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Fue básicamente durante la década de los sesenta, setenta, cuando los jóvenes argentinos a tono con un contexto internacional irrumpieron en el espacio público como actores sociales principales, a tal punto que ser joven implicó una asociación directa al compromiso con lo político. En ese momento claramente la política se definía desde un campo específico: el de los partidos políticos como instrumentos de conquista de los recursos materiales y simbólicos del estado. Al mismo tiempo las identidades colectivas corrían en paralelo a las identidades partidarias. Los jó- venes desarrollaban sus prácticas políticas en un escenario altamente ideologizado, donde los grandes relatos y utopías daban sentido a cada una de las acciones sus- tentadas sobre la certeza de un mañana. La Guerra Fría, como horizonte de conflic- to, dotaba de unos objetivos totales y morales a las confrontaciones más o menos locales y los nombres de la política eran magnos: la revolución, la nación, el pueblo, el socialismo y la libertad. La patria o la muerte eran opciones posibles.

Hoy los jóvenes conciben la política de manera radicalmente distinta, llegando in- cluso a declararse apolíticos y declamar la antipolítica como pronunciamiento públi- co, ético y estético a la vez. Las vías que tradicionalmente permitían la participación política se les aparecen como vías muertas, sin salida, contundentemente externas a sus vidas, al mismo tiempo en que otras se abren y recrean. Los jóvenes de hoy son los hijos una experiencia política frustada, derrotada, hijos de los pactos de silencio que vinieron luego, y entonces tienen que imaginar otro camino.

Claro está que lo que les sucede a ellos no está aislado de lo que le sucede a otras generaciones. Es así como una primera condición con respecto a la política y los jóvenes que debemos señalar es su malestar profundo con las instituciones tradicio- nales de la política y sus representantes en un tiempo histórico donde amplios sec-

tores sociales los ponen en duda. Cabe recordar que en la Argentina de 2001 la crisis se manifestó a través de la polisémica consigna del que se vayan todos, que encontró en los jóvenes a uno de los actores centrales de la protesta.

Pero más que señalar este malestar posible de ser rastreado en cada una de las enunciaciones que sobre el tema realizan los jóvenes, nos interesa particularmente preguntarnos de qué habla ese malestar, y abordar la hipótesis de que pudiera exis- tir en el mismo una dimensión profundamente política a la vez. Es decir, nos interesa ver qué otros modos de concebir la política se esconden detrás de la negación de las formas tradicionales, o detrás de la crítica a sus actores. Ver si es posible pensar que la negación de la política -»los políticos son todos corruptos; de la política no me interesa nada; nadie me representa»- se agota en sí misma o contiene otra

forma de concebirla.

Difícil relación la de los jóvenes con la política en un momento histórico donde el campo político es sospechado por la sociedad toda. Difícil relación también cuando los jóvenes son sospechados de todo. A principios de 2005 como un fenómeno que comenzó y tuvo su punto máximo en los colegios de la ciudad de Buenos Aires, los jóvenes de otras áreas urbanas, y particularmente en La Plata, comenzaron a pro- testar por las condiciones edilicias pésimas en las que se llevaban adelante la vida escolar. Para esto cortaron calles, tomaron las escuelas, llamaron a los medios e interrumpieron las clases: pararon. Es decir, apelaron a medidas relacionadas con las formas tradicionales de la protesta, instalando sus demandas claramente en el campo político. En esos días, uno de los discursos que circuló en los medios, desde el campo político, y desde los propios padres fue contundente: «la demanda era legítima pero estaban haciendo política» y esto era condenable.

Difícil relación la de los jóvenes con la política: se los condena por apáticos; se los condena por políticos. Nos interesa aquí preguntarnos por los otros lugares para pensarlos.

1. La subjetividad en el espacio público

Las últimas décadas se definen, entre varias cuestiones, por ser el tiempo del rena- cer de la subjetividad, de la emergencia de las emociones. La fuerte separación entre espacio público y privado que había prevalecido durante siglos y que relegaba el mundo de la subjetividad al plano de lo íntimo se trastoca y aparecen en escena nuevos actores y conflictos. Si la modernidad había diseñado la participación en el espacio político a partir de una fuerte marca racional, masculina y blanca este dise- ño se ve ahora modificado, producto de la multiplicidad de causas que confluyen para que la modernidad misma entre en crisis. Causas a las que en América Latina se sumará la derrota de los movimientos sociales de liberación con consecuencias de decepción y descreimiento nunca antes vistos.

Es así que en unas sociedades donde se replantean los pactos preexistentes y se aceleran los procesos de individuación los jóvenes no sólo niegan la política conce- bida tal cual lo hicieron sus padres sino que la reemplazan por una puesta en escena de aquello que antes estaba «guardado»: la propia subjetividad.

Cuando en las entrevistas o grupos de discusión preguntamos por lo que para ellos es importante, hablan de la relación con sus amigos, de la familia, del amor, de la sexualidad. Manifiestan la necesidad de decidir por ellos mismos, de tener opinión propia sobre sus ubicaciones en el mundo, resaltando la idea de inscribir la identi- dad personal en el espacio común. No es que no conozcan los «grandes proble- mas» que toda la sociedad está definiendo como tales: el desempleo, la inseguridad y la violencia, la crisis económica, etcétera. Pero cuando piensan que es posible transformar esta realidad, la vía es una vía personal: transformase uno mismo para transformar el mundo, la transformación interior: «Yo qué voy a hacer, si tipos como Bush destruyen el planeta y nadie puede pararlos. No es que no me importe, pero se que hay un montón de cosas que no puedo hacer nada, aun- que si te preocupás por hacer vos las cosas bien eso es importante. Quiero decir que si vos hacés cosas que estás bien, y estás bien con los tuyos, con los amigos, con la familia, hasta con los vecinos, no los jodés, todo puede estar

mejor algún día. Si todos hacen lo mismo. Pero además te sentís mejor vos, porque ves que todo no es una mierda» (entrevista 4).

De ese modo, siguen creyendo en la solidaridad, en la preocupación por el otro, pero esta solidaridad hoy pareciera tener límites más cercanos, o más concretos: es la solidaridad con los amigos, con los miembros del grupo, con la propia familia. A diferencia de los modos de la solidaridad de clase o de nación, con mega comuni- dades, hoy la solidaridad la definen casi «cara a cara», es decir, a partir de la identifi- cación de la identidad personal de aquellos con los cuales se es solidario: «Yo no te digo que hay que ser bueno, sacrificarte por todo el mundo. Yo no creo en eso, nadie se cree eso de la otra mejilla, porque además hay mucha mentira por la tele, te venden que hay una gente que le pasa tal y cual cosa y no es verdad. Yo digo que todos tenemos cerca alguien que necesita ayuda, sólo hay que verlo, y ahí si no es ayuda total al menos algo podés hacer» (entrevista 2).

Vemos entonces que en paralelo a un alejamiento de las formas tradicionales de hacer política, ligada a la militancia en partidos, las manifestaciones públicas y los mítines, emerge una necesidad de nuevos compromisos con la valoración de las identidades personales, lo que no necesariamente implica un mayor individualismo sino que también puede leerse como una nueva concepción de lo político. Incluso no es el individualismo un discurso legítimo para los jóvenes sino que por el contra- rio critican el sálvese quien pueda, la salida individual. La gran mayoría, sin diferen- cia de sector social, reclama una mayor solidaridad social y los abruma la indiferen- cia. Ellos rescatan la subjetividad como dimensión individual pero colectiva a la vez, aunque como decíamos en párrafos anteriores redefinen sus colectivos: los amigos, la familia, la esquina.

2. Nadie me representa

En este orden de cuestionamiento a las formas tradicionales de ejercicio de la polí- tica es que los jóvenes sin diferencia de sector social se niegan a ser representados por los partidos. Estos son mirados más bien como estructuras que responden a

sectores bien definidos, el de «los políticos» y que les son funcionales para llevar adelante sus negocios y disputas, caratulados la mayoría de las veces como corruptos o mafiosos. La crítica a la política aquí no es ideológica sino ética; no plantea una alternativa ni técnica ni partidaria a aquello que consideran tan negativamente.

Podríamos pensar que estos jóvenes están haciendo sólo una crítica a los dirigentes políticos y no a las instituciones partidarias. Sin embargo la mirada negativa sobre la dirigencia es tan contundente que no hay manera de entender que las instituciones se salven de ella. Y aunque podemos decir que los jóvenes no son apartidarios ideológicamente, su visión negativa de los políticos -a los que no distinguen de las instituciones que encarnan- es tan fuerte que la figura del partido como institución no logra ser rescatada.

¿Quiénes son entonces los que representan en el espacio público a los jóvenes? De acuerdo a lo planteado, es obvio que para ellos claramente no son los partidos políticos los que se hacen cargo de sus demandas e intereses, sino que por el con- trario, estos corren por carriles muy distintos o alejados de sus vidas. Básicamente podríamos decir que los jóvenes rechazan la idea de la representación, de que alguien hable por ellos: quieren hablar por sí mismos; dudan de todo aquel que se erija como portavoz del grupo. Aunque, en la mayoría de los casos, aceptan que es la música la que da voz a sus demandas en el espacio público (1). Es así como a través de diferentes bandas o grupos de acuerdo con los sectores sociales en los que se ubican -algunos más cercanos a la cumbia, a o a las varias expresiones del rock-, los jóvenes dicen sentirse representados por las letras y las músicas que hablan de una inmensidad de temas relacionados con sus vidas cotidianas. También varios de ellos han participado o participan de alguna banda de música o siguen a algún grupo de amigos músicos «haciéndoles el aguante, porque la banda dice lo que yo quiero decir, porque me encanta» (entrevista 16).

En ocasiones se agrupan desde compartir un mismo gusto o consumo de música primero, para dar cuenta de la necesidad de reforzar en el espacio público una identidad que no se agota en las identidades tradicionales y que demanda reconoci-

miento en estrategias de marcas propias, lenguajes, nuevos usos de objetos y del cuerpo. Les interesa decir quiénes son. Y lo que son está relacionado con el deseo, con la crítica al deber ser, con la emotividad lo cual ha sido hondamente estudiado en toda la región (Rossana Reguillo, 1995, Alonso Salazar, Valenzuela Arce, 1997; Balardini, 2000) y es así como Rossana Reguillo afirma (Reguillo 2001, p.138): «Estos mutantes contemporáneos que han desarrollado capacidades para convivir con la crisis y desde sus ámbitos diferenciados de pertinencia han puesto a funcio- nar los signos de la crisis en otro registro, pueden no saber bien qué quieren pero saben muy bien que es lo que no quieren. Es desde estos cambiantes sentidos desde donde hay que pensar la cultura política profundamente imbricada en los sentidos sociales de la vida».

3. El poder

Con relación a los colectivos juveniles, cabe destacar la capacidad que han desa- rrollado muchos de ellos de generar organizaciones autogestionadas, horizontales, donde son responsables de sí mimos sin tener por encima ningún tipo de autoridad vertical.

Tanto las bandas de música, como las murgas, que son los colectivos juveniles con mayor visibilidad en la ciudad de La Plata, asumen un tipo de organización básica- mente horizontal erigiéndose al mismo tiempo como una crítica profunda a un modo de concebir la política desde premisas que consideran autoritarias.

La murga, expresión tradicional de las culturas populares rioplatenses que en las últimas décadas reverdece en la ciudad, es una muestra de ello. Protagonizada esencialmente por jóvenes, la murga habla de la soledad, de la policía, de la des- ocupación, pero lo hace desde la alegría, el canto y el cuerpo, en plazas y espacios públicos.

María Pozzio (Pozzio 2002), en una investigación sobre murgas, relata una asam- blea de la murga Tocando Fondo, una de las más grandes de la ciudad: «Se discutía

acerca de una presentación inminente a la que habían sido invitados. En la asamblea anterior se había votado la asistencia plena de la murga a la presentación. Pero ahora parecía que eran menos de la mitad los que iban a concurrir. La discusión transcurría en dos niveles: uno acerca de la responsabilidad, y otro acerca de las prioridades de la murga. En el primer nivel estaban aquellos que decían que no iban a ir porque no habían votado la semana anterior o habían votado negativamente, de manera que no se sentían compelidos a participar. Por otro lado estaban aquellos que también habían votado negativamente pero mantenían la postura de que si la mayoría había aprobado algo ese algo debía ser bancado por todos y si no, la presentación debía ser suspendida; a su vez, había una tercera posición que plan- teaba que no tenía sentido que fuera aquel que no tenía ganas porque eso se notaba, y trataba de juntar voluntarios para de todas maneras asistir a la presentación ya que la murga había dado la palabra y no podía romper ese compromiso. En el segundo nivel estaba la cuestión de las prioridades. Así la postura de algunos era que había que evitar aceptar todas las invitaciones ya que esto les quitaba tiempo de ensayo para la actuación propia y además, desgastaba a los murgueros. Otros sos- tenían que no se podían rechazar invitaciones -esta era en un Hogar de niños- para privilegiar la actuación».

La cita habla del lugar que en un tipo de organización como esta se le da a la pluralidad y debate de ideas a la hora de la toma de decisiones, como por otro lado, también del compromiso de los integrantes de la murga con el proyecto. Se ilustra aquí una concepción del poder que en los últimos años pareciera consolidarse en la gran mayoría de las nuevas asociaciones comunitarias y que comparten muchos grupos juveniles: la de un poder que circula, que no se ejerce de arriba hacia abajo y que es redefinido a partir de su no exterioridad con respecto a los sujetos; no como algo del cual hay que apoderarse sino como una dimensión que hace al tejido social. Estos movimientos están lejos de plantearse una estrategia totalizadora que subvierta o invierta el orden social sino más bien micro disidencias en las que caben distintas respuestas, actitudes frentes al poder. De alguna manera se asume que la voluntad colectiva no «se juega en un solo tablero» lo que implica la ausencia de un único adversario que casi siempre era el estado.

Podríamos pensar que ciertos colectivos juveniles, junto con otros movimientos, están comenzando a balbucear un nuevo camino de intervención y creación de lo público.

4. La temporalidad

En estos No a la política y a los sistemas de representación tradicional es posible leer la crítica a un mundo que no terminó de desaparecer y que no sabemos qué formas nuevas va a ir adquiriendo. Pero aunque el No de los jóvenes no pueda ser comprendido a través de un proyecto claro de transformación creemos que es interesante leerlo con relación a otros de sus discursos que van dotando de sentido a lo que en principio aparece como sola negación.

Los jóvenes entrevistados piensan que la sociedad donde viven es injusta, que no todos tienen lugar en ella, pero que -y esto es lo que importa rescatar- debería ser de otra manera. A ellos no les gusta la política tal cual es, no saben cómo cambiarla, pero quieren otra cosa.

Y aquí aparece nuevamente la cuestión de una temporalidad distinta a la de las generaciones pasadas: nuevamente la factibilidad de construir proyectos alternati- vos se choca con un tiempo del absoluto presente donde el futuro ya llegó, no deja de llegar nunca y ahora todo es ahora. Esto es claramente pronunciado en los sec- tores sociales bajos, donde la idea del mañana es todavía más incierta y menos compleja, es decir, tienen menos posibilidades de imaginarlo con alternativas. En- tonces las acciones se reducen al momento, porque luego no se sabe qué podrá pasar. Así los jóvenes adscriben a causas que mañana pueden ser otras, y esto no genera ningún tipo de malestar o de crítica a la coherencia: los compromisos con las causas públicas son no sólo más cercanos, como decíamos, sino más efímeros. La política no es un sistema rígido de fidelidades y normas, sino por lo contrario, uno bien flexible de acuerdo a los momentos, la historia y las ganas. Si las generaciones anteriores habían llegado a plantearse el desafío de un mundo nuevo para el mañana aunque no llegaran a conocerlo y tuviera que ser un legado para los hijos, estas generaciones no lo piensan así. Evidentemente la promesa de un mundo mejor para

después no les alcanza: tan lejano de todo está el futuro, lo cual se vive de una manera liberadora y angustiante a la vez.

Cuando incorporamos la temporalidad al análisis no es posible dejar de pensar en la experiencia de la agrupación HIJOS, que en La Plata además ha tenido su punto de origen y un profundo desarrollo. HIJOS, agrupación constituida a partir de la búsqueda de la verdad y la justicia frente a los horrores de la última dictadura militar en la Argentina, aparece en la década del noventa expresando la necesidad subje- tiva y política de recuperar la memoria colectiva. Con un posicionamiento anclado por un lado en el presente -ellos son los hijos, los que están ahora; los represores que están libres están libres ahora- miran hacia un pasado no resuelto para recupe- rar la verdad y la memoria.

La emergencia de la temática de la memoria implica la problematización de la rela- ción entre tiempo / poder, y entonces la necesidad de la pregunta por aquellas subjetividades y proyectos acallados en el relato de la historia oficial que hizo posi- ble ciertas voces y silenció otras. A este movimiento de jóvenes los une el carácter de un hecho que los atravesó en el pasado y les otorga sentido de pertenencia en el

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