Los esclavos volvieron a ser encadenados; los pesados eslabones de metal chirriaron. Fardos, cajas, rollos, sacos, portados por esclavos o empujados en carretillas por criados del almacén; la caravana se dirigió al puerto por entre el bullicio de después del mediodía. Ninurta estaba en la puerta con el gobernador del puerto y un alto escriba del shakinu, una inspección a la que estaba sometido todo el comercio del reino de Ugarit. No había sido difícil explicar al shakinu que las negociaciones llegarían más razonablemente a un fin si se disponía de cifras exactas. Los contenidos de las cargas fueron inspeccionados y reseñados con tiza sobre madera oscura.
Tres pesados cargueros se alineaban en el muelle de terraplén. Dos de ellos -el Yalussu y el Kynara- pertenecían a los mercaderes; el tercero, que también fue cargado, se llamaba Provecho de Keret. Los buques eran casi iguales en su construcción: cada uno de ellos medía veintinco pasos de largo por diez de ancho, tenía bodega bajo cubierta y castillos de proa y popa. Se habían arbolado los mástiles, normalmente tumbados en el puerto para poder moverse mejor a bordo.
Adapa se había quedado en el almacén para comparar listas con el administrador Menena. Lamashtu, mucho más recia y robusta de lo que su constitución hacía sospechar, ayudaba a izar las cargas arrastradas hasta el muelle por los esclavos y trabajadores de a bordo, donde los estibadores se encargaban de almacenarlas. Tsanghar se presentaba donde podía resultar útil. Una de sus primeras acciones fue quitar a Djoser una tarea que daba que hacer a los dedos del rome: los esclavos fueron liberados de la pesada cadena (Djoser manipuló los cerrojos hasta que Tsanghar le invitó a dejar tan difíciles ejercicios en manos más hábiles) y unidos a otra más ligera, hecha de finos eslabones de metal y cuero. Izaron poco a poco la cadena pesada a bordo y sujetaron a ella la piedra del ancla; Tsanghar estimó su peso en unos doce talentos..., el equivalente al peso de seis mujeres no demasiado gordas.
Las instrucciones parecían haber sorprendido a todos; Tsanghar oyó una y otra vez rezongar a los marinos quejándose de que era imposible cargar decentemente los barcos en tan pocas horas. Fardos de paño, cajas de madera con trabajos decorativos y productos de artesanía, pesados toneles de metal con aceite, vino, frutas confitadas y pescado. Recipientes de barro con el mismo contenido, pero más ligeros y menos trabajosos de estibar. Cuando el sol se caía sobre el mar occidental, llegaron trabajadores de los veleros y cordeleros para suministrar nuevos paños y nuevas cuerdas; ellos acabaron de completar la confusión.
En medio del tumulto, Lamashtu tiró de pronto del kitun de Tsanghar: -Se va -dijo en voz baja-. ¿No deberíamos...?
Tsanghar miró hacia la puerta; el asirio había cambiado unas palabras con el escriba del shakinu y con Djoser, que estaba con ellos, y ya se disponía a irse.
Tsanghar, ocupado en cargar el Yalussu, fue rápidamente hacia el Kynara, donde Zaqarbal se apoyaba en la borda y supervisaba los trabajos.
-Es la hora -dijo Tsanghar.
Zaqarbal miró hacia la puerta, se sorbió el contenido de la nariz y avanzó el labio inferior.
-Bueno, si pensáis... ¿Tienes un arma? ¿No? -Sacó del cinturón un sencillo puñal en su vaina-. Por lo que pueda pasar. Ya te he dicho que lo creo superfluo, pero ¿quién va a mostrar comprensión por lo superfluo más que un mercader?
Tsanghar comprobó la hoja; el puñal carecía por completo de adornos, pero era muy afilado.
-Gracias, señor... y si es superfluo... Zaqarbal interrumpió:
-No me afligiré; es vuestro sueño el que está en juego. Que te diviertas.
Tashmetu se quedó jadeando montada sobre Ninurta. Mordisqueó sus labios, se apoyó sobre un codo e hizo que sus pechos rozaran en círculos sus tetillas.
-Tu aliento -dijo él, interrumpiéndose una y otra vez- es sésamo y menta fresca..., tus labios, el estrujón de miel e higos maduros..., tu lengua, el chupetón de Ishtar...
-Y tu cháchara al oído es como migas en la sábana. -Rió ligeramente y se movió más a conciencia-. ¿Vuelve a animarse algo?
-Hay que parar mientras no se puede.
-Ay. ¿Una sabia frase de tu tatarabuelo después de que el recuerdo de todo lo esencial le hubiera abandonado?
Las manos de Ninurta recorrieron el cuerpo cálido y terso de la mujer. -Una sabia frase de mi abuelo. Le oí decir muchas frases inteligentes. -Déjame participar de ellas.
-No tan rápido... ¿De los discursos de un viejo asirio? Bueno. En el amor hay que llegar tarde. En los negocios, hay que quedarse a tiempo. De la guerra, hay que irse a tiempo. Ése es el secreto para sobrevivir.
-Con lo que volveríamos al asunto. El de antes. Tashmetu se escurrió y se tumbó de costado. -Ya lo hemos hablado todo -rezongó.
-Oh, brote de placer nocturno... Lo hemos hablado todo, es cierto; pero no estoy del todo seguro de que sea realmente tan urgente como dices.
-El mensajero de Hattusa que esperaban. Y la conversación de Rap'anu acerca de los espías poco fiables... ¿Y si alguien te ha visto en Asur y se lo ha dicho a los hititas, que prohíben todo comercio con Asiria, y ese mensajero trae instrucciones?
-Hamurapi y Rap'anu perderán mucha plata.
Tashmetu chasqueó la lengua... al parecer en señal de desaprobación.
-Necesitan plata, es cierto, para pagar los tributos, recompensar a los maryannu, alimentar a los dos mil caballos de los carros de guerra reales. Pero quizás el mercader Ninurta, que ha hablado con el rey en Asur, valga más que toda la plata. No deberías. no deberías ir a palacio. Huye, queridísimo mio... mañana temprano, o en todo caso antes de ir a ver a Hamurapi.
-Los bárcos aún no están cargados; sería una inmensa pérdida. Además... -Movió la cabeza-. Tienen un encargo que hacerme. Incluso si hay remeros de guerra en el puerto. ¿Crees que nos dejarían ir tan fácilmente?
-Entonces... -Titubeó-. En el palacio, en la sala en que probablemente te reciba Hamurapi, hay una piedra de altar en honor de Baal. Si a pesar de todo quieres ir, pide pan y sal y cómelos: son los dones sagrados de la hospitalidad. Y derrama un poco de vino en el altar. En cuyo caso no te matarán, al menos en palacio.
Él se echó a reír.
-¿Sólo cuando haya salido?
Tashmetu adelantó los labios, pero no pronunció palabra, porque por la escalera se oyeron pasos, luego alguien carraspeó varias veces antes de entrar en la habitación. Era el anciano que había administrado, cuidado y ordenado la casa de Keret (ahora de Tashmetu) desde que Ninurta tenía memoria: un hombre calvo, cojo, casi desdentado llamado Asdrúbal, nacido en Suru, con unos músculos asombrosos en los brazos desnudos y ojos despiertos.
-Señora, disculpa la molestia. Hay dos personas a la entrada. Tashmetu miró a Ninurta.
-¿Tienes una explicación para eso?
Ninurta se levantó; cogió el faldellín, fue luego a uno de los pesados y oscuros baúles y cogió una espada corta que había en él. Siempre la había visto allí. No sabía si Keret la había utilizado alguna vez.
-Ninguna, no. Quédate aquí; vamos a echar un vistazo, Asdrúbal.
El anciano enseñó las encías y se llevó la mano al puñal que llevaba al cinto. -Con placer, señor.
-Cuida de que no te hagan una nueva abertura. -La voz de Tashmetu sonó preocupada. Ninurta y Asdrúbal no se dirigieron a la entrada del extremo sur del patio interior, sino que atravesaron varias dependencias de servicio con horno, fogón, víveres y herramientas. Desde la habitación de atrás, por una pesada puerta de madera que Asdrúbal abrió, salieron a un diminuto huerto. En el cielo se alzaba una luna en cuarto creciente, que parecía indecisa, y en el huerto olía a especias y desechos.
-El muro, señor -murmuró el criado. Entrelazó los dedos ante su vientre.
Ninurta apoyó un pie desnudo en el estribo que le ofrecía; cuando estuvo arriba, subió con ambas manos al anciano. Sin ruido apenas, evitando resbalarse y por fin dando un salto, aterrizaron en el estrecho y apestoso callejón, donde los borrachos vagabundos y los animales callejeros se aliviaban por las noches.
Se acercaron sigilosamente a las dos personas que, sentadas a la sombra nocturna de un saledizo, hablaban en voz baja y observaban la entrada de la casa de Keret, al otro lado de la plazoleta.
-¿Quién anda ahí? -dijo de pronto uno de ellos, a media voz. Ninurta soltó el aire contenido y gruñó:
-¡Tsanghar! ¿Y el otro?
-Lamashtu. -La mujer volvió la cabeza hacia él, pero no se movió. -¿Qué hacéis aquí?
El gasqueo se levantó con rapidez y agilidad. Se frotó la espalda contra la áspera columna de piedra del saledizo, que formaba parte de un almacén.
-Estábamos preocupados por tu integridad, señor. -Tsangar señaló a Lamashtu, sentada a sus pies-. Sigue teniendo frío, y cree que es por ti. Una siniestra amenaza.
-Pareces tener amigos. ¿Los mereces, señor?
La ronca voz de Asdrúbal sonó como un rasgón de la tela en que consiste la noche. Ninurta se encogió de hombros.
-Los amigos leales no se merecen, le caen a uno. Estoy conmovido; Lamashtu, Tsanghar, os lo agradezco. Pero podéis estar tranquilos. Pasaré la noche tras estos seguros muros. Id a dormir... Os doy las gracias otra vez.
Tashmetu tiró del faldellín de Ninurta cuando éste terminó subreve relato.
-Desnúdate, objeto de la desinteresada amistad de dos extraños. Yo no soy tan desinteresada; pero ¿qué temen?
Ninurta se dejó caer en el lecho, donde los ágiles dedos de Tashmetu se encargaron de rematar su incompleta desnudez. Habló de los presagios de Lamashtu y de la conversación escuchada a los sacerdotes de Baal.
Tashmetu rió... entre dientes.
-Creo que son más inteligentes que tú. Tu interpretación de la conversación es divertida, pero en Ugarit son posibles muchas cosas al mismo tiempo.
-Ah, quieres meterme miedo para que me esconda en tu cama.
-Eso en cualquier caso. Pero deberías cuidarte. A los extranjeros les ocurren cosas con facilidad...
Ninurta le tomó el rostro en sus manos.
-De ahí las prisas. ¿Cuándo estará cargado tu barco? -Hacia el mediodía.
-Por la noche hablaré con tu noble rey. Y con Rap'anu. Niq-mepa, el administrador del comercio, también estará presente. Pero eso ya te lo he dicho mil veces.
-Déjame oírlo una vez más. Cuando hablas en voz baja, como ahora, hay en tu voz algo así como un paño áspero que frota la parte interior de mis muslos. -Le cogió por las muñecas, le apartó las manos de sus mejillas y se inclinó; su lengua tocó el pecho de Ninurta-. Sigue hablando djcH y habla en voz baja.
-Todo está preparado. Mis barcos estarán listos, a más tardar, al anochecer. El tuyo deberá partir, contra toda costumbre, inmediatamente después de la carga, oh goce de mi hígado.
-¿Hígado? -arrulló ella-. Esto no es el hígado.
-Ah. Sí. Goce en cualquier caso. No hay que esperar al viento de pasado mañana. -Y ahora no hay que hablar más.
Por la tarde, Ninurta vio que una esclava tapada subía a bordo del Provecho de Keret con un fardo de paño. Enseguida, el barco zarpó; los marinos echaron mano a los remos. Lentamente, el barco se deslizó por la bahía, cada vez más lejos, hacia mar abierto.
El asirio volvió a comentarlo todo con Djoser y Zaqarbal;
al contrario que de costumbre, el sidonio estaba casi inquietantemente serio. -¿Y si ocurre algo? -dijo varias veces.
-Entonces haced lo que tenemos hablado.
En la sala de recepciones del palacio real humeaban las antorchas; dos pebeteros desprendían un fuerte olor a resinas aromáticas. Hamurapi, poderoso señor de las propiedades, la vida y la muerte de todos los habitantes del país y de la ciudad de Ugarit (e impotente siervo del gran rey Supiluliuma), se había envuelto en una piel de león. Estaba
sentado en su trono, jugaba con la copa que había en una mesita junto a él, y no miró al asirio cuando éste se alzó tras la habitual genuflexión.
-Siéntate -dijo Rap'anu.
Delante del trono había una mesita baja con tres escabeles. Rap'anu apoyaba los antebrazos en la mesa. Frente a él, casi oculto detrás de tablillas, sellos y punzones, se sentaba Niqmepa. El shakinu, un hombre viejísimo, sin pelo y con un rostro de piel arrugada y quebradiza como corcho reseco, levantó una tablilla.
-Estas son las cosas que tu gente ha llevado a los dos barcos. Escucha, oh mercader. Ninurta escuchó con atención, mientras observaba al rey hasta donde era posible en la penumbra de la sala. Las palpitaciones que a breves intervalos recorrían su rostro parecían haberse vuelto más rápidas y más pronunciadas.
Niqmepa leyó monótonamente mercancías y valores en la tabla. Recipientes de vino, recipientes de aceite, cajas con esto, cajas con aquello, fardos de aquí y paquetes de allá. El valor total de la carga, concluyó, ascendía a siete talentos de plata.
-En números redondos -dijo Ninurta-. Sin duda en favor del soberano, a quien los dioses concedan una vida larga y provechosa.
-Sin duda. -Rap'anu tosió-. Es la costumbre... como ya sabes.
-Siete talentos de plata -repitió Niqmepa-. De estas mercancías, según mis tablas, una gran parte sólo ha estado almacenada temporalmente aquí. A su llegada al puerto se pagaron los tributos, o en cualquier caso poco después de su llegada.
Ninurta asintió, sin decir palabra. «Poco después de su llegada.» Se refería a los especiales beneficios (impuestos en vez de aduana) que Hamurapi había otorgado en compensación a los conocimientos prometidos y suministrados.
-Quedan los impuestos sobre dos talentos, veintidós minas y cuarenta shiqlu... en plata o su contravalor.
Ninurta calculó. 8.560 shiqlu de plata eran el contravalor de 428 robustos esclavos, casi 100 espléndidos caballos u 8.500 fanegas de cereal. Calculó el verdadero valor de los dos cargamentos; el valor de determinadas cosas que el escriba del shikanu no había visto. Estaba ya demasiado entrado el año como para viajar a Tameri y vender las mercancías al pie de las pirámides, pero, si aún fuera posible, allí le ofrecerían más de 500 talentos de oro. Éstos, de vuelta en Ugarit, valdrían unos 2.000 talentos de plata..., es decir, 2.000 veces 3.600 shiqlu. Suspiró enfáticamente.
-Asfixiar no está lejos de estrangular -dijo sordamente-. ¿Cómo va a pagar tanto un pobre tamkar? ¿En qué forma?
Rap'anu levantó la mano derecha.
-Estamos un poco sorprendidos de que el astuto tamkar Awil-Ninurta haya hecho tan malos negocios. Aunque seguramente en la tierra de sus antepasados...
-En las cercanías de ese país -cortó Ninurta con rapidez-. ¿Cómo podría osar infringir las órdenes del noble Hamurapi, cuyo sexo jamás quede fláccido, y las del no tan noble, aunque también poderoso, señor de Hattusa?
-Lo olvidaba. -Rap'anu se esforzó por adoptar una expresión contrita, que más parecía una máscara de burla-. Qué descuido por mi parte. Naturalmente, el buen mercader Ninurta no comerciaría con los enemigos del príncipe.
-De ahí también los malos negocios. Los caminos son inseguros, ciertos mercados son inalcanzables, así que los precios bajan.
El shakinu dejó caer las comisuras de los labios.
-Házme cosquillas, tamkar; para que pueda reír mejor. Cuando los caminos no son transitables y determinadas mercancías se hacen raras, su precio aumenta... normalmente.
Ninurta se inclinó, sin levantarse.
-Qué razón tienes, noble Niqmepa. Pero por desgracia no me ha sido dado transportar esas mercancías que son raras en su destino y por tanto caras. Oro, por ejemplo. O los finos caballos de las tierras altas más allá de Urartu. En el reino del señor de Asur se paga por un animal veloz y fuerte, según he oído, ochenta shiqlu... Caro, sin duda, pero más barato que aquí. ¿Habría podido comprar aquí caballos caros y venderlos allí caros, pero más baratos?
-Dos talentos, veintidós minas y cuarenta shiqlu -rezongó Niqmepa-. Poco. En vez de tres décimas partes en la aduana sólo tienes que pagar dos décimas partes, debido a la clemencia de nuestro señor. Mil setecientos doce shiqlu.
Ninurta pensó si debía protestar a voz en cuello, pero decidió no hacerlo. No se le aceptaría.
-Tributo -dijo con voz artificialmente ronca- que yo abonaría con gusto, ya que nada me produce tanto goce como la conciencia de ser útil al magnífico Hamurapi, cuyo esplendor guarden los dioses. Pero... -Extendió los brazos. Los negocios se dieron mal; no tengo plata suficiente ni para pagar una décima parte de esa suma.
-Nadie espera que te presentes en palacio con una bolsa llena. -Por vez primera, Hamurapi intervino en la conversación-. Hablemos de posibilidades de pago que nada tengan que ver con la plata.
Empezó el regateo. Ninurta ofreció veinte esclavos a veinte shiqlu cada uno, como pago parcial, dejó que le rebajaran a un precio de quince por cabeza y al final garabateó en unas tablillas blandas una orden de pago por 1.412 shiqlu de plata o su contravalor en mercancías, a pagar por el almacén de los tamkaru de Yalussu.
-Falta tu nombre -dijo Niqmepa, mirándole de soslayo.
-Quizás aún no hayamos terminado. -Ninurta sonrió consuavidad y se levantó-. Posiblemente haya servicios de amistad que un tamkar extranjero pueda prestar al noble señor de Ugarit. Un tamkar hambriento, dicho sea de paso. -Se dirigió al altar y derramó unas gotas de vino-. Para el señor Baal, que proteja la ciudad.
El shakinu se había dado la vuelta. El rostro de Rap'anu era impenetrable como siempre, y el temblor de Hamurapi apenas parecía más fuerte que antes.
Ninurta se acercó a la mesita, en la que estaban listos pan, sal, frutas, jarra y copas. Tomó pan sin levadura, lo roció de sal, comió; al segundo bocado, dijo:
-Os agradezco vuestra hospitalidad, el pan y la sal. Y os ruego una información. ¿Qué fue del mensajero de Hattusa?
-Aún estamos esperándolo. -El shakinu se encogió de hombros-. El barco ha llegado, pero el enviado sólo hablará mañana con el rey.
Empezó la segunda ronda de regateo. Esta vez le tocó el turno a Rap'anu. Repitió parte de sus explicaciones del día anterior, encargó u ordenó a Ninurta indagaciones y embajadas: el estado de armamento de los aqueos, las intenciones del rey Prijamadu con respecto a Alashia..., si tan sólo quería ayudar a los viejos príncipes o quería poseer parte de la isla, y cuántos hombres y barcos pensaba enviar, y si podrían convertirse en una amenaza para Ugarit.
-Y sobre todo Madduwattas. -Rap'anu pareció tener dificultades con el nombre, casi como si le provocara arcadas pronunciarlo-. Es viejísimo, se dice, pero parece joven. Que es viejo lo sabemos, porque hace ya mucho que era soberano de su región fronteriza cuando hace más de cuarenta años Talafu expulsó a los aqueos del país de Secha. ¿Parece realmente joven? La resistencia contra él se ha extinguido en Arzawa como un fuego bajo un aguacero... ¿Qué clase de aguacero ha provocado? ¿Tiene algo que ver con los sacerdotes de vestimenta roja oscura que le sirven a él y a ese extraño dios Shubuk que quiere hombres? ¿Estará