió los ojos.
-Maestro del beneficio -dijo Ninurta en voz baja-, amigo de las más favorables oportunidades y guardián de los metales nobles. Un asirio huido y una curandera del país situado entre los ríos necesitan tu protección.
Buqar se sentó con lentitud, pero sus ojos, de un gris oscuro, estaban muy despiertos. -¿De quién te has escapado, saqueador de los desprevenidos? -dijo-. No hay razón