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Guadalupe Álvarez

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Universidad Católica de Córdoba, Facultad de Filosofía y Humanidades. Córdoba, Argentina

Resumen

Si bien muchas obras de la literatura actual contienen una crítica a Occidente, Caín de José Saramago reúne dos puntos clave, bases de lo que hoy es el pensamiento occidental: capitalismo y religión, motivos centrales de su elección. En el siguiente trabajo se realiza un análisis a través del cual se pretende efectuar algunas aproximaciones al modo en el que este autor presenta al Dios de la tradición judeo-cristiana como representante del Estado capitalista cuyo único objetivo es la obtención y el ejercicio del poder político y económico. Para llevar adelante esta tarea se recuperan aportes conceptuales de Michel Foucault (2012), quien entiende que un Estado capitalista siempre tiende a ser totalitario y para esto no duda en recurrir a lo extralegal que hace aparecer como solicitud, y no como arbitrariedad o exceso de poder. Asimismo, se retoma el análisis de Terry Eagleton (2008) sobre el terrorista de estado, quien cumple un papel necesario para el mantenimiento del poder capitalista, como así también de resistencia ante el avance de aquel, rol que en la novela desarrolla el personaje de Caín. Respecto del enfoque metodológico, se opta por la mirada propuesta por la socio-crítica de Marc Angenot. Desde este marco, se retoman pasajes significativos de la obra de Saramago, atendiendo a la finalidad del escrito y al objeto que se propone estudiar. Dichos fragmentos se ponen en diálogo/tensión con los aportes teóricos que ofrecen los autores mencionados; y en el proceso de análisis dan lugar a interrogantes que constituyen a la profundización de la interpretación. De este modo, se efectúa a un abordaje que permite explicitar cómo Saramago realiza un “acto de desfamiliarización absoluto” proponiendo que se desnaturalicen los preceptos religiosos, políticos y económicos dominantes para que sean mirados de forma crítica.

Palabras clave: Estado – Poder – Desfamiliarización - Saramago

Introducción

Foucault entiende a Occidente como “esa pequeña porción del mundo cuyo extraño y violento destino fue imponer finalmente sus maneras de ver, pensar, decir y hacer al mundo entero.” (Foucault, pp.31). Una forma de intentar entender al Occidente de hoy es pensando su origen. Occidente es esa cultura que tiene como idea principal que sus habitantes logren el progreso económico, idea que comienza con Calvino cuando en su interpretación de la Biblia concluye que el avance económico personal conduce a la salvación. Se puede decir, entonces, que capitalismo y religión están íntimamente unidos, quizás por eso, José Saramago, que como se sabe tenía un pensamiento comunista y se declaraba ateo, centró su obra a la crítica de estas dos cuestiones integrándolas.

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58 Un Estado capitalista tiene vocación de “ser totalitario, es decir, tener en definitiva un control exhaustivo de todo (). Es la superposición de todos los aparatos de control en una sola pirámide, y el monolitismo de las ideologías, los discursos y los comportamientos.” (Foucault, pp.51). Imponer, mediante la coacción si es necesario, es el trabajo del Estado capitalista y lo hace avalado por un “pacto de seguridad” que garantiza al pueblo la eliminación de todo peligro, daño o incertidumbre. Esta imposición de pensamiento lo hace mediante las leyes que deben ser cumplidas. El disidente, aquel que no las comparte o es crítico de ellas, debe ser eliminado porque, principalmente, pone en peligro el poder del Estado. Pero este poder no se mide por la norma, sino más bien por las coacciones extrajurídicas que son impuestas y atraviesan el cuerpo social.

Todo lo mencionado anteriormente será aplicado en la obra Caín de José Saramago donde el Estado con anhelo de poder político y económico es mostrado en su origen religioso, desde la tradición judeocristiana. Dios representa aquí al Estado que impone su voluntad arbitraria con el fin de conseguir ese poder totalitario, poder ejercido de una clase social a otra principalmente mediante la vigilancia del cumplimiento o no de lo legal, pero que no duda en ejercer lo extralegal como forma de garantizar el pacto de seguridad. Así, cuando la ley no es adecuada lo extralegal aparece como solicitud (y no como arbitrariedad o exceso de poder).

La ley de Dios

Caín comienza mostrando a Dios desde su imperfección como creador de todo, del hombre y de las leyes que lo regirán. A partir del Génesis de la Biblia, muestra la creación de Adán y Eva y cómo estos desobedecen la primera (y hasta el momento única) de sus leyes. Ellos comerán del árbol del conocimiento del bien y el mal y serán castigados. Pero ¿cuál es el objetivo de crear algo prohibido? La respuesta será normalizar como instrumento de poder. Estableciendo normas, leyes, el ser superior se asegura obediencia y sus súbditos se convierten en funcionales por el temor que suscita el no obedecer. Con el árbol del bien y el mal “el hombre se ha hecho semejante a un dios, () no faltaría más dos dioses en el universo” (Caín, pp.21). La desobediencia, además, hace que peligre el poder de Dios por eso debe protegerse con prohibiciones que además pondrán a prueba la obediencia de sus súbditos. Abraham es quien se somete a la voluntad de Dios mediante la obediencia debida a un poder jerárquico. Él debe matar a su hijo y sin crítica pone manos a la obra. Terry Eagleton dice “a juicio de San Agustín, aquellos que, como los fariseos son virtuosos porque la ley lo exige no son en realidad libres.” (Eagleton, pp.48). El narrador de esta obra opina que “lo lógico, lo natural, lo simplemente humano hubiera sido que abraham mandara al señor a la mierda, pero no fue así.” (Caín, pp.88). No termina el acto porque es evitado e informado que sólo era una prueba de su obediencia pero también es una prueba de lo sublime de la ley. “Lo sublime es cualquier fuerza que resulte peligrosa, demoledora, deslumbrante, traumática, excesiva, excitante, empequeñecedora, asombrosa, incontenible, abrumadora, ilimitada, oscura, apasionante y ennoblecedora.” (Eagleton, pp.59). La ley combina terror por el castigo si no se cumple, y amabilidad hacia el que obedece. El que acepta la ley debe sentirse insignificante ante ella, mientras que las consecuencias por el incumplimiento la potencia.

Foucault señala que el Estado, Dios en Caín, “está obligado a intervenir en todos los casos en que un acontecimiento singular, excepcional, perfora la trama de la vida cotidiana.”

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59 (Foucault, pp.50). Mientras la obediencia debida se mantenga no hay riesgo, pero si se rompe la ley, pone en riesgo el poder absoluto. Aunque mantenerlo implica demostrarlo constantemente, por eso son necesarios los enemigos para que confieran verosimilitud a ese poder. Estos enemigos son eliminados en consecuencia, como es mostrado a lo largo de la obra de Saramago:

“Entonces caín le contó a lilith el caso () de una gran torre con la que los hombres querían llegar al cielo que el señor derribó de un soplo, luego el de una ciudad en la que los hombres preferían acostarse con otros hombres y el castigo de fuego y azufre que el señor hizo caer sobre ellos, sin salvar los niños, que todavía no sabían qué iban a querer en el futuro, a continuación el de una enorme reunión de personas en la falda de una montaña a la que llamaron sinaí y la fabricación de un becerro de oro que adoraron, a causa de lo cual murieron muchos, el de la ciudad de madián, que se atrevió a matar a treinta y seis soldados de un ejército denominado israelita y cuya población fue por ello exterminada hasta el último niño, el de otra ciudad llamada jericó, cuyas murallas se derrumbaron con el sonido de las trompetas hechas de cuernos de carnero y después fue destruido todo lo que había dentro, incluidos, además de los hombres y las mujeres, jóvenes y viejos, los bueyes, las ovejas y los burros.” (Caín, pp.141)

La libertad absoluta de Dios implica el establecimiento de prohibiciones que por un lado protejan la sociedad y por el otro habiliten los ataques contra quienes la ponen en peligro. Así, el poder es absoluto: “Se doblegó ante mi autoridad, reconoció que mi poder es absoluto, ilimitado, que no tengo que dar cuentas a nadie (), estoy dotado de una conciencia tan flexible que siempre está de acuerdo con lo que quiero hacer” (Caín, pp.164). El poder implica cierto libertinaje permitido o justificado por el pacto entre el poseedor de poder y sus súbditos. Desde el punto de vista de la tradición judeocristiana que considera esta obra, este pacto es el del Arca de la Alianza, cofre sagrado que era signo visible de la presencia y protección de Dios y que contenía las tablas de la ley. Por ejemplo cuando Acán, un hombre del ejército de Josué, se queda con posesiones que debían ser destruidas, es castigado por orden de Dios al haber roto la Alianza. Pero aquí lo que se quiere demostrar principalmente es cómo el mismo que impone la ley es quien primero la quiebra.

Los pecados de Dios

Las tablas de la Alianza entre Dios y el pueblo israelita contenían los diez mandamientos, leyes que las personas debían cumplir si querían seguir perteneciendo al pueblo de Dios y mantener la protección que él les ofrecía.

El Catecismo de la Iglesia Católica explica sobre el primer mandamiento, “Amarás al Señor tu Dios, y le servirás”, que “quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable, siempre el mismo, fiel, perfectamente justo () Él es todopoderoso, clemente, infinitamente inclinado a hacer el bien” (CIC, párr. 2086). Caín en su paso por los distintos presentes concluye que lo que guía a Dios en sus actos es “pura y simple maldad (), No puede ser bueno un dios que le da a un padre la orden de que mate y queme a su propio hijo simplemente para poner a prueba su fe” (Caín, pp.142). Luego, con respecto a la apuesta entre Dios y Satán dice Caín que “dios debería ser transparente y límpido como cristal en lugar de este continuo pavor, de este

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60 continuo miedo, en fin dios no nos ama” (Caín, pp.148). Caín critica a Dios porque pide amor cuando él no lo demuestra, cuando castiga sin causa, caso de Abraham y Job, siendo que sus súbditos sí profesan fe absoluta hacia él. De hecho lo que muestra en realidad es soberbia. Este pecado capital consiste en una estima de sí mismo, o amor propio indebido. Dios pone a prueba a sus seguidores porque, dice a Caín, que él es “el dueño y soberano de todas las cosas” (Caín, pp.39) y sus designios siempre son inescrutables, es decir, guiado por su capricho. Caín cuestiona cómo rompe las leyes sólo para demostrar su poder, le reclama su falta de misericordia y humildad, su desprecio ante quienes creen en él y a los que, al contrario, pone a prueba constantemente.

Este mandamiento, condena la idolatría de los bienes materiales (CIC, párr.. 2113). Dios, por su parte, de las diversas masacres y destrucciones obtiene un botín y las guerras en su nombre terminan siendo un buen negocio. La avaricia es otra de las características de este señor todopoderoso, actitud prohibida también por el séptimo y décimo mandamiento: “Los soldados de josué prendieron fuego a la ciudad y quemaron todo lo que había en ella, con excepción de la plata, el oro, el bronce, el hierro, que como de costumbre, pasaron a engrosar el tesoro del señor.” (Caín, pp.123).

Una forma de cumplir con el primer mandamiento es el sacrificio, pero la soberbia le impide aceptar la ofrenda de Caín, recordemos la contratapa de esta obra: “Qué diablos de dios es este que, para enaltecer a abel, desprecia a caín.” Al hacer esto, incumple también con el tercer mandamiento, “Santificarás las fiestas”, día de sacrificio y fraternidad, y al no aceptar la ofrenda reiterada de Caín llevó a la pelea de los hermanos y a la muerte de uno de ellos, lo que lo hace culpable.

El segundo mandamiento, “No tomarás el nombre de Dios en vano”, entre otros puntos implica las promesas, compromisos que deben ser cumplidos. Dios hizo un pacto con el pueblo israelita pero no lo cumple. “El señor no oye, el señor es sordo, por todas partes se alzan súplicas (), y el señor les da la espalda, comenzó haciendo una alianza con los hebreos y ahora hace un pacto con el diablo” (Caín, pp.149). Dios es avaro, no les da a los pobres y necesitados lo que él mismo les prometió. Así, incumple también con el octavo mandamiento, “No dirás falso testimonio ni mentirás”. El Catecismo dice que “las ofensas a la verdad () socavan las bases de la Alianza” (CIC, párr. 2464). Dios miente en sus promesas, pero también lo hace cuando justifica sus robos y muertes, como también cuando proclama su amor a los hombres.

El cuarto mandamiento, “Honrarás a tu padre y a tu madre”, obliga a los padres con los hijos, a los súbditos con los superiores y viceversa. Ya se han visto sobrados ejemplos del incumplimiento de Dios para con sus súbditos, por eso se focalizará la atención en cómo Dios pasa por alto, según su conveniencia, ciertos actos de los que le son fieles. Aparece el caso de Lot y sus hijas, que lo emborrachan y abusan de él. ¿Castigo? “Que el señor haya admitido el incesto como algo cotidiano y no merecedor de castigo (), no es nada que deba sorprendernos [ya que lo] importante era la propagación de la especie () ya fuese por imposición del celo () o, como se dirá más tarde, por hacer el bien sin mirar a quién” (Caín, pp.115). También pasa por alto el sexto mandamiento, “No cometerás actos impuros”, es el caso de las hijas de Lot, como tampoco juzga a Abraham por tener un hijo fuera de su matrimonio violando el noveno mandamiento “No desearás la mujer o varón que no te pertenece”.

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61 “No matarás” es el quinto mandamiento que indica el límite que nunca debe ser transgredido por nadie, dado el carácter inviolable del derecho a la vida, y el problema surge a la hora de considerar la vida de los demás frente a los propios intereses. Así, Dios prefiere incentivar a la guerra que se hace en su nombre para expandir su poder y eliminar los disidentes: Babel, Sodoma y Gomorra, Jericó, Gabaón y otras ciudades donde Caín prefiere no estar, horrorizado por tanta muerte. “Salvo los inevitables y ya monótonos muertos y heridos, quitando las habituales destrucciones y los consabidos incendios, la historia es bonita, demostrativa del poder de un dios para el que, por lo visto, nada era imposible. Mentira todo.” (Caín, pp.130)

Caín, partícipe necesario

¿Cuál es la finalidad de Caín al ir y venir por los distintos presentes? Para T. Eagleton “no puede haber poder absoluto sin un mundo sobre el que ejercerlo, pero tampoco puede haberlo sin mundo. Sin resistencia, el poder deja de hacerse presente ante sí mismo y sufre un desmoronamiento interno; con resistencia, ya no puede seguir soñando con su propia perfección” (Eagleton, pp.24). El deseoso de poder tiene la necesidad de estar constantemente al límite, entre la victoria y la derrota, para no perder el placer de la satisfacción. Necesita constantemente obstáculos que evidencien su existencia. Caín vive (y Dios sí cumple su promesa de no matarlo) porque necesita un testigo de su supremacía. El resto de la gente ya lo obedece, o será aniquilado de lo contrario, pero Caín es aquel que servirá para reafirmar su poderío absoluto, por eso vive cuando decide destruir todo menos la familia de Noé. El problema es que Caín ha visto la arbitrariedad de la ley de Dios y decide cuál será su papel. “Caín dirime su rabia contra el señor (), y estas sus víctimas de ahora sólo son, como abel lo fue en el pasado, otras tantas tentativas de matar a dios” (Caín, pp.186). Caín es el terrorista o huelguista de hambre que desenmascara la ironía del opresor. Al saber cuál es su debilidad y que él es necesario en la afirmación de su poder, comprende que es el único capaz de destruirlo, comprende el sentido de su peregrinar. Por eso, la violencia del terrorista es “un gesto desafiante ante este mundo de producción en serie” (Eagleton, 2008, pp.109). Él va a atentar contra Dios con la única herramienta que posee, la única “libertad” que le queda: Dios no puede dominar su voluntad. Sabe que el poder no se puede ejercer sobre la nada, porque la verdadera amenaza del poder es su propia libertad absoluta que es como el deseo que “al rechazar los objetos en nombre de todos los objetos, corre el riesgo de acabar quedándose sin nada. No obstante, si el deseo rechaza a todos los pretendientes, es también porque se pone nervioso ante la posibilidad de extinguirse.” (Eagleton, pp.100). Caín, como el huelguista de hambre, rechaza el alimento de Dios, que es ese monolitismo de ideologías, esas promesas que él mismo comprobó que eran falsas, y se pone ante Dios en igualdad de condiciones al matar a los últimos que podía dominar. Porque “no puede haber soberano válido sin una población que le ratifique en el cargo. El poder absoluto se echa a perder a sí mismo: en la cima de su supremacía, se revela impotente. En lo más íntimo de su ser hay una especie de no ser que sus antagonistas pueden usar para destruirlo.” (Eagleton, pp.132)

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62 Conclusión

Caín es una obra que intenta mostrar cómo los Estados capitalistas desde sus inicios son en realidad, totalitarios y no democráticos. Su deseo de poder, político y económico, hace que se establezcan desde la normalización, desde la imposición de leyes que normalicen la sociedad al punto que las personas sigan ciegamente el pensamiento de las instituciones de poder. Estas, mediante un pacto de seguridad logran esa obediencia acrítica por parte de sus seguidores logrando un monolitismo de ideas que llevan al fundamentalismo por parte de estos ya que, quien no cumple la norma, quien no se adapta y obedece, se convierte en enemigo del Estado. En consecuencia, y en nombre de la protección prometida, la institución de poder se adjudica el derecho de coaccionar ante el enemigo rompiendo las leyes que ella misma promulgó. Así, posee libertad absoluta, pero que no sería tal sin opositores porque los necesita para demostrar su poder y lograr el temor en los obedientes. Saramago realiza un “acto de desfamiliarización absoluto”, pretende que se desnaturalicen los preceptos religiosos, políticos y económicos dominantes y así, que se miren de forma crítica. Dios, en Caín, es ese Estado con vocación totalitaria, tres veces representado por un viejo con dos ovejas atadas quien le dice a Caín que “No moriré mientras estas ovejas vivan, debo haber nacido para guardarlas, para impedir que se coman la cuerda que las ata” (Caín, pp.137). Caín, por su parte, es el terrorista que entiende cómo enfrentar a Dios.

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